domingo, 23 de febrero de 2014

Me gusta ser mujer (y odio a las histéricas)


Pocas veces el cliché que hablaba del sexo débil ha padecido palizas como la presente. La autora no será feminista, pero su manera de ser mujer implica una cierta militancia irrenunciable.







Un día mi padre me llamó y me explicó lo de la semillita, acariciándome la cabeza como si me estuviera dando el pésame. Entendí esto: entendí que el hombre metía un brazo adentro de la mujer —no me pregunten por dónde—, y que con los dedos —que en mi imaginación tomaban la forma de una tenaza que tenía mi abuelo Elías— plantaba una semilla. El procedimiento me pareció humillante y quirúrgico, pero enseguida vi que había solución:
—Yo voy a hacer al revés, le voy a meter una semilla a un hombre.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
“Porque sí” y “porque no” eran dos respuestas con mucho rating en casa, pero después de esta explicación botánica mi educación sexual tuvo todavía otro capítulo. Eran las cinco de la tarde de un año en el que tuve siete años. Volvía a casa caminando con Paola, una compañera de colegio, y el grito llegó como un baldazo: dos varones de séptimo grado, desde la vereda opuesta. Paola se arreboló. Le pregunté qué quería decir lo que nos habían gritado, y me mintió que no sabía. Paré a tomar la leche en casa de mi abuela Any y disparé:
—Abue, ¿qué quiere decir “las vamos a coger”?
—Quiere decir que te quieren tocar. Es algo que te hacen los varones. Es muy feo.
A los siete años, entonces, estaba segura de cuatro cosas acerca del sexo: a) que consistía en la introducción de una semilla; b) que eso probablemente se llamara coger —yo era intuitiva—; c) que se hacía con las manos o con tenazas, y d) que era algo muy feo que hacían los varones y que las mujeres, probablemente, padecíamos.
Putas. Eran todas putas. Las que atendían al sodero en bata, las rubias, las viejas que no usaban enagua. Si caminabas moviendo el culo, eras puta. Si volvías a tu casa después de las once de la noche, eras puta. Puta era la que iba al colegio con las uñas pintadas, puta la divorciada y puta la hija de la divorciada.
En Junín, provincia de Buenos Aires, la ciudad donde viví hasta mis 17, la vida era complicada si nacías varón: había demasiadas opciones. Pero si nacías mujer era fácil. Tenías que tomar una sola decisión: eras casta o eras puta. Y si eras como yo —estudiosa, clase media, hija de padres respetables—, se descontaba que puta no, y que te ibas a casar con el himen enterito, si era posible con tu primer novio. Ahora tengo 37, vivo en Buenos Aires desde los 18, comparto casa con Diego hace 9 y me piden que escriba sobre lo que me hace mujer. Lo que me ancla del lado hembra de las cosas. Se me ocurre que a) no quiero escribir unos párrafos que pudieran someterse al título “Me gusta ser mujer”, y b) que ser mujer en Junín fue una experiencia cercana a lo vergonzante e imposible de obviar porque allí empezó todo. Yo era un dechado: 11 añitos, moralista, recatada. Mis padres no me dejaban usar tacos altos, ni polleras cortas, ni maquillaje. Mi madre me promocionaba como si yo me mantuviera alejada de las tentaciones por voluntad y no por prohibición.
—Ay, qué grande que está —decían sus amigas, y mamá completaba:
—Sí, es muy madura para la edad que tiene.
Madura quería decir que yo no contradecía sus órdenes y que, por lo tanto, nadie me había besado ni tocado y que, aunque a escondidas leyera la Justine del buen marqués y me agarrara bruta calentura, las cosas seguían bien porque nadie se enteraba. La inocencia iba primero, y no importaba mucho si era real o fingida: importaba lo que estaba a la vista. Y lo que estaba a la vista era yo, tan casta.
El sexo prometía más amenazas que el hombre de la bolsa. Entonces, era mejor no averiguar y mantenerlo lejos. Fue así hasta mis 9 o 10 años, cuando le pedí explicaciones a una amiga mayor.
