viernes, 3 de junio de 2016

#NiUnaMenos La lucha en imágenes

Un año después de la primera convocatoria por #NiUnaMenos, más de cien plazas de todo el país volverán a ser escenarios de la marcha contra la violencia machista. Según datos de La Casa del encuentro, entre el 1 de junio de 2015 y el 31 de mayo de 2016 275 mujeres fueron asesinadas en manos de varones machistas. El fotógrafo Facundo Nívolo acompañó con la lente de su cámara la lucha de las mujeres contra los femicidios, el acoso callejero y la penalización del aborto. Este es el resultado:

La igualdad, de la boca para afuera

En Buenos Aires, de acuerdo con un estudio de la Untref, el 84 por ciento está de acuerdo con que mujeres y varones sean iguales ante la ley, pero el 45 cree que las tareas domésticas son cosa de mujeres. Casi todos conocen #NiUnaMenos.
Por Soledad Vallejos

En el área metropolitana de Buenos Aires, de acuerdo con un estudio realizado por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Untref), sólo el 20 por ciento de los encuestados definió a la violencia de género como “la agresión que sufre la mujer por parte del hombre”, mientras que un 71 por ciento consideró que “es el maltrato recibido tanto por mujeres como por hombres por igual”. El 85 por ciento dijo creer que mujeres y varones deben ganar el mismo sueldo por el mismo trabajo y un 84, que deben ser iguales ante la ley, pero el 45 por ciento está de acuerdo con que las tareas domésticas estén a cargo de las mujeres. Además, la mitad de los encuestados estuvo de acuerdo con la frase “las mujeres son más débiles y están en una clara situación de dependencia en relación a los hombres”. Esas son solo algunas de las cifras relevadas por el Centro de Investigaciones en Estadística Aplicada (Cinea) y que pintan un panorama cuanto menos complejo y contradictorio, en el que se apoya la igualdad en lo legal pero no tanto en lo cotidiano, y se cuestiona a las víctimas, aunque haya intenciones de ayudarlas.
El estudio de Cinea se realizó entre el 18 y el 26 de mayo en la ciudad de Buenos y el Gran Buenos Aires, cuando entrevistó a 1096 personas mayores de 16 años, mujeres y varones. La investigación buscó recoger opiniones en base a tres ejes: la equidad de género, la “visibilización de la violencia de género como problemática social”, las manifestaciones por #NiUnaMenos del 3 de junio del año pasado (el 93 por ciento supo responder de qué se trató) y las acciones (propias y estatales) ante la violencia de género. Muchas de las entrevistadas, por lo demás, estaban hablando de experiencias propias: el 28 por ciento contó que su pareja ejerció violencia machista contra ellas; en el 56 por ciento de esos casos, esas mujeres las agresiones fueron físicas y emocionales; en el 38, el maltrato fue psicológico; en el 6, físico.
El consenso acerca de que mujeres y varones deben cobrar l o mismo por el mismo trabajo es elevado (el 85 por ciento), y algo muy parecido pasa con la idea de la igualdad ante la ley (el 84 por ciento está de acuerdo). Sin embargo, mientras que el 55 por ciento de los encuestados está en desacuerdo con la frase “hay actividades domésticas que deben ser realizadas exclusivamente por mujeres”, el 45 por ciento no rechaza de manera contundente esa idea. En la misma línea, sólo la mitad negó que las mujeres sean más “débiles” y estén “en una clara situación de dependencia” respeto de los varones.
El 40 por ciento culpa a las mujeres que son maltratadas por su pareja (“es su responsabilidad por seguir con esa persona”), lo que demuestra que aún es poco conocida la dinámica del círculo de la violencia.
El 70 por ciento de los encuestados cree que la violencia de género es “un maltrato que se da entre hombres y mujeres por igual”. Quienes sostienen esta afirmación son, en su mayoría, personas con “nivel educativo universitario y/o terciario” y “jóvenes de hasta 29 años”. Del 20 por ciento que respondió, en cambio, que es “maltrato que sufre la mujer por parte del hombre”; el 26 por ciento de quienes suscribieron esta afirmación tiene “estudios primarios o menores”.
Para el 57 por ciento de las personas encuestadas, durante el último año aumentaron los casos de violencia machista. Un porcentaje idéntico dijo que de violencia machista se habla “poco y debería hablarse más para que haya mayor conciencia”, mientras que para el 30 “el tratamiento que le dan los medios es suficiente”. Para el 8 por ciento, en tanto, “ya se está hablando demasiado” porque “hay problemas peores”.
El 79 por ciento de las mujeres entrevistadas dijo haber sufrido algún tipo de violencia machista, ya fuera en su relación de pareja, en la calle o en el ciberespacio. De acuerdo con lo relevado, “los hechos de violencia de género doméstica –es decir, sucedidos en el hogar– suelen ser más frecuentes en ámbitos donde viven niñas, niños y/o adolescentes”. El 57 por ciento padeció acoso sexual callejero por lo menos una vez, mientras que el 16 por ciento (en su mayoría, menores de 29 años) sufrió acoso virtual.
El 83 por ciento de los varones encuestados aseguró que “nunca se justifica maltratar a una mujer”, pero al 12 por ciento le parece “justificado que un varón grite, insulte o humille a su pareja si se niega a tener relaciones sexuales”; al 9 le parece “justo que un hombre pegue a una mujer ante un hecho de infidelidad”, y el 6 está de acuerdo con el maltrato si la pareja “sale con amigas o amigos sin avisarle”.
Por otra parte, el 93 por ciento de todos los encuestados dijo saber sobre Ni Una Menos. “Son las personas mayores de 65 años quienes menos lo conocen”, indica el estudio, que detalla la diferencia con los encuestados de entre 30 y 49 años, entre quienes el “grado de conocimiento alcanza el 96 por ciento”. Quienes más escucharon sobre las manifestaciones callejeras del año pasado fueron las personas con estudios universitarios y/o terciarios (el 97 por ciento de las menciones), mientras que “los que tienen estudios primarios o menores son quienes menos conocen” sobre ello (el 87 por ciento de los casos).
El 51 por ciento de las y los encuestados dijo que, si presenciara una situación de violencia, “intervendría y denunciaría el hecho ante la policía”. Para el 13 por ciento, “se trata de algo íntimo y privado, por lo que no actuaría”.

