martes, 3 de mayo de 2016

REESCRIBIR EL DESEO

A veinte años de su muerte –ocurrida en marzo de 1996– Marguerite Duras sigue ofreciendo sorpresas en cada relectura. Sumergirse en su escritura y su obra cinematográfica resulta fascinante cuando se contrastan, por ejemplo, las versiones de su vida amorosa, desde Un dique contra el Pacífico de 1950 hasta El amante de la China del Norte de 1991. Volver a escribir e imaginar la experiencia, apropiarse literariamente de la biografía, transformarse, así escribía Duras; y en este perfil, Guillermo Saccomanno acompaña a la niña hija de una madre loca desde el calor de la infancia en Indochina hasta el éxito como novelista (el Gouncort con El amante) y guionista (Hiroshima Mon Amour), desandando el trayecto de una de las voces más poderosas de la literatura europea del siglo XX.
Por Guillermo Saccomanno


Las primeras imágenes que la chica retiene, las de Indochina, serán la tierra en que plantará casi todas sus historias. Indochina. “Había muchos niños en la llanura”, escribirá. “Iban encaramados a los búfalos. Pescaban en las orillas de las marismas”. La chica pertenece a una familia de colonos pobres, marginales. La madre viuda con tres hijos es maestra y pianista de un cine, el Edén, que la chica citará en sus novelas. La madre, en su desesperación tan parecida a la locura, trata de zafar de la miseria endeudándose al comprar tierra para un arrozal. Contrata nativos. Pero se funde, la funde el Pacífico que avanza sobre el arrozal. La hija lo contaría así: “Mi madre había obtenido del gobierno general en calidad de funcionaria una concesión de arrozal situada en la Alta Camboya”. Sus compatriotas funcionarios coloniales la estafaron en la compra: el Pacífico inundará una y otra vez su proyecto por más que ella oponga diques. La desgracia la consume, la impaciencia la acorrala. Tiene ataques de epilepsia. El Pacífico anega su ilusión de fortuna. Sobre esto también escribirá la chica. La madre pasa de la depresión más profunda a una euforia risible. De sus hijos, el predilecto es el mayor, un opiómano putañero que suele cazar tigres y panteras negras. A veces los hermanos lo acompañan. El hermano mayor es un malvado nato. “En toda mi vida he experimentado revelaciones tan poderosas y tan soberanamente convincentes como algunos insultos de mi hermano mayor, si no es leyendo a Rimbaud, a Dostoievski”. El menor, por su comportamiento, se deduce que tiene un retraso. Y la hija, una salvaje. Pero puede representar la salvación si se la casa. Alrededor, la selva sumida en una única estación sofocante, donde los chicos nativos mueren de hambre, apestados, intoxicados, ahogados o devorados por una fiera. La muerte naturalizada. Los padres los entierran frente a la barraca. El año que viene ya les nacerá otro. La chica se cría y se educa en este territorio donde el calor es permanente, se vive en la misma estación. El infierno del territorio, el infierno doméstico. En la desahuciada mesa familiar se come zancudas o carne de caimán. Pero eso no es lo peor. “Siempre había alguien pegándome”, escribirá la chica en sus cuadernos. La madre, el hermano mayor la golpean todo el tiempo, haga lo que haga o lo que no haga. “Tenía una mala mirada que mi madre calificaba de venenosa”. La chica se refugia en el hermano menor, su favorito. Todavía no sueña con la escritura. Hasta que conoce a un joven chino, que es extraordinariamente rico. Su elegancia deslumbra. “Aunque Léo fuera muy rico, era indígena y yo era blanca”, escribirá, pero no ahora. No todavía. Pero le anuncia a la madre: Quiero escribir. “La primera vez, ninguna repuesta. Y luego ella pregunta: ¿Escribir qué? Digo libros, novelas. Dice con dureza: ‘Después de las lecciones de matemáticas, si quieres, escribe, eso no me importa’. Está en contra, escribir no tiene mérito, no es un trabajo, es un cuento. Más tarde me dirá: una fantasía infantil”.
Cuando escriba, cuando se arme escritora, Marguerite Germaine Marie Donnadieu, adoptará el apellido Duras (Duras por el pueblo francés donde fue enterrado su padre) y esta parte de su vida, el principio, el aprendizaje, la madre, los hermanos, los castigos, la humillación, la relación con el chino se constituirán en obsesiones narrativas, aflorarán como leitmotiv y serán, mitología de origen y pathos central sobre el que habría de volver en sus Cuadernos de la guerra (1943-1947) y en tres novelas: Un dique contra el Pacífico (1950), El amante (l984) y El amante de la China del Norte (1991).
Escritora realista en sus comienzos, luego adherente temporaria del nouveau roman, guionista clave de la nouvelle vague. Hiroshima mon amour, el film de Alain Resnais le concedería una popularidad intelectual que opacó la figura de Simone de Beauvoir, “la gran dama francesa de las letras”, su rival, a quien Duras, según se cuenta, le birló festejantes. Sartre, a su vez, le rechazó un relato para Les Temps Modernes. A pesar de las críticas adversas, Duras, era dueña de un estilo en que la elipsis contribuye a generar una sutileza que impone una lectura atenta. Ejemplo en este aspecto es la delicada y sugerente El arrebato de Lol V. Stein y la desgarradora El vicecónsul, ambas correspondientes al ciclo de sus relatos indios. Autora de más de veinte novelas, Duras es directora de otros tantos films, todos vanguardistas, caprichosos, herméticos y elitistas, poseedores, como su escritura, de una gramática personal, entre los que se recorta India Song.
En uno de sus artículos para Vogue se refirió a lo que en los 60 dio en llamarse el look Duras: lo definían sus cardigan holgados, los lentes grandes de marco grueso que volvían atractiva a esa mujer menuda, fumadora empedernida, de rasgos finos que combinaba la sensualidad con una mirada inteligente. Y también, por qué no: “venenosa”, que le adjudicaba la madre. Duras siempre, queriéndolo o no, aún en sus momentos de crack up, como las internaciones para curar su alcoholismo, ha despertado al periodismo al resurgir una y otra vez de su angst, un angst de origen cierto en su pasado.
Volviendo a su literatura, en su etapa realista hay que mencionar un relato clave: Un dique contra el Pacífico (1950). Aparece, con todo, el paisaje vietnamita. Si bien en esta ficcionalización autobiográfica la madre tiene solamente una hija y un hijo, estos datos pueden ser secundarios si lo que se persigue es otra cosa: rastrear cómo su relación con el chino, signada por la prostitución a la que su familia la entrega, fue idealizada décadas después a través de su novela El amante (1983), Premio Goncourt, que la convertiría en best seller mundial.
El prisma colonial
Un dique es una novela curiosa en la producción de Duras. Empieza con una frase que tiene un eco de la literatura norteamericana. Su Indochina, Saigón, puede filiarse en el Mississippi. La frase es esta: “A los tres les había parecido una buena idea comprar un caballo”. Apenas comprado el matungo, la familia repara que el caballo está enfermo y en seguida se desplomará moribundo. Al dar vuelta la página puede leerse: “De ahí se deduce que una idea de esa clase es siempre una buena idea, aunque luego todo se venga abajo lamentablemente porque ello puede llevarnos a mostrar impaciencia, cosa que nunca hubiera sucedido si de entrada hubiéramos pensado que las ideas que se nos habían ocurrido eran malas ideas”. El tono legitima una asociación no inocente con la literatura americana white trash. Por qué no, un efecto Mientras agonizo. Hay una anécdota que interesa al respecto en esos años de escritura: Duras le da a leer un relato sobre la portera del edificio a Dionys Mascolo, su pareja de entonces. Y Mascolo, con puntería, le señala el aire Hemingway del texto, lo que molesta a la autora. Volviendo al relato: Suzanne, la protagonista, conoce Jo, un joven de Manchuria, elegante, único hijo heredero de un financista inmobiliario. Jo ha vivido en París, ha corrido juergas. Tiene mundo, pero no le alcanza para ganarse a la chica. Es feo. Sin embargo Suzanne, la ninfetta protagonista, consciente de su encanto, un glamour de putita pobre, no deja de coquetearle y seducirlo. Suzanne también sabe lo que esta relación causará en su familia: “El encuentro con Jo tuvo una importancia determinante para cada uno. Todos, cada cual a su manera, cifraron sus esperanzas en Jo. Desde los primeros días, no bien resultó evidente que se presentaría regularmente en el bungalow, la madre le dio a entender que esperaba de él una relación de matrimonio”. La madre advierte a la hija: para casar/cazar al chino no debe acostarse con él. Y Suzanne será obediente. No parará de provocar a Jo, lo atraerá, lo rechazará, mezquinándose, manteniéndolo encendido: se desnudará en su imponente Morris, se dejará espiar mientras se baña, pero se negará al contacto físico y, cuando el chino consiga besarla, se apartará con asco y espanto. El chino, viscoso, repulsivo a pesar de su elegancia, su auto y su chofer, despreciado por la familia de colonos en la ruina, está dispuesto a pagar por ella. Le regala un diamante. A ella parece sólo preocuparle qué auto le regalará una vez casados, imaginar los amantes que tendrá, como todas las blancas de buena posición, una vez matrimoniada. Suzanne, prostituida no sólo por determinación doméstica sino también por propio gusto, se regodeará esclavizando al chino. Aunque ella es pobre, es una blanca y, por tanto, superior a un nativo, en términos de Franz Fanon, estamos ante una relación erótica prismada por el colonialismo. Suzanne obtiene un goce morboso al torturar a su pretendiente quien, a su vez, sabe imposible la unión por la oposición del tradicionalismo familiar: su boda con una blanca es inconcebible.