—Me explicás todo, ya.
—No, me da vergüenza.
Acá había algo interesante. Le ofrecí mi juego de mesa preferido a cambio de algunas precisiones, nos encerramos en mi cuarto y me explicó. Me dio impresión. Sobre todo lo del pito. Suponía que esa cosa parecida a un tornillo, que sólo había visto en los bebés o en mi hermano menorísimo, tenía que adquirir una consistencia casi metálica. El pito pasó a ser un arma amenazante y escondida. En un baldío cercano a la escuela las paredes estaban repletas de unos dibujos como aviones con alas desplegadas y grandes soles oblongos con pestañas (unos sexos que ahora se me ocurren aterradores), pero los aviones y los soles pestañudos no se parecían a nada que yo guardara bajo la bombacha o que adivinara detrás de las braguetas que husmeaba con discreción. Tenía miles de dudas, pero pánico de compartirlas con mis amigas. Es que en mi pueblo todas éramos vírgenes pudorosas hasta el casamiento. Todas. Yo era capaz de matar por esta convicción. Así era yo. Boba. No creía en Dios pero confiaba en El Himen.
Mi amiga mayor, la que me explicó los rudimentos del sexo, tuvo cuatro hijos. Cinco años después de casarse dejó estudio y empleo para mudarse a un pueblo de dos mil habitantes donde su marido había encontrado un trabajo que lo conformaba.
No sé en qué pensó mientras se mataba. No sé por qué se mató. Sé lo que pensé cuando la vi en su cajón: que había que tener cuidado. Que después de todo, la fórmula perfecta de la felicidad (hijos, marido, la casita con césped) podía no ser la fórmula perfecta de la felicidad.
Pero yo era joven, estaba rabiosa, se había muerto mi amiga y el mundo me debía una. De todos modos, me mantuve alerta.
Es noche de martes. Diego lava lechuga. Yo corto cebollas, pico tomates, controlo una salsa. Abrimos un vino. Después de comer, cruza sus cubiertos y me dice que qué bien cocino. Que soy rebuena ama de casa. Ahora —mucha confianza y años juntos— sólo finjo que me enojo y él, que me conoce, finge que se sorprende con mi ceño fruncido. Sabe que me gusta cocinar y tener la casa ordenada, pero sabe, también, que imagino el infierno bajo la forma de las tareas del hogar como ocupación obligatoria y excluyente. Tenemos cuentas separadas, casa compartida y responsabilidades iguales. En fin: casi. Porque si bien no hay nada que sea tarea exclusiva de Diego, sacar la ropa del tendedero y guardarla en los placares es una de esas cosas que “si-no-las-hago-yo-no-las-hace-nadie”. A Diego, simplemente, no le importa ver la ropa colgada durante meses, y yo prefiero que las medias y los calzones no me arruinen la vista del balcón, de modo que una vez por semana me transformo en mi mamá, que volvía del fondo con una parva de sábanas oliendo a sol, y junto la ropa recién lavada. Cada tanto me canso y revoleo mi derecho a la igualdad, entonces Diego dice con ternura “Sí, gordita, tenés razón”, dobla un par de remeras y a la semana otra vez: ahí voy yo, juntando broches por el balcón. También soy la encargada de la sección “Comidas difíciles” (Diego es del Club del Bifecito a la Plancha, si le toca cocinar). Si llego tarde a casa, sobre el pálido desierto de la mesada lucirá, con suerte, el laguito rojo de un tomate cortado al medio. Si es Diego el que llega tarde, de guacamole para arriba, habrá de todo. Antes pensaba que estas cosas —el orden, la comida caliente, una casa agradable— tenían que ver con cierta sensibilidad femenina en la que, por cierto, me cuesta creer: tengo amigos varones que viven solos y sus casas son tan agradables como la mía y cocinan mejor que yo. Prefiero creer que son síntomas —visibles— de mi educación de buen partido: prolija, limpita y ordenada. Cosas que aprendí de mi madre: perfumar la casa con cascarita de naranja, sacar las frazadas al sol. Cosas que, confieso, me gustan.
Pero también trató de enseñarme otras que no me gustaron tanto.


