jueves, 9 de marzo de 2017

Ahora que sí nos ven

Por Marta Dillon


Otra vez, por cuarta vez, volvimos a tomar la calle. Otra vez, por cuarta vez, con la fuerza de una marea, un desmadre que inunda el lecho por el que las aguas se conducen y se desbordan, llenando las grietas, los huecos,  los accidentes, las diferencias que a veces parecen abismos pero ahora no. Porque ahora éramos todas, las madres, las que no quieren serlo, las jóvenes y las viejas, las que llegaron con sus amigas, las que llegaron con sus compañeras de organización, las que habían discutido dentro de sus sindicatos, las sindicalistas que habian llamado al paro, las que fueron empujadas por las bases, las que se creen buenas, las que tienen orgullo de ser malas, las que venían por primera vez, las que temían que la fiesta no se fuera a repetir, las que convirtieron el duelo por las que nos faltan en un evento de resistencia vital, rebelde, memoriosa. Tuvimos conciencia de estar caminando sobre huellas, sobre esas que dejaron los pies pequeños de Nora Cortiñas, la Madre de Plaza de Mayo que cerró el acto reclamando que “nunca más nos invisibilicen”. Nunca Más, sí, Nunca Más, esa declaración popular por los Derechos Humanos, la que cierra como en un círculo perfecto todo lo que condenamos, lo que despreciamos, lo que nos obliga a un deber de Justicia siempre perseguida en ese mismo trayecto que recorrimos ayer, las mujeres de todos los colores, las mujeres de las muchas lenguas, en diálogo con geografías lejanas, en una complicidad insólita por su transversalidad, por su decisión, por su persistencia. No es la primera vez, es la cuarta, y cada vez se creyó que tal vez no sería igual, que faltarían las autoconvocadas, que la calle estaba exhausta después de dos marchas multitudinarias. Pero volvimos a hacerla, volvimos a poner en el espacio abierto una idea de cobijo, una encuentro con una comunidad de la que es posible formar parte, capaz de derrumbar la casa del amo, aunque quede a la intemperie, aunque no sepa todavía cabalmente cuál es su morada, esa en la que la organización patriarcal no tenga sitio ni aun agazapado, enmascarado en ese “yo te apoyo”, “yo te cuido los nenes”, “yo te saco la basura”. A tantos niveles estimula y conmueve lo que ayer hicimos juntas que provoca tanto a la risa como a esa emoción que mezcla las lágrimas con la marea en la que todas nos hamacamos, nos dejamos acunar, consolar, nos dejamos insuflar más rebeldía. “Nosotras pusimos fecha, la puta que te paró”, se cantó con una vibración que movía nervios internos, contestatarios, por tantas veces que nos dijeron putas, por tantas veces que temimos que nos dijeran putas. Nosotras nos arrogamos el desafío a esa estructura jerárquica y masculina, o mejor, patriarcal, que el martes mismo había sido desafiada y que ayer fue directamente provocada, porque no habían querido vernos, porque creyeron que la política era su monopolio igual que reclamaron hasta último momento la propiedad privada de la herramienta del paro. Nosotras sí paramos, del brazo, llorando en muchos casos, muertas de risa en otros, celebrando nuestros cuerpos, nuestras trayectorias vitales, nuestros territorios diversos, heterogéneos, nuestras convicciones políticas o estrategias que supimos aplazar para encontrar los acuerdos comunes. Parar, sí, parar, en muchas lenguas, con los cientos de colores de la piel de este pueblo que excede las fronteras nacionales, que se hace latinoamericano y dialoga con Europa y con Asia y con América del Norte. Parar para tomar conciencia, parar para decir basta, parar para defender nuestras muchas corporalidad, nuestras formas de amar, nuestras formas de diseñar el mundo en el que queremos vivir, de asomarnos al abismo que aunque ahora estuvo cubierto por la marea de nuestros cuerpos, sabemos que está ahí, con toda la incertidumbre que da el vacío, animándonos al riesgo de no saber cómo es esa casa en la que no vive un amo sino que habita nuestra complicidad feminista, rebelde, amorosa, emocionada. Debemos ser tantas ahora mismo, en este  instante que es ayer para quien lee, pero que se hace eterno de saber que hay cientos, miles de palabras tratando de dar cuenta de esta marea que desborda al mundo, que nos permite diseñar utopías, que moja nuestras emociones y no nos deja volver a casa iguales, ni al trabajo ni a circular por el espacio público. Otra vez, por cuarta vez, la calle fue nuestra y ahora que estamos juntas, y ahora que sí nos ven, como decía el canto que más se repitió, ya no podrán ocultarnos detrás de un incidente que no hablan de nosotras sino de las operaciones que se intentan para disciplinarnos, sin suerte. Porque esta tenacidad en derrumbar el sistema de opresión que es el patriarcado, una palabra que se democratizó al ritmo acelerado en que tomamos las calles, esa tenacidad es nuestra fuerza, nuestra revolución sensible, la mejor forma de oponernos a la mercantilización de nuestras emociones que nos propone el neoliberalismo, que ya no nos convencen, que no ocultan la injusticia, ni el hambre al que nos someten, que no entienden de sinceramientos, porque la única sinceridad que está puesta en la calle, en esta fiesta a cielo abierto, en este cobijo colectivo en la manada feminista es el deseo de un mundo otro, el que nos mueve, el que propone que otra vez, la próxima vez, volveremos a ser cientos de miles, millones si nos contamos en cada rincón del mundo donde se paró y se marchó, hasta que se cumpla nuestra promesa: el patriarcado va a caer. Y entonces demos juntas el siguiente paso, el que inaugure la huella fresca por la que andaremos en esta forma otra de ser comunidad, de dar y de recibir, de hacer verdad de una vez la utopía feminista en la que todos los cuerpos cuenten.
Escribo y el cielo se cae a pedazos, no puedo dejar de anotarlo, no sólo la tierra tembló, el cielo también se estremece ahora que estamos juntas, ahora que sí nos ven.