Página 12

Por qué marchamos

Una fue baleada por su ex y quedó viva de milagro. Otra busca aportar desde el arte. Las dos explican su presencia hoy en el Congreso.


Por Mariana Carbajal
CORINA FERNANDEZ, UNA SOBREVIVIENTE

“Siento mucha impotencia”
“Es dolorosa la impunidad con la que se sigue cometiendo la matanza de mujeres, es casi una epidemia y ante las epidemias se toman medidas de urgencia”, dice Corina Fernández. Ella es una sobreviviente de la violencia machista más extrema. El 2 de agosto de 2010, su ex marido la quiso matar en la puerta del colegio al que iban las dos hijas de ambos, en pleno barrio porteño de Palermo. Le apoyó un revólver en su pecho y le apuntó. Corina se salvó de milagro. Dos balas impactaron en el tórax y un tercer proyectil, en el abdomen. Pero sobrevivió. Dos años después, Walter Claudio Weber, con quien había estado casada 12 años, fue condenado por aquel hecho a 21 años de prisión por intentar matarla, en el primer fallo en el país que nombro ese delito como “tentativa de femicidio”, antes incluso de que la figura fuera incorporada como agravante al Código Penal. Corina marchó el año pasado y se prepara para la movilización de hoy. “La sociedad lo pidió hace un año, todos lo entendimos, menos la justicia que parece seguir haciendo oídos sordos a los reclamos de todo un país que pide justicia y dice ‘basta de femicidios’”, sostiene en una entrevista de Página/12. Corina pudo recomponer su vida, con terapia, y hoy ayuda a otras mujeres que, como ella buscan salir de una relación de pareja atravesada por la violencia machista.
“El 3 de junio volvemos a gritar #Niunamenos”, dice Corina. La marcha del año pasado la sorprendió “no solo por la unión de mujeres de todos los ámbitos comprometidas con la violencia de género sino por lo que nos impresiono a todos, la gran convocatoria social, más de 150 mil personas”. Tiene 52 años. Y trabaja en la Dirección General de la Mujer, del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, desde donde fue convocada para acompañar a otras víctimas. También está impulsando su propia ONG que lleva un nombre esperanzadora “Hay Salida” y desde ese espacio interactúa con la Asociación Argentina de Prevención de la Violencia Familiar, que encabeza Graciela Ferreira, quien en su momento la ayudó a ella a salir adelante.
Corina convivió con Weber más de una década, años en los cuales ella sufrió violencia psicológica y maltrato físico. Hasta que un día él le dio una paliza brutal. Fue el 6 de abril de 2009. Vivían en un PH del barrio de Flores. Ese día su casa se convirtió en una sala de torturas. Weber murió en la cárcel, cumpliendo la condena. Pero antes de que la Justicia llegara a escuchar las denuncias de Corina, Corina se cansó de denunciar. Llegó a realizar hasta cerca de 80 denuncias. Por la golpiza del 6 de abril de 2009 y otras situaciones en las que amenazó a Corina de muerte, Weber llegó a juicio en julio de 2007. La jueza en lo Penal, Contravencional y de Faltas que intervino lo condenó a seis meses de prisión en suspenso. Es decir, quedó libre. Y a los 15 días, disfrazado con peluca, boina, impermeable y bastón, Weber fue a la puerta del colegio de sus hijas, esperó que las niñas se despidieran de su mamá y entraran al aula. Y le disparó a Corina.
“Se necesita una justicia rápida, una mujer amenazada no puede esperar dos años para un juicio, que la ley se cumpla, que haya subsidios para esas mujeres y sus hijos y que haya abogados penalistas gratuitos porque de lo contrario el violento nunca va a ir preso”, dice. “Sobreviví a quizás la peor de las agresiones, fui acribillada a tiros. En esa época no se hablaba en los medios de esta temática como hoy y me sentía bastante sola contando mi experiencia para ayudar a otras mujeres a tomar conciencia del peligro que una mujer corre cuando es víctima de violencia, porque esa mujer está adaptada a circunstancias de maltrato de toda índole, y muchas veces esta tan naturalizado que no llega a percibirlo hasta que llega el golpe, después el moretón”, advierte Corina.
Cuenta que el 3 de junio del 2015 dejó de sentirse aislada en su lucha. “Al estar ahí en la plaza junto a los familiares de las víctimas, me sentí culpable de estar viva, frente a tanto dolor. Ellas no habían tenido mi misma suerte. Hoy, a un año de esa fecha, siento mucha impotencia porque parece que nada cambió. Hablo con mujeres a diario, apuñaladas, quemadas, ciegas por ácido, fracturadas, paralíticas, mutiladas, violadas, con hijos abusados y el agresor sigue libre, rompiendo la prohibición de acercamiento con total impunidad, nadie los detiene y son las mujeres las que tienen que escapar”, observa Corina. Pero aclara que “no bajamos los brazos” y reclama que desde los gobiernos se trabaje “en prevención y concientización”. “No se soluciona abriendo más refugios, casas de la mujer y dando botones anti pánico –opina–. Eso es como aceptar que va a haber más violencia. Por todas esa mujeres valientes que se animaron a decir ‘basta’ y por las que, como pasó en la marcha del año pasado, me confesaban que al volver a su casa después de la marcha las esperaba el agresor, por las que ya no están, por todas ellas es que volvemos a gritar Ni una menos.”







martes, 31 de mayo de 2016

CHEJOV A NUESTRO LADO

A la manera de Raymond Carver, la escritora italiana Natalia Ginzburg abordó la figura de Chéjov en una breve e intensa biografía marcada por el dolor, un sutil retrato que logra asumir el programa de escritura del biografiado antes que una mera acumulación de datos de una vida.