Continúa aquí


Edición Nº 58. Noviembre - Diciembre 2004

jueves, 13 de febrero de 2014

Un fragmento del cuento La venganza de los dinosaurios, de Deborah Eisenberg



(...) Cuando me senté de nuevo, Nana habló. Su voz siempre había sido penetrante y recia, un poco como el sonido de un oboe, pero ahora detecté en ella muchas y nuevas grietas como hilos: era áspera, extraña. Supongo que no tienes ni idea de cómo es que estoy aquí, dijo. Es donde vives, Nana, le dije yo, por si era a mí a quien se dirigía; esto es tu casa. Nana me estudió... desapasionadamente, creo que sería la palabra. ¡No me extraña que mi padre le tuviera terror cuando era pequeño! Gracias, dijo Nana, quién sabe a santo de qué. Luego juntó remilgadamente las manos y dejó de verme del todo.
Mi cerebro se enroscó en forma de tubo y mi infancia se coló por él, fugaces imágenes de cuando venía a este piso con mis padres, Peter y Bill; Nana, sus rápidos movimientos y su olor delicioso cuando se inclinaba hacia mí, sus bonitos dientes grandes, y aquella melena plateada que sabía recogerse en apenas un segundo, sujetándola mediante algún fantástico adorno. El recargado juego de té, la delicada rodajita de limón flotando soñadora en la taza frágil, las butacas de terciopelo, en la pared aquel cuadro del misterioso y frondoso mundo al que casi parecía que podías entrar..., la luz, tan pronto abrías la puerta, como de otra época, una luz preciosa, extraña y sin brillo que ya existía antes de nacer yo... Fragmentos deslucidos de mis visitas al piso de Nana atravesaron vertiginosamente el tubo y desaparecieron. Nana, dije.
Figuras como muñecos saltaban por los aires, se abrían de golpe y vertían negrura. Había un bulldozer, cosas que se desmoronaban. Entró Eileen. Si quería una taza de té, me preguntó. No, le dije, gracias. Se detuvo un momento antes de irse, miró la pantalla. Bueno, nunca se sabe, dijo. Pero menos mal que no tengo hijos varones.
Nana había venido al mundo coincidiendo con el fin de una guerra y había vivido parte de otra antes de dejar Europa, de modo que en sus tiempos debía de haber visto muchas multitudes y cosas que se desmoronaban y hombres de uniforme y alfilerazos negros salpicando el cielo despejado e hinchándose acto seguido. Jeff y yo no tenemos tele. Jeff detesta el propio aspecto del aparato, su sonido, los efectos que produce en la mente. Dice que él no es tan tonto como para pensar que está a salvo del lavado de cerebro. Para el caso, prefiere lavárselo él solito, y lo cierto es que no podría tenerlo más brillante e inmaculado, aunque ahora esté un poquito maltrecho por los acontecimientos del momento, razón por la cual a veces hace comentarios que podrían considerarse un tanto improcedentes. Por ejemplo, el otro día íbamos en el ascensor del bloque de oficinas donde Jeff y su equipo hacen su labor de investigación, y subía con nosotros un tipo vestido con una especie de clergyman azul claro, y Jeff se volvió y sin alzar la voz dijo, dirigiéndose más o menos a él: El sol se pone.
El tipo miró a Jeff con el rabillo del ojo y luego se miró el reloj. Tenía unos ojos muy bonitos, candorosos, creo que se podría decir. Miró de nuevo a Jeff y dijo: ¿Le importa apretar el siete? Jeff dijo: Vale, el sol se está poniendo, timoneles. Pulsó el siete y se volvió hacia el tipo. ¿Lo ve hundirse por el horizonte?, dijo, ¿nota cómo gira el planeta? ¿Oye cómo crujen las grandes osamentas en el corazón candente de la Tierra? Los lanudos mamuts, los dinosaurios, ¿oye eso? ¿El chapoteo de los combustibles fósiles, crec, crec, chap, chap, la Canción de Cuna del Ocaso de los Dinosaurios? Saludé al tipo con la cabeza cuando salió en la séptima, pero él no estaba mirando. Jeff suele ser muy contundente, y es rapidísimo para detectar una observación falaz o una explicación espuria, en particular, últimamente, si quien la hace soy yo. Por lo que a mí respecta, no me importaría demasiado tener televisor, pero no puede decirse que mi capacidad de concentración sea tremendamente grande, y no acabo de cogerle el gusto a sentarme delante de la ventanita cuadrada y tragarme lo que me echen, de modo que en ese sentido quizá no soy tan vulnerable como Jeff. Pero si alguien enciende un televisor en un bar, pongo por caso, yo no tengo que salir corriendo de allí a grito pelado.
Así que, evidentemente, nunca veo la televisión a no ser que salgamos de casa, algo que con los tiempos que corren no podríamos permitirnos aunque realmente nos apeteciera hacerlo (que no es el caso de Jeff). Pero, con tele o sin tele, no tuve dificultad para identificar las caras que aparecían en la pantalla mientras estaba allí sentada junto a Nana. Supongo que todo el mundo conoce esas caras como si las lleváramos tatuadas en el interior de los párpados. Están ahí, esos personajes, tengas los ojos abiertos o cerrados. 
(...)



