domingo, 10 de agosto de 2014

‘Estela, tú eres abuela’

La llegada del norteamericano Clyde Snow y la creación del Equipo Argentino permitió identificar a cientos de NN. En este caso, en 1985 pudo establecer cómo fueron asesinados los padres de Guido Montoya Carlotto y que Laura había tenido un bebé.



Con casi un cuarto de siglo de diferencia, el trabajo de los antropólogos forenses derivó en aportes sustanciales para la reconstrucción de la historia familiar de Ignacio Hurban, el joven músico que esta semana conoció su verdadera identidad y supo que es el nieto que Estela de Carlotto buscaba desde 1978. En el caso de su madre, Laura Carlotto, la exhumación del cuerpo y la pericia encabezada por Clyde Snow, fundador del Equipo Argentino de Antropología Forense, implicó para Estela en 1985 la confirmación del nacimiento de Guido, como lo llamó su hija. En el caso del padre, Oscar Walmir Montoya, el avance de la ciencia y su aplicación al servicio de la investigación del genocidio argentino permitió ni más ni menos que la identificación de los restos, un logro impensable sin la posibilidad del cruce masivo de muestras de ADN en el marco de la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas.
El 27 de agosto de 1978, sin ningún documento que acreditara su identidad, Estela y su esposo Guido Montoya Carlotto enterraron a Laura en el cementerio de La Plata. Por el contacto con sobrevivientes de La Cacha y el testimonio de un ex conscripto conocieron detalles de su cautiverio y del nacimiento de su nieto. Pero fue recién tras el retorno de la democracia, en 1985, cuando esa certeza tuvo por primera vez un respaldo científico. “Estela, tú eres abuela”, fueron las palabras de Snow que la presidenta de Abuelas recordó una y otra vez.
Abuelas de Plaza de Mayo y la Conadep habían recurrido un año antes a la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, la ONG estadounidense que contactó a Snow. Poco después el antropólogo llegó al país, explicó que a partir del estudio de los huesos se podía reconstruir parte de la historia de las víctimas, dio con un grupo de estudiantes de antropología y medicina que aceptaron el desafío de asumir un trabajo “sucio, deprimente y peligroso”, como lo definió Snow, y creó el EAAF.
“Hice exhumar el cuerpo y el Equipo de Antropología Forense lo examinó a fondo para determinar con exactitud todo lo que los militares habían negado”, contó Estela en 1999 durante una entrevista con la periodista Gabriela Castori en la revista El Mensajero. “El deterioro de su dentadura probaba su largo secuestro; por la pelvis supimos que había tenido un bebé y por las balas que tenía alojadas en el cráneo, que había sido ejecutada con una Itaka disparada a 30 centímetros, por la espalda”, relató. “Así reuní elementos de prueba para la Justicia y para demostrar en el exterior, donde teníamos causas abiertas, qué era lo que había pasado. Esta vez sí quise verla. Vi sus huesitos, su pelo, la vi a ella, la vi. Y cerré el duelo y nunca más necesité ir al cementerio”, agregó.
En 2004, al declarar en el Juicio por la Verdad de La Plata, Carlotto recordó que familiares y amigos presenciaron la exhumación. “Vi sus huesitos, pero era ella, tenía el corpiño que le había regalado Alcira Ríos, tenía las medias que le habían visto ponerse, un zapato, porque el otro apareció en el cajón cuando exhumaron a Carlos Lahite”, con quien la habían ejecutado. “Ahí en el cementerio, después de cepillar y tocar casi religiosamente esos huesos, el doctor Clyde Snow me llamó aparte y me dijo ‘Estela, tú eres abuela’, porque los huesitos de la pelvis tenían las marquitas de cuando un bebé se apoya hasta el momento de nacer.”
“Ese informe meticuloso, científico, está agregado a todos los expedientes de la Justicia en el país y en el exterior, porque dice claramente que Laura fue asesinada, que para reducirla le quebraron un hueso del brazo, que se resistió, que en el suelo y de espaldas le dispararon con armas de grueso calibre a 30 centímetros de distancia en la cabeza, porque las cápsulas estaban dentro del cráneo, y además balearon su vientre para no poder probar la maternidad. Todo eso demuestra que tengo un nieto”, recordó ante los jueces de la Cámara Federal platense.
La incertidumbre de la familia Montoya duró varios años más. “Puño”, como lo apodaban, también estuvo secuestrado en La Cacha y fue asesinado el 27 de diciembre de 1977, mientras Laura sobrellevaba en cautiverio su tercer mes de embarazo. Sus restos habían sido enterrados como NN en el cementerio de Berazategui, de donde los antropólogos forenses lo exhumaron el 3 de abril de 2006 por orden de la Cámara Federal porteña. El único dato de la burocracia de la época era el acta de defunción, que señalaba que dos hombres habían muerto ese día en un enfrentamiento en calle 4, entre 30 y Carlos Pellegrini, de esa localidad. De la exhumación y el estudio de los huesos surgió que Montoya tenía no menos de 16 impactos de bala en “el cráneo, tórax, miembros superiores e inferiores”. La versión oficial del enfrentamiento sumada a las evidencias del fusilamiento, marcas registradas de la dictadura, no dejaban dudas sobre el rol del Estado terrorista. La cantidad de casos similares y la incertidumbre sobre el destino de miles de desaparecidos, sin embargo, impedían establecer una hipótesis específica sobre las identidades.
Mientras los restos de Montoya se mantenían a resguardo en el EAAF con la identificación BZ 9/69 (por el cementerio de Berazategui y el número de sepultura), su hermano Jorge y sus padres, José Montoya y Hortensia Ardura, dejaron muestras de sangre en el marco de la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas. El cruce masivo de muestras de ADN hizo el resto. En octubre de 2009 la Cámara que preside el juez Horacio Cattani, impulsor de las identificaciones desde hace dos décadas, confirmó que los restos de uno de los ejecutados en Berazategui correspondían a Montoya. La familia los cremó y esparció sus cenizas en un campo de Cañadón Seco, a once kilómetros de Caleta Olivia, en Santa Cruz, donde vivió su infancia. Antes la Cámara Federal mandó una muestra de ADN al Banco Nacional de Datos Genéticos, paso que le permitió a Ignacio “saber quién soy y quién no era”, como resumió el viernes durante su presentación en sociedad junto a su familia.

Página 12


"Estela", un documental sobre Estela de Carlotto


En el documental "Estela", en el minuto 36´, Clyde Snow, fundador del Equipo Argentino de Antropología Forense, cuenta muy emocionado sobre el trabajo que llevó a cabo. 

"Estos huesos encerraban una historia. Los huesos de Laura... nos estaban diciendo: ´busquen a mi hijo´." 

jueves, 7 de agosto de 2014

El nieto 114. Aparecidos.

Por Maru Ludueña

Estela de Carlotto se enteró de que su nieto era un joven pianista a quien sus amigos describen como “solidario” y “bueno para la escritura”. María Eugenia Ludueña, autora de “Vida y militancia de Laura Carlotto”, reconstruye una búsqueda que duró 36 años. ¿Por qué un caso tan singular, el de una joven militante secuestrada y asesinada atraviesa y conmueve como si se tratara de alguien de nuestra familia?