Por 
Guillermo Saccomanno

Cuando un escritor biografía a otro suele notarse una previsible identificación. A veces, el interés de uno por el otro pasa por una internalización del estilo del biografiado, borramiento de la propia personalidad o deliberada mimetización con el otro: la forma de contarlo deviene travestismo, ser el otro. No tanto la data minuciosa de anécdotas y acontecimientos como la asunción de la escritura del otro como programa en quien lo biografía. Y este, sin duda, es el caso de la biografía de Chejov de Natalia Ginzburg (1916-1991). Es interesante, para quien ha leído entre tantas biografías la debida a Henri Troyat, investigador minucioso, comparar su trabajo de investigación con la operación narrativa de Raymond Carver en “Tres rosas amarillas”, abominable traducción de su relato “Errant”. El relato de Carver proviene de un saqueo de la biografía de Troyat, pero se limita a un recorte de los últimos momentos de Chéjov en el hotel Sommer, en Badenweiller, una ciudadela con aguas termales de la Selva Negra donde el escritor ruso procuraba un reposo pacificador de su tisis. Carver no sólo no es un profesional del género biografía, tampoco lo pretende. Lo que le apasiona, siguiendo el razonamiento acerca de la proyección y la especularidad, es otra cosa: ser Chejov. De hecho se asume como discípulo suyo. Y se centra en la figura del mandadero del hotel que asiste a la inminente viuda, su “gaviota”, la actriz Olga Knipper. Prodigio de economía retórica y sutileza, lo interesante del relato no es un aporte con nueva información sobre la agonía y muerte de Chéjov sino la puesta del estilo chejoviano, esa capacidad de captar los matices esenciales de una trama sin necesidad de redundar en detalles decorativos. Es decir, un instante de vida a través de mínimos elementos compositivos. Carver pensaba, al modo Chejov, que si una historia puede contarse en diez palabras, para qué emplear once.
Estas reflexiones pueden resultar oportunas al leer Antón Chéjov: Vida a través de las letras de Natalia Ginzburg. La identificación de la escritora italiana con el autor ruso no es casual. Su misma vida es comparable en desgracias con las de su venerado Chéjov. Hija de una familia burguesa acomodada, hija y nieta de militantes socialistas, nacida en Palermo fue criada en Turín. Su apellido natal era Levi y el Ginzburg que habría de adoptar sería el de su marido Leone, ruso, profesor de literatura rusa. El matrimonio se relacionó en Turín con los intelectuales antifascistas. Junto con su marido y el editor Giulio Einaudi, fundaron la editorial que nuclearía también a Cesare Pavese, Carlo Levi, Elio Vittorini e Italo Calvino, entre otros. El fascio no tardó en perseguir a los judíos y cernirse sobre la pareja. Leone y Natalia, junto con sus tres hijos, fueron confinados en los Abruzzos. Poco después Leone, detenido, moriría torturado en la cárcel de Regina Coeli. En los años 50, Natalia conoció a Gabriele Baldini, un profesor de literatura inglesa. De esta unión, nacieron dos hijos. Al igual que Chéjov, si una constante marcó su existencia fue el dolor. Su rostro sufrido puede verse al encarnar a María de Betania en el Evangelio según San Mateo de su amigo Pier Paolo Pasolini. Militante de izquierda, diputada del PCI en los ’80, nunca capituló en su ideario comunista. Como traductora fueron importantes sus versiones de Flaubert, Proust y Maupassant. Publicó una obra reconocida por la delicadeza de su aliento realista, preocupada por reflejar los conflictos de su tiempo y los personales. La suya es una subjetividad nada autocomplaciente con sus padecimientos. De su narrativa, en nuestro país circularon años atrás Querido Miguel, Todos nuestros ayeres y la Ciudad y la casa.
Su biografía de Chéjov está lejos de ser lo que se espera de un relato de género y aunque alude a un encare a través de su literatura, tampoco se plantea como texto crítico o análisis literario. Va por otro lado. El de la escritura chejoviana.
Antón Chéjov; Vida a través de las letras. Natalia Ginzburg Acantilado 83 páginas
Chéjov nació en 1860 en Taganrog, una ciudad chica a orilla del mar de Azov y murió, como se dijo, en Alemania en 1904. Su ataúd fue repatriado en un vagón de tren que cargaba ostras. A Ginzburg le bastan poco más de 80 páginas para describir cuarenta y cuatro años de una vida intensa. Un relato casi sinóptico, un tono prescindente de cualquier atisbo elegiaco, consigue captar en tono chejoviano los capítulos claves de una corta y atormentada existencia. El padre tabernero y borracho que lo azota con el cinto, los cinco hermanos de los que no consigue librarse, la hermana que lo quiere incondicionalmente, el título de médico obtenido con sacrificios, la escritura como actividad secundaria que lentamente se convertiría en su principal ingreso al vender cuentos que evolucionan del aguafuertismo humorístico al relato dramático, sus esfuerzos en atender gratuitamente a sus pacientes en la miseria y sus preocupaciones por la salud social, su suerte incierta como dramaturgo hasta que finalmente roza una cierta fama y luego escala a la consagración, el amor difícil con su mujer actriz. Todas y cada una de estas situaciones se articulan sin pausa como respondiendo al mandato de un destino amargo que se va precipitando. Cuando el escritor parece a punto de zafar de un apremio económico, ahí está la familia requiriendo su ayuda. Los hermanos aparecen y reaparecen, como el padre, sombras ineluctables. Chéjov vive de los adelantos que arranca a editores que, si bien pueden resultar graciosos y simpáticos resultan patéticos canallas. Su relación con el director Stanislavski tampoco es fácil. “En los ensayos tenía la costumbre de introducir el tic tac de relojes, el sonido de timbres y sonajeros, incluso el canto de grillos”, consigna Ginzburg. “Quería que se oyeran los ladridos de perros auténticos para dar sensación de realidad y Chéjov encontraba absurdos todos estos ruidos”. Entre sus amistades, además de Ivan Bunin y Máximo Gorki, está el entrañable León Tolstoi. En 1985 lo visita en su dacha de Yasnaia Poliana. “De Tolstoi, Chéjov solía decir que cuando hablaba con él caía totalmente en su poder. Decía que era un ser extraordinario, un ser casi perfecto. De Chéjov, por entonces, Tolstoi decía: “Es un hombre de gran talento, de buen corazón, pero hasta ahora no me parece que tenga un punto de vista definido sobre la vida”. A Tolstoi le disgustaba su teatro, lo encontraba aburrido y sin un objetivo. En cambio le encantaban sus cuentos y, a través de su lectura, lo juzgaba un auténtico representante del alma rusa.
Hay una anécdota de Chéjov que consigna, según Troyat, su dogma estético. Un día un amigo lo encontró escribiendo en un banco de plaza. El amigo curioseó el escrito y vio un relato cargado de tachaduras. “Se conocieron, se casaron y fueron infelices”, dijo. Y le preguntó: “¿Eso es todo?”. Con su ironía Chéjov le contestó: “¿Hay algo más?”. Potenciando el dogma chejoviano, Ginzburg construye el relato de una vida que parece responder al designio de la fatalidad. Ni piedad ni tentación lacrimógena. “No llorar, no maldecir, sino comprender”, pedía Spinoza. Y esta consigna se manifiesta en la concisión aguda de Ginzburg. Al concluir este relato tan breve se tiene la impresión de que Chéjov estuvo a nuestro lado y, al marcharse, silencioso, lo deja a uno pensando. Tal como se proponía con sus cuentos. No otro es el milagro que produce Ginzburg.

