lunes, 31 de agosto de 2015

“Hay un intento de entender cada vez más mi propio mundo”

En su trabajo más “autobiográfico”, la escritora lleva más lejos su agudeza y su sensibilidad para explorar lo “raro” en un registro próximo a la realidad. “Mi literatura nació en lo extraño absoluto y se fue acercando cada vez más a mi vida”, señala.


Por Silvina Friera

La calma precede al estallido en los cuentos de Siete casas vacías (Páginas de Espuma) de Samanta Schweblin. Madre e hija salen a mirar casas y el asunto de los límites traspasa la raya con el robo de una pequeña azucarera. Los hijos se pueden extraviar bajo el mismo techo –cualquiera sabe lo fácil que es perderlos de vista–, quizá lo extraño sea que se pierdan junto a dos abuelos que se corren desnudos por el jardín. Una mujer reconoce el sonido del puño pesado de su vecino Weimer cuando le toca la puerta para pedirle que lo deje pasar al jardín a juntar la ropa de su hijo muerto, como si esas prendas fueran una especie de cordón umbilical que lo mantiene unido a su hijo. Lola, una anciana enferma, cruel y repleta de manías, como por ejemplo hacer listas, quiere morirse. Pero todas las mañanas, inevitablemente, vuelve a despertarse. Hay una joven que regresó a Buenos Aires y pierde el tiempo y se pierde ella misma. Una nena se tomó de un saque una taza de lavandina. El camino de la casa al hospital, con toda la familia en el auto, es de un vértigo tan alucinante como dramático: para avanzar más en un tránsito parado, la bombacha blanca de la nena de ocho años, hermana de la que se intoxicó, resulta un trapo de suma utilidad para abrirse paso. Lo raro de la situación se desplaza hacia un hombre ojeado que la nena sin bombacha conoce en la sala de espera. “Tengo que decir algo”, piensa una mujer que sabe que va a separarse y sale de su casa con una bata y una toalla en la cabeza en un “insólito estado de alerta” que la libera de cualquier tipo de juicio.
Siete casas vacías, que obtuvo el Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, es un libro en el que Schweblin lleva más lejos su agudeza y su sensibilidad para explorar lo extraño en un registro próximo a la realidad. “Mi literatura nació en lo extraño absoluto y se fue acercando cada vez más a mi vida. Es el libro de cuentos más autobiográfico, no sé si es mejor o peor, pero evidentemente hay un intento de entender cada vez más mi propio mundo. Quizá mi mundo era ‘eso otro más fantástico y absurdo’, pero uno va creciendo y va viviendo en un mundo más real”, plantea la escritora en la entrevista con Página/12.
–En el cuento “Un hombre sin suerte” hay una tensión entre “decir” y “escribir” que está presente también en otros relatos con mayor o menor intensidad. ¿Decir es escribir?
–Sí, totalmente, decir es escribir. No puedo decir mucho hablando; por eso me complica tanto el tema de la exposición, de la prensa. Clarice Lispector tiene una frase que me encanta y con la que me siento muy identificada. Ella dice “las palabras son mi dominio sobre el mundo”. Lo que me pasa es que siento que todo lo que es oral no lo puedo controlar: las palabras se me escapan, se me deforman, son inestables, me dan sorpresas desagradables. No tengo control sobre las palabras orales. En cambio cuando las palabras están en el papel yo las sostengo, las ordeno, las repienso y puedo tener mucha más precisión en lo que pienso. Y también me ayudan a pensar, me ayudan a descubrir cosas que no puedo descubrir hablando, que las descubro escribiendo. En algún punto los cuentos me ayudan a hacer una suerte de recorrido y aprendizaje: descubro y entiendo cosas y llego a lugares a los que no podría llegar desde el habla. Es verdad que hay mucho de eso en los cuentos, como “Pasa siempre en esta casa”, cuando ella abre la canilla para lavar los platos y tiene una relación con las palabras mientras el agua corre, como si escribiera con la cabeza. Y cuando cierra el agua eso se acaba. Y también está Lola haciendo listas, que es como una manera de escribir, de apuntalar qué es lo importante.
–Lola con sus listas y sus miedos es un personaje inquietante, incómodo. ¿Está inspirada en muchas mujeres obsesivas que conoció? ¿Cómo fue el trabajo con ese personaje?
–Fue un personaje complejo para mí porque es un personaje odioso, con el que no me llevo bien. En general voy muy alineada con mis personajes, voy detrás de ellos, los conozco, los quiero. Lola me parece un ser muy desagradable, mala persona, no podía empatizar. Hay alguien mayor en mi familia que tiene los problemas respiratorios que tiene Lola, ese silbido, pero la personalidad de Lola no tiene nada que ver con esta persona. Vengo de una familia de muchas mujeres que han muerto con Alzheimer y muy grandes. Mujeres a las que le llevó muchos años morirse. Querían morirse, pero tenían la misma sensación que tiene Lola de que la muerte exige de verdad un golpe emocional o físico, que no basta con querer morirse. Morir cuesta y requiere un esfuerzo. Una de las fatalidades que arrastra esta larga vida que estamos teniendo es que no vivimos hasta los 80 o 90 años en plenitud, sino que seguimos viviendo en plenitud hasta cierta edad y después nos lleva 15 o 20 años morirnos. Esto me parece espantoso, un tema que hay que pensar, que me inquieta bastante. Una cosa es la muerte espontánea y otra cosa es el horror de una muerte eterna, esta cosa que tiene Lola de despertarse cada día y maldecirse por volverse a despertar y no poder creer que siga en este mundo.
–¿De dónde viene la obsesión de Lola por hacer listas?
–Eso es mío, me encantan las listas. Hago listas para todo: listas de las cosas que me quiero acordar; listas de las cosas que quiero pensar y quiero tener en cuenta cuando tomo determinadas decisiones; listas que meto en las valijas para no olvidarme las cosas cuando viajo; listas de compras y listas sobre los demás... Las listas me liberan, yo siento que todo lo que pongo en una lista se me va de la cabeza, queda ahí, suspendido, para un momento que controlaré y administraré más adelante. Es un problema que ya no tengo en la cabeza y tengo en el papel, un poco como la escritura.
–¿Cuál fue la lista del cuento de Lola “La respiración cavernaria”?