viernes, 16 de diciembre de 2016

Griselda Gambaro: "La libertad no hace daño"


"Los que reniegan de la política son más políticos que los otros, más perversos" dirá en esta conversación la dramaturga y escritora argentina a sus 88 años. "Para un escritor lo más importante que uno puede hacer en la vida es escribir".


Por Luciano Lamberti.
Griselda Gambaro nació en 1928, en Buenos Aires. Autora narrativa de gran trayectoria, proclamada dramaturga, se exilió en Barcelona en 1977 a raíz de la censura de su novela Ganarse la muerte en un decreto que la definía como "contraria a la institución familiar y al orden social". Participó del teatro abierto con obras que analizaban los dilemas políticos desde las relaciones interpersonales, y es merecedora de muchísimos premios nacionales e internacionales. En el 2005 fue la primera mujer en inaugurar la feria del libro de Buenos Aires.
En la siguiente conversación telefónica hablamos a raíz de la publicación de sus Relatos Reunidos en Alfaguara.

―Quería preguntarle acerca de sus orígenes. Sé que su familia era humilde y no, digamos, culta.
―No, eran de origen inmigrante como tantas familias en ese momento, del barrio de La Boca. Eran realmente muy humildes de condición. Mi padre hizo varios trabajos, pintor de paredes, viajó al Brasil como marinero en un barco de cabotaje. Y mi madre era ama de casa, mucho más no pudo hacer con cinco hijos.
―¿Y en qué momento empieza a escribir?
―Yo creo que siempre tuve una inclinación ciega, inconsciente, desde muy chiquita, al acto de escribir. En la escuela primaria la composición para el acto de despedida era siempre la mía, lo mismo me pasó en el colegio secundario. Así que bueno, aún sin saberlo de manera consciente había una inclinación fuerte hacia la escritura.
―¿Recuerda cuál fue el primer cuento que escribió?
―No, no recuerdo. Lo habré roto. Escribí cuando era muy joven un libro de cuentos, pagado por mis amigos, pero después lo saqué de mi bibliografía. Creo que había alguna punta pero muy lejana. Recuerdo con mucha gratitud en una revista de tipo femenino, creo que se llamaba Maribel, hablando de que en ese librito había posibilidades de que hubiera una escritora en ciernes. Fue un aliento importante. Pasaron diez años antes de que volviera a publicar. En el medio leí muchísimo. Escribí un libro que se llamaba Madrigal en la ciudad, lo mandé al Fondo Nacional de las Artes y el premio era la publicación. El estilo todavía mostraba influencias, pero no es un libro que me avergüence aunque nunca quise volver a editarlo. Después publiqué Una felicidad con menos pena, que tuvo una mención en un concurso de Primera Plana y Sudamericana, donde estaba Gabriel García Márquez como jurado, que también me alentó mucho. Y un tercero que se llamaba Nada que ver. Recién después vino Ganarse la muerte que fue la novela prohibida por la dictadura.
―¿En qué momento se acerca al teatro?
―Me acerco porque más que verlo, había leído mucho teatro. Uno de mis libros, que se llamó El desatino, premio Emecé, era una serie de cuentos y dos novelas cortas. En un momento pensé que esos temas podían ser interesantes para llevarlos al teatro. Y bueno, hice no una adaptación de la novela ―porque suprimí personajes, agregué personajes, cambié también el final― pero sí que de ahí surgió Las paredes, que fue mi primera pieza de teatro.
―Ante una idea, ¿usted ya sabe a qué género pertenece?
―Sí, lo sé. Tal vez no tanto cuando empecé a escribir. Porque recuerdo, por ejemplo, una pieza de teatro ―Los siameses―, que fue mi tercera pieza; la empecé como una novela, pero escribí doce páginas y me di cuenta que no, que ganaría si la pasaba de género. Pero eso me pasó al principio. Después ya supe con mucha certeza que una idea o una imagen es para una novela, un cuento, o una pieza de teatro.
―Y al publicar estos Cuentos Reunidos, ¿los releyó, los corrigió, les hizo modificaciones?