martes, 3 de mayo de 2016

REESCRIBIR EL DESEO

A veinte años de su muerte –ocurrida en marzo de 1996– Marguerite Duras sigue ofreciendo sorpresas en cada relectura. Sumergirse en su escritura y su obra cinematográfica resulta fascinante cuando se contrastan, por ejemplo, las versiones de su vida amorosa, desde Un dique contra el Pacífico de 1950 hasta El amante de la China del Norte de 1991. Volver a escribir e imaginar la experiencia, apropiarse literariamente de la biografía, transformarse, así escribía Duras; y en este perfil, Guillermo Saccomanno acompaña a la niña hija de una madre loca desde el calor de la infancia en Indochina hasta el éxito como novelista (el Gouncort con El amante) y guionista (Hiroshima Mon Amour), desandando el trayecto de una de las voces más poderosas de la literatura europea del siglo XX.
Por Guillermo Saccomanno


Las primeras imágenes que la chica retiene, las de Indochina, serán la tierra en que plantará casi todas sus historias. Indochina. “Había muchos niños en la llanura”, escribirá. “Iban encaramados a los búfalos. Pescaban en las orillas de las marismas”. La chica pertenece a una familia de colonos pobres, marginales. La madre viuda con tres hijos es maestra y pianista de un cine, el Edén, que la chica citará en sus novelas. La madre, en su desesperación tan parecida a la locura, trata de zafar de la miseria endeudándose al comprar tierra para un arrozal. Contrata nativos. Pero se funde, la funde el Pacífico que avanza sobre el arrozal. La hija lo contaría así: “Mi madre había obtenido del gobierno general en calidad de funcionaria una concesión de arrozal situada en la Alta Camboya”. Sus compatriotas funcionarios coloniales la estafaron en la compra: el Pacífico inundará una y otra vez su proyecto por más que ella oponga diques. La desgracia la consume, la impaciencia la acorrala. Tiene ataques de epilepsia. El Pacífico anega su ilusión de fortuna. Sobre esto también escribirá la chica. La madre pasa de la depresión más profunda a una euforia risible. De sus hijos, el predilecto es el mayor, un opiómano putañero que suele cazar tigres y panteras negras. A veces los hermanos lo acompañan. El hermano mayor es un malvado nato. “En toda mi vida he experimentado revelaciones tan poderosas y tan soberanamente convincentes como algunos insultos de mi hermano mayor, si no es leyendo a Rimbaud, a Dostoievski”. El menor, por su comportamiento, se deduce que tiene un retraso. Y la hija, una salvaje. Pero puede representar la salvación si se la casa. Alrededor, la selva sumida en una única estación sofocante, donde los chicos nativos mueren de hambre, apestados, intoxicados, ahogados o devorados por una fiera. La muerte naturalizada. Los padres los entierran frente a la barraca. El año que viene ya les nacerá otro. La chica se cría y se educa en este territorio donde el calor es permanente, se vive en la misma estación. El infierno del territorio, el infierno doméstico. En la desahuciada mesa familiar se come zancudas o carne de caimán. Pero eso no es lo peor. “Siempre había alguien pegándome”, escribirá la chica en sus cuadernos. La madre, el hermano mayor la golpean todo el tiempo, haga lo que haga o lo que no haga. “Tenía una mala mirada que mi madre calificaba de venenosa”. La chica se refugia en el hermano menor, su favorito. Todavía no sueña con la escritura. Hasta que conoce a un joven chino, que es extraordinariamente rico. Su elegancia deslumbra. “Aunque Léo fuera muy rico, era indígena y yo era blanca”, escribirá, pero no ahora. No todavía. Pero le anuncia a la madre: Quiero escribir. “La primera vez, ninguna repuesta. Y luego ella pregunta: ¿Escribir qué? Digo libros, novelas. Dice con dureza: ‘Después de las lecciones de matemáticas, si quieres, escribe, eso no me importa’. Está en contra, escribir no tiene mérito, no es un trabajo, es un cuento. Más tarde me dirá: una fantasía infantil”.
Cuando escriba, cuando se arme escritora, Marguerite Germaine Marie Donnadieu, adoptará el apellido Duras (Duras por el pueblo francés donde fue enterrado su padre) y esta parte de su vida, el principio, el aprendizaje, la madre, los hermanos, los castigos, la humillación, la relación con el chino se constituirán en obsesiones narrativas, aflorarán como leitmotiv y serán, mitología de origen y pathos central sobre el que habría de volver en sus Cuadernos de la guerra (1943-1947) y en tres novelas: Un dique contra el Pacífico (1950), El amante (l984) y El amante de la China del Norte (1991).
Escritora realista en sus comienzos, luego adherente temporaria del nouveau roman, guionista clave de la nouvelle vague. Hiroshima mon amour, el film de Alain Resnais le concedería una popularidad intelectual que opacó la figura de Simone de Beauvoir, “la gran dama francesa de las letras”, su rival, a quien Duras, según se cuenta, le birló festejantes. Sartre, a su vez, le rechazó un relato para Les Temps Modernes. A pesar de las críticas adversas, Duras, era dueña de un estilo en que la elipsis contribuye a generar una sutileza que impone una lectura atenta. Ejemplo en este aspecto es la delicada y sugerente El arrebato de Lol V. Stein y la desgarradora El vicecónsul, ambas correspondientes al ciclo de sus relatos indios. Autora de más de veinte novelas, Duras es directora de otros tantos films, todos vanguardistas, caprichosos, herméticos y elitistas, poseedores, como su escritura, de una gramática personal, entre los que se recorta India Song.
En uno de sus artículos para Vogue se refirió a lo que en los 60 dio en llamarse el look Duras: lo definían sus cardigan holgados, los lentes grandes de marco grueso que volvían atractiva a esa mujer menuda, fumadora empedernida, de rasgos finos que combinaba la sensualidad con una mirada inteligente. Y también, por qué no: “venenosa”, que le adjudicaba la madre. Duras siempre, queriéndolo o no, aún en sus momentos de crack up, como las internaciones para curar su alcoholismo, ha despertado al periodismo al resurgir una y otra vez de su angst, un angst de origen cierto en su pasado.