–El de Lola es un cuento muy moroso y requiere de esa morosidad, que es algo bastante pesado porque me gusta trabajar la tensión, el suspenso; entonces escribir un cuento moroso fue toda una osadía, me costó bastante. Fue un cuento escrito en diferido, no fue escrito en una sentada. Había muchas cosas que no quería olvidarme, que quería tener presente a la hora de reconectar con la historia. No me acuerdo cómo era la lista de ese cuento, pero quizá tenía cosas referidas a los tiempos que va viviendo Lola, qué se acuerda en cada una de sus etapas porque ella va perdiendo la memoria. El tema del Alzheimer es terrible. Me acuerdo de llegar a la casa de mi abuela y ver un cartel en la heladera que decía: “Esta es mi casa, este es mi nombre, esta es mi letra”. Mi bisabuela creía que en el fondo de la casa había unos uruguayos con los que siempre hablaba y nunca nadie vio, por supuesto. En la muerte siempre hay pérdida, sobre todo con el cuerpo. Podés perder parte de tu cuerpo y eso te va destruyendo. Pero la pérdida más horrorosa es la pérdida de la memoria porque de verdad te perdés por completo. Ni siquiera te sirve el cuerpo porque no estás ahí. Es una muerte espantosa y es una muerte en la que podés seguir vivo.
–¿Por qué los cuentos están atravesados por un interés por las casas como espacios de contención?
–Hay algo de la rigidez de esa estructura que me fascina bastante, que por un lado son el techo, el cobijo, el lugar de confort y seguridad, pero también son estructuras que te encierran, te limitan, que tienen que ver con lo tradicional de una familia, con lo que se ha pactado muchos años atrás, con todas las limitaciones y los miedos que se heredan. Uno puede entrar y salir de las casas, pero es un poco difícil moverse adentro. De hecho son personajes que creo que en casi todos los cuentos el cambio, el hecho de encontrar una solución, la liberación, el entender al otro o el conectarse siempre implica salir de esas casas. Si no salen, no pueden hacer nada.
–En “Cuarenta centímetros cuadrados” el personaje regresa a Buenos Aires y está en la casa de la suegra. No tiene su casa, está buscando un lugar...
–Sí, fijate que ahí no hay casa, hay búsqueda de la casa. En el único espacio donde se queda tranquila es en un banco en el subte, debajo de la tierra, esa cosa de volver a algún tipo de estructura que te proteja cuando no tenés nada. Todos establecemos esa relación con las casas: salimos todas las mañanas a hacer nuestras cosas en una sensación de liberación, pero hay un momento del día en que volvés para descansar, para recomponerte, para reencontrarte con tus objetos, con las cosas que elegiste y con las que te sentís cómoda; es algo tan estructural a lo que somos como seres humanos ese lugarcito rígido donde poder dormir. Uno duerme en un espacio que sabe que no va a cambiar durante la noche, un espacio que va a ser el mismo en que uno se va a despertar. Eso es seguridad para los seres humanos. No hay sorpresas: en el mismo espacio donde te dormís te despertás.
–Es interesante la idea de enterrar objetos, de tener una especie de cementerio de las cosas obtenidas en esas salidas entre madre e hija del primer cuento “Nada de todo esto”. ¿Cómo surgió ese relato?
–No es autobiográfico eso, ¡por favor! (risas). Nosotras salíamos a ver casas con mi mamá. No es algo que hacíamos profesionalmente como la madre e hija del cuento. Cuando era chica, en verano íbamos a Atlántida (Uruguay), a la playa. Era una época en que mis papás estaban construyendo su casa de Hurlin gham; entonces fueron dos o tres veranos en los que cuando llovía nos subíamos los cuatro al auto y salíamos a mirar casas. Después el cuento no tiene nada que ver con eso. El chiste que hacemos con mi hermana al día de hoy es: “No hay nada que hacer, salgamos a mirar casas”. Me doy cuenta de que en comparación a los libros anteriores hay más cosas autobiográficas. No a modo argumental, los cuentos no tienen nada que ver con mi vida, pero sí como punto de partida. Por ejemplo, toda la primera parte de “Un hombre sin suerte”, la escena de la bombacha con el padre hasta que ella se sienta en la sala de espera del hospital, es autobiográfico. Mi hermana se tomó una taza de lavandina a los tres años, mi papá nos vino a buscar, nos quedamos trabados por el tránsito, y me pidió la bombacha porque era lo único blanco que había en ese momento para avisar: “¡Se muere mi hija, córranse!”.
–Hay una mirada crítica sobre cómo se comportan los adultos. Cuando aparece alguna niña en los cuentos, siente perplejidad ante el mundo adulto.
–Claro. Hay algo de esa perplejidad que es absolutamente autobiográfica y no superada. Me sigue generando perplejidad algunas cosas que hacemos (risas). Incluso cuando hay buenas intenciones, como es la escena final de “Un hombre sin suerte” cuando la madre la revisa a la nena para ver si el tipo no le hizo algo malo, el movimiento que ella hace la deja desnuda a la hija delante de todo el mundo. Eso es mucho más violento que lo que hizo ese hombre sin suerte. Me parece interesante la relación de los adultos padres con estos niños. Los padres son estas figuras que están todo el tiempo intentando protegerte, enseñarte, empujarte, pero a la vez todo eso te lastima, te duele, te condiciona, te limita, te asusta.
–A pesar de las buenas intenciones, los padres son fábricas de generar miedos e inhibiciones en los hijos.
–Sí, pero a la vez es algo inevitable. Tomes el camino que tomes, educar y formar al otro es deformarlo. Es la primera tragedia del ser humano: no hay amor sin deformación. Esto me resulta dramático y atractivo; un padre es la persona que más te quiere en el mundo, pero no puede no lastimarte.
–Hay un tema que atraviesa a todos los cuentos y es la pérdida en un sentido amplio: perder la memoria, perder a los hijos, perder ciertos objetos, perderse... ¿Por qué le interesa la pérdida?
–La pérdida está presente desde mi primer cuento. Quizá porque es la contracara del control. Yo soy muy controladora y a la vez soy muy despistada, entonces estoy todo el tiempo sosteniendo cosas y olvidándome que estoy sosteniendo esas cosas, ¿no? De pronto te olvidás que todavía tenés cuatro o cinco cosas atadas a la mano y de pronto tenés las manos vacías y te preguntás: ¿qué me olvidé? Estamos más obsesionados con el hecho de perder que en qué es lo que estamos perdiendo.
–Uno de los grandes dilemas de estos cuentos está en recordar y olvidar; el olvido es necesario porque si nuestras mentes pudieran cargar con todo lo vivido, no podríamos soportarlo. El otro dilema, como si se desprendiera del anterior, está entre acopiar o acumular objetos y perderlos, ¿no?