―Sí, un libro de ese tipo siempre se arma. Se organiza, mejor dicho. Hay una especie de ritmo interno que tiene que tener un libro y uno no sabría precisarlo racionalmente, pero que de cualquier modo existe y hay que respetar ese ritmo, ese fluir de los cuentos que tienen que ser de determinada manera y contar determinadas cosas. Organicé ese libro, lo dividí en tres partes, por ejemplo. Y después siempre uno mira, está observando, es mejor publicar porque, si no, no se termina más un libro. Una siempre atraviesa distintas circunstancias; eso modifica la mirada y eso va al libro, a la frase, etcétera. Siempre se está corrigiendo. No corrijo más cuando lo publico.
―Lo que me llamó la atención de los cuentos es sobre todo la cuestión de género, el hecho de que sean inclasificables.
―Bueno, por suerte. Eso no es buscado, de ningún modo. Hay algunos que se acercan más a una especie de ciencia ficción, o de otros países, otras épocas. Es completamente ajeno a un propósito deliberado; creo que no se puede seguir un propósito, aunque ciertos autores lo hagan. Pero esa no es mi intención. Y creo que esos autores también ponen algo más, no se quedan ahí. Sino sería muy aburrido y muy previsible. A mí me resultaría muy difícil seguir a determinado autor. Pero también es inevitable que todos los cuentistas que he leído estén en lo que escribo. Ciertos climas, ciertas palabras, ciertas frases perduran. Uno roba de eso. Nadie es enteramente original, ¿no? Y eso está bien porque es la larga cadena de los tiempos y la literatura.
―En sus cuentos hay planteamientos políticos a partir de lo pequeño, de lo familiar. ¿Usted se considera una escritora política?  
―Yo creo que uno no puede alejarse de la política. Todos somos animales políticos, y la política nos tiene agarrados porque es el modo de gobernar, es el modo en que vivimos en sociedad, y es inútil querer alejarse de las determinaciones y decisiones que hacen a la política. Yo no reniego de eso, así como no reniego de la ideología. Son circunstancias, filosofías que no se pueden rechazar. Los que reniegan de la política son más políticos que los otros, más perversos.
―Quería preguntarle a partir de la censura que usted sufrió, si la censura le sirve a la literatura para encontrar formas de escape, si la libertad total no es, en cierto sentido, perjudicial.
―No, yo no soy masoquista. La censura no sirve para encontrar formas de escape, sirve para expresar algunas cosas de otra manera. Nunca se puede escapar de lo que está prohibido. Se lo ataca, la literatura lo ataca de otra manera. Yo creo que depende todo de cómo se haga, de cómo se escriba. La libertad no hace daño. Por supuesto que los excesos inútiles, la cosa gratuita, la literatura que no tiene sentido, todo eso es pesado de leer y de soportar. Hay cosas más importantes. O el hablar por hablar, o el escribir por escribir. Es lo que pasa en la televisión cuando uno ve tanta gente que habla sin ningún reparo, tanta gente que opina sin detenerse un segundo a pensar en las incertidumbres posibles, en cómo tener hasta una certeza más digna. Es todo muy banal. Yo creo que es eso lo que tiene que preocuparnos y no la libertad. Nunca se tiene exceso de libertad.
―Le quería preguntar por un cuento en particular que es “Examen de consciencia” (sobre el caso Barreda). ¿Lo considera un cuento feminista?
―No pensé tanto en las mujeres. Pensé más en ese hombre. Me interesaba ese personaje. Igual no suelo reflexionar a posteriori sobre los cuentos. No me detengo a pensar ni qué quise decir ni en qué categoría se insertan. Lo que más me interesaba ahí era la auto justificación, como tema. Esa disculpa hacia uno mismo. Uno nunca se reconoce malvado, siempre son los otros, entonces merece ser perdonado. Lo podemos asociar fácilmente a cualquier torturador de la época de la dictadura.
―Para terminar, ¿qué consejo le daría a un joven escritor?
―Uno muy simple y muy viejo: que lea y escriba mucho. Yo creo que no hay otra. Los talleres literarios por supuesto ayudan, pero hay una etapa interna de la escritura que es lo que uno vive, cómo uno se relaciona con el mundo, cómo uno vive el mundo. Los talleres pueden enseñar en la parte técnica. El oficio, que también tiene otra cara, que es la soledad y la obstinación. Para un escritor lo más importante que uno puede hacer en la vida es escribir. Si no hay esa sensación, mejor no.





jueves, 20 de octubre de 2016

Cuando las mujeres conquistaron la palabra

Las escritoras que desafiaron prejuicios sobre el género femenino y su lucha sigue vigente.