Volviendo a su literatura, en su etapa realista hay que mencionar un relato clave: Un dique contra el Pacífico (1950). Aparece, con todo, el paisaje vietnamita. Si bien en esta ficcionalización autobiográfica la madre tiene solamente una hija y un hijo, estos datos pueden ser secundarios si lo que se persigue es otra cosa: rastrear cómo su relación con el chino, signada por la prostitución a la que su familia la entrega, fue idealizada décadas después a través de su novela El amante (1983), Premio Goncourt, que la convertiría en best seller mundial.
El prisma colonial
Un dique es una novela curiosa en la producción de Duras. Empieza con una frase que tiene un eco de la literatura norteamericana. Su Indochina, Saigón, puede filiarse en el Mississippi. La frase es esta: “A los tres les había parecido una buena idea comprar un caballo”. Apenas comprado el matungo, la familia repara que el caballo está enfermo y en seguida se desplomará moribundo. Al dar vuelta la página puede leerse: “De ahí se deduce que una idea de esa clase es siempre una buena idea, aunque luego todo se venga abajo lamentablemente porque ello puede llevarnos a mostrar impaciencia, cosa que nunca hubiera sucedido si de entrada hubiéramos pensado que las ideas que se nos habían ocurrido eran malas ideas”. El tono legitima una asociación no inocente con la literatura americana white trash. Por qué no, un efecto Mientras agonizo. Hay una anécdota que interesa al respecto en esos años de escritura: Duras le da a leer un relato sobre la portera del edificio a Dionys Mascolo, su pareja de entonces. Y Mascolo, con puntería, le señala el aire Hemingway del texto, lo que molesta a la autora. Volviendo al relato: Suzanne, la protagonista, conoce Jo, un joven de Manchuria, elegante, único hijo heredero de un financista inmobiliario. Jo ha vivido en París, ha corrido juergas. Tiene mundo, pero no le alcanza para ganarse a la chica. Es feo. Sin embargo Suzanne, la ninfetta protagonista, consciente de su encanto, un glamour de putita pobre, no deja de coquetearle y seducirlo. Suzanne también sabe lo que esta relación causará en su familia: “El encuentro con Jo tuvo una importancia determinante para cada uno. Todos, cada cual a su manera, cifraron sus esperanzas en Jo. Desde los primeros días, no bien resultó evidente que se presentaría regularmente en el bungalow, la madre le dio a entender que esperaba de él una relación de matrimonio”. La madre advierte a la hija: para casar/cazar al chino no debe acostarse con él. Y Suzanne será obediente. No parará de provocar a Jo, lo atraerá, lo rechazará, mezquinándose, manteniéndolo encendido: se desnudará en su imponente Morris, se dejará espiar mientras se baña, pero se negará al contacto físico y, cuando el chino consiga besarla, se apartará con asco y espanto. El chino, viscoso, repulsivo a pesar de su elegancia, su auto y su chofer, despreciado por la familia de colonos en la ruina, está dispuesto a pagar por ella. Le regala un diamante. A ella parece sólo preocuparle qué auto le regalará una vez casados, imaginar los amantes que tendrá, como todas las blancas de buena posición, una vez matrimoniada. Suzanne, prostituida no sólo por determinación doméstica sino también por propio gusto, se regodeará esclavizando al chino. Aunque ella es pobre, es una blanca y, por tanto, superior a un nativo, en términos de Franz Fanon, estamos ante una relación erótica prismada por el colonialismo. Suzanne obtiene un goce morboso al torturar a su pretendiente quien, a su vez, sabe imposible la unión por la oposición del tradicionalismo familiar: su boda con una blanca es inconcebible.
Han pasado casi cuarenta años de la escritura de sus cuadernos y treinta y cuatro años de Un dique. La chica, ahora una escritora reconocida, vuelve sobre la memoria y publica en 1984 El amante, su consagración internacional como best seller, que incluye la consabida adaptación cinematográfica. A los setenta años, el pasado podría pensarse de otra manera, con más distancia y sosiego. La escritura de Duras cobra un despojamiento retórico, su fraseo corto la torna directa, lacónica. “Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde”, anota. Se ve con “la mirada triste, la boca más definitiva. En lugar de horrorizarme seguí la evolución de ese envejecimiento con el interés que me hubiera tomado, por ejemplo, el desarrollo de una lectura.” Del autorretrato pasa a la evocación de hechos que ya detalló en escritos anteriores. Otra vez, la historia con el chino. Pero ahora, en este relato, la niña ya no experimenta aversión, el amante no le repele. Si en los cuadernos registró: “Nos acostamos una sola vez”, acá el deseo invade el relato. “Descubro que lo deseo”. La garçoniere, las encamadas en la siesta densa que se hace noche. “Los besos en el cuerpo hacen llorar”.
La chica sin nombre, la chica de quince, se sabe impura. Y quiere aprender de su amante, de su saber sobre las putas con las que se acuesta, que la trate como a una de ellas, le pide. La chica niega el amor, decreta su imposibilidad. Desde la escena iniciática del transbordador en el Mekong, la memoria de Duras revisa el pasado y lo reescribe: “En la tremenda corriente contemplo el último instante de mi vida”. La familia terrible, la madre loca, el hermano mayor y su crueldad, el menor y su indefensión. Sin embargo, aunque recapitula la novela familiar, en El amante el deseo parece viralizarlo todo. La chica se siente atraída hacia el hermano menor, también desea a Heléne, su compañera de instituto, desnuda, incitante. Por qué no entregarle Hélene al amante, quiere verla con el amante. En lo que se refiere al chino, ella admite que es una relación mal vista. No obstante, “la mirada venenosa” se extasía en el cuerpo del amante al que dice no amar. Suena falso su discurso del no amor, un discurso adolescente. Desde el lugar de narradora sabia, Duras asume el cambio de perspectiva. Un lector atento a su obra, un durasiano, se preguntará cuál es la verdad, si la relación con el chino ha sido como la contó en los cuadernos o como la cuenta en los ochenta. Duras ha vuelto atrás, ha escarbado en su memoria como si una comprensión mayor de lo vivido pudiera tranquilizar su conciencia. Las heridas no cierran. Y la literatura, por más exposición confesional detrás de un perdón público, el de los lectores, los otros, no expía.
