lunes, 17 de abril de 2017

Crear señas contra la sordera patriarcal

Con más cárcel no solucionamos el problema

La antropóloga estudia las violaciones y lo que se pone en juego cuando un hombre viola a una mujer. A partir del femicidio que conmovió al país, reflexiona sobre el fenómeno y rechaza las alternativas punitivistas que se renovaron política y mediáticamente esta semana.


Por Mariana Carbajal





“Los políticos tienen que entender que no es necesario cambiar la ley y partir hacia un punitivismo mayor para solucionar el fenómeno. El punitivismo no lleva a ningún lugar. La prueba es Estados Unidos, donde tienen las penas más severas y tasas de violación altísimas”, advierte, en diálogo con PáginaI12, la antropóloga Rita Segato, una de las voces más lúcidas de América latina para pensar sobre la problemática. “La violación no es un delito como todos los otros –apunta–. Es un crimen del poder. Lo que se debe hacer es ofrecer más educación de género en las escuelas, con docentes capacitados, y que el abordaje sea integral, que abarque la violencia machista en sus varias formas”, explica Segato, quien entrevistó a condenados por violación en la Penitenciaria de Brasilia, para entender qué se pone en juego cuando un hombre penetra por la fuerza, con crueldad, a una mujer.
Cuando empezó a trabajar con los presos, Segato pensó que sería una situación excepcional y pronto abandonaría el tema. Luego de plasmar su experiencia y sus análisis en el libro Las estructuras elementales de la violencia, publicado en 2003, fue invitada para aplicar su modelo de “la fatria masculina”, del club de hombres, al caso de los femicidios en Ciudad Juárez. Y pensó también que estaba ante un caso excepcional, raro, que rápidamente ese tema iba a desaparecer de la historia. Pero no sucedió. Ahora siente una tremenda frustración porque no consigue abandonarlo. “Es de una fatiga y de una amargura extraordinaria saber que desde entonces solamente el tema crece”, sostiene Segato. En 2016, fue perita en el histórico juicio de Guatemala, en el que se juzgó y condenó por primera vez a miembros del Ejército por los delito de esclavitud sexual y doméstica contra mujeres mayas de la etnia q’eqchi de una aldea en Senur Zaco, en el conflicto armado ocurridos en los años ‘80. Hubo 14 peritajes; ella hizo el antropológico y de género. Hoy mira con tristeza y amargura la escalada de violencia machista contra los cuerpos de jóvenes en la Argentina. Cuenta que el martes, cuando escuchaba los testimonios de chicas en la Plaza de Mayo, reunidas para “abrazar a la familia” de Micaela, “de repente parecía que hablaban de una sociedad islámica fundamentalista, cuando mencionaban las imposiciones de vestimenta y de horario para ausentarse del espacio público”. Y advierte sobre el riesgo de que se instale “una mentalidad moralista, como la que tienen todas las religiones. Son políticas basadas en el control del cuerpo de la mujer, en su opresión”.
Vive en Tilcara, pero en los próximos días estará por Buenos Aires para dar una conferencia, en una actividad organizada por el sindicato de La Bancaria.
Sus palabras ayudan a entender un tema complejo, difícil, doloroso. La clase política no parece estar a la altura para debatir cómo enfrentarlo. Las salidas fáciles se imponen: en el Senado se reflotó un proyecto con media sanción de Diputados para eliminar el beneficio de la libertad condicional a condenados por violación y otros delitos, mientras el Gobierno desguaza el Programa Nacional de Educación Sexual Integral, sin que ningún legislador se escandalice.