Por Gabriel Tripodi


Virginia Woolf, Carson McCullers, Flannery O’Connor, Katherine Mansfield y Sylvia Plath son algunas de las mujeres que más sobresalieron en la narrativa de ficción en lengua inglesa, en la primera mitad del siglo xx. Las unió el talento, la reflexión sobre la condición humana, la crítica social y la muerte temprana. Fueron de las primeras en hablar sobre racismo, religión, feminismo y homosexualidad.  Aportaron no solo a la modernidad literaria, sino también a la construcción del rol de la mujer en la sociedad contemporánea. 
 "
La buena literatura siempre ayuda a plantear una nueva forma de sociedad."
En Latinoamérica, muchas se sumaron a esa forma de reflexionar su lugar, como las hermanas Victoria y Silvina Ocampo o Clarice Lispector, quienes también ser abrieron paso en las letras de esta parte de la región. A cuatro meses de haber marchado por segunda vez bajo la consigna “Ni una menos” y a horas del Paro Nacional de Mujeres tras el asesinato de una joven marplatense, ¿cuál es la actualidad de las obras literarias de estas autoras en relación con la mujer del siglo XXI, en un contexto donde la misoginia no ha sido derrotada.  “Creo que lo vigente en estas escritoras es la belleza del pensar, incluso, cuando lo que narran es algo oscurísimo. Estas mujeres, Woolf, Plath, O'Connor, Mansfielfd, han encontrado una forma, un estilo tan personal que las vuelve siempre actuales. ¡Y hay que volver a ellas! O dejar que ellas vengan a nosotros”, destaca la escritora y periodista, Silvia Hopenhayn. 
Poco a poco, estas mujeres comenzaron a destacarse mediante su escritura y a convertirse en referente de muchas otras. Se alejaron de las costumbres que las invisibilizaban o que solo las circunscribían, en el mejor de los casos, a preservar un linaje o apellido.Muchas veces, fueron etiquetadas como trasgresoras, cuando no de subversivas. “A veces a las escritoras se las coloca en el ámbito de la subversión por el temor a lo desconocido. La entrada de la otra mirada es un shock en este mundo que se supone estratificado. Lacan decía que la mujer no existe porque está fuera del lenguaje. Después te das cuenta de que es así, los plurales son masculinos. Pero inmediatamente agrega que la mujer está fuera del lenguaje porque no sabe decir su voz. Me parece que no hemos hecho más que decir con nuestras voces, como lo hicieron Virginia Woolf, Clarice Lispector, Silvina Ocampo”, dijo Luisa Valenzuela cuando se la entrevistó por su novela El mañana.
Un cuarto propio, de Virginia Woolf, es un ejemplo de pensar y narrar con voz propia. Se trató de un gran logro para el reconocimiento de la mujer en la vida artística y creativa: una suerte de puntapié para establecerse como productora intelectual. Sirvió para problematizar otras cuestiones –mucho más cuando se publicó El segundo sexo, de Simone de Beauvoir– y repensar una sociedad con más igualdad e inclusión. Así, lograron un puente generacional que hoy continúa inspirando luchas y conquistas de derechos, y sosteniendo un diálogo siempre vigente por medio de universos ficticios.
Es cierto que los mundos literarios de cada una de estas autoras son muy distintos, sin embargo se encuentran puntos en común, como ciertas temáticas y modos narrativos que resultaron una buena forma de desarmar tabúes de la época y poner sobre el tapete de la opinión pública cuestiones sobre racismo, religión, misoginia y homosexualidad. Ellas tomaron la pluma y se lanzaron contra todo. “Katherine Mansfield es una personalidad excéntrica, movediza. Sus relatos son tremendamente delicados y con gran fuerza interior. 
En el caso de Flannery O'Connor, la religión atraviesa toda su obra, con toda la furia y la ironía, mezclándose con el racismo”, agregó Hopenhayn. Y reflexionó: “La buena literatura siempre ayuda a plantear una nueva forma de sociedad, ya sea en sus postulados utópicos como realistas, así como la buena lectura también ayuda a una nueva forma de individuo, más libre dentro del lenguaje, que es lo intrínsecamente humano”. 
McCullers y Plath se suman a este grupo de voces que también desgarraron el silencio, exponiendo un mundo íntimo y salvaje, a la vez que sincero y demoledor. Seguramente el concepto de género femenino o masculino no signifique una suerte de dictamen o estética particular, pero –como defiende la escritora argentina Gabriela Cabezón Cámara– “muchas más mujeres comenzaron a escribir y publicar; y obviamente lo hicieron desde una perspectiva particular, diferente de la mirada hegemónica".
Fueron mujeres que marcaron y crearon con sus páginas una literatura en la que confesaron, reflexionaron y criticaron la sociedad moderna. Supieron explorar y denunciar una realidad que no todos se atrevieron a ver y, mucho menos, a decir. Ellas, con voces de tinta, lograron romper barreras lingüísticas y temporales, superando el ámbito local para alcanzar el universal, con una pluma ágil y sincera. Y es que, al decir de Katherine Mansfield, primero fueron escritoras y luego mujeres.