Cuando la historia con el chino parece haber quedado atrás, “después de la guerra, de las bodas, de los divorcios, llegó a París con su mujer”. Un llamado telefónico. Solo quería escuchar su voz, le dice. Así concluye la novela más popular de Duras. Pero seis años más tarde, a sus setenta y siete años, la historia vuelve, no la deja en paz. Al enterarse de la muerte del amante, se encierra durante un año y escribe otra novela, porque El amante de la China del Norte, aunque se centre sobre la misma historia, lo que cuenta es otra vez diferente. Valga tener en cuenta a Heráclito: “No se baja dos veces al mismo río”. No se trata sólo de que en esta nueva versión la pasión de los amantes sea incendiaria y que el chino ahora le resulta deseable a la chica blanca. Tampoco de la consumación del improptu sáfico con su compañera de instituto. Ni del incesto latente con su hermano menor. En esta versión, si un cambio se advierte de entrada, es su escritura de guión cinematográfico, su recurrencia al corte y también las instrucciones en caso de que la narración sea llevada al cine. Insistente, obsesiva, Duras no para de recomendar dónde pondría la cámara, en qué momento entraría la música, etcétera. La novela tiene una buena cantidad de notas de guión de cine y no únicamente: las instrucciones para una eventual filmación irrumpen en el relato cuando menos se lo espera. Por cierto, no es esta la mejor novela de Duras y carece de la perfección formal de la anterior. Pero no pueden pasarse por alto algunas escenas que, además de la escritura, marcan y subrayan una diferencia con la anterior. Por ejemplo, la relación del chino con la madre de la chica. Y con sus hermanos. El chino de la versión de 1991 está más plantado, se lo ve menos timorato, más audaz. También la chica presenta transformaciones. Ahora se entrega a la relación, admite el amor a pesar de que la imposibilidad se cierne sobre los amantes, imposibilidad que proviene de las diferencias en el mundo colonial y también, en el caso del chino, del respeto a tradiciones seculares de su cultura. En esta versión Duras profundiza en la relación de los amantes y cada uno con su pertenencia familiar. Las trabas no son pocas. En el prólogo Duras declara: “Escribí el libro en la enloquecida felicidad de escribirlo”. Y no hay por qué dudar de ella. Pero la coincidencia en el año de escritura con la filmación de la novela por Jean Jacques Annaud con la bella modelo Jane March como protagonista, la producción con financiación de Playboy y el resultado, próximo al pornosoft, todo hace sospechar que Duras, aunque pueda haber cobrado unos derechos suculentos por este film, no se sintió conforme con una obra antagónica de sus propuestas cinematográficas de ruptura y entonces –no sólo inspirada por la noticia de la muerte del amante– se lanzó a una reescritura que mantiene su tono de duelo pero a la vez está directamente lanzada contra el cine hollywoodense y a plantear qué clase de film hubiera querido.
Trabajar la experiencia
Si sus cuadernos son interesantes no sólo para un durasiano es porque revelan una estrategia de aproximación al funcionamiento de la mente de una escritora: nos permiten comprobar que, si bien en grado menor, las sucesivas versiones de la historia amorosa tienen su paralelo de método de escritura vuelta sobre el pasado en la memoria del calvario de su marido, Robert Anselme, víctima de los campos nazis. Duras, en la resistencia, junto con su amante Mascolo y Francois Miterrand –nom de guerre Morland–, aprovechan los primeros días de la liberación para buscar a Antelme y rescatarlo de la burocracia aliada que tarda en dar cuenta de la identidad de los prisioneros salvados. Duras en estos días dirige una sesión de tortura de un colaboracionista. La descripción minuciosa del suspenso angustiante por la suerte de Antelme, su rescate y su lenta y trabajosa recuperación física como también la captura del colaboracionista y la sesión de golpes que, tal como da a entender la autora, dirige ella misma, datan de los cuadernos, pero Duras vuelve, como siempre, sobre el pasado y reescribe esa experiencia en El dolor (1985).
Aunque este rastreo de un tema y sus variaciones pueda parecer excesivo, no lo es si lo que viene a enfatizar es un modo de trabajar literariamente la propia experiencia. Lo que puede apreciarse es la versatilidad de Duras a través del tiempo, un itinerario en el que la memoria fue ajustando lo vivido y también adecuándole la forma hasta lograr un estilo tan personal como inconfundible. Duras marca el punto de inflexión, el quiebre, el momento en que su escritura abandona la normalidad realista, en el proceso de escritura del guión de Hiroshima, mon amour. Ese es el instante en que su escritura cambió. A partir de entonces su escritura fue otra. El pasaje, en categorías barthesianas, del texto de placer al texto de goce, una escritura preocupada por el lenguaje como medio esencial. Hay un reportaje que ella le hace a Francis Bacon que puede aportar a la comprensión de su escritura. Bacon le dice que lo primero que planta son manchas. Después le busca la forma, encuentra el sentido de la tela. Duras procede, según explica en una entrevista, de manera parecida. Primero dispone las palabras. Y luego, a medida que las articula, empieza a cobrar sentido la historia a narrar.
Nada condescendiente con sus pares, trátese de Sartre o Camus y menos, con de Beauvoir –“escribe con las patas”– dijo, Duras supo granjearse fama de difícil. La ruptura con el PC no significó que abandonara sus posiciones de izquierda y su anticolonialismo fuerte no sólo en sus novelas. Fue molesta para el sistema literario parisino y, cuando obtuvo una popularidad impensada, fue aún más incómoda. Con uno de los pocos que se llevó bien fue, nada casual, con otro difícil: Jean Luc Godard. Una vez muerta, su literatura sigue cada vez más viva. Y su obra más candente.
Quien entre al cementerio de Montparnasse, después de unos pocos pasos a la izquierda se encontrará con su tumba. Una lápida austera, una losa blanca, tiene sólo sus iniciales: MD. Y sobre la misma, infinidad de flores. Pero lo que llama la atención no son las flores sino la cantidad de frascos que contienen lapiceras, biromes y lápices. Algo quieren decir de la mujer que en su ensayo Escribir, una austera y confesional arte poética, anotó: “La soledad no se encuentra, se hace. Yo la hice. La literatura nunca me ha abandonado”.