La antropóloga, investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas de Brasil, explicó sus conceptos. “La libertad de existir está en riesgo para las mujeres. Mi hija no puede tener la libertad de circulación como tuve yo. La violencia contra las mujeres de la forma que la estamos viendo en la Argentina es un síntoma de un momento del mundo, es un momento desesperado por varias razones, un momento en el que hay un poder de dueños, es una época de ‘dueñidad’. Hay en el mundo contemporáneo figuras que son dueñas de la vida y la muerte. Eso irrumpe en el inconsciente colectivo en la manera en que los hombres que obedecen a un mandato de masculinidad, que es un mandato de potencia, prueban su potencia mediante el cuerpo de las mujeres. En el mundo entero hay problemas con la violencia de género pero en nuestro continente cada vez más controlado por formas paraestatales de control social y de la vida, por formas no exactamente regidas por la ley, eso se expresa en la vulnerabilidad de la vida de las mujeres”, dice Segato.
–¿Qué busca el violador?
–Las relaciones de género son un campo de poder. Es un error hablar de crímenes sexuales. Son crímenes del poder, de la dominación, de la punición. El violador es el sujeto más moral de todos: en el acto de la violación está moralizando a la víctima. Cree que la mujer se merece eso. Los jueces, los abogados, los legisladores, no están formados, no tiene educación suficiente para entenderlo. Lo que sucedió con Micaela, con Lucía Pérez en Mar del Plata, son ataques a la sociedad  y a la vida en el cuerpo de la mujer. Es un error, que el pensamiento feminista eliminó hace muchísimo tiempo, la idea de que el violador es un ser anómalo. En él irrumpen determinados valores que están en toda la sociedad. Entonces, nos espantamos y el violador se convierte en un chivo expiatorio pero él, en realidad, fue el protagonista de una acción que es de toda la sociedad, una acción moralizadora de la mujer. No es con más cárcel, mucho menos con su castración química, que vamos a solucionar el problema. La violación no es un hecho genital, es un hecho de poder. Puede realizarse de forma genital y de muchas otras formas. Si no cambia la atmósfera en que vivimos el problema no va a desaparecer.
–A partir del femicidio de Micaela, en el Senado quieren aprobar una ley para impedir que violadores accedan a la libertad condicional.
–Uno de los países que tienen una de las penas más severas contra la violación es Estados Unidos y es uno de los países donde la incidencia de la violación es máxima. Eso significa que estamos yendo por el camino equivocado. Es decir, el punitivismo no es el camino. Eugenio Zaffaroni, a quien respeto mucho y presentó un libro mío en 2015, como muchos otros, no consiguen entender el tema de la violencia de género. Como los punitivistas, piensa que el agresor está en el campo de lo sexual. Unos se corren al punitivismo extremo y otros a la indulgencia extrema. Nosotras, las feministas, las estudiosas del tema, sabemos que en una violación no hay una relación sexual: hay deseo de control, de apropiación. El órgano sexual masculino entra como un arma para destruir. Es indispensable para el hombre ser hombre por la necesidad de ser un ser humano viril. Tiene que demostrar su capacidad de control y secuestro sobre el cuerpo de la mujer. Por lo general se consigue por otros medios que no son criminales. El violador se rinde ante un mandato de masculinidad que le exige un gesto extremo aniquilador de otro ser para verse como un hombre, para sentirse potente, para verse en el espejo y pensar que merece el título de la hombría. El interés del violador es la potencia y su exhibición frente a otros hombres para valer como un hombre. Hay que hablar más del tema, sobre qué es una agresión sexual, qué es una agresión íntima en el mundo de las relaciones de pareja, qué es una violación anónima, en la calle, como le sucedió a Micaela, y qué es una violación en la guerra: cada vez más la violación es un arma de guerra. Si no se comprende qué papel tiene la violación y la masacre de mujeres en el mundo actual, no vamos a encontrar soluciones. No hay recetas fáciles.
–Existe la creencia generalizada de que la reincidencia es ineludible en el caso del violador.
–Es obligatorio pensar que todo ser humano puede cambiar. Es muy difícil a veces. Hay que dar las condiciones para que lo pueda hacer, condiciones que no están dadas en la actualidad.