–Claro, y es un poco lo que pasa en “La respiración cavernaria”. Como ella no puede morirse de ningún tipo de golpe lo que resuelve es deshacerse de sus objetos, ponerse un poco en cajas, clasificarse y donarse. Yo creo que con nuestros objetos también ocupamos un lugar, es una especie de dominio sobre el mundo, como cuando uno pone el cepillo de dientes en la casa del novio como diciendo “también acá estoy” (risas). Cuando todos esos objetos empiezan a desaparecer, desaparece uno también.


Página 12

viernes, 14 de agosto de 2015

Tejer calceta

Por Juan Forn
Durante la última ola de terror de Stalin, cuando Anna Ajmátova no sólo tenía prohibido publicar sino que además sometían su departamento a razzias periódicas y hasta le habían puesto micrófonos ocultos, su táctica para evitar el cepo literario era dar a memorizar a siete personas de su máxima confianza cada poema que escribía. Nadiezhda Mandelstam no pudo ser de la partida porque ya conservaba en su cabeza todos los poemas de su marido, el gran Ossip (muerto en los gulags de Siberia por aquel epigrama que le dedicó a Stalin). Pero la joven Natalya Gorbanevskaya no tenía marido y vivía en el mismo edificio que Ajmátova, la admiraba sin límite y además tenía una memoria especialmente fértil para la poesía: así ingresó al círculo de Las Calceteras. Ajmátova las llamaba así porque cada una de las visitantes llegaba al departamento munida de agujas y lana, y hacía ruido de tejer para los micrófonos de la KGB mientras memorizaba línea por línea el poema garabateado en un papel que Ajmátova le mostraba y que procedía a quemar en el cenicero en cuanto la visitante le daba un silencioso gesto de asentimiento. Así se hacía realidad en la URSS de Stalin la famosa profecía de Bulgakov: “Los manuscritos no se extinguen en el fuego”.
Eran los tiempos en que casi no se veían hombres por las calles rusas: o habían muerto en la guerra o Stalin los había hecho desaparecer en las purgas, o el miedo los había convertido en soplones. Mentira: quedaban los jovencitos, y Ajmátova tenía una pandilla de revoltosos admiradores (el pelirrojo Joseph Brodsky y sus amigos), pero los eximía de riesgos porque no quería que terminaran en el gulag por su culpa. Ya había visto caer a dos maridos y a un hijo; prefería valerse de mujeres. Hay una hermosa anécdota de esa época: Nadiezhda Mandelstam iba en un colectivo lleno que se bamboleó al pasar por un pozo; se agarró del brazo de la persona que tenía al lado y, al darse cuenta de que era una viejita tan esmirriada e inmaterial como ella, le pidió perdón con vergüenza pero la viejita contestó: “No es nada. Las mujeres como usted y como yo somos de hierro”.
Natalya también era de hierro. Además de memorizar los poemas de su vecina (gracias a Gorbanevskaya llegaría a Occidente Réquiem, el libro más impresionante de Ajmátova), traducía a polacos y checos prohibidos, escribía sus propios poemas y se encargaba de tipear y repartir un panfleto disidente titulado “Crónica de Acontecimientos Actuales”, hasta que la internaron en una clínica psiquiátrica: junto a otras ocho personas fue a enarbolar una bandera checoslovaca en la Plaza Roja de Moscú el día en que entraron los tanques rusos a Praga. Gorbanevskaya había ido a la plaza con su bebé en brazos y los de las KGB, para que no se dijera que no respetaban la maternidad, esperaron a que dejara de amamantar a su hijo y recién ahí se la llevaron. A los dos años la soltaron: los químicos que le habían inyectado no habían hecho mella en su carácter (siguió redactando y repartiendo aquel panfleto disidente hasta que la expulsaron de la URSS) pero sí melló su memoria prodigiosa: cuando le pedían que recitara sus poemas, en las reuniones clandestinas, las otras mujeres la ayudaban a terminarlos cuando se trabucaba por la mitad.
En lo que nunca claudicó fue en recibir y cobijar a todas las esposas o hijas de disidentes que quedaban desamparadas, primero en su país, después en su exilio en un monoblock en París. Antes de morir, retornó a Rusia: se cumplían cuarenta años de la entrada de los tanques rusos a Praga y volvió a ir a manifestar a la Plaza Roja y volvió a caer presa, esta vez por la policía de Putin. La liberaron porque la sabían casi póstuma, pero la expulsaron de nuevo, y habría muerto apátrida si los polacos y los checos no le hubieran dado ciudadanía honorífica por su contribución “a la poesía y a la verdad”. La ciudadanía honorífica no incluía sostén monetario y Gorbanevskaya murió pobre en París. Su hijo se estaba preguntando cómo pagar el entierro cuando se presentó un viudo a ofrecer sus condolencias y también una tumba vecina a la de su esposa muerta, en el cementerio de Passy. Gorbanevskaya había ayudado a esa mujer en la URSS, el viudo se había vuelto a casar y se iba a vivir a Australia, así que cedió su parcela y es por eso que los restos de Gorbanevskaya yacen junto a los de aquella compatriota, que representa a todas las mujeres a las que ayudó en vida sin pedir nada a cambio.
En su cocina de Moscú siempre había mujeres que criaban solas a sus hijos y que continuaban con la práctica de tejer calceta contra el régimen. Entre ellas había una muchacha que ocuparía años después su lugar. “Yo no era una disidente. Era la chica que lavaba los platos mientras ellas hablaban. Yo recuerdo cada cosa que decían, incluso cada cosa que pensaban, pero ninguna de ellas se fijaba en mí”, dice hoy Ludmila Ulitskaya, que por entonces sólo era conocida por su diminutivo, Liuska. Cuando le preguntaban a Gorbanevskaya quién era esa muchacha tan callada, de pelo corto y pecho chato, ella contestaba: “¿Liuska? Liuska es escritora. Ya van a ver”.
Ulitskaya era hija de judíos, motivo por el cual se le negó ingreso a la universidad y terminó trabajando en un laboratorio, inoculando ratas. “El Día del Juicio enfrentaré mi sentencia hundida hasta las rodillas en ratas muertas”, ha escrito. En aquel laboratorio se volvió ávida consumidora de samizdats hasta que la pescaron leyendo uno (la novela Exodo de Leon Uris). “Ahora que puede comprarse en cualquier librería, nadie la lee porque es de una mediocridad pavorosa, pero por ese libro quedé en la calle.” Así llegó a lo de Gorbanevskaya y gracias a ella consiguió su siguiente trabajo, en el Teatro de Cámara Judío en la región de Birobidzhan, en la frontera con China, un intento fallido de desterrar en masa a la población judía de Rusia en los años ’70: el teatro debía hacer repertorio idish pero ninguno de sus integrantes hablaba bien el idioma, así que sólo hacían obras infantiles con marionetas. Ulitskaya sintió que podía mejorar casi sin esfuerzo esas obras, pero enseguida comprendió que era más lógico escribir cosas propias que emparchar obras ajenas.
Sólo que el formato teatral no era lo suyo y las marionetas tampoco: prefería las personas de carne y hueso. Todos sus libros parecen salir de aquellas veladas en lo de Gorbanevskaya y las historias que se contaban unas a otras aquellas calceteras: la vida sin hombres, el desa- rrollo de la inteligencia y la templanza y la picardía para resistir, los infinitos pliegues de esa vida, en los tiempos de Brezhnev, y en los de Gorbachov y de Putin. En su libro Mentiras de mujeres, rinde un homenaje hermoso a Gorbanevskaya: una jovencita inculta ayuda a una maestra jubilada que padece Alzheimer. La vieja a veces entorna los ojos y recita poemas formidables. La jovencita los copia en un cuaderno. Cuando muere la vieja asisten al velorio todos sus ex alumnos. La jovencita siente que ninguno aprecia en su real medida a la difunta así que abre el cuaderno y comienza a recitar aquellos poemas copiados en su letra infantil. “¿No entienden todavía qué clase de persona era?”, les dice. Y descubre para su consternación que todos esos poemas que creía que eran obra de la viejita son en realidad de la legendaria Anna Ajmátova.

martes, 28 de julio de 2015

Luz enriquecida

Iluminaciones recoge imágenes tomadas por mujeres privadas de su libertad en el marco de un taller de fotografía estenopeica en la cárcel de Ezeiza.





Por Natalia Laube

En la mayoría de las fotos no hay rejas, o casi no las hay en primer plano. En la vida de sus autoras, los barrotes son mucho más que un fondo anecdótico, pero la fotografía –a pesar de cargar con el mandato de ser un “arte real” por su necesario contacto con los objetos retratados– siempre permite correrse del foco más evidente. Así parecen entenderlo las profesoras de Luz en la piel, el taller de fotografía que se dicta desde hace siete años en la cárcel de mujeres de Ezeiza; de esta manera también lo interpretaron las 28 mujeres que fueron partícipes de la actividad durante 2013 y 2014 y tomaron las imágenes que ahora forman parte de Iluminaciones, la exposición que acaba de inaugurarse en el Centro Cultural Haroldo Conti y del libro que muy pronto podrá conseguirse a través del sitio de Yo no fui (yonofui.org.ar), la asociación civil que lleva adelante este y otros proyectos en el penal.
Lo que sí hay en las fotos son mujeres (una que duerme sobre la ropita de su hijo, otra que muestra su panza de embarazada descubierta, hermosa y a punto de explotar, un grupo de otras tres charlando), una beba mirando el cielo a través del enrejado, un teléfono público, una virgencita, objetos de la vida cotidiana, otro cielo más rosado, un cuarto lleno de juguetes para chicxs. Para la muestra, producida en conjunto por Yo no fui y el Conti, las talleristas pudieron –por primera vez– capturar imágenes en distintas áreas del penal que nunca antes habían estado autorizadas a fotografiar: el jardín de infantes, el patio del gimnasio y los pabellones. Y acompañaron las fotos con epígrafes que les ponen palabras a sus angustias y pensamientos cotidianos.
El taller de fotografía de Yo no fui funciona desde 2008. Cuando, un año después del arranque, se sumó Alejandra Marín, se incorporó junto a ella la técnica estenopeica, un método artesanal que convierte cualquier cajita de fósforos o recipiente viejo en un potencial instrumento para sacar fotos. Todas las imágenes de Iluminaciones se tomaron con cámaras hechas por las propias talleristas, lo que les otorga esa profundidad de campo infinita, la apariencia desenfocada y ese tono desvaído que ni el usuario más experto de Instagram podría lograr con filtros digitales. Liliana Cabrera (poeta, expositora en la muestra y actual docente de Yo no fui) armó su primera cámara estenopeica en 2009 con un recipiente de dulce de leche y siguió participando del taller hasta que salió en libertad. “Las primeras fotos que saqué fueron de objetos que se encontraban dentro de la biblioteca de la Unidad 31: el termo, el mate, ese tipo de cosas. Después me interesaron los retratos, los autorretratos y los ángulos contrapicados. A medida que iban pasando las clases, la profesora nos fue dando disparadores y eso, al igual que en la escritura, resultó efectivo para ir encontrando la propia creatividad. Recuerdo la foto que le saqué a una compañera con un cigarrillo en la boca, muy al estilo James Dean: para sacarla había pensado en el ángulo, en la posición de su cabeza, en alejar la cámara o acercarla, en la mano de una tercera compañera prendiendo el encendedor... en todo.”
En las clases, por las que ya pasaron más de cien mujeres, las participantes aprendieron no sólo a armar sus propias camaritas sino a construir una mirada personal. “Trabajar en el penal tiene muchas limitaciones en cuanto al espacio en el que trabajamos y en cuanto a las temáticas que nos permiten retratar”, cuenta Marín. “A pesar de esto, siempre me sorprendió la diversidad de imágenes que obtienen: una a veces se queja que ya no sabe a qué sacarle fotos y ellas lograban transformar un patio de cinco metros por siete, resignificarlo y mostrarme cosas nuevas clase a clase.”
Iluminaciones. Fotografía en la cárcel de mujeres se puede ver en el Centro Cultural Haroldo Conti (Espacio para la Memoria, ex ESMA) de martes a viernes de 12 a 21 y los sábados y domingos de 11 a 21. Entrada libre y gratuita.