DURAS EN SUS ULTIMOS AÑOS

sábado, 30 de abril de 2016

Poesía eras vos

Por Paula Jiménez España

El sábado 9 de abril, en el último encuentro del ciclo de poesía Literatura viva, Inés Manzano compartió un poema suyo dedicado a Carlos Fuentealba. Poniéndose en la voz de la mujer que acompañó en vida al maestro asesinado en Neuquén, Inés recitó de memoria, como siempre, sin bajar la vista para apoyarse en la seguridad del papel, porque a ella recordar, dijo una vez, le permitía ser libre. Esos versos tristísimos, que podrían consonar con otros de la mexicana Rosario Castellanos (“¿En quién me va a matar la muerte? En los que amo”), dicen: “Yo guardaba/ las cosas que decía/ la hilera de sus pasos/ su caricia de avena/ por las dudas/ Alguna vez/ tirados en el pasto tuvimos todo el tiempo/ Ahora solo tengo/ la argamasa que cede a sus latidos”. Era un poema de amor, pero era un poema político. Era un poema sobre las consecuencias de la política en la vida amorosa, esa zona que tantxs creen privada. A la hora de recitar (tardó muchos años en animarse a hacerlo delante de otrxs), nadie podía obviar su voz suave que era sin embargo de una gran contundencia. Esa tarde lluviosa, esta porteña, autora de “Si es puñal que me mate” (Rosario, Papeles del Boulevard, 2011), recogió sus merecidos aplausos y luego se levantó de la mesa sin aspavientos, como si nada hubiera pasado. Y en verdad, nada habría pasado salvo el deleite de escucharla, si no fuera porque aquella fue su última lectura pública. El pasado domingo 17 de abril, gran parte de la comunidad poética se reunió para despedirla en una sala velatoria de Chacarita donde un féretro cerrado no ostentaba grandes coronas sino sencillos ramos y una V peronista, apasionada y desprolija, escrita en blanco sobre la madera lustrosa. A unos metros, las editoras de La mariposa y la iguana repartían a lxs asistentes unas plaquetas pequeñas en formato de origami con algunos de sus escritos. Esa combinación (peronismo y poemas) parece haber resumido dos de los mayores intereses de su vida. Y podría decirse que durante años, en la práctica hizo de ambos una sola cosa al ocuparse de federalizar la poesía y popularizarla mediante la creación, junto con Cayetano Guzmán, del ciclo “Interiores” (por el que recibió debidos reconocimientos en los últimos Festivales de poesía de los que participó). Sobre esta labor de hormiga escribió recientemente la poeta Irene Gruss en su blog “El mundo incompleto”: “Inés Manzano tuvo la idea única de hacer un ciclo de lecturas en el que se invitara a un poeta de las provincias a leer en Capital. Ese ciclo se llamó Interiores. Muy pocos la ayudaron. Inés invitaba, conseguía hospedaje, pagaba los viáticos y la comida. Imprimía una plaquette con material del poeta o de la poeta en cuestión, que repartía durante la lectura, y un póster ilustrado por buenísimos plásticos. Las sedes de dicho encuentro eran mínimas bibliotecas o el IMPA. Cero difusión de prensa. A pulmón, cada cosa, cada detalle, como el acompañar a cada unx de ellxs a Retiro hasta la hora de su partida”. Por todo esto no sería exagerado usar la palabra amor para hablar de lo que a Inés le pasaba con la poesía y con los y las poetas, con quienes compartía largas charlas nocturnas sin importarle si al otro día tenía que levantarse temprano para ir a trabajar (era bibliotecaria). Versos como “Hemos sido tocado/ por los dedos azules de unos versos/ que asediaban el vientre donde estábamos/ desde antes del principio// De ahí viene la cosa”, parecen decir que Inés Manzano se sentía unida a otrxs escritorxs por provenir, igual que ellxs, de una raíz mágica y azarosa. Cuentan sus amigxs y familiares que prácticamente no dormía y se olvidaba de comer, pero no de leer, no de escribir. Gran parte de sus energías vitales fueron a parar a esta pasión por la que hizo trabajos tan concretos e invisibles como el de tipear la obra inédita de Susana Thènon para que fuera incluida en los tomos de “La morada imposible”. Además de todo esto, Inés Manzano fue miembro de “Poesía en la Escuela”, de la “Red Federal de Poesía” e integró la comisión organizadora del Festival Internacional de Poesía en el Centro (Centro Cultural de la Cooperación). Últimamente se dedicaba a compilar material para una antología de poetas del interior del país. Sus muestras de generosidad han sido infinitas y resulta difícil pensar que ya no circulará por los recitales de poesía sonriendo y luciendo esos vestidos largos y delicados que la hacían parecer un ser distinto, fuera de las modas y del tiempo.