Página 12




jueves, 9 de marzo de 2017

Ahora que sí nos ven

Por Marta Dillon


Otra vez, por cuarta vez, volvimos a tomar la calle. Otra vez, por cuarta vez, con la fuerza de una marea, un desmadre que inunda el lecho por el que las aguas se conducen y se desbordan, llenando las grietas, los huecos,  los accidentes, las diferencias que a veces parecen abismos pero ahora no. Porque ahora éramos todas, las madres, las que no quieren serlo, las jóvenes y las viejas, las que llegaron con sus amigas, las que llegaron con sus compañeras de organización, las que habían discutido dentro de sus sindicatos, las sindicalistas que habian llamado al paro, las que fueron empujadas por las bases, las que se creen buenas, las que tienen orgullo de ser malas, las que venían por primera vez, las que temían que la fiesta no se fuera a repetir, las que convirtieron el duelo por las que nos faltan en un evento de resistencia vital, rebelde, memoriosa. Tuvimos conciencia de estar caminando sobre huellas, sobre esas que dejaron los pies pequeños de Nora Cortiñas, la Madre de Plaza de Mayo que cerró el acto reclamando que “nunca más nos invisibilicen”. Nunca Más, sí, Nunca Más, esa declaración popular por los Derechos Humanos, la que cierra como en un círculo perfecto todo lo que condenamos, lo que despreciamos, lo que nos obliga a un deber de Justicia siempre perseguida en ese mismo trayecto que recorrimos ayer, las mujeres de todos los colores, las mujeres de las muchas lenguas, en diálogo con geografías lejanas, en una complicidad insólita por su transversalidad, por su decisión, por su persistencia. No es la primera vez, es la cuarta, y cada vez se creyó que tal vez no sería igual, que faltarían las autoconvocadas, que la calle estaba exhausta después de dos marchas multitudinarias. Pero volvimos a hacerla, volvimos a poner en el espacio abierto una idea de cobijo, una encuentro con una comunidad de la que es posible formar parte, capaz de derrumbar la casa del amo, aunque quede a la intemperie, aunque no sepa todavía cabalmente cuál es su morada, esa en la que la organización patriarcal no tenga sitio ni aun agazapado, enmascarado en ese “yo te apoyo”, “yo te cuido los nenes”, “yo te saco la basura”. A tantos niveles estimula y conmueve lo que ayer hicimos juntas que provoca tanto a la risa como a esa emoción que mezcla las lágrimas con la marea en la que todas nos hamacamos, nos dejamos acunar, consolar, nos dejamos insuflar más rebeldía. “Nosotras pusimos fecha, la puta que te paró”, se cantó con una vibración que movía nervios internos, contestatarios, por tantas veces que nos dijeron putas, por tantas veces que temimos que nos dijeran putas. Nosotras nos arrogamos el desafío a esa estructura jerárquica y masculina, o mejor, patriarcal, que el martes mismo había sido desafiada y que ayer fue directamente provocada, porque no habían querido vernos, porque creyeron que la política era su monopolio igual que reclamaron hasta último momento la propiedad privada de la herramienta del paro. Nosotras sí paramos, del brazo, llorando en muchos casos, muertas de risa en otros, celebrando nuestros cuerpos, nuestras trayectorias vitales, nuestros territorios diversos, heterogéneos, nuestras convicciones políticas o estrategias que supimos aplazar para encontrar los acuerdos comunes. Parar, sí, parar, en muchas lenguas, con los cientos de colores de la piel de este pueblo que excede las fronteras nacionales, que se hace latinoamericano y dialoga con Europa y con Asia y con América del Norte. Parar para tomar conciencia, parar para decir basta, parar para defender nuestras muchas corporalidad, nuestras formas de amar, nuestras formas de diseñar el mundo en el que queremos vivir, de asomarnos al abismo que aunque ahora estuvo cubierto por la marea de nuestros cuerpos, sabemos que está ahí, con toda la incertidumbre que da el vacío, animándonos al riesgo de no saber cómo es esa casa en la que no vive un amo sino que habita nuestra complicidad feminista, rebelde, amorosa, emocionada. Debemos ser tantas ahora mismo, en este  instante que es ayer para quien lee, pero que se hace eterno de saber que hay cientos, miles de palabras tratando de dar cuenta de esta marea que desborda al mundo, que nos permite diseñar utopías, que moja nuestras emociones y no nos deja volver a casa iguales, ni al trabajo ni a circular por el espacio público. Otra vez, por cuarta vez, la calle fue nuestra y ahora que estamos juntas, y ahora que sí nos ven, como decía el canto que más se repitió, ya no podrán ocultarnos detrás de un incidente que no hablan de nosotras sino de las operaciones que se intentan para disciplinarnos, sin suerte. Porque esta tenacidad en derrumbar el sistema de opresión que es el patriarcado, una palabra que se democratizó al ritmo acelerado en que tomamos las calles, esa tenacidad es nuestra fuerza, nuestra revolución sensible, la mejor forma de oponernos a la mercantilización de nuestras emociones que nos propone el neoliberalismo, que ya no nos convencen, que no ocultan la injusticia, ni el hambre al que nos someten, que no entienden de sinceramientos, porque la única sinceridad que está puesta en la calle, en esta fiesta a cielo abierto, en este cobijo colectivo en la manada feminista es el deseo de un mundo otro, el que nos mueve, el que propone que otra vez, la próxima vez, volveremos a ser cientos de miles, millones si nos contamos en cada rincón del mundo donde se paró y se marchó, hasta que se cumpla nuestra promesa: el patriarcado va a caer. Y entonces demos juntas el siguiente paso, el que inaugure la huella fresca por la que andaremos en esta forma otra de ser comunidad, de dar y de recibir, de hacer verdad de una vez la utopía feminista en la que todos los cuerpos cuenten.
Escribo y el cielo se cae a pedazos, no puedo dejar de anotarlo, no sólo la tierra tembló, el cielo también se estremece ahora que estamos juntas, ahora que sí nos ven.


viernes, 16 de diciembre de 2016

Griselda Gambaro: "La libertad no hace daño"


"Los que reniegan de la política son más políticos que los otros, más perversos" dirá en esta conversación la dramaturga y escritora argentina a sus 88 años. "Para un escritor lo más importante que uno puede hacer en la vida es escribir".


Por Luciano Lamberti.
Griselda Gambaro nació en 1928, en Buenos Aires. Autora narrativa de gran trayectoria, proclamada dramaturga, se exilió en Barcelona en 1977 a raíz de la censura de su novela Ganarse la muerte en un decreto que la definía como "contraria a la institución familiar y al orden social". Participó del teatro abierto con obras que analizaban los dilemas políticos desde las relaciones interpersonales, y es merecedora de muchísimos premios nacionales e internacionales. En el 2005 fue la primera mujer en inaugurar la feria del libro de Buenos Aires.
En la siguiente conversación telefónica hablamos a raíz de la publicación de sus Relatos Reunidos en Alfaguara.