Este cuento pertenece al libro El ocaso de los superhéroes.

sábado, 8 de febrero de 2014

EL FANTASMA DE LA LIBERTAD

La prisión fue para la literatura un chaleco de fuerza siniestro (Sade), un espacio de contrapoder intelectual (Gramsci), un lírico, lúbrico darkroom anticapitalista (Genet). ¿Estarán cambiando las cosas? Los primeros días de diciembre del año pasado, el jurado del certamen de crónicas La voluntad descubrió que la ganadora del premio, María Silvina Prieto, una mujer de 46 años sin antecedentes en la escena periodística o literaria, purgaba una condena a cadena perpetua en el penal de Ezeiza. Allí, en lo que llama “mi covacha” –el rincón de un oscuro depósito de trastos de la Unidad 31, donde logró que le pusieran una PC con Word y Excel y Dreamweaver y Flash pero sin Internet–, Prieto escribió la pieza de periodismo mundano-tumbero con la que saltó a la fama, jovialmente titulada Mis días con Giselle Rímolo en la cárcel de Ezeiza; desde ese mundo fuera del mundo la envió a la Fundación Tomás Eloy Martínez, que coorganizó el concurso con los escritores Martín Caparrós y Eduardo Anguita, la revista digital Anfibia y la editorial Planeta, y la dio a conocer.
Se desconoce qué clase de delito le valió la pena que cumple (Prieto atendió a la prensa, pero omitió toda referencia al respecto), aunque la perpetua hace pensar que fue algo más que una travesura. Prieto es cruda, le gustan los detalles y no ahorra sarcasmos contra las condiciones de vida del penal. Pero sería necio o tosco pensar que las cuatro paredes que la confinan desde hace trece años se reducen a la imagen básica, unívoca, sin matices, que tenemos –nosotros, paladines de la libertad– de la experiencia del castigo. Fue en el presidio de Ezeiza, de hecho, donde Prieto empezó a escribir y donde se topó con las dos personas que torcerían por segunda vez (si la primera fue la vez del delito) su rumbo, inesperadamente: su profesor de taller literario (que estaba a su lado cuando agradeció el premio) y la celebrity Mónica Cristina María Rímolo, alias Giselle, la falsa médica condenada en agosto de 2012 a nueve años de cárcel por ejercicio ilegal de la medicina y homicidio culposo.
Como las otras 199 internas de ese “verdadero jardín del Edén penitenciario” (son palabras de la cronista), Prieto esperaba la llegada de la “doctorcita” con ansiedad, preguntándose si desembarcaría enjoyada como en la televisión y con chofer. Pero la mañana en que la ficharon no pudo verla. Rímolo convalecía de una lipoescultura reciente, acaso autoinfligida, y su estado no parecía propicio para la efervescencia de la vida social, ni siquiera la de la cárcel. Más tarde, sin embargo, la lotería del sistema penitenciario las reunió unos meses en el Pabellón 6. El día a día de esa convivencia (que terminó un viernes, cuando Rímolo desapareció “envuelta en un tailleur de reconocida marca de color rosa”) con el pathos dislocado de una reina del trash mediático es lo que Prieto retrata en su crónica con una delicada crueldad.