El viaje más largo de la vida de Estela Barnes de Carlotto empezó aquella tarde de invierno, en agosto de 1978, con una citación para presentarse en la comisaría de Isidro Casanova. Ella, su marido y su hermano, el padrino de Laura, se subieron a la furgoneta color crema. Horas después estaban en el despacho de un comisario y les entregaban el cuerpo de Laura, el cráneo y el vientre destrozados por las balas. Aquella vez, cuando le informaron la muerte de su hija con absoluta frialdad, fue la única en que la madre de Laura perdió la moderación. “¿Cómo que falleció? ¡La tuvieron nueve meses para matarla!”. Estela siguió gritándoles: canallas, cobardes, asesinos, criminales. Pero antes de dejar al despacho, se tomó un segundo para preguntar al subcomisario:

—¿Y qué pasó con el bebé?

Se había enterado del embarazo a través de alguien que había compartido el cautiverio con su hija en un tramo de esos nueve meses -toda una cifra- en que la mayor de los cuatro hermanos Carlotto estuvo desaparecida. 

—No sé —respondió el subcomisario—. Cumplo órdenes del ejército. Del área de operaciones 114.  

Quizás ese viaje largo de Estela y de la familia Carlotto haya terminado ayer.

El 5 de agosto de 2014, como casi todos los días, Estela subió al auto en la puerta de su casa en un barrio de Tolosa. Desde la muerte de su marido vive sola y no cambió de idea con las ráfagas de ametralladora que atravesaron la pared del frente en 2002. Ni tampoco cuando en 2009 desconocidos atacaron el auto del policía esta­cionado en la puerta. Desde entonces vive con custodia. Ayer, otro día de agosto, casi 36 años después, el chofer encaró hacia la autopista para recorrer esos 55 kilómetros que separan La Plata de la ciudad de Buenos Aires, donde está la casa central de Abuelas. Pero antes debía resolver un trámite en el juzgado de María Romilda Servini de Cubría.

El libro que escribí sobre Laura Carlotto tenía un final abierto, feliz. Di muchas vueltas para escribir el principio y el final de la vida de Laura, como si en esos aspectos narrativos se jugaran también cuestiones vitales del recorrido de Estela. Recién ahora me doy cuenta: empecé el libro con la idea de que Estela empezaba el viaje más largo de su vida el día que iba -sin saberlo- a encontrarse con el cuerpo de su hija. En el final del libro no suena un teléfono, pero suena un timbre. 



*** 


En Tribunales tramitan varias causas por identidad de hijos de desaparecidos, entre ellos el de Laura. Estela bajó del auto, caminó con su bastón por la planta baja del Palacio y entró sola al despacho de Servini de Cubría. La jueza la estaba esperando. Ella, el secretario y representantes del Banco Nacional de Datos Genéticos le dieron la noticia en dos oraciones: “Se recuperó otro nieto varón”, escuchó Estela primero. Y de inmediato: “Es tu nieto”.   Entre abrazos y llantos, Estela llamó por teléfono a sus hijos. Remo, el menor, el diputado nacional, corrió hasta Tribunales a acompañar a su madre, feliz y preocupado porque recibiera la noticia sola: es una señora de 83 años.   Claudia, la segunda hija después de Laura y la compañera férrea, todavía estaba en su casa de La Plata cuando Estela la llamó. Lloraba. Lloraba y más allá de la conmoción no entendía: según las reglas, ella como presidenta de  la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi) es habitualmente la encargada de dar la noticia. Entre lágrimas llamó a Kibo. Por el tono conmovido de Claudia, él enseguida lo intuyó. Las palabras de su hermana ya forman parte de lo que no se olvida: “¡Encontramos a Guido, mi amor!”, le dijo ella. Kibo todavía se ríe: jamás en la vida su hermana lo había llamado así.   Hace 37 años Claudia estaba exiliada temporariamente en Paraguay cuando supo que su hermana Laura estaba embarazada. Aquella vez ella sostenía en brazos a la primera de sus seis hijos: “Cuando me enteré, me daba la cabeza contra la pared del baño, literalmente –recuerda Claudia–. Decía: ‘Esto no puede ser peor’. Pobre. Yo tenía mi beba en brazos y pensaba ‘a mí me sacan la nena y yo qué hago’. Dios mío, parir ahí, que le saquen la criatura. ¡Qué van a hacer con ese bebé! Se me hizo carne. Mi nena tenía meses. Fue terrible. En ese momento dije: ‘Ojalá que lo pierda, para que no se lo saquen’. Después me arrepentí mucho, pero fue pensando en evitar el sufrimiento, el que yo hubiera sentido si me quitaban a mi hija”.   Ayer Claudia se paseaba por la Casa de Abuelas –tomada por abuelas, nietos, periodistas- celebrando con sus hermanos, sus hijos, sobrinos y nietos, escapando de las cámaras y pendiente de su sobrino restituido. “Da un poco de angustia. Él necesita tiempo para procesar todo esto. Nosotros venimos hace años y fuimos muy cuidadosos. Todavía no sabemos cuándo será el encuentro”. Estaba preocupada: se habían filtrado datos que permitían identificarlo. Él se había presentado espontáneamente en julio en Abuelas con sospechas sobre su origen y había sido derivado a la Conadi. A Claudia el caso no le llamaba la atención: el organismo lleva alrededor de ocho mil casos. El 24 de julio se hizo el examen de ADN. En general, en estas presentaciones espontáneas, el Banco Genético gira una copia del informe a la Conadi. Casi siempre es Claudia quien da la noticia cuando no se abre una vía judicial. Pero en el juzgado de  Servini de Cubría estaba hacía años una causa y el Banco giró la data al juzgado.   Con la noticia de que el hijo de Laura vive en Olavarría, tiene 36 años y es músico, los Carlotto, además de rebosar felicidad, se sacaron de encima algunos temores bien guardados. El peor, no sólo para ellos: que Estela se fuera de este mundo sin conocerlo. Que Guido hubiera fallecido por alguna enfermedad. O que hubiera sido criado en una familia con militares recalcitrantes. Por eso ayer Claudia decía “Estoy tarada”. Y repetía dos palabras como mantras: felicidad y alivio. Guido Montoya Carlotto es un joven pianista que se acercó a Música por la identidad, a quien sus amigos ayer describían por las redes como “solidario” y “bueno para la escritura”.