―Quería preguntarle acerca de sus orígenes. Sé que su familia era humilde y no, digamos, culta.
―No, eran de origen inmigrante como tantas familias en ese momento, del barrio de La Boca. Eran realmente muy humildes de condición. Mi padre hizo varios trabajos, pintor de paredes, viajó al Brasil como marinero en un barco de cabotaje. Y mi madre era ama de casa, mucho más no pudo hacer con cinco hijos.
―¿Y en qué momento empieza a escribir?
―Yo creo que siempre tuve una inclinación ciega, inconsciente, desde muy chiquita, al acto de escribir. En la escuela primaria la composición para el acto de despedida era siempre la mía, lo mismo me pasó en el colegio secundario. Así que bueno, aún sin saberlo de manera consciente había una inclinación fuerte hacia la escritura.
―¿Recuerda cuál fue el primer cuento que escribió?
―No, no recuerdo. Lo habré roto. Escribí cuando era muy joven un libro de cuentos, pagado por mis amigos, pero después lo saqué de mi bibliografía. Creo que había alguna punta pero muy lejana. Recuerdo con mucha gratitud en una revista de tipo femenino, creo que se llamaba Maribel, hablando de que en ese librito había posibilidades de que hubiera una escritora en ciernes. Fue un aliento importante. Pasaron diez años antes de que volviera a publicar. En el medio leí muchísimo. Escribí un libro que se llamaba Madrigal en la ciudad, lo mandé al Fondo Nacional de las Artes y el premio era la publicación. El estilo todavía mostraba influencias, pero no es un libro que me avergüence aunque nunca quise volver a editarlo. Después publiqué Una felicidad con menos pena, que tuvo una mención en un concurso de Primera Plana y Sudamericana, donde estaba Gabriel García Márquez como jurado, que también me alentó mucho. Y un tercero que se llamaba Nada que ver. Recién después vino Ganarse la muerte que fue la novela prohibida por la dictadura.
―¿En qué momento se acerca al teatro?
―Me acerco porque más que verlo, había leído mucho teatro. Uno de mis libros, que se llamó El desatino, premio Emecé, era una serie de cuentos y dos novelas cortas. En un momento pensé que esos temas podían ser interesantes para llevarlos al teatro. Y bueno, hice no una adaptación de la novela ―porque suprimí personajes, agregué personajes, cambié también el final― pero sí que de ahí surgió Las paredes, que fue mi primera pieza de teatro.
―Ante una idea, ¿usted ya sabe a qué género pertenece?
―Sí, lo sé. Tal vez no tanto cuando empecé a escribir. Porque recuerdo, por ejemplo, una pieza de teatro ―Los siameses―, que fue mi tercera pieza; la empecé como una novela, pero escribí doce páginas y me di cuenta que no, que ganaría si la pasaba de género. Pero eso me pasó al principio. Después ya supe con mucha certeza que una idea o una imagen es para una novela, un cuento, o una pieza de teatro.
―Y al publicar estos Cuentos Reunidos, ¿los releyó, los corrigió, les hizo modificaciones?
―Sí, un libro de ese tipo siempre se arma. Se organiza, mejor dicho. Hay una especie de ritmo interno que tiene que tener un libro y uno no sabría precisarlo racionalmente, pero que de cualquier modo existe y hay que respetar ese ritmo, ese fluir de los cuentos que tienen que ser de determinada manera y contar determinadas cosas. Organicé ese libro, lo dividí en tres partes, por ejemplo. Y después siempre uno mira, está observando, es mejor publicar porque, si no, no se termina más un libro. Una siempre atraviesa distintas circunstancias; eso modifica la mirada y eso va al libro, a la frase, etcétera. Siempre se está corrigiendo. No corrijo más cuando lo publico.
―Lo que me llamó la atención de los cuentos es sobre todo la cuestión de género, el hecho de que sean inclasificables.