Una sorpresa parecida a la que sacudió a Anguita y Caparrós debe haber sentido el jurado del premio de novela policial de la editorial Minotaur Books y la asociación de Private Eye Writers of America a fines de abril de 2011, cuando averiguó que Alaric Hunt, de 46 años, ganador de los 10 mil dólares y el contrato de publicación del premio, era bibliotecario de la cárcel de Bishopville (South Carolina), donde estaba preso desde los 19 por homicidio e incendio provocado. Para Hunt, como para Prieto, escritura y encierro habían sido descubrimientos simultáneos. Empezó redactando cuentos, siempre en el género policial, hasta que un aviso del premio pispeado en una vieja edición del Writer’s Market lo alentó a medirse con una novela. La recompensa era tentadora: podría pagar deudas; podría comprarle un televisor a su hermano, también confinado, a quien ya había intentado ayudar dando el golpe fallido que les deparó treinta años de cárcel. Hunt barajó un par de episodios de La ley y el orden, un mapa de 1916 del puerto de Nueva York, un kit noir básico (Chandler, Ed McBain) y algunos oscuros nubarrones de su vida personal y en cinco meses produjo Cuts through bone, su debut literario y su triunfo (que muchos críticos, sin embargo, demolieron por “convencional” y “pretencioso”).
No puedo imaginar nada peor, nada más aberrante y sádico que encerrar a alguien con la idea de “protegernos” y “reformarlo”. Pero mientras compaginaba estas dos fábulas de confinamiento y éxito literario se me vino encima la noche de principios de los años ’80 –Callao casi esquina Córdoba, un calor anormal– en que Fogwill, que recién pintaba para escritor, anunció muy suelto de cuerpo que una semana más tarde caería preso. “¿Y lo decís así?”, le protestaron. “¿Por qué no te vas a la mierda antes?” “¿Estás loco? En cana no hay cuentas que pagar, clientes que atender, ex mujeres con las que discutir. ¿Sabés el tiempo que voy a tener para leer y escribir? Caigo en cana, me quedo unos meses y salgo con tres novelas escritas.”
No es la cárcel, me digo, la que hace que Silvina Prieto o Alaric Hunt o Fogwill escriban, y menos que escriban bien, y menos que ganen los primeros concursos a los que se presentan (un privilegio por el que más de un escritor hecho y derecho les habrá jurado maldición eterna). Si escriben, escriben contra la cárcel, o colonizando el páramo de la cárcel y transformándolo –vaya uno a saber cómo, con qué alquimia disciplinada y furiosa– en un teatro de posibilidades inverosímil. Pero mientras me digo eso, alguien en una sobremesa –alguien que escribe, alguien que está libre– habla de un programa que bloquea el acceso a Internet durante el tiempo que uno quiera, y que, puesto a correr, es irreversible. El programa, dice (y parando la oreja se le siente la euforia típica del rehabilitado, ése para quien sólo la privación es fuente de posibilidades nuevas), se llama Freedom.