 






Al conocerse el análisis de ADN también se develó otra incógnita: quién es el padre de Guido Ignacio. Los Carlotto tenían presunciones sobre el último compañero de Laura, pero nunca las dieron a conocer. Porque recién ayer con los resultados de ADN se confirmaron. Walmir Oscar Montoya, El Puño, militante montonero, 25 años, era el famoso “petiso” o “chiquito” del que Laura le habló a Remo, su protegido, o a Kibo, su compinche.   Apenas Estela la llamó para contarle, Claudia le pidió por favor a la jueza que no le dijera nada directamente al joven, quien ya había advertido que prefería no recibir esa información en un juzgado. Claudia y Estela se reunieron en Abuelas. Y Claudia, temorosa de que el chico se enterara por televisión, se comunicó con Olavarría para decir esas palabras que llevan tanto tiempo atragantadas: sos hijo de desaparecidos. Sos Carlotto, el nieto de Estela y además, mi sobrino.


***  




—¡Abuelita! ¿Va a alcanzar el estofado de los domingos?—. Uno de sus 14 nietos la abrazaba y Estela se reía a carcajadas: “la pastaciutta!”.  La Casa de las Abuelas estaba de fiesta una vez más. La sala donde Estela dio la conferencia de prensa, en el primer piso, se llenó rápido. La mayoría debió contentarse con esperar en las escaleras donde los ministros, funcionarios y legisladores –Alak, Tomada, Fresneda, entre otros- tenían que luchar cuerpo a cuerpo para avanzar un escalón. Otros miraban la conferencia por la pantalla de los celulares. Sobre Virrey Cevallos, la vereda estaba inundada de gente. Los autos al pasar tocaban bocina igual que cuando Argentina hacía un gol en el Mundial. Las redacciones de la Argentina pusieron “pausa”. En las oficinas la gente dejaba sus escritorios y se agrupaba alrededor de los televisores. Millones lloraban frente al televisor. Estela exudaba un brillo extra en los ojos y en la voz, estrenaba una sonrisa más amplia, implacable. 


Juano, su nieto, también es músico: “Todavía no caigo, no lo puedo creer. Me enteré a las 4 de la tarde, como todos”. Como todos: pocas noticias entrañan semejante poder simbólico. El arte de hacernos sentir envueltos en alguna clase de nube que estremece, sacude, hermana. A vuelo rasante, en la última década solo la muerte de Néstor Kirchner nos sumió en alguna caravana emocional semejante, con todos los matices: la sensación de que pasa algo urgente, importante, irrepetible, que no tiene vuelta atrás, estés donde estés parado. En el caso de Néstor, fue la contracara: la tristeza, el arrebato del final del interrogante: ¿qué hubiera pasado si…? La noticia de Guido, en cambio, es la alegría. Hay alegrías que no tienen banderas. Ayer los únicos que no celebraban eran los trolls de la derecha que cada tanto se animaban a tuitear aquello de que Estela nunca fue abuela.  

El hallazgo de Guido Montoya Carlotto es una historia que abre interrogantes para todas las disciplinas. ¿Qué se hace con los abrazos y los besos acumulados en 36 años? ¿Por qué un caso tan singular –el de una joven mujer militante secuestrada, desaparecida, asesinada, obligada a parir con grilletes, el de un bebé que fue arrancado de los brazos de la madre a las 5 horas de nacer y pasó 36 años sin saber quién era- atraviesa y conmueve como si se tratara de alguien de nuestra familia? ¿Porque es una historia que representa a otras tantas que encarnan que sólo con perseverancia y organización colectiva es posible conseguir y transformar? ¿Porque enseña que más temprano que tarde sin reposo el velo de la mentira cae? ¿Porque el bien triunfa sobre el mal a pesar del siniestro pacto de silencio de los represores? (¿Cómo es que solo uno de ellos se atrevió a dar algún dato que sirvió para localizar a dos nietos?) ¿O porque 36 años es demasiado tiempo para la directora de una escuela que tres días después de enterrar a su hija se entera que le salió la jubilación que había pedido para dedicar el día entero a buscar a su nieto? (“Tranquila hija, que yo sigo acá abajo buscando”, le decía Estela a Laura) ¿Porque el bebé y la mamá se vuelven a reunir, 36 años después, en esos dos rostros donde a simple vista se adivinan los parecidos: el de Ignacio o Guido, la nariz, la forma de la cara y el semblante de Estela, los ojos inolvidables de su madre? ¿Porque en esta aparición de un nieto se respira también la aparición de una madre? ¿O estremece simplemente por eso, porque se trata nada más, y nada menos, que de una aparición? 




Estoy demasiado conmovida para seguir escribiendo. Me quedan muchas preguntas por hacerle a la familia Carlotto. A Ignacio Guido. Al fin y al cabo contar la vida de Laura fue una idea de Estela dedicada a él. Me seguiré preguntando, entre tantas cosas, por qué después de que los Carlotto y varios equipos de investigación se rompieran la cabeza durante años, hilando datos, cruzando nombres, operativos, jurisdicciones de fuerzas, cómo fue que el hallazgo se dio al revés: por alguna astilla clavada en la biografía de Ignacio. Pero también en qué medida cada paso ayudó a este final feliz y también doloroso. 36 años es mucho tiempo, podría haber sido más. Es menos porque Abuelas, y porque las compañeras de cautiverio de Laura en La Cacha dieron unos testimonios valientes que probaban su embarazo y su parto, y porque la exhumación de Clyde Snow –el fundador del Equipo Argentino de Antropología Forense- demostró que en los huesos de su cadera había anidado un bebé y por los juicios y por tantos esfuerzos más.   Me seguiré preguntando también por qué para escribir este texto tan arrebatado vuelvo a necesitar los conjuros de Laura: su retrato cerca, un poema de Urondo y otros ritos secretos que invoqué mientras contaba su historia en un libro.  La miro y hoy su mirada –esa que mira a todos lados y a ninguna parte- me parece aún más certera y firme, tan implacable como la sonrisa de Estela.   Y me seguiré preguntando mientras viva: cómo se explica que ayer por la mañana me desperté sobresaltada, a las 4:30 de la madrugada y ya no me puede dormir. El sueño me había perturbado. Había soñado con Estela. Era una escena de apariencia familiar: la mamá de Laura estaba recostada sobre una cama. Mi hijo entraba y salía del sueño sin motivos. Y Estela me decía: “Creo que voy a necesitar un té”.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Tras 36 años de búsqueda incansable ESTELA encontró su nieto

Al final, Guido también buscó a Estela
Guido Montoya Carlotto –que se crió con otro nombre en Olavarría– se acercó a las Abuelas de Plaza de Mayo con dudas sobre su identidad. “Es un triunfo de todos los argentinos”, dijo Estela de Carlotto, su abuela.