―Bueno, por suerte. Eso no es buscado, de ningún modo. Hay algunos que se acercan más a una especie de ciencia ficción, o de otros países, otras épocas. Es completamente ajeno a un propósito deliberado; creo que no se puede seguir un propósito, aunque ciertos autores lo hagan. Pero esa no es mi intención. Y creo que esos autores también ponen algo más, no se quedan ahí. Sino sería muy aburrido y muy previsible. A mí me resultaría muy difícil seguir a determinado autor. Pero también es inevitable que todos los cuentistas que he leído estén en lo que escribo. Ciertos climas, ciertas palabras, ciertas frases perduran. Uno roba de eso. Nadie es enteramente original, ¿no? Y eso está bien porque es la larga cadena de los tiempos y la literatura.
―En sus cuentos hay planteamientos políticos a partir de lo pequeño, de lo familiar. ¿Usted se considera una escritora política?  
―Yo creo que uno no puede alejarse de la política. Todos somos animales políticos, y la política nos tiene agarrados porque es el modo de gobernar, es el modo en que vivimos en sociedad, y es inútil querer alejarse de las determinaciones y decisiones que hacen a la política. Yo no reniego de eso, así como no reniego de la ideología. Son circunstancias, filosofías que no se pueden rechazar. Los que reniegan de la política son más políticos que los otros, más perversos.
―Quería preguntarle a partir de la censura que usted sufrió, si la censura le sirve a la literatura para encontrar formas de escape, si la libertad total no es, en cierto sentido, perjudicial.
―No, yo no soy masoquista. La censura no sirve para encontrar formas de escape, sirve para expresar algunas cosas de otra manera. Nunca se puede escapar de lo que está prohibido. Se lo ataca, la literatura lo ataca de otra manera. Yo creo que depende todo de cómo se haga, de cómo se escriba. La libertad no hace daño. Por supuesto que los excesos inútiles, la cosa gratuita, la literatura que no tiene sentido, todo eso es pesado de leer y de soportar. Hay cosas más importantes. O el hablar por hablar, o el escribir por escribir. Es lo que pasa en la televisión cuando uno ve tanta gente que habla sin ningún reparo, tanta gente que opina sin detenerse un segundo a pensar en las incertidumbres posibles, en cómo tener hasta una certeza más digna. Es todo muy banal. Yo creo que es eso lo que tiene que preocuparnos y no la libertad. Nunca se tiene exceso de libertad.
―Le quería preguntar por un cuento en particular que es “Examen de consciencia” (sobre el caso Barreda). ¿Lo considera un cuento feminista?
―No pensé tanto en las mujeres. Pensé más en ese hombre. Me interesaba ese personaje. Igual no suelo reflexionar a posteriori sobre los cuentos. No me detengo a pensar ni qué quise decir ni en qué categoría se insertan. Lo que más me interesaba ahí era la auto justificación, como tema. Esa disculpa hacia uno mismo. Uno nunca se reconoce malvado, siempre son los otros, entonces merece ser perdonado. Lo podemos asociar fácilmente a cualquier torturador de la época de la dictadura.
―Para terminar, ¿qué consejo le daría a un joven escritor?
―Uno muy simple y muy viejo: que lea y escriba mucho. Yo creo que no hay otra. Los talleres literarios por supuesto ayudan, pero hay una etapa interna de la escritura que es lo que uno vive, cómo uno se relaciona con el mundo, cómo uno vive el mundo. Los talleres pueden enseñar en la parte técnica. El oficio, que también tiene otra cara, que es la soledad y la obstinación. Para un escritor lo más importante que uno puede hacer en la vida es escribir. Si no hay esa sensación, mejor no.