Cumbia nena

Maira Jalil se reinventó como Tita Print. Sentía que su nombre estaba manchado por la Justicia. Ella denunció que su hija, ahora de seis años, fue abusada sexualmente por su progenitor. Pero obligaban a la niña a seguir con las visitas hasta que ella decidió frenarlas, cueste lo que cueste, y la procesaron por impedimento de contacto. Tita es una de las muchas mamás que se nombran como protectoras, aunque eligió un propio camino para luchar a través de la felicidad y no enfermarse de tristeza. Lidera su propio grupo de cumbia, toca el keytar y acaba de lanzar su primer disco Encuéntrate.

Aunque tengo montones de amores tengo tu perra locura mordiéndome los talones –canta Tita Print. Canta y agita las manos. Canta y las piernas marchan. Canta y las caderas empujan el aire que desaira a los costados. Canta y repite amor, amor, amor. Canta y el canto al amor, al cuerpo, a la música hace de ella su voz aullando por no desvanecer ante los arrebatos. Canta y reprocha. Canta y no llora. Canta y toca el keytar, mitad piano, mitad guitarra, colgado como un instrumento gigante y poderoso sobre su cuerpo pequeño y aguerrido. Canta y se reinventa hasta el nombre. Canta y no entrega ni la palabra amor. Ni el cuerpo. Canta y el amor se agita desde sus manos en alto. El pelo ondulado se le amontona al costado. Los shorts la calzan sin engatuzarla. El Gauchito Gil la protege, desde su propia fe, en la camisa que le cuida las espaldas. La parranda se hace lugar entre las palabras que aúllan la irreverencia de la alegría desafiante como el cuerpo que se aquieta para cadererar de nuevo, con más ímpetu que nunca, cuando el sonido recomienza. La cumbia –nena– no permite rendirse.
–Deja de llorar, levanta, ponte a bailar que todos los corazones van guardando sufrimiento, hay que encontrar la forma de poder ser feliz para poder revivir –canta y el cuerpo se mueve por la pasión de la inercia cumbiera con repiqueteos que saltan el cuerpo desdomado de la sedación de la inercia. Nada permanece quieto cuando la cumbia enciende la esperanza de la piel despabilada de la pasividad del miedo. Las manos arriba y arriba, arriba, arriba, como un eco de huellas dactilares que huyen de la tinta pringosa de la Justicia deshilvanada en burocracia.
Maira Jalil tiene 36 años. A los 33 años enterró su propio nombre ahogado en los expedientes judiciales que la incriminan por el delito de impedimento de contacto y que ella defiende como una Robin Hood que no reparte panes en el bosque sino resguardos donde la ley es el miedo. Su hija R. tiene seis años. Maira Jalil denunció que fue abusada por su progenitor. Pero la Justicia la obligaba a seguir revinculándonse con su papá. Hasta que un día Maira decidió poner el cuerpo ella y no su hija. Con las fojas anudadas sobre su cuello decidió no sólo poner el cuerpo por su hija en tribunales, también ponerlo en el escenario. Así optó por rebautizarse Tita Print y hacer cumbia como forma de lucha para ser feliz. La pelea contra la violencia de género y el abuso sexual es cuerpo a cuerpo. Pero no desde cuerpos vencidos. Con las manos arriba, el dolor impregnado en la rabia y el desconsuelo sepultado por la furia reconvertida en alegría, Tita Print presenta su primer disco Encuéntrate. Tita toca el keytar que, en Argentina, es conocido por ser el instrumento emblema de Pablo Lescano, ex líder de Damas Gratis. Ser dama no le salió gratis a Tita. Y por eso le sube el precio a la posibilidad de tomar las riendas y ponerle el pecho a la música. “Es un elemento de lucha, para plantarse firme. En la cumbia en general las mujeres solamente cantan, y el controlador es algo de varones. Así que yo dije: voy a tomar el control”, explica.
Ella lidera una banda compuesta por nueve músicos que hacen sonar la trompeta, el trombón, las congas, el timbal, el güiro, dos guitarras, el bajo eléctrico y también a la fuerza rapera de Moskito. La cumbia se puede volver salsa, reggae, reaggeton o hip-hop. Pero nunca dejar aplastarse en la silla.
“Ante el dolor muchas veces te paralizás y yo pude usarlo de motor para armar mi banda y grabar un disco. No es ni siquiera que no estoy triste en el cotidiano porque lo que me pasa es muy grave y lo que le pasa a mi hija más y lo veo en profundidad. Pero no me pasa a mí porque tengo mala suerte. El abuso sexual está silenciado, las mamás que denunciamos estamos silenciadas y en esa desesperación las mamás se enferman. Y enfermarse a veces es que no tenés más vida. En cambio, ya el ritmo de la cumbia invita a seguir caminando, no a sentarse y llorar”, desafía Tita Print a una lucha activa, con las piernas y manos arriba.
¿Cómo decidiste que tu lucha contra el abuso sexual fuera a través de la cumbia?
–Las mamás nos aterrorizamos viendo cómo a otras mamás (como Andrea Vásquez) les sacaron a sus hijos. Las mamás se enferman porque es una situación tremenda. Es vivir todo el tiempo con el terror de que tu hijo sea abusado. Esta situación se cobra la vida de nuestros hijos y nuestra vida. Yo no quiero mirar para atrás y darme cuenta de que si logré que mi hija no fuera revictimizada en un abuso sexual, igualmente, nos arruinaron la vida y no fuimos felices. Hay mamás de mi edad que tienen cáncer. Mi discurso cuando toco es “luchemos, pero que no nos roben la alegría”. Luchar está bueno, pero hay que encontrar la manera, también, de ser feliz. A las mamás nos pasa algo que pone en riesgo lo que más queremos y tenemos el común denominador de que queremos a nuestros hijos y que nuestros hijos nos contaron lo que vivieron. Es un valor ser valientes y enfrentar la situación.
¿Cómo hiciste para llegar a decidirte por esta forma de lucha feliz?
–Sublimé. Estuve deprimida, entristecida, pensaba que la vida no valía más la pena. Y pasé por situaciones de angustia súper profundas. No es que no me entran balas.
¿Cómo saliste?
–Con la música. Por suerte yo tengo ese lenguaje y esa posibilidad de expresión y pude transformar el dolor. En una de las letras canto: “El bravo mar de mis emociones revuelve el odio y el odio se convierte en mil canciones”. Yo pude por suerte. Una cuando se deprime no quiere hacer nada. O no comés o te ponés gorda como una foca.
¿Y qué te dio la energía de la cumbia?
–Yo soy de familia cumbiera porque mi familia es del Bajo Flores, donde se escucha mucho la cumbia norteña. Toda mi vida escuché mucha cumbia norteña pero, después, la vida me llevó –en la adolescencia– a ser rockera. Hice la carrera en la Escuela de Música Popular de Avellaneda y toqué mucho música latinoamericana. Hice coros y toqué el acordeón en el disco de Axel y toqué el piano y canté en Las Blacanblus. Pero la cumbia es algo que me acompaña muy genuinamente desde que nací y cuando decidí arrancar con mi proyecto solista de Tita Print me di cuenta de que tenía que preservar una parte mía y que tenía que agarrar todo lo bueno y positivo que tengo. Necesito rescatar la garra para atravesar las tristezas bailando.
¿Por qué te cambiaste el nombre?
–En el juzgado mi nombre era usado para decir barbaridades. Mi nombre ya no era mi nombre. Las cartas documento con mi nombre me daban rechazo. El nombre de una empieza a tener otros usos. Sentí que tenía que proteger mi esencia y guardar en Tita Print el tesoro de mis cosas más valiosas.
¿Por qué elegiste Tita Print?
–A mí me venían diciendo Tita y Print es por imprimir a Tita. Imprimir esa parte de mí que es valiente, positiva, que lucha y baila. Así nació Tita Print. Y la cumbia era lo más genuino que había aprendido de la cuna y además tiene esa magia de transitar la tristeza bailando. Ya el ritmo invita a seguir caminando, no a sentarse y llorar.