Por Victoria Ginzberg
Celebró cada encuentro como si fuera propio. Se angustiaba cuando las historias se complicaban y se alegraba cuando el regreso se allanaba. Todos los nietos fueron un poco de ella. Por eso, ayer, su nieto fue un poco de todos. Estela Barnes de Carlotto, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, pronto podrá abrazar a Guido, el hijo que su hija Laura tuvo en junio de 1978, mientras estaba secuestrada. “Encontramos a tu nieto”, le dijo ayer al mediodía, en el juzgado, la jueza María Servini de Cubría, aunque en realidad Guido se encontró solo, gracias a los años de trabajo, tenacidad y creatividad de las Abuelas de Plaza de Mayo. Porque al final, Guido también buscó a Estela.
Hace unos quince años, cuando las Abuelas comenzaron a entender que los nietos que buscaban habían dejado de ser niños, que eran adolescentes o adultos, ampliaron su estrategia. Ya no se trataba de espiarlos en la puerta de la escuela, sino de interpelarlos. ¿Vos sabés quién sos?, fue la frase que eligieron para abrir esa nueva etapa. Y la escribieron en una pancarta que colgaron en un recital de rock que organizaron.
En junio, un joven mandó un mail a las Abuelas de Plaza de Mayo con esa duda a cuestas. Hace un par de semanas, tocó la puerta de la sede de la institución. Sabía que los que consideraba sus padres biológicos no lo eran. Se lo había confesado alguien cercano a la familia. Sospechaba que podía ser hijo de desaparecidos. Lo derivaron a la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi) que dirige Claudia Carlotto. Su sangre se cruzó con las muestras del Banco Nacional de Datos Genéticos y ayer estuvieron listos los resultados: sus padres eran Laura Carlotto y Walmir Oscar Montoya. El dato de filiación paterna tiene su historia, ya que la familia Carlotto no estaba segura de quién era la pareja de Claudia, debido a que por la militancia clandestina de ambos no conocía su nombre. La aparición de Guido, por lo tanto, también permitió llegar a esta certeza.
La información de la prueba de ADN no llegó a Conadi, sino que fue llevada a Tribunales, porque allí había una causa abierta por la desaparición de Laura y la apropiación de Guido. Así fue que Servini de Cubría fue quien le dio la noticia más esperada y a la vez inesperada a Estela. Cuando estaba saliendo del juzgado, recibió un llamado de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. “Decime si es cierto”, le dijo CFK. “Lloramos juntas”, contó después Estela.
En la sede de las Abuelas, su segunda casa, se juntó con sus hijos Claudia, Kibo y Remo, sus otros trece nietos y sus dos bisnietos. Luego fue llegando su segunda familia: sus compañeras, colaboradores, amigos, nietos encontrados y hermanos que todavía buscan a sus hermanos. “Es artista y vive en el campo y le dijeron que se parecía a mí”, contaba Estela, entre abrazos. Estaba contenta y sorprendida porque Guido había participado en el ciclo Música por la Identidad, organizado por Abuelas. Y también agradecida porque estuviera vivo, porque estuviera sano, porque estuviera cerca. Al rato, el lugar se pobló de periodistas, fotógrafos y cámaras de tv. Para ese momento ya se sabía que Guido había sido criado en Olavarría y crecido con el nombre de Ignacio Hurban, datos que habían sido difundidos por el juzgado, pero que las Abuelas y la familia Carlotto habían intentado preservar en la intimidad para que no se generara un acoso sobre el joven y, así, tuviera tiempo de procesar la noticia que le había cambiado la vida.
“Por suerte me hice un estudio cardíaco hace poco. Y está todo bien. Ahora quiero tocarlo, mirarlo a la cara. Ahora tengo a mis 14 nietos, la silla vacía ya no lo estará y los portarretratos vacíos van a tener su imagen. Lo he podido ver y es hermoso. Es un chico bueno. Se cumplió lo que dijimos las Abuelas, que ellos nos van a buscar”, dijo Estela, durante la conferencia de prensa que se armó en la sede de las Abuelas por la tarde. Allí estaba Estela con una falda escocesa, un suéter naranja y un saquito marrón, la ropa que se había puesto por la mañana, cuando todavía no imaginaba que ese día sería diferente a todos.
“Quiero compartir esta alegría enorme que nos brinda hoy la vida, de encontrar lo que busqué y buscamos tantos años. Que Laura sonría desde el cielo. Porque ella lo sabía antes que yo: ‘Mi mamá no se va a olvidar de lo que me hicieron y los va a perseguir’”, dijo Estela al recordar una frase que su hija les dijo a sus asesinos antes de saber que su madre se convertiría en un emblema en la lucha contra la impunidad, la memoria y la justicia y que no sólo perseguiría a los responsables de la muerte de su hija y de la apropiación de su nieto, sino a todos los que participaron en los crímenes del terrorismo de Estado. “Y yo no persigo más que justicia, verdad y el encuentro de los nietos. Laura estará diciendo ‘ganaste esta batalla’.”
Atrás de Estela lloraba Tatiana Sfiligoy (Ruarte-Britos), la primera nieta encontrada por Abuelas. Lloraba también Lorena Battistiol, que busca a su hermano o hermana desaparecido. Y reían muchos jóvenes que recuperaron su identidad, como los diputados Juan Cabandié y Horacio Pietragalla, Victoria Montenegro, Francisco Madariaga y Guillermo Pérez Roisinblit. También estaba el secretario de Derechos Humanos, Martín Fresneda, él mismo un hijo que busca a su hermano, y el diputado Wado de Pedro, otro hijo, al igual que Carlos Pisoni, subsecretario de Promoción de Derechos Humanos. Los ministros de Justicia, Julio Alak; de Trabajo, Carlos Tomada, y de Ciencia y Tecnología, Lino Barañao, también se acercaron a acompañar a Estela.
La presidenta de Abuelas no quiso dar precisiones sobre la familia que crió a su nieto, “quizá inocentemente”. Dijo que sabían quién lo había entregado, pero que esa persona está muerta. “Esto es para los que todavía dicen ‘basta’, los que pretenden que olvidemos como si nada de esto hubiera pasado. Hay que seguir buscando para que todas las Abuelas sientan lo que siento hoy. Lo que yo quería era no morirme sin abrazarlo y pronto lo voy a lograr”, señaló. También contó que tiene un montón de cajas llenas de remeras y prendedores que juntó y guardó durante todos estos años por todo el mundo “para que vea en cuántos lugares lo buscamos”.

Estela agradeció a Dios, a sus compañeras, a los nietos, al pueblo y a la democracia. Y dijo que la aparición de su nieto era un triunfo de todos los argentinos. Antes de terminar salió al balcón. A uno pequeño que daba sobre la calle Virrey Cevallos, donde se había quedado la gente que no había podido entrar en la casa de Abuelas, miembros de organismos de derechos humanos, amigos, pero también vecinos del barrio que se habían acercado para saludar a Estela. Antes, la presidenta de Abuelas había dejado claro que el encuentro de su nieto no significaría que disminuiría su esfuerzo y dedicación para buscar a los 400 jóvenes que faltan, sino todo lo contrario: “Los chicos están, más cerca o más lejos, están esperando que los encontremos. Los esperan la libertad y el amor. Me preguntan de dónde saco mi fuerza... de mis hijos, de Laura”.





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domingo, 3 de agosto de 2014

El fuego y el veneno


Dos libros que honran y actualizan la figura de Alfonsina Storni.