Ellas, con voces de tinta
La inglesa Virginia Woolf (1882-1941), escritora e integrante del grupo intelectual Bloomsbury –en marzo se cumplieron 75 años de su muerte– comenzó a destacarse con el monólogo interior, tratando la conciencia humana en personajes en los que se contempla la transformación de lo cotidiano a través del arte, la ambigüedad sexual y las variaciones de la vida misma. Por otra parte, con su famoso ensayo Un cuarto propio, izó la bandera de la identidad femenina en la creación artística y literaria.  Murió a los 59 años al suicidarse en el río Ouse (Sussex, Inglaterra), debido a severos trastornos mentales que sufrió desde su infancia. 
Un año antes de la muerte de Woolf, la norteamericana Carson McCullers (1917-1967), con solo 24 años, logró publicar su primera novela, El corazón es un cazador solitario que, rápidamente, se convirtió en una joya literaria para la crítica especializada. Luego, llegó la colección de relatos y cuentos que mantuvieron su estatus de gran escritora, cuyos temas se centraron entre el adulterio, la homosexualidad y el racismo, además de explorar el espíritu de los marginados del sur de los Estados Unidos: aquellos que sufrieron más intensamente las secuelas de la violencia contra los hombres de color, la esclavitud y la pobreza, luego de  la Guerra Civil. Tras luchar contra su adicción al alcohol, murió a los 50 años de un ataque al corazón, dejando inconclusa una autobiografía. 
Quien también escribió con una gran influencia sureña fue Flannery O'Connor (1925-1964), autora de dos novelas, 32 relatos y diversos ensayos y reseñas. Falleció a los 39 años enferma de Lupus, pero, a pesar de su juventud, fue otra de las autoras a quien se la comparó con Faulkner y Katherine Anne Porter –a quienes admiraba– y a Carson McCullers –a quien detestaba–, según cartas que se publicaron de la propia O'Connor. Se destacó en el relato corto. La temática que propuso en su narrativa tuvo que ver con el folklore sureño norteamericano y con el intento de las personas por escapar a la gracia de Dios, ya que ella misma fue una católica devota. “Redención” y “condena” son conceptos que se hacen presentes en varios de sus personajes, sobre todo, en aquellos protagonistas que encarnan a falsos mesías.
En la línea del relato breve, Katherine Mansfield (1888-1923) es una de las que más desarrolló este género. De origen neozelandés, también integró el famoso círculo de Bloomsbury junto a Virginia Woolf, Edward Morgan Forster; los pintores Dora Carrington, Vanessa Bell y Duncan Grant; los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, entre otros. Ese fue también un lugar de formación como escritora, entre las charlas de la elite londinense. Víctima de la tuberculosis, continuó escribiendo cuentos en los que predomina la melancolía, la delicadeza y la sensibilidad por captar los estados de ánimo, historias por las que, luego, fue comparada con una de las grandes influencias de la propia autora: el escritor ruso y maestro de los relatos breves, Antón Chéjov.
En cuanto a poesía, Sylvia Plath (1932-1963) fue una de las escritoras líricas más importantes de los Estados Unidos. Si bien algunos la ubican a la sombra de su marido, el poeta laureado Ted Hughes, supo trascender con obras como El coloso; Árboles en invierno, y, sobre todo, Ariel, cuyos poemas confesionales retrataron, fundamentalmente, angustias, obsesiones y reflexiones sobre la muerte, expresados de una forma instantánea, casi con el correr de la mano. Se dice que, para su último libro, llegó a escribir un poema por día. Además, publicó una única novela con tono autobiográfico con el seudónimo de Victoria Lucas: La campana de cristal, donde narra experiencias sobre el amor, la desesperación, la perfección y los intentos de suicidio. Finalmente, se quitó la vida a los 30 años, luego de una profunda depresión tras separarse de Hughes. En 1982, se convirtió en la primera poeta en ganar, de forma póstuma, un Premio Pulitzer por la edición completa de sus poemas. 