Han pasado casi cuarenta años de la escritura de sus cuadernos y treinta y cuatro años de Un dique. La chica, ahora una escritora reconocida, vuelve sobre la memoria y publica en 1984 El amante, su consagración internacional como best seller, que incluye la consabida adaptación cinematográfica. A los setenta años, el pasado podría pensarse de otra manera, con más distancia y sosiego. La escritura de Duras cobra un despojamiento retórico, su fraseo corto la torna directa, lacónica. “Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde”, anota. Se ve con “la mirada triste, la boca más definitiva. En lugar de horrorizarme seguí la evolución de ese envejecimiento con el interés que me hubiera tomado, por ejemplo, el desarrollo de una lectura.” Del autorretrato pasa a la evocación de hechos que ya detalló en escritos anteriores. Otra vez, la historia con el chino. Pero ahora, en este relato, la niña ya no experimenta aversión, el amante no le repele. Si en los cuadernos registró: “Nos acostamos una sola vez”, acá el deseo invade el relato. “Descubro que lo deseo”. La garçoniere, las encamadas en la siesta densa que se hace noche. “Los besos en el cuerpo hacen llorar”.
La chica sin nombre, la chica de quince, se sabe impura. Y quiere aprender de su amante, de su saber sobre las putas con las que se acuesta, que la trate como a una de ellas, le pide. La chica niega el amor, decreta su imposibilidad. Desde la escena iniciática del transbordador en el Mekong, la memoria de Duras revisa el pasado y lo reescribe: “En la tremenda corriente contemplo el último instante de mi vida”. La familia terrible, la madre loca, el hermano mayor y su crueldad, el menor y su indefensión. Sin embargo, aunque recapitula la novela familiar, en El amante el deseo parece viralizarlo todo. La chica se siente atraída hacia el hermano menor, también desea a Heléne, su compañera de instituto, desnuda, incitante. Por qué no entregarle Hélene al amante, quiere verla con el amante. En lo que se refiere al chino, ella admite que es una relación mal vista. No obstante, “la mirada venenosa” se extasía en el cuerpo del amante al que dice no amar. Suena falso su discurso del no amor, un discurso adolescente. Desde el lugar de narradora sabia, Duras asume el cambio de perspectiva. Un lector atento a su obra, un durasiano, se preguntará cuál es la verdad, si la relación con el chino ha sido como la contó en los cuadernos o como la cuenta en los ochenta. Duras ha vuelto atrás, ha escarbado en su memoria como si una comprensión mayor de lo vivido pudiera tranquilizar su conciencia. Las heridas no cierran. Y la literatura, por más exposición confesional detrás de un perdón público, el de los lectores, los otros, no expía.
Cuando la historia con el chino parece haber quedado atrás, “después de la guerra, de las bodas, de los divorcios, llegó a París con su mujer”. Un llamado telefónico. Solo quería escuchar su voz, le dice. Así concluye la novela más popular de Duras. Pero seis años más tarde, a sus setenta y siete años, la historia vuelve, no la deja en paz. Al enterarse de la muerte del amante, se encierra durante un año y escribe otra novela, porque El amante de la China del Norte, aunque se centre sobre la misma historia, lo que cuenta es otra vez diferente. Valga tener en cuenta a Heráclito: “No se baja dos veces al mismo río”. No se trata sólo de que en esta nueva versión la pasión de los amantes sea incendiaria y que el chino ahora le resulta deseable a la chica blanca. Tampoco de la consumación del improptu sáfico con su compañera de instituto. Ni del incesto latente con su hermano menor. En esta versión, si un cambio se advierte de entrada, es su escritura de guión cinematográfico, su recurrencia al corte y también las instrucciones en caso de que la narración sea llevada al cine. Insistente, obsesiva, Duras no para de recomendar dónde pondría la cámara, en qué momento entraría la música, etcétera. La novela tiene una buena cantidad de notas de guión de cine y no únicamente: las instrucciones para una eventual filmación irrumpen en el relato cuando menos se lo espera. Por cierto, no es esta la mejor novela de Duras y carece de la perfección formal de la anterior. Pero no pueden pasarse por alto algunas escenas que, además de la escritura, marcan y subrayan una diferencia con la anterior. Por ejemplo, la relación del chino con la madre de la chica. Y con sus hermanos. El chino de la versión de 1991 está más plantado, se lo ve menos timorato, más audaz. También la chica presenta transformaciones. Ahora se entrega a la relación, admite el amor a pesar de que la imposibilidad se cierne sobre los amantes, imposibilidad que proviene de las diferencias en el mundo colonial y también, en el caso del chino, del respeto a tradiciones seculares de su cultura. En esta versión Duras profundiza en la relación de los amantes y cada uno con su pertenencia familiar. Las trabas no son pocas. En el prólogo Duras declara: “Escribí el libro en la enloquecida felicidad de escribirlo”. Y no hay por qué dudar de ella. Pero la coincidencia en el año de escritura con la filmación de la novela por Jean Jacques Annaud con la bella modelo Jane March como protagonista, la producción con financiación de Playboy y el resultado, próximo al pornosoft, todo hace sospechar que Duras, aunque pueda haber cobrado unos derechos suculentos por este film, no se sintió conforme con una obra antagónica de sus propuestas cinematográficas de ruptura y entonces –no sólo inspirada por la noticia de la muerte del amante– se lanzó a una reescritura que mantiene su tono de duelo pero a la vez está directamente lanzada contra el cine hollywoodense y a plantear qué clase de film hubiera querido.
Trabajar la experiencia
Si sus cuadernos son interesantes no sólo para un durasiano es porque revelan una estrategia de aproximación al funcionamiento de la mente de una escritora: nos permiten comprobar que, si bien en grado menor, las sucesivas versiones de la historia amorosa tienen su paralelo de método de escritura vuelta sobre el pasado en la memoria del calvario de su marido, Robert Anselme, víctima de los campos nazis. Duras, en la resistencia, junto con su amante Mascolo y Francois Miterrand –nom de guerre Morland–, aprovechan los primeros días de la liberación para buscar a Antelme y rescatarlo de la burocracia aliada que tarda en dar cuenta de la identidad de los prisioneros salvados. Duras en estos días dirige una sesión de tortura de un colaboracionista. La descripción minuciosa del suspenso angustiante por la suerte de Antelme, su rescate y su lenta y trabajosa recuperación física como también la captura del colaboracionista y la sesión de golpes que, tal como da a entender la autora, dirige ella misma, datan de los cuadernos, pero Duras vuelve, como siempre, sobre el pasado y reescribe esa experiencia en El dolor (1985).
Aunque este rastreo de un tema y sus variaciones pueda parecer excesivo, no lo es si lo que viene a enfatizar es un modo de trabajar literariamente la propia experiencia. Lo que puede apreciarse es la versatilidad de Duras a través del tiempo, un itinerario en el que la memoria fue ajustando lo vivido y también adecuándole la forma hasta lograr un estilo tan personal como inconfundible. Duras marca el punto de inflexión, el quiebre, el momento en que su escritura abandona la normalidad realista, en el proceso de escritura del guión de Hiroshima, mon amour. Ese es el instante en que su escritura cambió. A partir de entonces su escritura fue otra. El pasaje, en categorías barthesianas, del texto de placer al texto de goce, una escritura preocupada por el lenguaje como medio esencial. Hay un reportaje que ella le hace a Francis Bacon que puede aportar a la comprensión de su escritura. Bacon le dice que lo primero que planta son manchas. Después le busca la forma, encuentra el sentido de la tela. Duras procede, según explica en una entrevista, de manera parecida. Primero dispone las palabras. Y luego, a medida que las articula, empieza a cobrar sentido la historia a narrar.
Nada condescendiente con sus pares, trátese de Sartre o Camus y menos, con de Beauvoir –“escribe con las patas”– dijo, Duras supo granjearse fama de difícil. La ruptura con el PC no significó que abandonara sus posiciones de izquierda y su anticolonialismo fuerte no sólo en sus novelas. Fue molesta para el sistema literario parisino y, cuando obtuvo una popularidad impensada, fue aún más incómoda. Con uno de los pocos que se llevó bien fue, nada casual, con otro difícil: Jean Luc Godard. Una vez muerta, su literatura sigue cada vez más viva. Y su obra más candente.
Quien entre al cementerio de Montparnasse, después de unos pocos pasos a la izquierda se encontrará con su tumba. Una lápida austera, una losa blanca, tiene sólo sus iniciales: MD. Y sobre la misma, infinidad de flores. Pero lo que llama la atención no son las flores sino la cantidad de frascos que contienen lapiceras, biromes y lápices. Algo quieren decir de la mujer que en su ensayo Escribir, una austera y confesional arte poética, anotó: “La soledad no se encuentra, se hace. Yo la hice. La literatura nunca me ha abandonado”.