Por Alan Pauls 
radar 

Aquí la crónica: Mis días con Giselle Rímolo en la cárcel

viernes, 31 de enero de 2014

Comercio y shows de cadáveres: el mundo que creó a Frankenstein

"La mujer que escribió Frankestein" de Esther Cross es un libro que relata la época en que Mary Shelley creó a uno de los monstruos más famosos.

El mundo ya era completamente redondo y todo podía, potencialmente, circular, trazar sus derroteros por el globo; al capitalismo no le quedaba mucho territorio por descubrir pero sí mucha materia: se expandía y crecía hasta conquistar lo intocable, aquello que hubiera sido difícil de imaginar hasta apenas unas décadas antes del principio del siglo XIX. Lo sagrado: los cuerpos, los restos, los nuestros, los de nuestros muertos, “los restos mortales” como dice la letra ¿muerta? de los avisos fúnebres, haciéndose cargo de la hipótesis que eso supone, una cuenta que no da cero, un saldo con la forma de algo que no es resto ni es mortal .
La cosa es que el capitalismo había llegado a los cementerios. La razón, una de las más razonables: el desarrollo de la Anatomía devoraba carne y había florecido en un muy vital mercado que en un extremo tenía a los “resurreccionistas” –los ladrones de cadáveres– y en el otro a los cirujanos y a los profesores y estudiantes. Este, el aspecto menos morboso del negocio que tenía su otras pata en el espectáculo.
Por ejemplo, “Las Danzas de las Convulsiones Tónicas”: tomábase un cuerpo, posábaselo sobre una mesa y sometíaselo a descargas eléctricas y entonces, quienes hubieran pagado su entrada, veían como el cuerpo “danzaba”; los músculos se contraían, hacían muecas, se estiraban cuando aflojaba la corriente, en fin, parecían resucitar para el show –repugnante, sí, pero más inofensivo al fin que el mismo procedimiento pero aplicado sobre cuerpos vivos, método extendido en el siglo XX y, ay, tan frecuente en estas orillas– y algo de esa ilusión, de la posibilidad de hacer la vida, de hacer resucitar, daba vueltas en el imaginario de la época como daba vueltas el miedo al robo de los cuerpos de los seres queridos –los velorios podían durar cinco días.
Seguramente esto no pasaba sólo en Londres, pero la historia que nos ocupa empezó ahí, en el centro del Imperio, en 1797, cuando nació Mary Shelley, la mujer que escribiría Frankenstein, porque “el sueño de la razón engendra monstruos” y a veces son los escritores los que pueden darle forma, voz, a las pesadillas de sus épocas. Hace pocos meses, una escritora argentina, Esther Cross, publicó La mujer que escribió Frankenstein, un libro hermoso y fuera de serie –es difícil de calificar, no es novela ni ensayo ni biografía y es las tres cosas a la vez– sobre la escritora inglesa, su vida, el mundo en el que vivió y su criatura, ese monstruo hecho a escala gigante –en tamaño normal, explica el Dr. Frankenstein, no hubiera podido ensamblar la compleja red de nervios, músculos, tendones, venas y arterias; de los huesos no dice nada, se ve que era lo más fácil–, hecho de partes de cuerpos extraídos de una misma cantera, los cementerios.
Esa criatura le depararía la fama con la que Mary Shelley mantendría a su familia hasta su propia muerte, que quién sabe cómo habrá experimentado, ella, cuyo nacimiento fue causa de la muerte de su madre, que aprendió a leer mirando las lápidas del cementerio materno, que se enamoró del poeta Shelley a los 16 paseando entre esas mismas tumbas, que guardó una reliquia de cada uno de sus muertos –enviudó a los 25, sólo la sobrevivió una de sus cuatro hijos tanto que, cuenta Cross: “En el cementerio Protestante de Roma, en la tumba de Percy B. Shelley, hay una lápida que dice ‘Corazón de Corazones’, pero falta el corazón. El corazón de Shelley está enterrado con Mary Shelley, su mujer, a cientos de kilómetros, en la ciudad costera de Bornemouth, Inglaterra. Así que en una tumba hay una urna con cenizas incompletas y en la otra hay un corazón de más”.
La escena famosa, Mary, Shelley, Lord Byron, su médico, Polidori, y la hermanastra de Mary, Claire Clairmont, amante de Byron y tal vez también del mismo Shelley, charlando de cómo escribir una historia terrorífica, la charla que le daría origen a Frankenstein, casi no es tema en el libro de Cross, que se dedica a relatar todo lo otro, lo que cuentan los dos primeros párrafos de esta nota y mucho más, algo parecido al terreno que dio por fruto al monstruo del siglo XIX, el monstruo anatómico, y a la escritora que supo relatarlo.
Tal vez cada época tenga su monstruo. Anatómico el del XIX, mecánicos, radioactivos o extraterrestres algunos de los del XX y el nuestro está por hacerse.
¿Quién lo hará?, ¿una chica de 18, como Mary cuando escribió Frankenstein?, ¿Cómo será?, ¿Un fruto de la manipulación genética –no la soja, que ya está creada fuera de la ficción, sino de nuestro ADN, esa nueva materia de mercado– el monstruo del XXI?


Por Gabriela Cabezón Cámara




 

 

 

 

 







Revista Ñ

lunes, 6 de enero de 2014

Entrevista a Mariana Enriquez




 


(...)