Por Paula Jiménez España
No era decepción, ni anhelo por lo que no había elegido; no era el padre que su hijo no tuvo ni el marido que ella no quiso, segura de que todos los hombres le serían infieles. No era ese resentimiento, ni esa soledad, ni las formas falsas de la protección, sino la rabia. La rabia que impulsó en parte su escritura. La rabia de quien nace a contrapelo de su época y ve los valores más anquilosados oponerse al progreso, al cambio, a la liberación. Ni en su prosa ni en su poesía Alfonsina se ahorró, como le hubiera correspondido a una chica de su tiempo, los sentimientos de enojo y el gesto rupturista que se despliegan tanto en Un libro quemado, que reúne parte de su obra periodística (acompañada por las imágenes del pintor Pablo Lozano), como en Esta es mi Storni, la antología recientemente editada por Ediciones en Danza y curada por la poeta Diana Bellessi. Ambos libros le rinden –sin excusa aniversario– un merecido e inesperado homenaje en 2014.
“Odio tremendo, como nada fosco,/ odio que truecas en puñal de seda,/ odio que apenas te conozco,/ queda”, dice en el remate de su impresionante poema “Odio...” la Storni. Y sobre él, Bellessi explicará en el prólogo: “Son versos endecasílabos con su claro acento, claro como el odio, en cuarta y octava para quebrar el próximo y rematar, como un hachazo, con una palabra Queda; rimas finales y rimas asonantes le otorgan una pasión a este odio como pocas veces he visto”. Con Esta es mi Storni, la autora santafesina ha intentado recortar un perfil de Alfonsina que se aparte de aquel otro, un tanto tranquilizador, levantado alrededor de la “poetisa” (término peyorativo si los hay) romántica y sujeta en su escritura a las estructuras métricas convencionales. Esta Alfonsina, la de Diana, se revela aquí como una rara avis poética: en sus construcciones, en sus cortes de verso, en sus imágenes y temas. Un tono activo, o más bien agresivo –vengativo– gobierna algunos de estos poemas, mayormente de versos cortos y contundentes. El soneto “Amor” comienza con un reniego que contiene la perla del dolor y que recuerda aquel descarnado “Maldigo” de Violeta Parra; dice: “Baja del cielo la endiablada punta/ con que carne mortal hieres y engañas./ Untada viene de divinas mañas/ y cielo y tierra su veneno junta”. Intensamente amargos, estos versos muestran la imagen de una Storni biliosa, arrojada al mar desde las piedras de la escollera del Club Argentino de Mujeres y no la de la dulce mujercita que se deja sumergir entre las olas como en un sueño. El mito popular, que incluye una versión light de su muerte, sin duda buscó suavizar la estampa de esta guerrera tan cercana a las anarquistas de La voz de la mujer como a la lírica apasionada de Delmira Agustini.
Alfonsina periodista
La compilación de su obra periodística escrita entre 1919 y 1920 y recientemente publicada por Editorial Excursiones, toma su nombre de uno de los primeros artículos allí reunidos. Según Un libro quemado, la producción filosófica de Santa Teresa de Jesús inspirada en el Cantar de los Cantares, fue echada al fuego por fray Gerónimo Gracián y el motivo de tal incineración no es otro que el género de su autora (“Callen las mujeres en la iglesia de dios”, San Pablo). Y en consonancia con la lentitud histórica de la que en otro de sus textos la misma Alfonsina se queja en relación con el avance en las condiciones de vida de las mujeres, resulta curioso cómo sus escritos llegaron a ser publicados en medios masivos como La Nota y La Nación en los albores de la década del ’20.
Habían pasado cuatro siglos desde la literatura de Teresa y afortunadamente Storni tuvo más suerte que la religiosa, y que muchas: no solo porque su producción no terminó en cenizas, sino porque además esta poeta, periodista y narradora nacida en Suiza en 1892 y cuya familia se radicó en la Argentina cuatro años después, logró levantar su voz en medio de un silencio “femenino” generalizado. Y mientras el siglo XX se perfeccionaba en la creación de estereotipos domesticadores (amas de casa obedientes y laboriosas, trabajadoras de oficios, jóvenes modernas) apuntados en revistas para mujeres y de moda, Alfonsina, excusada en que quizás lo suyo era “demasiado personal”, deconstruía, de puño y letra, los caminos de la sujeción y criticaba duramente lo que la mayoría de las mujeres aceptaba con ojos cerrados. Tenía 28 años durante la publicación de estos escritos periodísticos –firmados con su nombre o con el seudónimo de Tao Lao– que si de algo carecen, felizmente, es de inocencia. Alfonsina lo supo: la trama es todo y de infinitas puntas está hecho el ovillo del sometimiento, principalmente –y en esta denuncia es reiterativa e implacable– de esa punta de la que tiramos las mujeres como reproductoras de los prejuicios contra nosotras mismas. Enmascaradas enemigas íntimas, las de comienzos del siglo XX, al igual que sus antecesoras seguían señalando con el dedo a cualquiera que rompiera el molde: una madre soltera, por ejemplo (condición que le preocupaba particularmente y que según algunas biografías terminó convirtiéndose en el tema de la paranoia que padeció en sus últimos tiempos). Para Alfonsina, la especie humana es, desde esta observación, “el único individuo zoológico” capaz de convertir a la maternidad en una “vergüenza”. “Si la virtud ha costado tanto para conservarla que endurece el alma y la cierra para comprender todo error, entonces tanto valía no tenerla”, dice en su artículo “La mujer enemiga de la mujer”. Es que la crudeza, la definición, la claridad en sus opiniones, distinguieron su escritura periodística como también lo hizo la ironía: procedimientos para vaciar en el terreno literario el peso de un alma atormentada por las injusticias.
Sin rodeos ni eufemismos, Alfonsina fue capaz de describir a las mujeres de su tiempo a través de estos artículos (“La irreprochable”, “La emigrada”, “La impersonal”, “La madre”, etc.) y de desentrañar en ellos los complicados mecanismos “femeninos” que a Freud, en la misma época, le resultaron misterios insondables. “Pero en la mujer sin más dotes que ella misma, su condición de sometido, económicamente, también aumentará su complejidad. Porque todo sometido es más complejo que el sometedor. Los servidores, pertenezcan a cualquier sexo, suelen tener idiosincrasia femenina”, dice en “La complejidad de la mujer”, uno de los artículos más deslumbrantes de este libro que arde, sobre todo, con el fuego de la disconformidad, la disidencia, y una bronca nodal, que lo torna sanguíneo y apasionado. Tal bronca es el resorte para el cuestionamiento de todo el orden cultural, no solo en lo que se refiere exclusivamente a las mujeres. Alfonsina disparó contra una estructura mayor. Buscó desnaturalizar el ritual de la muerte, poner en el tapete los convencionalismos que nos impiden como cultura acompañar los procesos vitales y expuso lo decadente de una institución matrimonial sobre la que pocas jóvenes de su tiempo osaron opinar: “Concibo el matrimonio como una alta institución del espíritu, cuyo único vínculo positivo es el fino amor, el hondo amor, el respeto profundo, la tolerancia delicada. Pero a mi alrededor he visto siempre pobres cosas, tristes negocios, incomprensión, ignorancia”. Esta tristeza que claramente Alfonsina experimentó ante el panorama reinante no pudo más que ir acompañada de una secreta sublevación; furia apresada en la hermética y armónica estructura de uno de los poemas más conmovedores de Esta es mi Storni; se llama “Frente al mar” y dice: “Vulgaridad, vulgaridad me acosa./ Ah me han comprado la ciudad y el hombre./ Hazme tener tu cólera sin nombre:/ Ya me fatiga esta misión de rosa// ¿Ves al vulgar? Ese vulgar me apena,/ me falta el aire y donde falta quedo./ Quisiera no entender, pero no puedo:/ Es la vulgaridad que me envenena”.