DURAS EN SUS ULTIMOS AÑOS

sábado, 30 de abril de 2016

Poesía eras vos

Por Paula Jiménez España

El sábado 9 de abril, en el último encuentro del ciclo de poesía Literatura viva, Inés Manzano compartió un poema suyo dedicado a Carlos Fuentealba. Poniéndose en la voz de la mujer que acompañó en vida al maestro asesinado en Neuquén, Inés recitó de memoria, como siempre, sin bajar la vista para apoyarse en la seguridad del papel, porque a ella recordar, dijo una vez, le permitía ser libre. Esos versos tristísimos, que podrían consonar con otros de la mexicana Rosario Castellanos (“¿En quién me va a matar la muerte? En los que amo”), dicen: “Yo guardaba/ las cosas que decía/ la hilera de sus pasos/ su caricia de avena/ por las dudas/ Alguna vez/ tirados en el pasto tuvimos todo el tiempo/ Ahora solo tengo/ la argamasa que cede a sus latidos”. Era un poema de amor, pero era un poema político. Era un poema sobre las consecuencias de la política en la vida amorosa, esa zona que tantxs creen privada. A la hora de recitar (tardó muchos años en animarse a hacerlo delante de otrxs), nadie podía obviar su voz suave que era sin embargo de una gran contundencia. Esa tarde lluviosa, esta porteña, autora de “Si es puñal que me mate” (Rosario, Papeles del Boulevard, 2011), recogió sus merecidos aplausos y luego se levantó de la mesa sin aspavientos, como si nada hubiera pasado. Y en verdad, nada habría pasado salvo el deleite de escucharla, si no fuera porque aquella fue su última lectura pública. El pasado domingo 17 de abril, gran parte de la comunidad poética se reunió para despedirla en una sala velatoria de Chacarita donde un féretro cerrado no ostentaba grandes coronas sino sencillos ramos y una V peronista, apasionada y desprolija, escrita en blanco sobre la madera lustrosa. A unos metros, las editoras de La mariposa y la iguana repartían a lxs asistentes unas plaquetas pequeñas en formato de origami con algunos de sus escritos. Esa combinación (peronismo y poemas) parece haber resumido dos de los mayores intereses de su vida. Y podría decirse que durante años, en la práctica hizo de ambos una sola cosa al ocuparse de federalizar la poesía y popularizarla mediante la creación, junto con Cayetano Guzmán, del ciclo “Interiores” (por el que recibió debidos reconocimientos en los últimos Festivales de poesía de los que participó). Sobre esta labor de hormiga escribió recientemente la poeta Irene Gruss en su blog “El mundo incompleto”: “Inés Manzano tuvo la idea única de hacer un ciclo de lecturas en el que se invitara a un poeta de las provincias a leer en Capital. Ese ciclo se llamó Interiores. Muy pocos la ayudaron. Inés invitaba, conseguía hospedaje, pagaba los viáticos y la comida. Imprimía una plaquette con material del poeta o de la poeta en cuestión, que repartía durante la lectura, y un póster ilustrado por buenísimos plásticos. Las sedes de dicho encuentro eran mínimas bibliotecas o el IMPA. Cero difusión de prensa. A pulmón, cada cosa, cada detalle, como el acompañar a cada unx de ellxs a Retiro hasta la hora de su partida”. Por todo esto no sería exagerado usar la palabra amor para hablar de lo que a Inés le pasaba con la poesía y con los y las poetas, con quienes compartía largas charlas nocturnas sin importarle si al otro día tenía que levantarse temprano para ir a trabajar (era bibliotecaria). Versos como “Hemos sido tocado/ por los dedos azules de unos versos/ que asediaban el vientre donde estábamos/ desde antes del principio// De ahí viene la cosa”, parecen decir que Inés Manzano se sentía unida a otrxs escritorxs por provenir, igual que ellxs, de una raíz mágica y azarosa. Cuentan sus amigxs y familiares que prácticamente no dormía y se olvidaba de comer, pero no de leer, no de escribir. Gran parte de sus energías vitales fueron a parar a esta pasión por la que hizo trabajos tan concretos e invisibles como el de tipear la obra inédita de Susana Thènon para que fuera incluida en los tomos de “La morada imposible”. Además de todo esto, Inés Manzano fue miembro de “Poesía en la Escuela”, de la “Red Federal de Poesía” e integró la comisión organizadora del Festival Internacional de Poesía en el Centro (Centro Cultural de la Cooperación). Últimamente se dedicaba a compilar material para una antología de poetas del interior del país. Sus muestras de generosidad han sido infinitas y resulta difícil pensar que ya no circulará por los recitales de poesía sonriendo y luciendo esos vestidos largos y delicados que la hacían parecer un ser distinto, fuera de las modas y del tiempo.


Vivas y en marcha

Las mexicanas salieron esta semana a las calles de 27 estados, en la manifestación nacional contra las violencias machistas más grande de su historia. La potencia de esta “Primavera Violeta” movilizó bajo la consigna apabullante y urgente “Vivas nos queremos”, en reclamo de justicia y para derribar la escala ascendente de los registros: en el período que va de1985 a 2014 ocurrieron 47.178 feminicidios. Y ya son 7060 las desaparecidas de 2011 a la fecha.