El día que movimos el mundo

Por Marta Dillon      

¿Qué otro deseo podría haber desafiado la lluvia persistente, el viento del sur, el frío en plena primavera, los charcos que humedecían los pies que no fuera el deseo de insumisión? Una enorme voluntad de rebelarse, un deseo colectivo de hacer historia que no iba a detenerse por un accidente climático aunque ese accidente hiciera temblar los cuerpos desbandados por la avenida 9 de Julio y todas las calles transversales entre el obelisco y la Avenida de Mayo. No podía perderse la oportunidad, y no se perdió. Aunque no hubo operativo alguno de seguridad que protegiera los pasos que marcharon encolumnados y aquellos que caminaron buscando un lugar donde sentir calor humano, que era el único que se podía sentir. Las mujeres tomaron la calle, impulsadas por el dolor de una muerte adolescente, por la brutalidad de un femicidio del que se dieron suficientes detalles como para repetirlos aquí pero que evidentemente puso en escena con toda crueldad esa disputa que no se calla con saña. Una disputa que enfrenta los deseos de una contra la necesidad de otros de imponer el suyo, que sea el suyo el único que domine, que ella se calle, que ella resista hasta que no resiste más. La mataron por usarla. La mataron porque saciaron con ella su deseo de dominación. Y eso no se soporta más. Contra eso, la insumisión. Contra eso, los pasos rebeldes que ayer hicieron historia y a medida que caminaban descubrían otras escenas veladas: ¿Por qué no tenemos derecho al placer, aun cuando esos placeres sean inconvenientes? ¿Por qué seguir resistiendo en silencio todas esas variables que se miden en números pero que condicionan nuestras vidas y nuestra autonomía? ¿Se trata de resistir hasta que no se resiste más? Somos las que cuidamos de los otros y las otras, las de la mano tendida, se supone, las que por amor nos postergamos. ¿Somos esas o estamos resistiendo lo que alguna vez creímos que era un destino? Resistiendo porque alguna vez creímos que era eso lo que nos daba valor. Para que después nos regalen licuadoras y planchas en el día de la madre, para que en el día de la madre nos saluden a todas porque las que no lo son algún día lo serán o lo padecerán. Y resulta que un día no resistimos más. No resistimos más trabajar para que nuestro trabajo sea invisible, coser los botones de los varones que van a hablar en público, planchar el delantal de los hijos porque es el delantal blanco más blanco el que habla bien de nosotras. Resistir y resistir, meter la cintura en caja o tener vergüenza de no tenerla, ocultar el embarazo para que no te echen antes de tiempo del trabajo, volver rápido a casa después de la fábrica para que la comida esté caliente. Ganar siempre menos. Resistir hasta no aguantar más. Sólo que al revés de Lucía, y con el luto por Lucía cubriéndonos el cuerpo y enquistado en el corazón, no aguantar se trató ayer de algo muy distinto del final, del cese del latido, del fin del dolor. Se trató de decir basta. De dejar de trabajar primero. Parar, sí, usar, enunciar y hacer acto esa palabra insurrecta en tiempos en que los varones que hace décadas definen los destinos de la clase trabajadora no quieren decir. Parar y que se den cuenta, que nuestros brazos, nuestra imaginación, nuestros saberes aportan y mueven el mundo. Estos cuerpos violentados a diario desde los medios de comunicación, desde los discursos sociales, desde los chistes que ven en cada pollera corta a una mujer disponible; estos cuerpos producen plusvalía. Y también pueden restarla. Pueden poner en el mundo una palanca y moverlo de eje.
Eso es lo que pasó ayer. El mundo que conocemos se movió de eje, porque salimos otra vez a la calle, porque los acuerdos transversales que se fundan en el reconocimiento de las heridas comunes que tenemos sólo por ser mujeres, y en los que se enredan en el reconocimiento de las estrategias que pusimos en juego para sobrevivir, nos llevó a desafiar la sudestada, en la hora de paro y más tarde también. Porque para decir basta no estamos cansadas. Para decir basta el temblor de los músculos que se tensaron, mojados, ateridos, doloridos, fue un desafío épico que asumimos sin dudar. No siempre se tiene el privilegio de ser parte de una revolución. Ayer gozamos de eso. Fuimos quienes con nuestros pasos marcamos una huella nueva. No sólo desde el luto por tantas niñas y mujeres muertas. Sino por la lucha a la que estamos gozosamente entregadas. Porque nosotras, las que nos proponemos como la voz de las que ya no tienen voz, no vamos a aguantar hasta que se silencie nuestro latido sino que vamos a tomar la calle una y otra vez, hasta que la conciencia de la injusticia cale tan hondo como ayer caló la lluvia que empujaba el viento que venía del Río de la Plata. Nosotras no somos víctimas, somos sobrevivientes y ese saber que acumula quien ha tenido que sobreponerse es una fuerza que puesta en común es irrefrenable. Y no pedimos piedad sino respeto. Pedimos justicia. Y ni siquiera pedimos. Exigimos. Porque nuestro trabajo y nuestro saber mueve el mundo y no queremos más menosprecio, no queremos ser las desocupadas ni el rostro de la pobreza, ni las abnegadas cuidadoras de los otros y las otras si esas tareas no se valoran. Nosotras no vamos a resistir hasta no aguantar más. Nosotras vamos a mover el mundo. Nosotras, juntas, ya lo sacamos de eje. Y no sabemos cómo será lo que vendrá, pero sí sabemos que tenemos el poder para que ese porvenir sea a la medida de nuestros deseos.

A vos, varón *

Por Mariana Carbajal
No digas “te hago la cama”, cuando tendés la cama en la que dormís con tu pareja; ni “te ayudo” a la hora de cocinar o asumir ocasionalmente alguna de las tareas domésticas. Compartí diariamente ese trabajo invisible y no remunerado del hogar, sobre el cual se sostiene la economía del país.
Regalale a tu hija también una pelota y jugá con ella al fútbol. Y a tu hijo, comprale una muñeca y un juego de cocina, con escoba y palita incluida.
No hagas chistes machistas con tus compañeros de oficina.
No me apoyes en el subte ni me susurres frases con connotaciones sexuales al oído cuando paso por esa vereda angosta.
No cosifiques a las mujeres en los medios de comunicación.
No rechaces a esa joven que se presenta por la oferta laboral que estás ofreciendo en tu negocio o tu empresa porque imaginas que puede quedar embarazada en poco tiempo y supones que va a faltar más que un hombre cuando se enfermen sus hijos.
No le pagues menos a tu empleada porque sabés que tiene cuatro pibes a cargo y no se queja por temor a perder ese salario.
No te opongas a que ellas ocupen lugares de decisión en el sindicato o encabecen listas en los partidos políticos.
No pagues por el cuerpo de una chica esclavizada por redes de trata.
Apoyá que apruebe en el Congreso la interrupción legal de embarazo. La criminalización del aborto pone en riesgo nuestras vidas.
Aceptá que tu novia maneja las riendas de su vida.
No abuses sexualmente de alguna de las niñas (ni de los niños) de tu familia.
No pienses que un “no” es un “sí”.
No me mates.
* A propósito de las discusiones que se generaron sobre cómo podían participar ellos en la huelga nacional de mujeres.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Esa maldita costumbre de matar mujeres

Hoy, la descomposición social capitalista lleva a que el carácter de dominación y sojuzgamiento se introduzca de manera fatal en las relaciones personales mismas que produce el patriarcado. Esto es, con tristeza y con furia, comprobable.