Los abusos muchas veces hostigan a las mujeres y niñas en la posibilidad de disfrutar el cuerpo. ¿La cumbia implica la rebelión de no dejarse arrebatar la sensualidad?
–Yo, en general, toco con zapatillas y con una camisa. No es que estoy en top. Yo planteo una belleza desde el empoderamiento y con un instrumento (keytar) que sólo tocan los hombres porque es un instrumento re poronga. Yo fui la villa 11-14 a tocar y las nenitas no podían creer que fuera una mujer la que estuviera tocando ese instrumento. Me siento una mujer bella que a veces me quiero arreglar y, a veces, estoy en jogging y a veces en lentejuelas, pero quiero trasmitir la belleza del empoderamiento. Igual el tema del abuso no tiene nada que ver con la feminidad. Trato de que no me condicione ni condicionar a mi hija por esta situación.
¿Es difícil meterte con la cumbia que es un ambiente machista?
–La cumbia sola no, la música y la sociedad son machistas y en la cumbia se ve reflejado, pero está bueno el desafío y mover. Yo siento que no nos queda otra que luchar. Por suerte.
¿Qué les puede aportar Tita Print a las madres protectoras que deciden denunciar el abuso de sus hijas e hijos?
–No queremos hacer grupos de autoayuda para regocijarnos en que otra está peor. La unión tiene que ser porque estamos luchando por algo que es re noble y nos tenemos que poder regalar ser felices.
Madres protectoras silenciadas y perseguidas
Tita Print le pone la voz y el cuerpo a un problema que está, por ahora, en un callejón sin salida a la vista para la Justicia: las niñas pequeñas que, en este momento, le cuentan a su mamá que son abusadas por sus progenitores y no sufrieron al punto del acceso carnal o poder demostrar lesiones físicas. No hay una muestra genética para comprobar el abuso sin peros de la parte acusada. La prueba es la palabra de la niña o el niño. La palabra está en acción porque las niñas son enseñadas por la escuela y sus madres a cuidarse de que nadie las toque en sus zonas íntimas. Y, además, porque hay madres dispuestas a escuchar a una hija con síntomas o con palabras explícitas sobre un abuso. Pero la palabra es puesta en jaque por la sospecha –explícita o implícita– del Síndrome de Alienación Parental (SAP), que quiere decir, en criollo, que ante las denuncias lo primero que se sospecha es que la mamá le llenó la cabeza a su hija para que denuncie a su papá. La Justicia, entonces, responde con la nariz fruncida ante la madre denunciante, con la revictimización de las pequeñas víctimas y no sólo con la impunidad penal sino con la amenaza latente –o concreta– de que la niña tiene que volver a ver o a encontrarse con quien ya contó que la abusaba. ¿Qué hacen las madres? ¿Qué deberían hacer? ¿Hacer caso a la Justicia que no les cree a sus hijas? ¿Confiar más en un tribunal que en la palabra de sus niñas? ¿Dejar ver a sus hijas con la persona a la que le tienen miedo? Tita Print dejó que R. volviera a ver a su progenitor hasta que sintió que la nena que volvía no era la misma que la que se iba. Pero el precio de su decisión es alto. Ahora está procesada por impedimento de contacto.
El representante legal de R. es el abogado Juan Pablo Gallego, el que llevó a cabo el proceso que encarceló al cura Julio César Grassi por abuso de dos chicos y autor del libro Niñez maltratada y violencia de género, y él enmarca: “El caso de la niña R. muestra un verdadero laberinto judicial, en cuyo marco lo único que no se hace es oír a la niña, como lo venimos exigiendo, incluso acompañados de un notario. La respuesta del juzgado civil es que no la van a recibir a la niña y que lo que deciden es vincularla contra su voluntad con su progenitor y su abuela paterna. Es un claro avasallamiento a los derechos de la niña, con violación del artículo 12 de la Convención de Derechos del Niño. Las cosas no terminan allí. Silenciada la menor, y pese a que existe una investigación penal por posible abuso sexual de la niña, se criminaliza a su mamá y se la pretende elevar a juicio oral por Impedimento de Contacto (ley 24.270) pese a que su conducta, lejos ha estado de ser obstructiva, sino dirigida a cumplir su obligación legal de proteger a la niña. El juicio oral por impedimento de contacto es impulsado por el Juzgado Correccional Nº 13 de la Justicia Nacional. Paralelamente, el juez Diego Iparaguirre, titular del Juzgado Nacional Civil Nº 7, que debiera tutelar a la menor, ignora las denuncias de violencia y los relatos de la niña que indican a su padre en situaciones abusivas e impulsa una revinculación forzosa a todas luces contraria al interés superior de la niña. En las condiciones descriptas, la niña está en un estado de grave indefensión ante el desconocimiento palmario de sus derechos”.
Tita Print estuvo en pareja sólo diez meses con el padre de su hija. Se separó porque fue víctima de violencia. “Era adicto a la cocaína y al alcohol. No sabía que se drogaba. Me quise quedar para ayudarlo y fue lo peor que pude hacer. Fue una convivencia que estuvo sumergida en la violencia de género. Me la hizo pasar tremendamente mal”, relata. “Yo decidí separarme y ya separados él tenía un régimen de visitas en un pelotero. El venía con toda la nariz ensangrentada y se quería llevar a R. Ahí, cuando mi hija estaba en peligro y no daba para más, es que yo hago la denuncia. El tenía que estar, por orden judicial, acompañado por su mamá en las visitas. R. viene de las visitas a los dos años, casi tres, y ella relata que él la echaba a la abuela. Un sábado vuelve del encuentro. Se pone en el marco de la puerta, se hace una bolita. Yo vivía con mi mamá, todavía, y le decimos: “¿Qué te pasa?” y nos contesta: “No te puedo decir, es un secreto”. Ahora uno más uno es dos, pero, en ese momento una no piensa, yo creía que si era adicto y se mejoraba estaba bueno que la viera. Al rato se tapa la boca con las manos y empieza a decir como en susurros “putita, putita, putita” como compulsivamente. Le pregunto: “¿Qué estas haciendo?” y me contesta: “Un secreto”. “¿Quien te dijo ese secreto?”, le pregunto. Y me dice: “Papá”. Al otro día la baño y le digo “Nadie te tiene que tocar salvo que la abuela o mamá te estamos bañando”. Ella se enoja y me dice: “Papá si y yo me tengo que tocar hondo, hondo, hondo”. Hice la denuncia en la Oficina de Violencia Doméstica (OVD) y me dan un mes de prohibición de acercamiento. Si vos tenés una denuncia de violencia piensan que es mentira el abuso. Está instalado en la Justicia el prejuicio de que las mujeres somos capaces de hacer denuncias por despecho. Cuando hacés la denuncia por abuso sos tratada como una mentirosa y la mayoría de las denuncias por abuso son ciertas. Es un prejuicio muy profundo que tiene que ver con los reclamos de Ni Una Menos sobre cómo somos miradas las mujeres a la hora de ir a declarar con una mirada completamente machista y misógina”, define Tita Print.
¿Cómo fue cuando la obligan a revincularse con el progenitor denunciado?
–Me dijeron “¿Qué quiere que les digamos, que el padre murió?”. Te corren. Vos decís que la lastimó. Y en el juzgado te dicen “Para eso está la asistente social” y la asistente social te dice: “Yo no soy un superhéroe, hay un margen de error”. Y la que garpa es la nena. Mi hija venía diciendo: “Papá me dice que del secreto me tengo que olvidar”. Se hacía pis y ni registraba nada mirando al infinito, babeando. Me di cuenta de que se estaba enloqueciendo. Yo siempre quise que mi hija tuviera a su papá. Pero ver sufrir así a una hija y tener que mandarla de carne de cañón y verla volver rota no era tolerable. Tuve que elegir si defender a mi hija de verdad o no. Si no lo ve el juez es su tema. Pero yo no puedo hacer como que no lo veo.