Por María Florencia Alcaraz

Cuando escuchaban el sonido del atecocolli, las comunidades de la México prehispánica sabían que era un llamado a reunirse. El instrumento musical en forma de concha marina convocaba al trabajo, a la asamblea, a una ceremonia o a una celebración. El ritual se repetía en diferentes pueblos desde Alaska a la Patagonia. El 24 de abril, los atecocolli sonaron entre la marea violeta de miles de mujeres que marcharon por las calles de la capital azteca. Se encontraron bajo una consigna resonante como el eco grave que sale de esa concha marina: “Vivas nos queremos”. Los labios de María Eugenia Ortiz soplaron una de las tantas caracolas. La mujer, vestida con su traje tradicional, también bailó al ritmo de los tambores envuelta en el humo del sahumerio que quemaba otra compañera. “Somos mujeres y nos han agredido. Nos unimos danzando. Luchamos al parejo de todas”, dijo en una pausa de la coreografía.
Cada día, seis mexicanas son asesinadas por el solo hecho de ser mujeres. El último informe de ONU, “La violencia feminicida en México, aproximaciones y tendencias 1985-2014” contabilizó 47.178 muertes en ese período. También trazó la tasa de impunidad: de 3.892 crímenes entre 2012-2013, sólo 613 fueron investigados. Todos los días, alrededor de 40 mexicanas denuncian violaciones. La falta de justicia se repite: sólo una de cada cinco ha recibido una sentencia firme. El fin de semana casi 100 mil mujeres usaron el hashtag #MiPrimerAcoso en las redes sociales. Todas compartían historias de acoso en sus casas, en el metro, en la calle, en el colectivo. La mayoría en la niñez.
Para visibilizar con los cuerpos la frialdad de las estadísticas, las mexicanas salieron a las calles en la manifestación nacional contra las violencias machistas más grande de la que este país tenga memoria. La convocatoria, empujada por la sociedad civil, se multiplicó en 27 estados. La caravana principal de la “Primavera Violeta” se extendió por casi 30 kilómetros durante seis intensas horas. El recorrido comenzó a la mañana del domingo en Ecatepec de Morelos, a 20 kilómetros de la capital azteca. El municipio tiene el lamentable récord de haber superado a Ciudad Juárez en su tasa de feminicidios. En 2009 hubo 48 crímenes. Entre 2011 y 2014 el número se mantuvo en 60 y Ecatepec pasó a ocupar el primer lugar en el desglose municipio por municipio.
“Que te dije que no, ¡pendejo, no! Mi cuerpo es mío, sólo mío, tengo autonomía, yo decido”, cantó Angie con megáfono en mano. Para ella, la explicación de la convocatoria es simple: “Marchamos porque nos están matando”. La mujer advirtió a los hombres que han salido a defenderse. Están organizadas. Y esto viene desde abajo: son lesbianas, heterosexuales, trans y de diferentes sectores sociales, de distintas formaciones. Cuando terminó de hablar con Las12, Angie se sumó a otro hit de la marcha: “¡Con falda o pantalón, respétame, cabrón!”.
A Judith Flores un tipo le mostró el pene en el metro. “He sufrido acoso desde los 6 años, de más grande sufrí en el trabajo con el jefe. Si tocan a una, nos tocan a todas. Tenemos que hacer manifiesta la sororidad”, explicó la integrante de la comunidad Brigada Solidaria mientras se unía al concierto de cuerpos. Perla Pedroza caminó con su sobrina Sofía. “Marcho a los dos años para que no me violenten durante mi vida”, decía el cartel que sostenían, ambas vestidas de púrpura. “Visibilizarnos desde niñas abre las conciencias de las personas”, explicó la mujer.
El #24A evidenció violencias cotidianas pero también apuntó a la Justicia. Los familiares de víctimas, como Norma Andrade, encabezaron la caravana. El cuerpo de su hija, Lilia García Andrade, apareció envuelto en una frazada en un baldío de Ciudad Juárez el 21 de febrero de 2001. Una paradoja: la última vez que la vieron fue una semana antes, el día en que occidente celebra el amor. Lilia tenía 17 años, era madre de dos chicos y trabajaba en una maquiladora. Norma se convirtió en una referente internacional después de fundar “Nuestras Hijas de Regreso a Casa”. El feminicidio de su hija no tiene ningún detenido. “Ya llevo 15 años exigiendo Justicia. Hay cuatro sospechosos, cuatro muestras de ADN, pero aún no han detenido a nadie. Estamos llevando el caso a la Corte Interamericana. Queremos denunciar al Estado por inacción y falta de Justicia”, dijo Norma.
La movilización central terminó pasadas las 18 en el Ángel de la Independencia. Alrededor de 10 mil personas colmaron el Monumento a la Revolución y la avenida Reforma, la más importante del país. Con una robustez alcanzada al calor de los últimos casos mediatizados, aquellos que le pusieron fecha a la marcha: la agresión sexual a la periodista Andrea Noel mientras caminaba por la calle, la violación de Daphne Fernández en Veracruz, en la que están involucrados “Los Porkys de Costa de Oro” –un grupo de hijos de políticos y empresarios– y el caso de Yakiri Rubio, procesada por matar a su agresor.
“Vivas se las llevaron, vivas las queremos”, decían muchas de las pancartas tan improvisadas como urgentes que levantaron las marchantes. La frase, también convertida en canción, tiene un hipervínculo directo a los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa. Las desaparecidas son 7.060 desde 2011 en el país azteca. Como si la aguja con la que se teje la trama de las violencias en México fuese una sola.
La nena dibujada por Liniers para convocar a las movilizaciones del 3 de junio en Argentina también levantó su puño en los carteles mexicanos. La chica de vestido que ocupa la A de #NiUnaMenos encontró su lugar en el #24A. Una joven se enmascaró al estilo Pussy Riot: su pañuelo también llevaba escrita la frase que en Argentina sintetizó las violencias machistas. Como el sonido reverberante del atecocolli, el grito que convoca a las mujeres en todo Latinoamérica es uno solo: si tocan a una, respondemos todas. Hacia el final, de fondo, con la potencia de aquello que se desea, un coro de mujeres repetía: “Va a caer, va caer, el machismo va a caer”.


Enrejadas


La Argentina incumplió con Naciones Unidas el compromiso de bajar la mortalidad materna. Y la mayor deuda es con aquellas que mueren por la clandestinidad del aborto. Pero en la medida en que se reclama la legalización e implementación de las interrupciones voluntarias del embarazo, hay casos de criminalización de mujeres. En Tucumán, Belén está presa por un aborto espontáneo en un juicio sin garantías y con torturas por parte del hospital público, que muestra un recrudecimiento de los sectores conservadores contra las mujeres.
Por Luciana Peker