jueves, 20 de octubre de 2016

Cuando las mujeres conquistaron la palabra

Las escritoras que desafiaron prejuicios sobre el género femenino y su lucha sigue vigente.

Por Gabriel Tripodi


Virginia Woolf, Carson McCullers, Flannery O’Connor, Katherine Mansfield y Sylvia Plath son algunas de las mujeres que más sobresalieron en la narrativa de ficción en lengua inglesa, en la primera mitad del siglo xx. Las unió el talento, la reflexión sobre la condición humana, la crítica social y la muerte temprana. Fueron de las primeras en hablar sobre racismo, religión, feminismo y homosexualidad.  Aportaron no solo a la modernidad literaria, sino también a la construcción del rol de la mujer en la sociedad contemporánea. 
 "
La buena literatura siempre ayuda a plantear una nueva forma de sociedad."
En Latinoamérica, muchas se sumaron a esa forma de reflexionar su lugar, como las hermanas Victoria y Silvina Ocampo o Clarice Lispector, quienes también ser abrieron paso en las letras de esta parte de la región. A cuatro meses de haber marchado por segunda vez bajo la consigna “Ni una menos” y a horas del Paro Nacional de Mujeres tras el asesinato de una joven marplatense, ¿cuál es la actualidad de las obras literarias de estas autoras en relación con la mujer del siglo XXI, en un contexto donde la misoginia no ha sido derrotada.  “Creo que lo vigente en estas escritoras es la belleza del pensar, incluso, cuando lo que narran es algo oscurísimo. Estas mujeres, Woolf, Plath, O'Connor, Mansfielfd, han encontrado una forma, un estilo tan personal que las vuelve siempre actuales. ¡Y hay que volver a ellas! O dejar que ellas vengan a nosotros”, destaca la escritora y periodista, Silvia Hopenhayn. 
Poco a poco, estas mujeres comenzaron a destacarse mediante su escritura y a convertirse en referente de muchas otras. Se alejaron de las costumbres que las invisibilizaban o que solo las circunscribían, en el mejor de los casos, a preservar un linaje o apellido.Muchas veces, fueron etiquetadas como trasgresoras, cuando no de subversivas. “A veces a las escritoras se las coloca en el ámbito de la subversión por el temor a lo desconocido. La entrada de la otra mirada es un shock en este mundo que se supone estratificado. Lacan decía que la mujer no existe porque está fuera del lenguaje. Después te das cuenta de que es así, los plurales son masculinos. Pero inmediatamente agrega que la mujer está fuera del lenguaje porque no sabe decir su voz. Me parece que no hemos hecho más que decir con nuestras voces, como lo hicieron Virginia Woolf, Clarice Lispector, Silvina Ocampo”, dijo Luisa Valenzuela cuando se la entrevistó por su novela El mañana.
Un cuarto propio, de Virginia Woolf, es un ejemplo de pensar y narrar con voz propia. Se trató de un gran logro para el reconocimiento de la mujer en la vida artística y creativa: una suerte de puntapié para establecerse como productora intelectual. Sirvió para problematizar otras cuestiones –mucho más cuando se publicó El segundo sexo, de Simone de Beauvoir– y repensar una sociedad con más igualdad e inclusión. Así, lograron un puente generacional que hoy continúa inspirando luchas y conquistas de derechos, y sosteniendo un diálogo siempre vigente por medio de universos ficticios.
Es cierto que los mundos literarios de cada una de estas autoras son muy distintos, sin embargo se encuentran puntos en común, como ciertas temáticas y modos narrativos que resultaron una buena forma de desarmar tabúes de la época y poner sobre el tapete de la opinión pública cuestiones sobre racismo, religión, misoginia y homosexualidad. Ellas tomaron la pluma y se lanzaron contra todo. “Katherine Mansfield es una personalidad excéntrica, movediza. Sus relatos son tremendamente delicados y con gran fuerza interior. 
En el caso de Flannery O'Connor, la religión atraviesa toda su obra, con toda la furia y la ironía, mezclándose con el racismo”, agregó Hopenhayn. Y reflexionó: “La buena literatura siempre ayuda a plantear una nueva forma de sociedad, ya sea en sus postulados utópicos como realistas, así como la buena lectura también ayuda a una nueva forma de individuo, más libre dentro del lenguaje, que es lo intrínsecamente humano”. 
McCullers y Plath se suman a este grupo de voces que también desgarraron el silencio, exponiendo un mundo íntimo y salvaje, a la vez que sincero y demoledor. Seguramente el concepto de género femenino o masculino no signifique una suerte de dictamen o estética particular, pero –como defiende la escritora argentina Gabriela Cabezón Cámara– “muchas más mujeres comenzaron a escribir y publicar; y obviamente lo hicieron desde una perspectiva particular, diferente de la mirada hegemónica".
Fueron mujeres que marcaron y crearon con sus páginas una literatura en la que confesaron, reflexionaron y criticaron la sociedad moderna. Supieron explorar y denunciar una realidad que no todos se atrevieron a ver y, mucho menos, a decir. Ellas, con voces de tinta, lograron romper barreras lingüísticas y temporales, superando el ámbito local para alcanzar el universal, con una pluma ágil y sincera. Y es que, al decir de Katherine Mansfield, primero fueron escritoras y luego mujeres.