lunes, 13 de julio de 2015

El perdón que empodera

El 3 de octubre del 2003, L.N.P. fue a pasear con una amiga a la plaza de El Espinillo, en Chaco, y tres jóvenes criollos la violaron. Sus familias quisieron silenciarla a ella y a su familia con amenazas, dinero y animales. La Justicia juzgó a la víctima y dejó libres a los victimarios, a quien L.N.P. se sigue cruzando en la plaza de su pueblo. El caso es emblemático de la violencia sexual contra las jóvenes qom y el chineo en el interior del país. La causa llegó al Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas, que exigió que el Estado le pida perdón y finalmente el mes pasado la Secretaría de Derechos Humanos organizó el reconocimiento. Ahora L.N.P. va a ser candidata a concejala en su pueblo para que las mujeres puedan organizarse y visibilizar sus derechos e inquietudes.





Por Luciana Peker
A L.N.P. le quisieron comprar su silencio con vacas, camionetas y dinero. El silencio de L.N.P. vale tanto como ella lo elige. Vale cuando calla y se adentra en un silencio con peso profundo. Y vale cuando lo rompe sin alzar la voz o alzándola sin que la furia grite sino con la propia firmeza de la voz suave que no es poca ni baja. L.N.P. dice que lo que más le dolió de la violación es que le quisieran comprar su silencio con animales. No quiere acarrear más lágrimas. No se calló nunca ni por plata, ni por vacas, ni por nada.
L.N.P. no se calló pero también dicta con su silencio que los tiempos, la voz y la reparación posible no son puro blablá discursivo sino, apenas, las palabras justas. El 15 de mayo pasado, en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso de la Nación, el Estado le pidió perdón porque no sólo un grupo de jóvenes criollos la violó cuando tenía 15 años sino que la Justicia la volvió a violar con sus acusaciones e indiferencia.
El 3 de octubre del 2003 L.N.P. había ido a pasear con una amiga a la plaza de El Espinillo, en Chaco. Ese día tres jóvenes –Humberto Darío Rojas, Lucas Gonzalo Anriquez y Leonardo Javier Palavecino– la violaron contra una iglesia. Los policías tardaron en tomarle la denuncia. Los agresores quisieron sobornar a su familia para que quitara la declaración. Además la Justicia la volvió a juzgar, poniendo en duda si ella era culpable o no por si gritó fuerte o despacio para que la ayudaran. Hasta su voz fue puesta en cuestión. El 31 de agosto del 2004 se absolvió a los acusados en un fallo que decía que “la resistencia de la víctima debe ser seria y constante, que si bien la víctima dice haber gritado llama la atención que nadie en la plaza que está a 70 metros la escuchó”.
¿Por qué no gritó más fuerte? ¿Por qué no alzó la voz? la juzgó la Justicia por ser víctima de violación. Por eso el expediente se convirtió en un caso emblemático de discriminación por género y por el chineo, la violación sexual como forma de dominación a las mujeres indígenas, que confunde vacas y dignidad, colores e historias, privilegios y sometimientos. Y al que L.N.P. se plantó con firmeza.
Hoy ella tiene 26 años y demostró que su silencio no tiene precio. “Me los cruzo en el pueblo y no les tengo miedo. Ni me pongo nerviosa. Tengo la mirada bien alta”, cuenta con valentía. Su voz es bajita y habla como un regalo que se hilvana de tiempo y de confianza. Y habla, como su libertad, cuando quiere y como quiere. Incluso su silencio es un triunfo de su dignidad. En el Congreso de la Nación se realizó el Acto Público de Reconocimiento de Responsabilidad Internacional del Estado argentino. El pedido de perdón llegó después de años de lucha y respaldo colectivo a L.N.P. y su familia. Su caso fue presentado ante el Comité de Naciones Unidas por el Instituto de Género, Derecho y Desarrollo (Insgenar) y el Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de la Mujer (Cladem), con el apoyo de Unifem Cono Sur.
Hasta que un dictamen del Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas exigió que el Estado le pida perdón. Y perdón se le pidió, en un acto organizado por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.
Ella, incluso, que conversa en castellano, pero desde una lengua ajena a la que recurre para hacer el favor de que se entienda lo que piensa, tuvo una traductora de qom. Sin embargo, sólo eligió decir “gracias”. Y después respaldó el acto con su silencio. También eligió que sus fotos sean sólo de espalda, con su cabello negro forjando su identidad no escondida, ni avergonzada, autónomamente preservada. Su silencio no es guarida. Es opción para hablar donde quiere y como quiere. De hecho, en un salto político emblemático L.N.P. va a ser candidata a concejala en El Espinillo, por el Frente para la Victoria, porque quiere hacer un salón donde las mujeres se sientan cómodas para hablar con otras mujeres. También estudió abogacía hasta que se quedó embarazada de su hijo –G., de un año– y ahora continúa con la carrera para ser docente.
El Espinillo es una pequeña población chaqueña de 1169 habitantes de los cuales 727 son qom y el resto criollxs o hijxs de inmigrantes. “Es un territorio tradicional qom, entre los ríos Teuco y Bermejito, en el noroeste de la provincia, cuyo título de propiedad está a nombre de la Asociación Comunitaria Meguesoxochi desde el año 2000, luego de innumerables reclamos y luchas. En 1926 ya había sido declarado Reserva para los Indios Tobas del Norte por decreto presidencial. Desde el momento de la titularización se inició un proceso de relocalización de familias criollas que residían en esa zona que tuvo conflictos por diferentes razones entre criollos e indígenas”, explica la escritora Elizabeth Bergallo, magister en Antropología Social y docente de Antropología Cultural de la Facultad de Artes, Diseño y Ciencias de la Cultura, en Resistencia, Chaco, quien acompañó a L.N.P. desde su territorio y logró que su caso cruzara las fronteras.
El viaje desde El Espinillo a Buenos Aires es largo, difícil y simbólico en muchos sentidos. Para llegar al Congreso L.N.P. tuvo que salir un día antes para llegar a la cúpula donde se deciden las leyes y que frente a la plaza que reclamó por “Ni una menos” le pidieran perdón. Y, antes de caminar de a pie y confiada de que las disculpas son sólo una parte del camino, dialogó con Las/12.

¿El pedido de perdón demuestra que vos les ganaste a tus violadores?

–No es nada fácil tampoco. Me pasó eso y me cambió totalmente. No soy la misma persona. Siempre me miran en el pueblo.

¿Te importa que el Estado te haya pedido perdón?

–Para mí es muy importante. Pero esto no va a resolver todo lo que me pasó.

¿Cómo te impacta que el Estado reconozca que está en deuda con vos?