“Mi vida antes era normal y ahora es un infierno. Es lo peor que me podía pasar” le dice Belén, condenada a ocho años de prisión por sufrir un aborto espontáneo, a Las/12. Belén tiene 27 años y está encerrada desde los 25 en la Unidad Penitenciaria Nº 4 de Tucumán. Su tiempo no se detuvo, pero se encegueció hasta de amores no correspondidos en la pantalla. La última novela que vio, desde el sillón de su casa o tomando mate con sus amigas, fue Avenida Brasil. Sus sueños también se le borraron de un horizonte acortado por paredones. Antes quería formar una familia. Ahora tiene miedo hasta de la posibilidad de ser mamá. Belén no se llama Belén pero no quiere contar su nombre, no quiere que los diarios reflejen su rostro, ni siquiera que se imagine su mundo al que quiere resguardar como no la resguardaron a ella. No quiere espejarse en los barrotes sociales que estigmatizan la prisión. Ni quiere estar presa. Pero sí quiere tener voz y letra y escribir un libro con su historia. Belén es una joven de un barrio popular de Tucumán que, ahora, desde la cárcel, agradece a las mujeres de todo el país que piden por su libertad porque la hacen sentir menos sola en un infierno que comenzó el 21 de marzo del 2014. Esa noche le dolía mucho la panza y fue a hacerse atender al Hospital Avellaneda, en San Miguel de Tucumán. Nunca imaginó que iba a ser su último acto de libertad. Ni siquiera sabía que estaba embarazada. Sufrió un aborto espontáneo. Pero el sangrado no se detiene. Puede seguir presa seis años más si la Justicia no revisa su causa. Primero la imputaron por aborto seguido de homicidio, que es una figura penal inexistente. El 19 de abril de este año la Sala III de la Cámara Penal la condenó por “homicidio doblemente agravado por el vínculo y por alevosía”. El 3 de mayo se van a conocer los fundamentos de la sentencia y, después, la abogada Soledad Deza va a apelar el fallo y a pedir la excarcelación para que espere la próxima instancia judicial en libertad. Belén ya no está sola: distintas organizaciones de mujeres iniciaron campañas para su liberación y Amnistía Internacional llamó a una acción urgente por considerar que se trata de un caso emblemático de violación de derechos humanos.
“No hay pruebas de nada, yo nunca mataría a una criatura y jamás dañaría a nadie. Nunca le hice daño a nadie” resalta Belén desde la cárcel. Hace dos años que, en prosas distintas, vulgares o leguleyas, la tratan de asesina.
–“Hija de puta, mirá lo que hiciste, mataste a tu hijo” me dijo un enfermero que me maltrató física, moral y psicológicamente –recuerda Belén palabra por palabra.
Además hubo policías que inspeccionaron, eso sí, sus partes íntimas, un procedimiento que puede ser incorporado como tortura en la causa judicial. “La denegación del aborto y su criminalización constituyen supuestos de violencia de género y violencia institucional que pueden constituir tortura o trato cruel, inhumano y degradante”, afirma una acción urgente de Amnistía Internacional, una estrategia de solidaridad por la cual miles de personas de todo el mundo se suman para exigir el respeto de los derechos humanos. Además, según el “Informe del Relator Especial sobre la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, Juan Méndez”, de la Comisión contra la Tortura de la ONU, en febrero de 2013, “Los órganos internacionales y regionales de derechos humanos han empezado a reconocer que los malos tratos infligidos a mujeres que solicitan servicios de salud reproductiva pueden causar enormes y duraderos sufrimientos físicos y emocionales provocados por motivos de género. Ejemplos de esas violaciones son las denuncias de mujeres presentadas por personal médico cuando hay pruebas de la realización de abortos ilegales y la práctica de intentar hacer confesar a una mujer como condición para que reciba un tratamiento médico que podría salvar su vida después de un aborto”.
Amnistía propone la participación pública para pedir la libertad de Belén, antes del 15 de mayo. Y que además –como en el caso de Ana María Acevedo en Santa Fe– también sean imputados/as médicos, parteras y enfermeros intervinientes en el procesamiento. Mariela Belski, directora de Amnistía Internacional Argentina, reclama: “Estamos interpelando que se garantice de manera inmediata la libertad de Belén y el cese de su prisión preventiva, protegiendo su integridad física y mental; que se investigue el accionar de los profesionales de la salud que incumplieron su deber de confidencialidad médico-paciente y se establezcan las responsabilidades del caso, y que se garantice a las mujeres y las niñas un acceso seguro y legal a los servicios de aborto, necesarios para proteger su vida o su salud”.
“Cuando me desperté me estaban mirando mis partes, eran entre cinco o seis. Uno me miraba ahí abajo” narra Belén la vejación que sufrió en el hospital público tucumano. Ella no sabía que estaba embarazada pero sí que había tenido problemas de vesícula a los que les atribuía el origen del dolor. El médico José Daniel Martín le dijo, delante de su mamá, que estaba teniendo un aborto espontáneo. La policía y una partera requisaron los baños –incluso con personal de limpieza adentro– y encontraron un feto que empezó a ser nombrado por el personal de salud como “hijo” de Belén, según consta en la nota de la periodista Mariana Carbajal en Página/12. Hay diferencia entre la edad gestacional de los médicos que la atendieron, las actas policiales y la autopsia del feto que varían entre las veinte y las treinta y dos semanas. Nunca en dos años de proceso judicial se corroboró, a través de un ADN, la relación con Belén. “Han conectado abortante y feto encontrado y han dictaminado un homicidio, pero no hay un ADN en toda la causa. No hay ninguna prueba que la vincule”, resalta Deza, integrante de Católicas por el Derecho a Decidir. Se ahorraron el examen genético, pero no los insultos.
“¿A nadie le llamó la atención que el ADN no se hizo? O es un feto que ha crecido en dos horas o es un milagro de la naturaleza porque en la historia clínica dice que tiene entre veinte y veintidós semanas y, después, le adjudican un feto de treinta y dos semanas. El Poder Judicial no se dedicó a investigar sino a condenarla en base a una condena moral, no a pruebas. No hay ni siquiera una huella dactilar en el inodoro que se encontró el feto”, objeta Deza. Y también marca las deficiencias judiciales del proceso contra Belén: “El profesional de la salud no puede mandar a buscar un feto a la partera a los baños porque quiere buscar la prueba de un delito. Lo único que tiene que hacer es un legrado. El médico le debe confidencialidad a la paciente, no ser auxiliar de fuerzas de seguridad”, subraya la abogada.
Belén no es solo ella
Belén son las mujeres que ya murieron por la sangre en la clandestinidad o en la sospecha permanente sobre sus cuerpos. Pero, por sobre todo, es el riesgo de un eco que espante a las que sangren en la incertidumbre de un goteo sin cese del acceso a la salud pública después de perder o interrumpir un embarazo. “Al criminalizar a una mujer con un aborto espontáneo van a disuadirlos de acceder a la salud porque van a desconfiar del secreto profesional y del trato hospitalario. No pueden poner a las mujeres abortantes en el dilema de libertad o la muerte, ni los médicos ponerse en el lugar de policías”, exige Deza.
¿La criminalización de Belén es una excepción a la regla de no juzgar a las que abortaron o un signo de un retroceso conservador que cobra con la vida, la salud y la libertad a las mujeres? “Hay un recrudecimiento de las visiones conservadoras personales por sobre los derechos “, acusa Deza. “Este fallo no lo hubiera visto venir. Pero, en algunos momentos, toman la objeción de conciencia como estrategia y, en otros, la persecución policial o judicial. También hay que tener en cuenta que Tucumán es la única provincia de Argentina que no adhirió a la Ley de Salud Sexual y Procreación Responsable. Y, hasta ahora, no hay un sumario administrativo ni una declaración pública de los profesionales de la salud y de las autoridades sanitarias contra este procedimiento.”
“Ni loca volvería a un hospital” le contesta Belén a Las/12. No tiene teléfono para poder hablar, pero contesta preguntas en un papel que hacen que su voz desafíe el encierro. Y, a la vez, muestre la encerrona de su caso para miles de mujeres expulsadas de la salud pública.
¿Tu caso puede espantar a otras mujeres de los hospitales?
–Creería yo que si, por miedo.
¿Te enteraste de que hay mujeres de todo el país pidiendo tu libertad?
–Les agradezco de corazón porque de sentirme tan sola, comida por el fiscal, pasé a estar acompañada. Muchas gracias.
¿Qué les dirías a aquellos jueces que te sentenciaron?
–Que fueron injustos, muy injustos, que me causaron mucho daño y que Dios los bendiga.
Ni presas ni muertas por aborto