Ellas, con voces de tinta
La inglesa Virginia Woolf (1882-1941), escritora e integrante del grupo intelectual Bloomsbury –en marzo se cumplieron 75 años de su muerte– comenzó a destacarse con el monólogo interior, tratando la conciencia humana en personajes en los que se contempla la transformación de lo cotidiano a través del arte, la ambigüedad sexual y las variaciones de la vida misma. Por otra parte, con su famoso ensayo Un cuarto propio, izó la bandera de la identidad femenina en la creación artística y literaria.  Murió a los 59 años al suicidarse en el río Ouse (Sussex, Inglaterra), debido a severos trastornos mentales que sufrió desde su infancia. 
Un año antes de la muerte de Woolf, la norteamericana Carson McCullers (1917-1967), con solo 24 años, logró publicar su primera novela, El corazón es un cazador solitario que, rápidamente, se convirtió en una joya literaria para la crítica especializada. Luego, llegó la colección de relatos y cuentos que mantuvieron su estatus de gran escritora, cuyos temas se centraron entre el adulterio, la homosexualidad y el racismo, además de explorar el espíritu de los marginados del sur de los Estados Unidos: aquellos que sufrieron más intensamente las secuelas de la violencia contra los hombres de color, la esclavitud y la pobreza, luego de  la Guerra Civil. Tras luchar contra su adicción al alcohol, murió a los 50 años de un ataque al corazón, dejando inconclusa una autobiografía. 
Quien también escribió con una gran influencia sureña fue Flannery O'Connor (1925-1964), autora de dos novelas, 32 relatos y diversos ensayos y reseñas. Falleció a los 39 años enferma de Lupus, pero, a pesar de su juventud, fue otra de las autoras a quien se la comparó con Faulkner y Katherine Anne Porter –a quienes admiraba– y a Carson McCullers –a quien detestaba–, según cartas que se publicaron de la propia O'Connor. Se destacó en el relato corto. La temática que propuso en su narrativa tuvo que ver con el folklore sureño norteamericano y con el intento de las personas por escapar a la gracia de Dios, ya que ella misma fue una católica devota. “Redención” y “condena” son conceptos que se hacen presentes en varios de sus personajes, sobre todo, en aquellos protagonistas que encarnan a falsos mesías.
En la línea del relato breve, Katherine Mansfield (1888-1923) es una de las que más desarrolló este género. De origen neozelandés, también integró el famoso círculo de Bloomsbury junto a Virginia Woolf, Edward Morgan Forster; los pintores Dora Carrington, Vanessa Bell y Duncan Grant; los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, entre otros. Ese fue también un lugar de formación como escritora, entre las charlas de la elite londinense. Víctima de la tuberculosis, continuó escribiendo cuentos en los que predomina la melancolía, la delicadeza y la sensibilidad por captar los estados de ánimo, historias por las que, luego, fue comparada con una de las grandes influencias de la propia autora: el escritor ruso y maestro de los relatos breves, Antón Chéjov.
En cuanto a poesía, Sylvia Plath (1932-1963) fue una de las escritoras líricas más importantes de los Estados Unidos. Si bien algunos la ubican a la sombra de su marido, el poeta laureado Ted Hughes, supo trascender con obras como El coloso; Árboles en invierno, y, sobre todo, Ariel, cuyos poemas confesionales retrataron, fundamentalmente, angustias, obsesiones y reflexiones sobre la muerte, expresados de una forma instantánea, casi con el correr de la mano. Se dice que, para su último libro, llegó a escribir un poema por día. Además, publicó una única novela con tono autobiográfico con el seudónimo de Victoria Lucas: La campana de cristal, donde narra experiencias sobre el amor, la desesperación, la perfección y los intentos de suicidio. Finalmente, se quitó la vida a los 30 años, luego de una profunda depresión tras separarse de Hughes. En 1982, se convirtió en la primera poeta en ganar, de forma póstuma, un Premio Pulitzer por la edición completa de sus poemas. 