lunes, 28 de julio de 2014

YO, LA MENOR DE TODAS

Excéntrica, doméstica, graciosa, original. Escritora de escritores que en su fuero íntimo deseaba el éxito. Hermana de Victoria Ocampo y esposa de Bioy Casares, con quien selló un pacto de vida y amor más allá del sexo. Mujer recluida en una atmósfera de fantasía y extravagancia. Estos son algunos de los rasgos de Silvina Ocampo que analiza y revela Mariana Enriquez, a través de una minuciosa investigación que recurrió a las fuentes directas de quienes la conocieron y frecuentaron en vida. La hermana menor plantea una atractiva revisión del enigma de una de las más grandes escritoras argentinas.

Por Angel Berlanga


“Hermana de Victoria Ocampo, esposa de Adolfo Bioy Casares, amiga íntima de Jorge Luis Borges, una de las mujeres más ricas y extravagantes de la literatura en español: todos esos títulos no la explican, no la definen, no sirven para entender su misterio.” Mariana Enriquez esboza el núcleo de búsqueda casi al comienzo de La hermana menor, su retrato sobre Silvina Ocampo; apenas antes, sí, la escena inicial de su libro, que enfoca en una nena de seis que se sube a un cedro ubicado en un parque de diez hectáreas, en una mansión en San Isidro. Es 1910, el año del Centenario, con el patriciado en su esplendor; los Ocampo son parte de esa crema aristocrática, de esas familias poderosas y dueñas de la tierra que hacen su viaje a París con vacas a bordo, para que los críos tomen leche fresca. Silvina es la más chica de seis hermanas: el etcétera de la familia, dirá. Sus padres, pues, están algo agotados de criar hijas. Así que, muchas veces, ella se refugia en las dependencias de los sirvientes: la familia los tiene por decenas. Silvina los ama, subraya Enriquez. Y ama a los mendigos: para eso está encima del cedro, a la espera de que lleguen a la mansión. Cada vez que aparecen, se pone feliz. Hay algo de perverso en esa alegría, o al menos eso asomará más adelante, en alguna entrevista, cuando dice que le gustaba ver cómo tomaban la nata de la leche, que ella aborrecía; o asomará también en un poema autobiográfico y póstumo, cuando los describa como de terracota, sin ser de carne y sin sangre aunque llagados, rengos, mancos, picados de viruela. Contaba la menor de las Ocampo, mucho después, que se había hecho amiga de pobres, guardabarreras, linyeras, y que los retrataba, los besaba. “La niña que da de comer y beber a los mendigos –escribe Enriquez– no arde de caridad religiosa ni muestra compasión: está, más bien, fascinada por esos desesperados con una inocencia vertiginosa, feroz. Le parecen tan distintos a ella; los sabe, intuitivamente entonces, con certeza cuando los describe años después, su opuesto. Lo que de verdad le gusta.” Su familia, como se intuirá, no opinaba lo mismo de esas amistades. Mientras tuviera ese trato con ellos, le dijo uno de los suyos, nunca conseguiría que la respetaran. “Yo no quiero que me respeten –le respondió Silvina–. Yo quiero que me quieran.”
Y ese elemento, el afectivo amoroso, parece una de las claves que sostienen estructural y a la vez sutilmente al libro, en el tramo a tramo (unos capítulos con títulos maravillosos: “La odié por causa de un perro”, “Ve cosas que ni el diablo ve”, “Por la orilla del mar, sobre mariposas”) y también en el recorrido general, con una primera mitad en la que predomina cierta adversidad sentimental y una segunda en la que talla más el disfrute, hasta que pinta el ocaso y lo que se presenta como el final, el velatorio en su cuarto del departamento de Posadas, que Bioy prefiriera no ir al entierro, unos gatos que se acercan a la capilla mientras se hacen las oraciones finales, el cuerpo cobijado en la bóveda familiar de los Ocampo sin señal alguna que a ella la identifique. Cualquier lector iniciado en las narrativas de Silvina Ocampo o de Mariana Enriquez intuirá que al rubro afectivo amoroso no corresponderá el rosa, ni por lo que fue la vida o la obra de la retratada, ni por el modo de contar de la retratista. Lo mítico, lo misterioso, lo inquietante, lo incorrecto, lo transgresor: en esas vertientes se enfocó Enriquez, para auscultar en textos de y sobre Ocampo, para encarar sus propias pesquisas, lecturas, entrevistas, con un resultado que unas veces oscila entre lo escalofriante y lo gracioso y otras entre la sensibilidad exquisita y la desesperación.
Nunca, anota Enriquez también casi al comienzo, ese amor por los pobres y los sirvientes se transformó “en una conciencia política o una acción social concreta”, y más adelante aborrecería al peronismo, como la gran mayoría de su entorno. Cita “La nena terrible”, un ensayo de Blas Matamoro sobre Ocampo incluido en Oligarquía y literatura: “El enfrentamiento de los niños terribles pasa por el odio a la familia, y se detiene allí: como hijos de la gran burguesía no tienen oposición parcial contra todo el orden social, pero su calidad de marginados familiares les crea una oposición parcial con una de las instituciones fundamentales de ese orden como es la familia. Los niños terribles asumen el Mal, no la Revolución”. Y hay varias escenas tremendas, de infancia, que dan cuenta de esa marginación familiar: que le ocultaran que la hermana más próxima en edad, Clara, tenía una enfermedad muy grave y que se estaba muriendo: tenía seis cuando ocurrió, y fue a refugiarse al piso en el que vivían los empleados domésticos. Enriquez apunta que este episodio infantil fue recreado en algún relato y que hay otro, más inquietante, que aparece más recurrentemente: una niña de alta burguesía que queda al cuidado de un sirviente de confianza, una figura amenazante y a la vez seductora; la niña lo espía a veces, en algún momento él la obliga a espiarlo. Silvina aludió algunas veces a su precocidad sexual y a que la referencia era autobiográfica, aunque no se refirió al episodio como abusivo; más bien, anota Enriquez, “lo consideraba como experiencia iniciática en la contemplación y el ambiguo placer de lo prohibido”.
La hermana menor Un retrato de Silvina Ocampo. Mariana Enriquez Ediciones Universidad Diego Portales 211 páginas
Por supuesto que hay un recorrido por los libros que va publicando a lo largo de su vida, los rechazos y los elogios que le dirigen sus más cercanos (esos monstruitos), sus temas, sus variables, sus derivas: ahí están los niños y los viejos perversos, los sexos y los objetos que se transfunden o metamorfosean, las mujeres que enloquecen. Silvina Ocampo arrancó primero para el lado de la pintura, durante los años ‘20 pasó una temporada en París y tomó clases con maestros como Leger y De Chirico, y aunque luego se dedicaría más de lleno a escribir, nunca dejó de retratar a quienes le caían bien. Lo afectivo otra vez: la historia con Bioy es fuera de serie, de novela, de película. “Caséme con Adolfito”, decía el telegrama que Silvina mandó a dos de sus hermanas. Hay historias de entreveros amorosos que vibran ahora en lo mítico, que si la madre de Bioy fue amante de Silvina, que si una sobrina de ella, Genca, fue amante de ambos, los múltiples amoríos que él tuvo y se ocupó de ventilar, los rumores sobre los de ella, mucho más discreta. “The only thing I love, A.B.C. ‘the rest is lies”, escribió Silvina. Enriquez airea versiones, marca alguna contradicción, coteja con textos y declaraciones, y parece disfrutar de que no haya una versión definitiva: acaso como prefirió su retratada. Hay unas noches desesperadas de Silvina, que espera que él vuelva de sus correrías; después, unos días en los que ella, postrada, decide no hablarle más (pero sí a otros), y Adolfo ruega por sus palabras. Para entonces, en el departamento palaciego de la calle Posadas crecían las manchas de humedad y las cucarachas recorrían todos los ambientes, las antenas captando, resistentes. Llegó la despedida de los gatos en el cementerio de la Recoleta. Acá siguen sus libros, sus historias, su figura, capaces de echar raíces y flores, sombras, filos, espinas, para ser ella misma y para ser otra en algún otro libro, en éste que escribió Enriquez.