Desde el colectivo NiUnaMenos se reclama que el caso de Belén se tome como una muestra de la violencia hacia las mujeres que implica la ilegalidad del aborto en la Argentina. “Las mujeres, los cuerpos con úteros, son las únicas personas con la palabra y el cuerpo tutelado. No pueden decir no, no pueden decidir sobre su maternidad. En este caso el machismo y el patriacrado permearon para limitar la autonomía de las mujeres. En cada familia podemos encontrar una historia de aborto oculta, tapada, escondida”, expresa un comunicado. “Desde NiUnaMenos creemos que con diferentes violencias se ataca nuestra autonomía y, como dijimos el 3 de junio, afirmamos nuestro derecho a decir no a lo que no se desea: una pareja, un embarazo, un acto sexual, un modo de vida preestablecido. Creemos en el cambio cultural, en que todas podamos restituir con nuestras voces nuestras propias historias de abortos como una red de saberes y cuidados para las más jóvenes, una narración de la ayuda mutua. También es una forma de escribir la historia de la violencia que la clandestinidad imprimió en nuestros cuerpos.
La persecución penal de quienes deciden no seguir adelante con un embarazo es una forma brutal de violencia contra las mujeres, que solo las condena a la clandestinidad y a poner en riesgo su vida. Una mujer que decide abortar hace un acto de afirmación sobre la vida que quiere y sobre el futuro que imagina. ¿Quién sabe más sobre sus propios deseos, ella o el sistema penal? Sumamos nuestra voz a la denuncia contra estos machismos biopolíticos, porque libres, vivas y autónomas nos queremos”.
Violencia de género hospitalaria
Los maltratos después de un aborto violan los protocolos de atención respetuosa del Ministerio de Salud de la Nación. Pero no son una excepción. En el Observatorio de Violencia de Género (OVG) de la Defensoría del Pueblo de la Provincia de Buenos Aires constan dos denuncias por maltrato post aborto (como no colocar anestesia en un legrado) y que son calificadas de violencia obstétricas. “En los casos ingresados por situaciones de post aborto las prácticas se realizan sin informar a las pacientes debidamente. No se registran documentos de consentimiento informado. Las intervenciones de los/as profesionales son acompañadas de malos tratos, insultos y otras prácticas de coerción, que constituyen tratos crueles, inhumanos y degradantes. Se observan malos tratos en las prácticas médicas de rutina. Las actuaciones no contemplan la contención psicológica de las pacientes. Tampoco contemplan los lineamientos que, desde el Programa sobre Salud Reproductiva del Ministerio de Salud provincial, se han desarrollado ante consultas de aborto y/o post aborto. Se registran situaciones de desinformación, vinculadas con el manejo de la historia clínica de las pacientes por parte de los/as efectores/as de la salud, que debería incluir un informe interdisciplinario en situaciones traumáticas como son los casos de atención de aborto y/o post aborto. Se observa la adulteración de las historias clínicas y el impedimento de acceso a las mismas por parte de las mujeres víctimas, sus familiares y allegados/as. Estas prácticas médicas e institucionales promueven además, como en el caso de Belén, procesos de criminalización o la amenaza de iniciarlos, como parte de un mecanismo de castigo-disciplinamiento para las mujeres que no cumplen con el rol social esperado respecto del ejercicio de la maternidad”, señala Laurana Malacalza, coordinadora del Observatorio de Violencia de Género de la Defensoría del Pueblo de la Provincia de Buenos Aires
Belén no es la única mujer acusada por haber interrumpido un embarazo. –En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires hay una mujer imputada por aborto (cuando su caso estaba enmarcado en un centro de salud porque podía afectar su salud y ella vivía una situación de violencia) pero, tras el aborto, la mujer se separa y su ex marido la denuncia a ella y a las profesionales que la atienden. También hay otras cinco mujeres en todo el país con causas abiertas. En Villa Dolores, Córdoba y en Ushuaia hay dos procesos (del 2013 y del 2010) por aborto, y se está esperando la fecha de los juicios. Se está pidiendo la nulidad de los procedimientos. En San Juan y en Jujuy hay dos mujeres imputadas por homicidio agravado por el vínculo porque se las acusa de haber interrumpido embarazos avanzados. Las dos estuvieron presas –describe Florencia Maffeo, integrante de Socorristas en Red, de Morón, y de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito.
“¿El nuevo contexto derechizado envalentona al sistema judicial patriarcal a perseguir a las mujeres?” se pregunta Maffeo. No se trata solo de que falta la legalización del aborto seguro y gratuito (la gran deuda de la democracia con las mujeres), sino de posibles reacciones conservadoras.
“La mayoría de estas causas se iniciaron antes del cambio de gobierno, pero se había observado que las investigaciones se cajoneaban hasta que las causas caducaban. Ahora, parece que estamos viviendo una época de retrocesos de las políticas que garantizan los derechos humanos, en especial de las mujeres y, además, en la que se busca la pena ejemplificadora para causar miedo y paralizar. Por eso es urgente que se despenalice y legalice el aborto en nuestro país. Porque el aborto ilegal no sólo obstaculiza el acceso a abortos seguros sino que, también, prohibir el aborto es criminalizar la decisión de las mujeres”, sostiene Maffeo.
Más allá de un mapa donde existen otros procesos judiciales, Belén encarna una bandera de libertad que se torna emblemática. La abogada del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), Edurne Cárdenas, subraya: “El caso de Belén en Tucumán muestra cómo la persecución penal del aborto encubre una discriminación institucionalizada del Poder Judicial. Las mujeres que deben pasar por un proceso penal por causas relacionadas con aborto son mujeres pobres y jóvenes. Belén tuvo, además, dos años de prisión preventiva cuando ni podía entorpecer la causa ni existía peligro de fuga. En su caso fue un castigo suplementario que podemos leer como condena moral. Estamos esperando conocer los argumentos de la sentencia y nos presentaremos en la causa como amicus curiae. Apoyamos, además, las gestiones para lograr la excarcelación de Belén. Desde el CELS sostenemos que hay que legalizar el aborto para proteger la vida y la salud de las mujeres. Solo legalizando evitás que los médicos hagan una libre interpretación de cuándo es un delito o no, según el artículo 86 del Código Penal, algo que no les corresponde, y expongan a sus pacientes a este tipo de situaciones violando el secreto profesional”.
La abogada feminista Sabrina Cartabia también remarca: “Aquí se visibiliza una cadena de incumplimientos. El primer eslabón es la violación sistemática de la obligación ética y legal de guardar secreto profesional. Frente a este escenario, el Estado no aplica políticas públicas tendientes a prevenir –por medio de la capacitación y difusión de criterios claros– y sancionar a quienes afectan profundamente la dignidad y privacidad de mujeres, niñas y adolescentes. A la paciente se la pone en el lugar de acusada y los médicos se trasladan al lugar de inquisidores. Si bien la violación del secreto profesional es un grave atentado contra los derechos humanos de las mujeres que abortan, en nuestro país existen consecuencias aún más graves derivadas de las creencias y prejuicios enquistados en nuestra sociedad. Los tratos inhumanos, crueles y degradantes son moneda corriente en los servicios de salud e, incluso, en algunos casos configuran tortura. Las mujeres sufrimos en nuestra carne las devastadoras consecuencias de una ley con escasa o nula aplicación penal pero con un fuerte valor simbólico que lejos de proteger la vida pone en riesgo y mata a mujeres, niñas y adolescentes. El caso de Belén expresa el punto máximo del retroceso respecto de los derechos de las mujeres y envía un mensaje muy claro: ´Si abortaste no recurras al sistema de salud´, sometiéndonos a la imposible decisión: la vida o la libertad”.
También Raquel Vivanco, coordinadora Nacional de Mujeres de la Matria Latinoamericana (Mumalá) acusa: “El caso de Belén pone al descubierto la violencia institucional que sufrimos las mujeres en la Argentina como consecuencia de la ilegalidad del aborto”. En este sentido, la diputada Victoria Donda Pérez remarca que “no sólo es urgente y necesario que en el Congreso de la Nación demos el debate para la aprobación de la Ley de Legalización de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, en los términos del proyecto que impulsamos con la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito; también es posible. En los últimos años hemos reunido la adhesión de diputados y diputadas de los distintos bloques partidarios y el consenso social es cada vez mayor. Tal como lo planteó la ONU, negar el acceso al aborto legal es atentar contra el derecho a la salud integral de las mujeres”.
En el marco regional, en México la legalización en el DF generó una revancha conservadora que aumentó la criminalización de las mujeres en el interior del país. En El Salvador, el caso de Teodora Vásquez, sentenciada a treinta años de prisión por perder un embarazo, es emblemático, y en Chile, en el 2014, se iniciaron investigaciones judiciales a 113 mujeres por “aborto consentido”, según Amnistía Internacional. Ahora Belén espera. Chocolates, libertad y salud para ella y para todas.