COMO LA PRIMERA VEZ

En el prólogo a la reedición de Bajar es lo peor hablás de una conexión con ciertas películas como Entrevista con el vampiro y Mi mundo privado. ¿Qué encontrabas en esas películas que te causaban (y causan) fascinación? –En ese momento yo quería que el libro fuera una reescritura de estas influencias, pero claro, esto con la mayor humildad del mundo. Yo tenía diecinueve años, nunca me puse a pensar y a decir para mí: “Quiero que esto sea una reescritura de tal o cual cosa”. Lo que me pasaba es que yo era fan de esas películas, entonces quería escribir una novela que fuera parecida a eso pero que también tuviese otras cosas que a mí me gustaban y que tenían que ver con mi universo, ni te digo Universo literario, con mi Universo, punto. Quería hacer ese cruce, nada más, no lo pensaba como una cuestión “meta” nada, no existía ese lenguaje para mí.
¿Cómo ves el proceso de escritura de Bajar es lo peor con el paso del tiempo? –Yo sigo escribiendo medio así, la verdad. Lo que pasa es que soy más consciente de lo que estoy haciendo, pero el impulso primero es siempre desde un entusiasmo muy juvenil, algo me gusta y me gusta y quiero volcarlo. En el prólogo de esta edición lo pongo así: es como desagotarlo, me obsesiono mucho, me entusiasmo con algo, me apasiono con algo y lo vuelco. Ya no solamente con historias, como me pasaba cuando era chica, también ahora tiene que ver con modos de decir, sobre cosas que quiero decir, pero el primer impulso sigue siendo ése, en general, sale todo de ahí, mucho más que de un armado mental o de una propuesta hacia mí misma que diga “quiero intervenir de esta manera”, eso nunca se me ocurre. Si sucede, sucede, pero yo no puedo pensar de esa manera.
¿Y cómo fue tu llegada a la literatura con la publicación de esta novela? –Yo había escrito la novela con un fuerte tono autobiográfico, bueno, casi todo lo que uno escribe es autobiográfico, pero lo que quiero decir es que toda la cuestión de noche, droga, vagabundeo, adolescencia, no tiene que ver con una construcción literaria, no es que leía libros para saber cómo se hacía. En ese tiempo, la hermana de una de mis amigas, Gabriela Cerruti, estaba con la biografía de Menem, El jefe, en Planeta. Ellos estaban armando una colección dedicada a los jóvenes: había un libro de Enrique Symns, uno de Fito Paez, lo que no tenían era nada de ficción, y menos ficción escrita por un joven. Gabriela sabía que yo había escrito una novela porque su hermana le contó. La leyó y la editorial, a través de ella, me terminó diciendo “traela”. La colección estaba dirigida por Jorge Lanata, pero Gabriela le llevó la novela a Juan Forn. Ahí hubo un tema interno de la editorial y yo terminé sacando la novela por el sello de Lanata, con quien no tuve trato directo, y el trabajo de la novela, el trabajo de edición que necesitaba, lo hice con Juan Forn. Creo que fue el único “taller literario” que tuve en mi vida. La novela tuvo mucha publicidad, había un spot de radio que me presentaba como “la escritora más joven de la Argentina”, pero yo no tenía mucha conciencia de lo que pasaba, me pareció todo medio extraño. Era muy raro, y yo tampoco me lo terminaba de creer. Yo era muy pendeja, era muy arrogante, y como toda pendeja muy arrogante y un poco callejera era muy distante emocionalmente de todas esas cuestiones. No es que estaba absolutamente entusiasmada, estaba muy escéptica, y creo que eso fue bueno. O sea, no es que no me lo creí porque era una persona madura, sino todo lo contrario, no me lo creí porque era una pendeja que decía “qué me importa”, no me lo creí desde el lugar de la omnipotencia adolescente, pero creo que todo eso terminó sirviendo para que me tomara en serio escribir.

VOCES EN EL CEMENTERIO

Alguien camina sobre tu tumba tiene una estructura casi de diario personal, combinando la crónica de viajes, pero también cierto estilo de nota autobiográfica. ¿Cómo fue el proceso del libro? –El libro se fue armando durante muchos años. Cuando viajo es el único momento donde tomo notas que podrían ser “de diario”. Personalmente, yo no llevo diario ni nada, cuando viajo es el único momento en que llevo un registro de lo que hago, no sé por qué, para no olvidarme cosas, supongo. Y siempre que viajo, viajo a un cementerio. A donde vaya, viajo a un cementerio. El libro se fue armando durante muchos años con esas notas que fui tomando. Se terminó de construir en mi cabeza con la última crónica, la del último cementerio, situada en el entierro de la madre de Marta Dillon. Ahí se me armó como un libro para darle un sentido a todo lo demás que no fuera solamente el capricho aunque, claro, obviamente eran caprichosos los relatos, pero no del todo, al final pude encontrar un hilo. O sea, tenía un montón de líneas donde había una preocupación por dónde van los cuerpos, por lo que es un epitafio, qué hacemos con nuestros cuerpos y con las historias de los cuerpos, y eso, para mí, fue como darme sepultura, por eso empiezo el libro diciendo “mi cuerpo va a estar acá”. En el principio está el final en ese sentido: el mío va a estar en un lugar, y éste es el lugar que elijo.



(...)

Por Fernando Bogado
libros 

Leer la entrevista completa aquí

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Uno de los cuentos que más me gustan de Clarice Lispector

Felicidad clandestina

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:
-Vas a prestar ahora mismo ese libro.
Y a mí:
-Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?
Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.

LA HORA DE CLARICE