Por Diego Rojas

Parecería que está de moda matar mujeres. No se trata de un fenómeno novedoso, claro está, pero sí es cierto que a cada momento histórico corresponde una expresión social de las relaciones que ese régimen promueve o permite. Por ejemplo, durante los siglos XV y XVI, en Europa central, pero también en algunos lugares de Norteamérica, se llevó a cabo un genocidio de mujeres que, acusadas de brujas o de sostener el demonismo, fueron asesinadas en un número superior a los nueve millones, en su mayoría a través del fuego de la hoguera. Las causas materiales de ese genocidio pueden buscarse en la necesidad de disciplinamiento necesario para imponer un régimen de trabajo y un sistema de conformación de la propiedad campesina que se oponía al trabajo ocioso o a un régimen de libertad individual (que podría asimilarse al de la persecución a los gauchos), debido a la dispersión de las mujeres luego de la peste negra que había asolado a Europa. Silvia Federici, en su libro Calibán y la bruja, defiende la teoría según la cual "la caza de brujas está relacionada con el desarrollo de una nueva división sexual del trabajo que confinó a las mujeres al trabajo reproductivo" y, en concreto, con los inicios del capitalismo, que requería acabar con el feudalismo y aumentar el mercado de trabajo, eliminar la agricultura de subsistencia y cualquier otra práctica de supervivencia autónoma ligada en ocasiones a tareas agrícolas en terrenos comunales. Federici sostiene que la irrupción del incipiente capitalismo fue "uno de los períodos más sangrientos de la historia de Europa". Por otro lado, las supuestas brujas eran, en un gran número, mujeres ancianas o de sectores de prominente debilidad física, inadecuadas para la nueva etapa de las relaciones sociales capitalistas.Este recordatorio intenta mostrar cómo la violencia contra la mujer tiene causas históricas antiguas.
Pero también trata de señalar que a cada régimen corresponde una expresión de sus contradicciones. Como ocurre hoy mismo, frente a nuestra narices, cuando el desarrollo capitalista podría suponer la armonía en las relaciones entre hombres y mujeres como trabajadores, incluso como explotados, si se tuviera una visión idílica del régimen burgués. Pero ya Walter Benjamin había señalado, en sus Tesis de filosofía de la historia: "No hay documento de cultura que no lo sea al mismo tiempo de barbarie". Y así, la "evolución" a la que asistimos históricamente oculta, con diversos métodos, el rapiñaje del propio régimen, en tanto su base es la explotación. Hoy, la descomposición social capitalista lleva a que el carácter de dominación y sojuzgamiento se introduzca de manera fatal en las relaciones personales mismas que produce el patriarcado. Esto es, con tristeza y con furia, comprobable.
Cada año, según cifras oficiales de la ONU, entre 1,5 y 3 millones de mujeres y niñas pierden la vida como consecuencia de la violencia o el abandono por razón de su sexo. Es decir, cada dos o tres años el mundo alcanza las cifras de muerte que produjo el nazismo con el pueblo judío. No se trata en absoluto de minimizar a Auschwitz, sino de mostrar la gravedad de cómo el mundo actual destina a mujeres en cantidades hacia la muerte. Las razones se podrían estimar en algunos de estos puntos:
-Sociedades como la china, o varias otras, donde el nacimiento de un varón es preciado como una virtud y el de una niña, como una falencia, lo que lleva al infanticidio en abundantes casos.
-El abandono de niñas enfermas en función de brindar salubridad a sus padres o sus hermanos en sociedades atravesadas por el hambre y las penurias sociales, como varias de las africanas.
-La concepción de la propiedad sobre la mujer en sociedades atrasadas, que impulsan que el libre ejercicio de la sexualidad por las mujeres pueda ser castigado por no obedecer el mandato familiar de su destino.
-De manera brutal, el tráfico de mujeres internacional para la explotación sexual, que la ONU estima en cuatro de millones de mujeres por año "exportadas" en su condición de objetos a naciones, principalmente, europeas, provenientes de regiones atrasadas. Este tráfico de mujeres para la trata también es denunciado como masivo en América Latina y podría tener un resguardo importante en casos emblemáticos como el de Ciudad Juárez, donde el femicidio está asociado no sólo con el tráfico sexual, sino con el uso objetual de las mujeres como trabajadoras de las maquiladoras.
-El femicidio, como el que ocurre de manera masiva en la Argentina semanalmente, como ese femicidio que se posa sobre la vida de una piba llamada Lucía, de 16 años, para acabarla mediante una violencia bestial que no podría ser considerada solamente como patológica para sus criminales, sino que indica un grado de descomposición del régimen imperante que produce que el hombre, en términos patriarcales, reproduzca la violencia de la explotación capitalista sobre el cuerpo de las mujeres, sobre las que actúa no sólo como un monstruo, sino también como aquel "burgués, pequeño, pequeño" que mostraba aquella clásica película italiana. Como el dueño de su vida y de su muerte.
Desde hace un par de años la Argentina vive un proceso fenomenal de movilización de las mujeres para defender sus propias vidas y sus derechos. De eso se trataron las dos convocatorias del #NiUnaMenos y también fue su expresión en el último Encuentro Nacional de la Mujer, realizado en Rosario, al que asistieron setenta mil mujeres, como no habían concurrido nunca antes, en 31 años de convocatorias. Ahora convocan a que se realice un esfuerzo más en defensa de la vida de las mujeres en este país.
Inspiradas en otro país, Polonia, donde el aborto es legal pero cuya presidente, mujer, quisiera ilegalizarlo (esto también es una señal de que no se trata tan sólo de protagonistas femeninas, sino de representantes políticos de un régimen, ¿o por qué, si no, habría que pensar que la Argentina tuvo avances para la mujer con ocho años de presidencia de una mujer como Cristina Fernández, enemiga del aborto y de los derechos femeninos?). Por eso, las mujeres polacas realizaron una huelga general femenina con manifestaciones que paralizaron al país, y lograron que, entonces, el proyecto de anulación del aborto retrocediera.
Las organizaciones de mujeres convocan a un paro general de mujeres para el miércoles 19. Para que se realice entre las 13 y las 14 horas. Y para movilizarse luego al Obelisco. Son conscientes de que las direcciones sindicales burocratizadas, patoteriles y machistas no accederían a poner entre sus reivindicaciones este punto. Por eso se tratará de una convocatoria desde la base.
Para que no las maten. Para que las mujeres vivan. Por ni una menos. Una vez más, es el turno de que la sociedad se pronuncie por su mitad, mayoritaria, oprimida, para que no sea oprimida ni asesinada nunca más.