FOTO: LEANDRO TEYSSEIRE





Página 12













domingo, 24 de abril de 2016

Las cosas desaparecen

Reacia a las entrevistas, la escritora suiza aceptó dialogar telefónicamente con PERFIL. ¿La excusa? La aparición de su primer libro de relatos, El último de la estirpe (Tusquets), donde mezcla ficción con recuerdos de su vida y de sus amigos: Oliver Sacks, Ingeborg Bachmann y el Premio Nobel Joseph Brodsky.

Por Guillermo Piro
Los que empezamos a leer a Fleur Jaeggy (1940) a mediados de los años 80 estamos habituados a esta larga espera entre libro y libro. Pero eso no consigue resignarnos. Entre El ángel de la guarda y Los hermosos años del castigo mediaron dieciocho años, y entre ése y El temor del cielo, seis. Lo último que había llegado a nosotros fue Proleterka, y hubo que esperar otros  siete años. El dedo en la boca, su primera novela, de 1968, que misteriosamente había quedado inédita en español, fue editada en España por Alpha Decay en 2014. La misma editorial publicó un año después su tercera novela, que Tusquets, su editorial en español por defecto, se había salteado: Las estatuas de agua, de 1980. Y en 2013 la misma editorial publicó Vidas conjeturales, un libro sobre las vidas de Marcel Schwob, Thomas De Quincey y John Keats  contadas en tres pequeñas novelas, aparecido originalmente en 2009.  De modo que entre los tiempos que la autora se toma para pergeñar una obra y los tiempos que los editores se toman en despertar no nos ha ido muy bien a sus lectores. Ahora, Tusquets, otra vez, acaba de publicar El último de la estirpe, un libro de relatos conocido en italiano como Sono il fratello di XX (Soy el hermano de XX), publicado por Adelphi en 2014.
Conocedores de que a la autora le gustan poco las entrevistas, pedimos una a través de su agente seguros de que iba a decirnos que no, pero para nuestra sorpresa la respuesta fue que enviáramos una serie de preguntas por mail. Como no nos gusta hacer (anti)entrevistas por mail, respetuosamente declinamos la oferta aludiendo que todo lo que pretendíamos era charlar con Fleur Jaeggy, que en caso de que fuera estrictamente necesario podíamos compilar una corta serie de preguntas, pero que en realidad lo que más nos interesaba era hablar con la autora. Para nuestra sorpresa, a vuelta de correo electrónico, se nos ofrecieron días y horarios para efectuar la llamada. La transcripción fiel  de esa charla es lo que sigue.
—Señora, no tengo una secuencia de preguntas precisas para hacerle. Me habían pedido enviarle una serie de preguntas, y no lo hice, pero usted aceptó igual hablar conmigo. ¿Por qué?
—Porque me dije: “Bueno, hagamos la prueba”. A veces suelen hacerme preguntas sobre lo que escribo, y en realidad no tengo mucho que decir sobre eso.
—Leí en alguna parte que su madre era argentina...
—Así es, nació en Buenos Aires. Tengo muchas fotos de Buenos Aires y de hecho me considero yo también un poco argentina. Muchas veces yo miraba a mi abuela, allá en Suiza, con la mirada perdida, y yo me decía: “A lo mejor está pensando en Buenos Aires”. Me gustaría mucho ir allá, sobre todo para ver dónde habían vivido mi abuela y mi mamá. En la calle Thames... ¿Existe todavía? ¿La conoce?
—Claro que existe, claro que la conozco.
—Tengo muchas fotografías de la Argentina, a veces me gusta mirarlas...
—Los que la leemos desde hace años nos preguntamos siempre por qué escribe tan poco, o al menos por qué publica tan poco.
—A mí en cambio me parece que escribo muchísimo y que publico demasiado.
—Tengo la idea de que usted, para encontrar ese estilo... no sé cómo llamarlo... despojado... corrige mucho. ¿Es así?
—No, no es verdad que corrija tanto... pero me gusta esta palabra que acaba de usar, “despojado”... Ese despojamiento lo cumplo antes de escribir, en mi mente. Cuando escribo tiendo a agregar cosas. Pero si se refiere usted a que ese despojamiento es el fruto de sucesivas correcciones, no, definitivamente no.
—Usted también tradujo a Marcel Schwob y a Thomas De Quincey, pero nunca encaró la traducción profesionalmente...
—¿A qué se refiere con “profesionalmente”?
—A que nunca se propuso vivir de la traducción.
—¡Ah!, entiendo. Es verdad, sólo traduje Vidas imaginarias de Schwob, Los últimos días de Emmanuel Kant, de Thomas De Quincey y Reglas musicales para la vida, de Robert Schumann. Pero esas traducciones las hice porque eran libros que me gustaban muchísimo.
—¿Leyó alguna vez a Clarice Lispector?
—¡Sí! ¡Y me gusta muchísimo!
—No creo que ella y usted tengan mucho que ver, pero sí tienen que ver, para mí, en el sentido de que son ustedes dos las escritoras más libres que conozco.
—¿A qué se refiere exactamente?
—A que cuando escriben hacen exactamente lo que se les antoja.
—¿En qué sentido dice “lo que se nos antoja”?
—En el sentido de que muchos de sus cuentos ni siquiera podrían ser llamados tales, y cuando lo son se detienen abruptamente, por ejemplo, parecen no tener final.
—Todo tiene que terminar, en algunos casos muchos de mis cuentos terminan antes de haber empezado.  Cuando escribo siento que ejerzo esa libertad, pero no pienso en eso. Mire, yo aún escribo con máquina de escribir, no tengo computadora. Y consumo mucho papel. Debo decir que siento cierto afecto por mi máquina de escribir, porque la tengo desde siempre.
—¿Le gusta el ruido de la máquina de escribir?
—Mucho.
—En “El último de la estirpe” habla de Joseph Brodsky, de Oliver Sacks y de Ingeborg Bachamann.
—Ingeborg era muy amiga mía, la quería mucho. Cuando ella sufrió aquel accidente –tenía 47 años y la cama en la que dormía ardió en llamas– yo vivía en Milán y me fui a Roma a verla, y estuve acompañándola en el hospital.
—Es raro que algo parecido le haya pasado a Clarice Lispector...
—¿A ella le pasó lo mismo?
—Sí, se quedó dormida con un cigarrillo prendido y provocó un incendio. Sufrió quemaduras en el cuerpo, pero principalmente en las manos, y pasó algunos meses en el hospital.
—No...
—Sí, lo juro.
—...
—¿Y Brodsky?
—Eramos viejos amigos. El vivía en Nueva York, pero venía a menudo a Italia. Le gustaba mirar partidos de fútbol por televisión. A Sacks lo conocí en Nueva York, luego volví a verlo en Italia, en Bérgamo, y a partir de ahí solía venir a casa, en Milán. Siempre tenía calor. Lo recuerdo en esta misma habitación, desde donde hablo con usted, en invierno, y yo tenía que tener las ventanas abiertas porque él tenía calor. El lo más tranquilo, y yo con el abrigo puesto, la bufanda y los guantes.
—Me gustó mucho el relato “Gato”, porque después de leerlo me puse a mirar con atención a mis gatos...
—¿Usted tiene gatos? ¿Cómo se llaman?
—El se llama Jim Beam y ella Fiona. ¿Usted también tiene gatos?
—Tengo uno, siempre está cerca de mí, pero ahora está en otra parte.
—¿Dónde está ahora?
—En otra parte.
—Y sí, los gatos suelen andar por ahí...
—No, no, el mío está en otra parte.
—Entiendo.
—Creo que no entendió: quiero decir que mi gato no es de este mundo.
—¿Está muerto?
—No me gusta decir que está muerto, prefiero decir que no es de este mundo.
—Pensé que estaba dando vueltas por ahí.
—No, no, jamás anduvo dando vueltas por ahí. Era bellísima, y muy inteligente.
—Después de leer su relato me puse a observar el comportamiento de Jim Beam cuando con atención está acechando a su presa y, efectivamente, en determinado momento hace lo que dice usted...
—Tiene un momento de distracción. Incluso cuando ya tiene la presa en sus garras, el gato se distrae. Está en su naturaleza.
—Hay un momento del libro en el que usted dice: “Al dolor le gusta anunciarse”.
—¿Yo dije eso?
—Sí. Dice: “El dolor siempre sobreviene con retraso. A veces antes, porque se anuncia...”
—¡Ah, sí! Ahora lo recuerdo.  Es que a veces ocurre que uno percibe un gran dolor después. Uno sufre el dolor, pero luego el dolor disminuye, y un buen día vuelve a atacar con más fuerza.
—¿Usted sufrió mucho dolor en su vida?
—Preferiría no responder a eso.
—El libro que acaba de salir, “El último de la estirpe”, en italiano se llamó “Soy el hermano de XX”. Es raro, pero el título que eligieron para la edición española se parece más a un título de Fleur Jaeggy que el que usted le puso...
—No tengo la más mínima idea de por qué lo llamé Soy el hermano de XX. Hubiera debido llamarlo El último de la estirpe.  
—¿Le sucede a menudo esto de no saber por qué hace las cosas?
—Disculpe, pero me sorprendió mucho lo que me contó de Clarice Lispector. Me dejó muy impresionada.
—Pero a diferencia de la Bachmann no fue ésa la razón de su muerte. Lispector murió creo que diez años después de aquel accidente.
—Sí, pero la coincidencia es terrible.
—“El último de la estirpe” es de 2014, tal vez está por salir un nuevo libro suyo...
—No creo. No, no creo
—¿Vamos a tener que esperar mucho?
—No lo sé, tal vez no salga más nada. Muchas veces miro mi máquina de escribir y no se me ocurre nada.
—Bueno, es algo que les pasa a muchos escritores...
—Puede ser, yo no conozco a tantos escritores.
—No le creo eso.
—Digo la verdad. Personalmente conozco muy pocos.
—Tal vez debería abandonar la máquina de escribir...
—No puedo, estoy demasiado habituada a ella. Mi máquina es hermosa, es una vieja Hermes. Lindo nombre, ¿no le parece?
—Sí, Hermes es un nombre hermoso.
—Tenía una vieja Remington, negra, pero no sé qué fue de ella.
—¿Desapareció?
—No sé. Lo cierto es que de vez en cuando las cosas de-saparecen.
—Sí, pero por lo general las cosas que desaparecen son más pequeñas que una máquina de escribir...
—Yo creo que todas las cosas desaparecen. ¿Puedo leerle algo? No es algo mío, sino de una santa. Es breve: “¡Oh, nada desconocida! ¡Oh, nada desconocida! En realidad el alma no puede gozar en este mundo de una vista más bella que observando su propia nada y estando dentro de su prisión”.  
—Es hermosísimo. ¿De quién es eso?
—Es de Angela de Foligno.
—Ah, claro, hay una alusión a ella en un cuento de “El último de la estirpe”.
—Así es, el cuento se llama La visitante.
—¿Y por qué me leyó eso?
—Porque lo tengo a mano. El suyo es un libro que siempre tengo cerca. Y mejor que no llegue a desaparecer. No dejo que nadie ni siquiera lo toque.
—Que no pase lo mismo que con la máquina de escribir...
—Exactamente. Que las cosas no desaparezcan.


Perfil

domingo, 17 de abril de 2016

Sor Juana Inés de la Cruz

12 de noviembre de 1651- 17 de abril de 1695

“Poeta y dramaturga novohispana, y para algunos la primera feminista de América, logró sobresalir como artista y ganarle una discusión teológica a un obispo. Lo segundo tuvo un costo muy alto para Sor Juana ya que, a causa de ello, fue condenada al silencio (no pudo volver a escribir), a vender su hermosa biblioteca y su asombrosa colección de instrumentos musicales. Cosas que hizo, debido a su voto de obediencia, y luego de lo cual vivió sólo seis meses, ya que se entregó en cuerpo y alma a atender a enfermos de una epidemia. Su final fue trágico porque murió a los 43 años, cuando tenía aún mucho para dar, pero lo cierto es que su huella cambió las cosas de una manera sutil pero definitiva: jamás lograron acallarla del todo. Su voz se sigue desplegando firme y clara a través de su obra…” 

 Marilén Stengel
L
a mujer presente. Ediciones B.



Escritora mexicana, la mayor figura de las letras hispanoamericanas del siglo XVII. La influencia del barroco español, visible en su producción lírica y dramática, no llegó a oscurecer la profunda originalidad de su obra. Su espíritu inquieto y su afán de saber la llevaron a enfrentarse con los convencionalismos de su tiempo, que no veía con buenos ojos que una mujer manifestara curiosidad intelectual e independencia de pensamiento.
Biografía
Niña prodigio, aprendió a leer y escribir a los tres años, y a los ocho escribió su primera loa. En 1659 se trasladó con su familia a la capital mexicana. Admirada por su talento y precocidad, a los catorce fue dama de honor de Leonor Carreto, esposa del virrey Antonio Sebastián de Toledo. Apadrinada por los marqueses de Mancera, brilló en la corte virreinal de Nueva España por su erudición, su viva inteligencia y su habilidad versificadora.