Página 12

martes, 15 de julio de 2014

Luchar más allá del color de la piel

“La literatura puede hablar por nosotros y el hecho de leer significa que estamos vivos”, dijo en la Feria del Libro de Guadalajara: una buena síntesis para la obra de la mujer nacida en Johannesburgo, que desde niña vio de cerca los efectos del racismo.

Por Silvina Friera


“La palabra vuela a través del espacio, rebota a través de los satélites y se encuentra ahora más cerca que nunca del cielo del que alguna vez se ha dicho que provino.” La escritora sudafricana Nadine Gordimer reafirmó sus convicciones literarias cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en 1991. “El hombre es el único animal con capacidad de observarse a sí mismo y que ha sido dotado de la dolorosa capacidad de haber querido siempre saber el porqué. Y esto no es sólo la gran cuestión ontológica sobre por qué estamos aquí, a través de qué religiones o filosofías buscamos la respuesta final que distintos pueblos en distintos tiempos se han formulado, sino que desde que el ser humano comenzó esa observación de sí mismo ha buscado también la explicación de los fenómenos cotidianos, como la procreación, la muerte, el cambio de las estaciones. Los antepasados de los escritores, con ayuda de los mitos, comenzaron a investigar y formular esos misterios a través de la aprehensión de trozos de la vida cotidiana, en combinación con la fantasía.” La dama blanca de alma negra, una de las voces más comprometidas en la lucha contra el apartheid y en la defensa por “devolver la dignidad a la población negra sudafricana”, murió el domingo por la tarde a las 90 años en su casa de Johannesburgo.
Aunque no se consideraba una escritora política, el año pasado, cuando publicó el que sería su último libro, la novela Mejor hoy que mañana (Acantilado), planteó que la política “está en mis huesos, mi sangre, mi cuerpo”. Gordimer nació en Springs, una población minera cercana a Johannesburgo, el 20 de noviembre de 1923. Hija de unos inmigrantes judíos de Letonia y Reino Unido, en Springs pudo observar el conflicto entre los inmigrantes europeos, los negros que llegaban a trabajar a las minas y la población blanca local que veía que perdía sus privilegios. Esa turbulenta sociedad sudafricana de primera mitad del siglo XX, donde se fraguó el supremacismo blanco, estuvo siempre presente en su vida. Hay momentos cruciales que la memoria almacena en la estantería de los recuerdos imborrables. La niña Nadine tendría unos diez años cuando se dio cuenta de que pertenecía “a un mundo blanco opresor”. Aquella noche de la década del ’30, la policía irrumpió en su casa en busca de alcohol, prohibido a los negros, en la habitación de la criada. ¿Cuál es ese dolor que regresa con el aguijón que produce una revelación? La niña acaso nunca perdonaría a sus padres que permitieran ingresar a los uniformados sin pedir permiso. Esta escena iluminaría la distancia que separa lo importante de lo trivial. Pronto ella misma se involucraría más y más para lograr el cambio social.
Su escuela literaria fue la biblioteca del pueblo minero donde pasó su infancia y adolescencia. Proust, Chéjov y Dostoievski, dentro de una larga serie de grandes autores, fueron sus maestros. Su primer cuento, “Venga otra vez mañana”, lo publicó cuando tenía quince años en una revista sudafricana. En 1949 editó su primera colección de cuentos en Johannesburgo, Face to Face; y en 1953 llegaría su primera novela, The Lying Days, publicada en Londres. “Tú no decides ser escritora, simplemente naces con un impulso natural que no se aprende en las escuelas. Sólo hay un camino, leer, leer, leer para que se despierte el don de la escritura”, proclamaba Gordimer. Ese “don” de la escritura fue progresando a la par de la publicación de La suave voz de la serpiente (1956), Seis pies de tierra (1956), La huella del viernes (1960), obras iniciales en las que, mediante un estilo sobrio narrativo, pone en foco el apartheid, el exilio, la segregación racial y la enajenación del ser humano. La tristemente famosa masacre de Shaperville, en la que murieron 69 manifestantes negros a manos de la policía y en la que detuvieron a alguno de sus mejores amigos, fue el detonante para tomar partido contra el gobierno que oprimía las libertades sobre las que ella escribía y hablaba. A principios de la década del ’60 entró en contacto con Nelson Mandela, le escribió discursos al líder del Congreso Nacional Africano (CNA), como el histórico “Una causa por la que estoy preparado a morir” en su juicio de Rivonia, en 1964; fue una integrante destacada del CNA, escondió activistas en su casa, de-safió a la censura y se convirtió en una defensora a ultranza de la dignidad de las personas.
“Yo intentaba leer libros de Su-dáfrica escritos por sudafricanos. Leí todos los libros prohibidos de Nadine Gordimer y aprendí mucho de la sensibilidad de los blancos”, confesó Mandela en su autobiografía. Cuando estaba preso cumpliendo cadena perpetua, su abogado George Bizos le hizo llegar un ejemplar de La hija de Burger (1979), novela en la que explora los sentimientos divididos de una mujer blanca sobre el apartheid cuando su padre comunista es encarcelado por oponerse al sistema. Mandela, en agradecimiento, le escribió una carta a la escritora. Años más tarde, en 1990, cuando salió en libertad, Gordimer fue una de las primeras personalidades de la cultura en reunirse con el líder negro.
Tres de sus libros fueron prohibidos por el apartheid: Mundo de extraños (1958), La hija de Burger y Gente de julio (1981). En El conservador (1974), que obtuvo el Premio Booker ese mismo año, narra cómo un industrial blanco, conservador y solitario explota a sus empleados negros para lucro personal y es abandonado por su familia, que no soporta la violencia con la que quiere detener la historia. La riqueza de su producción literaria cosechaba prestigio internacional. Los intentos del régimen sudafricano por silenciar su obra, a causa de la implícita denuncia de la crueldad del apartheid, potenciaron la importancia de su literatura y sus intervenciones en la arena política. En Gente de julio (1981) retrata a una familia blanca que logra huir de una guerra civil gracias a la ayuda de sus criados negros. En La historia de mi hijo (1990), un joven negro intenta comprender los conflictos de la vida privada y pública de su padre.