martes, 18 de octubre de 2016

BRAZOS AL DESNUDO


Novela del desamparo y a la vez esbozo de un delicado ideal comunitario, Susana Szwarc trenza líneas narrativas con sensibilidad de poeta y moralista.
Por Daniel Gigena
Susana Szwarc, narradora y poeta, nació en Quitilipi, Chaco, en 1954. Entre otros libros, publicó En lo separado, Trenzas, Bárbara dice, El azar cruje, Una felicidad liviana y El ojo de Celan, poemario de hermetismo incandescente. Aunque vive desde hace años en Buenos Aires, donde coordina talleres de escritura y de lectura, está por inaugurar una biblioteca popular en su pueblo natal. Quizás en esa “doble pertenencia doble” (poeta y narradora además de habitante de la ciudad de Buenos Aires con raíces provincianas) se encuentre una de las claves para leer su nuevo libro. La muertita o la novela que, nouvelle donde conviven voces del desarraigo y la supervivencia (que suelen ir juntas) en el marco de una ciudad que produce miseria, violencia y rechazo.
“La ‘muertita’ es la forma en que se nombra en algunos pueblos del noreste de nuestro país a esas jóvenes que, entre deprimidas, idas, un poco temerosas del exterior, deambulan las veredas calurosas o están durante horas sentadas en un banco de la plaza, mirando en retazos y, de a ratos, leyendo -cuenta la autora?. Pero en esta nouvelle, los personajes están en la gran ciudad y esta muertita viaja en los subtes y recorre las calles hasta que se instala en una de las tantas zonas habitacionales de la gran ciudad: un sótano alquilado.” Desde ese subsuelo los ojos de la chica dan justo en el lavadero de enfrente, donde trabaja uno de los personajes más atractivos del relato, María Marina, una transexual que cuida a un bebé como si fuera propio.
“Un animal anonadado, eso era la muertita. Nada que ver con el ratón de ojos inteligentes”, se lee al inicio de “la novela que”, género ideado por Szwarc para condensar sentidos incompletos; estructuras que oscilan entre el verso libre y el fluir de conciencias, entre la creación de situaciones y los sucesos reconstruidos a contramano. “¿Una especie de universo a lo Rulfo, una especie de zona fantasmagórica donde sin embargo el humor prevalece? -se pregunta Szwarc. O tal vez un mundo bekettiano, donde se espera a Godot con la diferencia de que en la espera se suceden reuniones, sonido y furia, canciones, algún nuevo reencuentro.” La muertita y la novela que contiene la metáfora del desplazamiento semántico constante; es así como en la nouvelle se pueden leer hojas de ruta que van hacia distintas zonas.
Los personajes femeninos protagonizan La muertita… Las distintas mujeres que provienen de pueblos del interior son las que van encontrando formas de salir del sótano, del submundo, del subsuelo. “O, mejor aún, son las que logran hacer de ese subsuelo el mejor lugar –apunta Szwarc–. A pesar del hastío de la época que, como a esos personajes, nos toca vivir, ellos encuentran un espacio de ternura.” Afuera del refugio, se sabe, el mundo puede ser difícil: “Lo que no podía dilucidar la muertita era ese susto que le salía de alguna parte. Piel de gallina, eso le daba el temblor como si hiciera un gran frío. Sin embargo, en el subsuelo, por lo general hacía calor, como en la calle; se daba cuenta por la ropa de los otros. Brazos al desnudo. Pero volviendo al susto: ¿a qué? Cuando la miraban veía también el susto ajeno. Ella daba miedo”.
Se podría decir que La muertita… es también una novela de enigmas. ¿Cómo la protagonista, tan asustadiza, forma comunidad con los demás personajes? ¿Por qué las frases incomprensibles de un niño chino se convierten en oráculos? ¿Es la vida de cada uno, singular y a la vez ordinaria, una “novela que”? Apunta la autora: “Lo que más hace la muertita es mirar desde una ranura, que le da ojos, para ver el paisaje del universo, y donde todo se ‘trans-forma’, o sea que habría un estallido de géneros, que hace vivir de un modo singular, las delicadas vidas”.
La muertita o la novela que
Susana Szwarc

La Mariposa y la Iguana
Más información de la trayectoria y publicaciones de la autora en susanaszwarc.blogspot.com.ar