El día que movimos el mundo

Por Marta Dillon      

¿Qué otro deseo podría haber desafiado la lluvia persistente, el viento del sur, el frío en plena primavera, los charcos que humedecían los pies que no fuera el deseo de insumisión? Una enorme voluntad de rebelarse, un deseo colectivo de hacer historia que no iba a detenerse por un accidente climático aunque ese accidente hiciera temblar los cuerpos desbandados por la avenida 9 de Julio y todas las calles transversales entre el obelisco y la Avenida de Mayo. No podía perderse la oportunidad, y no se perdió. Aunque no hubo operativo alguno de seguridad que protegiera los pasos que marcharon encolumnados y aquellos que caminaron buscando un lugar donde sentir calor humano, que era el único que se podía sentir. Las mujeres tomaron la calle, impulsadas por el dolor de una muerte adolescente, por la brutalidad de un femicidio del que se dieron suficientes detalles como para repetirlos aquí pero que evidentemente puso en escena con toda crueldad esa disputa que no se calla con saña. Una disputa que enfrenta los deseos de una contra la necesidad de otros de imponer el suyo, que sea el suyo el único que domine, que ella se calle, que ella resista hasta que no resiste más. La mataron por usarla. La mataron porque saciaron con ella su deseo de dominación. Y eso no se soporta más. Contra eso, la insumisión. Contra eso, los pasos rebeldes que ayer hicieron historia y a medida que caminaban descubrían otras escenas veladas: ¿Por qué no tenemos derecho al placer, aun cuando esos placeres sean inconvenientes? ¿Por qué seguir resistiendo en silencio todas esas variables que se miden en números pero que condicionan nuestras vidas y nuestra autonomía? ¿Se trata de resistir hasta que no se resiste más? Somos las que cuidamos de los otros y las otras, las de la mano tendida, se supone, las que por amor nos postergamos. ¿Somos esas o estamos resistiendo lo que alguna vez creímos que era un destino? Resistiendo porque alguna vez creímos que era eso lo que nos daba valor. Para que después nos regalen licuadoras y planchas en el día de la madre, para que en el día de la madre nos saluden a todas porque las que no lo son algún día lo serán o lo padecerán. Y resulta que un día no resistimos más. No resistimos más trabajar para que nuestro trabajo sea invisible, coser los botones de los varones que van a hablar en público, planchar el delantal de los hijos porque es el delantal blanco más blanco el que habla bien de nosotras. Resistir y resistir, meter la cintura en caja o tener vergüenza de no tenerla, ocultar el embarazo para que no te echen antes de tiempo del trabajo, volver rápido a casa después de la fábrica para que la comida esté caliente. Ganar siempre menos. Resistir hasta no aguantar más. Sólo que al revés de Lucía, y con el luto por Lucía cubriéndonos el cuerpo y enquistado en el corazón, no aguantar se trató ayer de algo muy distinto del final, del cese del latido, del fin del dolor. Se trató de decir basta. De dejar de trabajar primero. Parar, sí, usar, enunciar y hacer acto esa palabra insurrecta en tiempos en que los varones que hace décadas definen los destinos de la clase trabajadora no quieren decir. Parar y que se den cuenta, que nuestros brazos, nuestra imaginación, nuestros saberes aportan y mueven el mundo. Estos cuerpos violentados a diario desde los medios de comunicación, desde los discursos sociales, desde los chistes que ven en cada pollera corta a una mujer disponible; estos cuerpos producen plusvalía. Y también pueden restarla. Pueden poner en el mundo una palanca y moverlo de eje.
Eso es lo que pasó ayer. El mundo que conocemos se movió de eje, porque salimos otra vez a la calle, porque los acuerdos transversales que se fundan en el reconocimiento de las heridas comunes que tenemos sólo por ser mujeres, y en los que se enredan en el reconocimiento de las estrategias que pusimos en juego para sobrevivir, nos llevó a desafiar la sudestada, en la hora de paro y más tarde también. Porque para decir basta no estamos cansadas. Para decir basta el temblor de los músculos que se tensaron, mojados, ateridos, doloridos, fue un desafío épico que asumimos sin dudar. No siempre se tiene el privilegio de ser parte de una revolución. Ayer gozamos de eso. Fuimos quienes con nuestros pasos marcamos una huella nueva. No sólo desde el luto por tantas niñas y mujeres muertas. Sino por la lucha a la que estamos gozosamente entregadas. Porque nosotras, las que nos proponemos como la voz de las que ya no tienen voz, no vamos a aguantar hasta que se silencie nuestro latido sino que vamos a tomar la calle una y otra vez, hasta que la conciencia de la injusticia cale tan hondo como ayer caló la lluvia que empujaba el viento que venía del Río de la Plata. Nosotras no somos víctimas, somos sobrevivientes y ese saber que acumula quien ha tenido que sobreponerse es una fuerza que puesta en común es irrefrenable. Y no pedimos piedad sino respeto. Pedimos justicia. Y ni siquiera pedimos. Exigimos. Porque nuestro trabajo y nuestro saber mueve el mundo y no queremos más menosprecio, no queremos ser las desocupadas ni el rostro de la pobreza, ni las abnegadas cuidadoras de los otros y las otras si esas tareas no se valoran. Nosotras no vamos a resistir hasta no aguantar más. Nosotras vamos a mover el mundo. Nosotras, juntas, ya lo sacamos de eje. Y no sabemos cómo será lo que vendrá, pero sí sabemos que tenemos el poder para que ese porvenir sea a la medida de nuestros deseos.

A vos, varón *

Por Mariana Carbajal
No digas “te hago la cama”, cuando tendés la cama en la que dormís con tu pareja; ni “te ayudo” a la hora de cocinar o asumir ocasionalmente alguna de las tareas domésticas. Compartí diariamente ese trabajo invisible y no remunerado del hogar, sobre el cual se sostiene la economía del país.
Regalale a tu hija también una pelota y jugá con ella al fútbol. Y a tu hijo, comprale una muñeca y un juego de cocina, con escoba y palita incluida.
No hagas chistes machistas con tus compañeros de oficina.
No me apoyes en el subte ni me susurres frases con connotaciones sexuales al oído cuando paso por esa vereda angosta.
No cosifiques a las mujeres en los medios de comunicación.
No rechaces a esa joven que se presenta por la oferta laboral que estás ofreciendo en tu negocio o tu empresa porque imaginas que puede quedar embarazada en poco tiempo y supones que va a faltar más que un hombre cuando se enfermen sus hijos.
No le pagues menos a tu empleada porque sabés que tiene cuatro pibes a cargo y no se queja por temor a perder ese salario.
No te opongas a que ellas ocupen lugares de decisión en el sindicato o encabecen listas en los partidos políticos.
No pagues por el cuerpo de una chica esclavizada por redes de trata.
Apoyá que apruebe en el Congreso la interrupción legal de embarazo. La criminalización del aborto pone en riesgo nuestras vidas.
Aceptá que tu novia maneja las riendas de su vida.
No abuses sexualmente de alguna de las niñas (ni de los niños) de tu familia.
No pienses que un “no” es un “sí”.
No me mates.
* A propósito de las discusiones que se generaron sobre cómo podían participar ellos en la huelga nacional de mujeres.