Gordimer publicó más de treinta libros, a los que hay que agregar, entre otros títulos, Nadie que me acompañe (1994), El encuentro (2002) y Atrapa la vida (2006). Los escribió en inglés, uno de los once idiomas oficiales en Sudáfrica, entre los que se cuenta el afrikaans (derivado del holandés) y lenguas de origen bantú. El jurado del Premio Nobel de Literatura la eligió “por sus magníficas obras épicas” que han aportado “eminentes servicios a la humanidad”. Entonces, en diciembre de 1991, cuando recibió el Nobel, la narradora sudafricana recordó a Roland Barthes cuando, a la pregunta de qué es lo que caracteriza al mito, respondió que es la capacidad de darle forma a un pensamiento. “La forma en que los escritores se han acercado y se acercan a las fuerzas de la existencia ha sido, y lo es hoy más que nunca, objeto de estudio para el conocimiento científico de la literatura. Las relaciones del escritor con la realidad perceptible y la que está más allá de lo perceptible están en la base de esos estudios.” Además mencionó a distintas generaciones de escritores, como William Butler Yeats, James Joyce y Gabriel García Márquez, que a través de infinitas formas se han aproximado al laberinto de la existencia humana.
Miembro honorario de la Academia Americana de las Artes (1978), entre los galardones que recibió, además del Nobel de Literatura, figuran el Premio W. H. Smith de Literatura (1961), Thomas Pring de la Academia Inglesa Sudafricana (1975) y el Premio CNA de Literatura (1975, 1979 y 1981). También fue distinguida con más de doce doctorados honoris causa, entre otros, de las universidades estadounidenses de Yale, Harvard y Columbia, además de la británica de Cambridge, la belga de Leuven o la sudafricana de Ciudad del Cabo. La autora sudafricana también llamó la atención del mundo sobre la necesidad de combatir la pobreza a escala internacional, especialmente tras su nombramiento como embajadora de buena voluntad del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en 1998.
Comparte con Mandela el hecho de haber sido escogida una de los 21 iconos sudafricanos en un proyecto del fotógrafo Adrien Stein. “Odio esa palabra –aseguró la escritora–, es como si fuéramos una estatua de mármol.” Mejor hoy que mañana, su último libro, empieza en la Su-dáfrica democrática, con unos líderes políticos entregados a la corrupción y que han defraudado y traicionado la vieja causa, en la que la autora militó. Los protagonistas, Steve y Jabu, un matrimonio formado por un químico blanco y una abogada negra, se mantienen en la lucha, pero de manera distinta a sus tiempos en la clandestinidad. Cuando imperaba el régimen supremacista blanco, ellos eran fugitivos que sabían lo que querían y quién era el enemigo, pero una vez se ha acabado con la institucionalización del racismo “les pesan sus pasados diferentes”. Uno reniega de su blanca familia, a pesar de que aceptan su relación con Jabu, mientras que ella se acerca aún más a su padre, un pastor anglicano que tras haberle abierto las puertas a una buena educación le reclama tradición. La tensión narrativa se acrecienta cuando asisten atónitos a cómo antiguos compañeros se dejan vencer por el dinero y el poder. La pobreza y el desempleo azotan a los negros, como la epidemia del sida que, durante los primeros años de democracia, fue banalizada por el gobierno. El complejo cuadro se completa con la llegada de inmigrantes de países africanos a Sudáfrica, víctimas de la xenofobia de los más desfavorecidos de la sociedad, los mismos que sufrieron las injusticias racistas del apartheid.
La escritora negó que esos luchadores, con Mandela a la cabeza, hayan pecado de “ingenuidad” en los años ’90. “Estábamos totalmente concentrados en devolver la dignidad a los negros, en los derechos humanos, en acabar con las leyes del apartheid y en evitar una guerra civil. Sabíamos lo que hacíamos, pero no vimos qué iba a ocurrir”, aclaraba la escritora. A pesar de la democratización y del “triunfo de la pequeña clase media negra”, cuestionaba la “impresentable brecha social” sudafricana. El actual presidente, Jacob Zuma, “un antiguo héroe ahora misteriosamente hambriento de poder y un absoluto corrupto”, en opinión de Gordimer, ilustraba los “desastres de la gestión de los líderes negros”.
La Fundación Nelson Mandela manifestó su “profunda tristeza por la pérdida de la gran dama de la literatura de Sudáfrica”. “Hemos perdido una gran escritora, una patriota y una voz fuerte por la igualdad y la democracia en el mundo”, agregó. En los últimos años, Gordimer participó activamente en la lucha contra el sida recaudando fondos para Treatment Action Campaign, un grupo que ayuda a los enfermos sudafricanos a obtener medicinas gratuitas para salvar sus vidas. Hace un mes volvió a criticar a Zuma, el presidente sudafricano, al oponerse a un proyecto de ley que limita la publicación de información considerada sensible por el gobierno. “La reintroducción de la censura es impensable cuando tenemos en cuenta lo que sufrió la gente para deshacerse de la censura en todas sus formas”, argumentó Gordimer.
“La literatura puede hablar por nosotros y el hecho de leer significa que estamos vivos”, ponderó Gordimer cuando se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2006. “Es tremendamente importante en el desarrollo de nuestra comprensión del otro, del mundo, y también para poder comparar y tomar nuestras propias decisiones. Porque al leer sobre la vida de otras personas aprendemos de ellas, de cómo manejan sus emociones, sus problemas y de las sociedades en las que viven sus vidas. Si vives en un país que está en paz, ¿cómo sabrás qué es vivir en un país en guerra?” Predicaba con fervor que la lectura es determinante para entender el mundo. Cuando estaba por cumplir 90 años, el año pasado, para quitarle peso al número dijo: “No es nada, una casualidad que el cuerpo dure tanto”. No le gustaba hablar de la muerte ni de su vida amorosa: “Todo lo que el lector debe conocer sobre mí está en mis libros”.


Página 12

viernes, 11 de julio de 2014

Una lindísima charla entre mujeres


Liliana Bodoc en el Penal de Mujeres, de Mendoza. 13-09-12