–Me siento orgullosa de que, a pesar de todo el tiempo que pasó, lo pude lograr.

¿Qué fue lo que más te dolió: la violación, que quieran comprar a tu familia con vacas, la sentencia o que ellos estén libres?

–Lo que más me dolió es que le ofrecieron vacas a mi familia para que nos calláramos y que los chicos que abusaron de mí no estuvieron mucho tiempo presos como tenían que estar. Yo a veces no tenía plata ni para ir a tribunales. Pero llegué hasta acá. Y me fui a la comisaría a denunciar a pesar de que me habían amenazado con matarme si iba a la policía.

¿Te los tenés que cruzar en el pueblo?

–Se fueron todos. Pero cuando son vacaciones a veces me cruzó con ellos.

¿Y sentís miedo o que no te pudieron vencer?

-No les tengo miedo. No me pongo nerviosa. Tengo la mirada bien alta. Ellos creían que podían hacer lo que querían y no fue así.

¿Estas orgullosa de ser qom?

–Estoy orgullosa. En aquel momento y en los primeros meses, cuando ellos estuvieron libres, pensaba “por ser qom me pasó esto” y “¿por qué justo a mí?”. No estaba orgullosa de ser qom. Pero después de eso, al pasar el tiempo, a los tres o cuatro años, llegaron todas las mujeres que me apoyaron y sentí una fortaleza inmensa.

¿Cómo te gustaría que creciera tu hijo?

–En una sociedad más justa.

¿Qué les decís a las mujeres que pasan por situaciones de violencia?

–Les aconsejo lo poco que sé por mi experiencia. Les aconsejo que nosotras como mujeres podemos hacer muchas cosas y no hay que dejar que los hombres nos manipulen y nos manejen. Allá es un pueblito muy chiquito, pero muy complicado, y las mujeres no tienen ni conocimientos sobre los derechos de las mujeres. Les digo que no tengan miedo. Yo hablo con un grupo de chicas de 14 y 15 años, que ya tienen hijos, y yo me junto con ellas y les aconsejo. A algunas de ellas el novio las maltrata y les pega. Yo soy la mayor. Nosotras sabemos que no está bien, pero tenemos que tener paciencia para que vayan un día a denunciar. Cada vez que nos encontramos con una de ellas tiene moretones. No nos enojamos, pero la aconsejamos para que no aguante. Ojalá que algún día saque ese miedo interior y denuncie. La estamos acompañando a ella, que tiene 16 años.

¿Es importante que en Buenos Aires se sepan las cosas que les pasan a las mujeres de pueblos originarios?

–Sí, porque allá cuando denunciás la misma policía no te toma la denuncia y no hacen nada. Con el perdón se abre una nueva historia, pero la lucha no termina. La lucha sigue siempre. No es que a mí me pasó esto y termina todo. En El Espinillo las cosas siguen pasando.

El chineo

El caso de El Espinillo salió de Chaco y llegó hasta el Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Pero no es el único. Otras familias tienen miedo de denunciar o les faltan recursos o apoyos. La antropóloga Ana González apoyó desde el primer momento a L.N.P y la acompaña en Buenos Aires hasta llegar al Congreso. Ella señala que el chineo o la violación a jóvenes de pueblos originarios es una forma de violencia que no se vislumbra si no se camina al monte o la selva. Y que por eso este caso es emblemático: “Muchas mujeres qom, moqoi y wichí nos expresaron su agradecimiento porque era la primera vez que se hacía algo ante hechos similares de violencia, por los que varias de ellas habían pasado, quedando en total impunidad. El último caso del que tomamos conocimiento fue el de una niña wichí, de 13 años, violada por varios criollos en la localidad de Dragones, provincia de Salta, en el 2013. Cuando intentamos tomar contacto para acompañarla a hacer la denuncia ante la fiscalía de Tartagal, la familia había huido al monte y no se la pudo localizar. No es desconocimiento o ignorancia, como probablemente digan algunos sectores discriminadores, es la experiencia repetida de la impunidad y la indefensión ante instituciones que no les dan protección”, subraya.
Por eso, González revaloriza como un antes y un después el caso L.N.P. “El acto de reparación simbólica en el Salón de los Pasos Perdidos sin duda es un hito histórico. El Estado pidiendo disculpas a una mujer indígena por la violencia y la impunidad padecida es un paso fundamental, al igual que la multitudinaria marcha contra los feminicidios del 3 de junio. Sin embargo, en nuestro trabajo con mujeres de pueblos originarios en el territorio del Gran Chaco seguimos encontrando casos de chineo, jóvenes criollos violando en grupo a niñas indígenas, que quedan impunes por la inacción policial y la indiferencia judicial”. Y propone: “Queda mucho por hacer: exigir que la policía tome las denuncias, que las fiscalías y la Justicia actúen, que se desarrollen programas de asistencia integral (judicial, médica, social) a las víctimas, y que la sociedad toda repudie estos hechos. Las mujeres indígenas se están organizando para fortalecerse, empoderarse, y defenderse colectivamente. A los talleres en el monte asisten niñas, jovencitas, maduras y ancianas para decir basta a la violencia de género y, también, para la recuperación de sus territorios, la defensa de la madre tierra y el monte, de los que se nutren su identidad y su dignidad como mujeres de pueblos originarios”.
Bergallo trabajaba en el 2003 para Médicos del Mundo Argentina en un Programa de Salud en el interfluvio chaqueño cuando conoció el caso de L.N.P., porque la adolescente decidió denunciar y los jóvenes de la Asociación Meguesoxochi comenzar marchas para reclamar justicia. “El racismo estaba en el aire que se respiraba. Por ejemplo, si las mujeres indígenas no parían sus hijos en el Puesto Sanitario A de Espinillo eran amenazadas con la no inscripción de sus hijos en el Registro Civil y la población indígena no acudía a los puestos de salud por conflictos socioculturales. La realidad hoy es otra, muchas cosas han mejorado, hay presencia de referentes indígenas en organismos de decisión, pero todavía falta mucho para que sean respetados totalmente los territorios, los saberes y los derechos indígenas”, contextualiza Bergallo.
Pero resalta el valor de la joven qom: “Es necesario destacar la actitud de L.N.P. Ella era adolescente, indígena y, a pesar de la agresión física y de las amenazas recibidas, tuvo la enorme valentía de dirigirse inmediatamente a la policía, hacer la denuncia y exigir justicia, en un tiempo muy hostil hacia la población indígena y, especialmente, en el noroeste chaqueño, donde la Justicia parece estar más ausente y todo queda tan lejos y llega tan tarde. Sabemos que la mujer es la que más sufre el impacto de los conflictos socioculturales, de los conflictos de territorio y los sufre, especialmente, en el territorio de su propio cuerpo. Plenamente acompañada por su familia, por su comunidad, por la propia Asociación Meguesoxochi, y los jóvenes de la organización demostraron todxs, pero especialmente ella, una enorme dignidad”.
A.P. es uno de los ocho hermanos de L.N.P. Tiene 29 años y ahora trabaja en un puesto sanitario. Es parte de esa familia que vivía del campo, sin dinero ni para traslados y que acompañó a L.N.P. para que no crean que con vacas iban a cerrar su boca. “Fue una lucha de muchos años con la que se ha podido lograr el reconocimiento del Estado. Pero la lucha continúa. El Estado tiene que capacitar a los jueces en los derechos de los indígenas y de las mujeres porque la Justicia actúa de manera vergonzosa en casos similares que no tienen repercusión”, dice con la fuerza de acompañar a su hermana para salir de la violencia sexual al orgullo.