Sor Juana Inés de la Cruz
Pese a la fama de que gozaba, en 1667 ingresó en un convento de las carmelitas descalzas de México y permaneció en él cuatro meses, al cabo de los cuales lo abandonó por problemas de salud. Dos años más tarde entró en un convento de la Orden de San Jerónimo, esta vez definitivamente. Dada su escasa vocación religiosa, parece que Sor Juana Inés de la Cruz prefirió el convento al matrimonio para seguir gozando de sus aficiones intelectuales: «Vivir sola... no tener ocupación alguna obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros», escribió.
Su celda se convirtió en punto de reunión de poetas e intelectuales, como Carlos de Sigüenza y Góngora, pariente y admirador del poeta cordobés Luis de Góngora (cuya obra introdujo en el virreinato), y también del nuevo virrey, Tomás Antonio de la Cerda, marqués de la Laguna, y de su esposa, Luisa Manrique de Lara, condesa de Paredes, con quien le unió una profunda amistad. En su celda también llevó a cabo experimentos científicos, reunió una nutrida biblioteca, compuso obras musicales y escribió una extensa obra que abarcó diferentes géneros, desde la poesía y el teatro (en los que se aprecia, respectivamente, la influencia de Luis de Góngora y Calderón de la Barca), hasta opúsculos filosóficos y estudios musicales.
Perdida gran parte de esta obra, entre los escritos en prosa que se han conservado cabe señalar la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. El obispo de Puebla, Manuel Fernández de la Cruz, había publicado en 1690 una obra de Sor Juana Inés, la Carta athenagórica, en la que la religiosa hacía una dura crítica al «sermón del Mandato» del jesuita portugués António Vieira sobre las «finezas de Cristo». Pero el obispo había añadido a la obra una «Carta de Sor Filotea de la Cruz», es decir, un texto escrito por él mismo bajo ese pseudónimo en el que, aun reconociendo el talento de Sor Juana Inés, le recomendaba que se dedicara a la vida monástica, más acorde con su condición de monja y mujer, antes que a la reflexión teológica, ejercicio reservado a los hombres.
En la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (es decir, al obispo de Puebla), Sor Juana Inés de la Cruz da cuenta de su vida y reivindica el derecho de las mujeres al aprendizaje, pues el conocimiento «no sólo les es lícito, sino muy provechoso». LaRespuesta es además una bella muestra de su prosa y contiene abundantes datos biográficos, a través de los cuales podemos concretar muchos rasgos psicológicos de la ilustre religiosa. Pero, a pesar de la contundencia de su réplica, la crítica del obispo de Puebla la afectó profundamente; tanto que, poco después, Sor Juana Inés de la Cruz vendió su biblioteca y todo cuanto poseía, destinó lo obtenido a beneficencia y se consagró por completo a la vida religiosa.

Firma autógrafa de Sor Juana
Murió mientras ayudaba a sus compañeras enfermas durante la epidemia de cólera que asoló México en el año 1695. La poesía del Barroco alcanzó con ella su momento culminante, y al mismo tiempo introdujo elementos analíticos y reflexivos que anticipaban a los poetas de la Ilustración del siglo XVIII. Sus obras completas se publicaron en España en tres volúmenes: Inundación castálida de la única poetisa, musa décima, Sor Juana Inés de la Cruz (1689), Segundo volumen de las obras de Sor Juana Inés de la Cruz (1692) y Fama y obras póstumas del Fénix de México(1700), con una biografía del jesuita P. Calleja.
La poesía de Sor Juana Inés de la Cruz
Aunque su obra parece inscribirse dentro del culteranismo de inspiración gongorina y del conceptismo, tendencias características del barroco, el ingenio y originalidad de Sor Juana Inés de la Cruz la han colocado por encima de cualquier escuela o corriente particular. Ya desde la infancia demostró gran sensibilidad artística y una infatigable sed de conocimientos que, con el tiempo, la llevaron a emprender una aventura intelectual y artística a través de disciplinas tales como la teología, la filosofía, la astronomía, la pintura, las humanidades y, por supuesto, la literatura, que la convertirían en una de las personalidades más complejas y singulares de las letras hispanoamericanas.

Juana Inés a los quince años de 
edad, antes de tomar los hábitos
En la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz hallamos numerosas y elocuentes composiciones profanas (redondillas, endechas, liras y sonetos), entre las que destacan las de tema amoroso, como los sonetos que comienzan con "Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba" y "Detente, sombra de mi bien esquivo". En "Rosa divina que en gentil cultura" desarrolla el mismo motivo de dos célebres sonetos de Góngora y de Calderón, no quedando inferior a ninguno de ambos. También abunda en ella la temática mística, en la que una fervorosa espiritualidad se combina con la hondura de su pensamiento, tal como sucede en el caso de "A la asunción", delicada pieza lírica en honor a la Virgen María.
Sor Juana empleó las redondillas para disquisiciones de carácter psicológico o didáctico en las que analiza la naturaleza del amor y sus efectos sobre la belleza femenina, o bien defiende a las mujeres de las acusaciones de los hombres, como en las célebres "Hombres necios que acusáis". Los romances se aplican, con flexibilidad discursiva y finura de notaciones, a temas sentimentales, morales o religiosos (son hermosos por su emoción mística los que cantan el Amor divino y Cristo en el Sacramento). Entre las liras es célebre la que expresa el dolor de una mujer por la muerte de su marido ("A este peñasco duro"), de gran elevación religiosa.
Mención aparte merece Primero sueño, poema en silvas de casi mil versos escritos a la manera de las Soledades de Góngora en el que Sor Juana describe, de forma simbólica, el impulso del conocimiento humano, que rebasa las barreras físicas y temporales para convertirse en un ejercicio de puro y libre goce intelectual. El poema es importante además por figurar entre el reducido grupo de composiciones que escribió por propia iniciativa, sin encargo ni incitación ajena. El trabajo poético de la monja se completa con varios hermosos villancicos que en su época gozaron de mucha popularidad.
El teatro y la prosa
En el terreno de la dramaturgia escribió una comedia de capa y espada de estirpe calderoniana, Los empeños de una casa, que incluye una loa y dos sainetes, entre otras intercalaciones, con predominio absoluto del octosílabo; y el juguete mitológico-galante Amor es más laberinto, pieza más culterana cuyo segundo acto es al parecer obra del licenciado Juan de Guevara. Compuso asimismo tres autos sacramentales: San HermenegildoEl cetro de San José y El divino Narciso; en este último, el mejor de los tres, se incluyen villancicos de calidad lírica excepcional. Aunque la influencia de Calderón resulta evidente en muchos de estos trabajos, la claridad y belleza del desarrollo posee un acento muy personal.
La prosa de la autora es menos abundante, pero de pareja brillantez. Esta parte de su obra se encuentra formada por textos devotos como la célebre Carta athenagórica (1690), y sobre todo por la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (1691), escrita para contestar a la exhortación que le había hecho (firmando con ese seudónimo) el obispo de Puebla para que frenara su desarrollo intelectual. Esta última constituye una fuente de primera mano que permite conocer no sólo detalles interesantes sobre su vida, sino que también revela aspectos de su perfil psicológico. En ese texto hay mucha información relacionada con su capacidad intelectual y con lo que el filósofo Ramón Xirau llamó su "excepcionalísima apetencia de saber", aspecto que la llevó a interesarse también por la ciencia, como lo prueba el hecho de que en su celda, junto con sus libros e instrumentos musicales, había también mapas y aparatos científicos.
De menor relevancia resultan otros escritos suyos acerca del Santo Rosario y la Purísima, la Protesta que, rubricada con su sangre, hizo de su fe y amor a Dios y algunos documentos. Pero también en la prosa encuentra ocasión la escritora para adentrarse por las sendas más oscuras e intrincadas, siempre con su brillantez característica, como vemos en su Neptuno Alegórico, redactado con motivo de la llegada del virrey conde de Paredes.
A causa de la reacción neoclásica del siglo XVIII, la lírica de Sor Juana cayó en el olvido, pero, ya mucho antes de la posterior revalorización de la literatura barroca, su obra fue estudiada y ocupó el centro de una atención siempre creciente. La renovada fortuna de sus versos podría adscribirse más al equívoco de la interpretación biográfica de su poesía que a una valoración puramente estética. Ciertamente es desconcertante la figura de esta poetisa que, a pesar de ser hermosa y admirada, sofoca bajo el hábito su alma apasionada y su rica sensibilidad sin haber cumplido los veinte años. Pero la crítica moderna ha deshecho la romántica leyenda de la monja impulsada al claustro por un desengaño amoroso, señalando además como indudable que su silencio final se debió a la presión de las autoridades eclesiásticas.