Ni una chica menos por la clandestinidad del aborto

Una adolescente de 15 años está internada en terapia intensiva, en estado gravísimo, con un cuadro de septicemia, como consecuencia de la clandestinidad del aborto, en Catamarca. La directora del Hospital de Niños Eva Perón, Mónica Salazar, advirtió que la adolescente sufre un “gravísimo cuadro de septicemia”. Y que llegó con una gangrena de tipo Fournier al centro de salud. “La niña desde que ingresó al hospital fue sometida a cirugía. Ella está en terapia intensiva en coma inducido y con pronóstico gravísimo. Tiene una fuerte septicemia. Estamos haciendo lo posible e imposible para que salga bien”, aseguró Salazar. Antes de ingresar al hospital la adolescente le contó a su mamá que estaba embarazada de tres meses y que su novio, de 21 años, la había llevado a una curandera, en El Portezuelo, que le dio unos yuyos para interrumpir el embarazo. La Justicia dictó una orden de detención contra el joven.
En la Argentina la mayor deuda con la salud pública de las mujeres es la incidencia de la falta de legalización de las interrupciones del embarazo en la mortalidad materna. La legalización del aborto espera a ser tratada en el Congreso de la Nación. Igualmente los abortos legales tienen que ser practicados en hospitales públicos y privados, ya que el “Protocolo para la atención integral de las personas con derecho a la interrupción legal del embarazo”, publicado en abril, obliga a su cumplimiento en todo el país.
Si una adolescente siente que enfrentar un embarazo o un parto puede afectar su salud emocional o física puede pedir la intervención en un hospital o la receta de misoprostol. Pero este derecho no se conoce lo suficiente. Y eso expone a las más chicas, y más vulnerables, a riesgos que pueden hacer peligrar su vida.


martes, 23 de junio de 2015

“Juré que no me iban a aplastar”

La despidieron ayer por la tarde en el cementerio de La Chacarita

Elsa Sánchez de Oesterheld tomó en sus manos la tarea de reconstruir su familia, que había sido arrasada por la última dictadura. En un año y medio fueron secuestrados y desaparecidos su marido, Héctor Oesterheld, y las cuatro hijas que tuvo con él, varias de ellas embarazadas.

  • Télam
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Unas treinta personas formaban el cortejo fúnebre que ayer por la tarde avanzó por los pasillos internos del cementerio de La Chacarita, llevando desde la capilla precaria hasta el crematorio el cuerpo de Elsa Sánchez de Oesterheld. La ceremonia había sido íntima y algo fugaz: apenas las últimas palabras del cura, la bendición a sus deudos y al pañuelo de Abuelas de Plaza de Mayo, que reposaba sobre el cajón en lugar de las coronas, y el abrazo final de Martín Mórtola y Fernando Araldi, sus dos nietos, lo único que le dejó la dictadura. Entre quienes la despidieron, había Abuelas –Buscarita Roa, Delia Giovanola, Aida Kancepolsky-, nietos –Miguel “Tano” Santucho, Horacio Pietragalla, Manuel Goncálvez, Eduardo “Wado” De Pedro, “Charly” Pisoni, Lorena Battistiol-, los abogados y otros compañeros de Abuelas. También se lo vio al escritor Juan Sasturain. Al llegar al crematorio, alguien gritó por los 30.000 desaparecidos. Todos dijeron “Presente”. Un puñado de esos ausentes, son los secuestrados en su familia: sus cuatro hijas, su compañero Héctor Oesterheld, sus yernos y dos nietos que aún no conocen su verdadera identidad.
Elsa murió el sábado a las siete de la tarde, después de una larga enfermedad que la había ido apagando. “Fue una mujer marcada por el dolor, pero también por la fortaleza para seguir adelante. El Ejército se llevó a siete miembros de su familia y le robó a dos de sus nietos nacidos en cautiverio. Ella supo transformar todo ese sufrimiento en amor para -junto a sus compañeras- buscar a los nietos apropiados en dictadura”, dijeron sus compañeras en el comunicado de Abuelas de Plaza de Mayo.
Su esposo Héctor Oesterheld, autor de obras como la saga del El Eternauta, Ernie Pike y Mort Cinder, entre otros, fue capturado por efectivos del Ejército en abril de 1977 y trasladado a Campo de Mayo. Sobrevivientes de los centros clandestinos de detención aseguran haberlo visto con vida en el centro clandestino de detención de El Vesubio, y una de las hipótesis es que lo asesinaron en la localidad de Mercedes. La primera en caer había sido Beatriz, en San Isidro, en junio de 1976. Unos días antes, Elsa se encontró en una confitería de Martínez y le dijo que se retiraba de la militancia. “Cuando salí, estuve dos horas y media que el corazón me saltaba de alegría. Mi preocupación era la vida de ellas, nada más. Lo demás, la política, me importaba un pito. Quería que salieran de ese infierno”, contó Elsa en una entrevista en 2007. La semana siguiente la llamó un comisario de Virreyes y le dijo que había que identificar el cuerpo de tres chicos y dos chicas. Una de ellas era Beatriz.
Ese mes, Elsa supo por los diarios que otra de sus hijas, Diana, había sido asesinada en Tucumán. Tenía 23 años y un embarazo de seis meses. Al compañero de ella, Raúl Araldi, lo mataron en agosto. Fernando, hijo de ambos, fue localizado por los abuelos paternos.
De la muerte de sus otras dos hijas supo el 14 de diciembre de 1977. Estela se cruzó toda la ciudad para ver a una amiga de su madre. “Habíamos decidido no vernos más porque nos dimos cuenta que yo era el señuelo”, dijo Elsa en esa entrevista. Martín, el hijo de Estela, había quedado en la casa con otro matrimonio pero esa casa fue allanada. A Martin, su nieto de tres años, se lo llevaron los represores. Cuando la asesinaron, Estela volvía de despachar una carta donde contaba a su madre: “Mamita, Marina hace un mes que no está con nosotros”. Marina tenía 18 años y un embarazo de ocho meses. “Y ahí se acabó todo. En el término de un año me quedé sin ninguna de mis hijas”, relató Elsa.
Un tiempo después, cuando el reclamo masivo en Europa por la aparición de Oesterheld visibilizó su caso, la llamaron las Abuelas. “Recibí el llamado de Chicha Mariani, que entonces presidía la institución, y me dijo que fuera”, contó Elsa.
Chicha recordó el episodio en diálogo con Infojus Noticias: “Cuando ella llegó con la foto de sus cuatro hijas -bellas, sonrientes, hermosísimas- y contó qué había pasado no pude evitar ponerme a llorar. Era una mujer muy hermosa, de aspecto sereno, que supo soportar semejante desgracia con gran entereza. Tengo un excelente recuerdo de ella”.
En octubre de 2010, en la feria del libro de Frankfurt, Elsa Sánchez fue homenajeada por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ante 70 escritores argentinos que habían llegado a Alemania. “Ella, que perdió a su marido y a sus cuatro hijos por la dictadura, representa a los escritores argentinos que sufrieron durante uno de los peores momentos que vivió la Argentina”, dijo Cristina.
En marzo de 2011, varias Abuelas viajaron a París a recibir el Premio Félix Houphouet-Boigny 2010 de Fomento de la Paz que entrega la Unesco. Fue uno de los últimos viajes de Elsa, que estuvo acompañada por su nieto Fernando Araldi. Después se quedó sin fuerzas
En el final de aquella entrevista ocho años atrás en la Casa de las Abuelas, su propia casa, Elsa dejó claro para la posteridad cuál había sido su fuerza, a pesar de la desaparición de sus hijas, un compañero, yernos y nietos. “Yo soy una persona que juré que no me iban a aplastar. Y que yo iba a recuperar lo que me había quedado. Y hoy lo puedo decir con gran satisfacción, no orgullo porque en estas cosas no puede existir el orgullo, pero sí de haber tenido la dicha enorme de poder mantenerme en pie. Yo pienso que hoy, después de cincuenta años, la obra de mi marido sigue en pie; mis nietos son dos personas sanas de cuerpo y alma, con sus futuros encaminados, para sentirse orgullosa. Mi familia renació. Es chiquitita, de varones, una cosa nueva para mí, que ya tienen sus compañeras, y tengo un bisnieto maravilloso, de once años. ¿Y qué más puedo pedir? Morir tranquila”.
LB/PW