Vivas y en marcha

Las mexicanas salieron esta semana a las calles de 27 estados, en la manifestación nacional contra las violencias machistas más grande de su historia. La potencia de esta “Primavera Violeta” movilizó bajo la consigna apabullante y urgente “Vivas nos queremos”, en reclamo de justicia y para derribar la escala ascendente de los registros: en el período que va de1985 a 2014 ocurrieron 47.178 feminicidios. Y ya son 7060 las desaparecidas de 2011 a la fecha.


Por María Florencia Alcaraz

Cuando escuchaban el sonido del atecocolli, las comunidades de la México prehispánica sabían que era un llamado a reunirse. El instrumento musical en forma de concha marina convocaba al trabajo, a la asamblea, a una ceremonia o a una celebración. El ritual se repetía en diferentes pueblos desde Alaska a la Patagonia. El 24 de abril, los atecocolli sonaron entre la marea violeta de miles de mujeres que marcharon por las calles de la capital azteca. Se encontraron bajo una consigna resonante como el eco grave que sale de esa concha marina: “Vivas nos queremos”. Los labios de María Eugenia Ortiz soplaron una de las tantas caracolas. La mujer, vestida con su traje tradicional, también bailó al ritmo de los tambores envuelta en el humo del sahumerio que quemaba otra compañera. “Somos mujeres y nos han agredido. Nos unimos danzando. Luchamos al parejo de todas”, dijo en una pausa de la coreografía.
Cada día, seis mexicanas son asesinadas por el solo hecho de ser mujeres. El último informe de ONU, “La violencia feminicida en México, aproximaciones y tendencias 1985-2014” contabilizó 47.178 muertes en ese período. También trazó la tasa de impunidad: de 3.892 crímenes entre 2012-2013, sólo 613 fueron investigados. Todos los días, alrededor de 40 mexicanas denuncian violaciones. La falta de justicia se repite: sólo una de cada cinco ha recibido una sentencia firme. El fin de semana casi 100 mil mujeres usaron el hashtag #MiPrimerAcoso en las redes sociales. Todas compartían historias de acoso en sus casas, en el metro, en la calle, en el colectivo. La mayoría en la niñez.
Para visibilizar con los cuerpos la frialdad de las estadísticas, las mexicanas salieron a las calles en la manifestación nacional contra las violencias machistas más grande de la que este país tenga memoria. La convocatoria, empujada por la sociedad civil, se multiplicó en 27 estados. La caravana principal de la “Primavera Violeta” se extendió por casi 30 kilómetros durante seis intensas horas. El recorrido comenzó a la mañana del domingo en Ecatepec de Morelos, a 20 kilómetros de la capital azteca. El municipio tiene el lamentable récord de haber superado a Ciudad Juárez en su tasa de feminicidios. En 2009 hubo 48 crímenes. Entre 2011 y 2014 el número se mantuvo en 60 y Ecatepec pasó a ocupar el primer lugar en el desglose municipio por municipio.
“Que te dije que no, ¡pendejo, no! Mi cuerpo es mío, sólo mío, tengo autonomía, yo decido”, cantó Angie con megáfono en mano. Para ella, la explicación de la convocatoria es simple: “Marchamos porque nos están matando”. La mujer advirtió a los hombres que han salido a defenderse. Están organizadas. Y esto viene desde abajo: son lesbianas, heterosexuales, trans y de diferentes sectores sociales, de distintas formaciones. Cuando terminó de hablar con Las12, Angie se sumó a otro hit de la marcha: “¡Con falda o pantalón, respétame, cabrón!”.
A Judith Flores un tipo le mostró el pene en el metro. “He sufrido acoso desde los 6 años, de más grande sufrí en el trabajo con el jefe. Si tocan a una, nos tocan a todas. Tenemos que hacer manifiesta la sororidad”, explicó la integrante de la comunidad Brigada Solidaria mientras se unía al concierto de cuerpos. Perla Pedroza caminó con su sobrina Sofía. “Marcho a los dos años para que no me violenten durante mi vida”, decía el cartel que sostenían, ambas vestidas de púrpura. “Visibilizarnos desde niñas abre las conciencias de las personas”, explicó la mujer.
El #24A evidenció violencias cotidianas pero también apuntó a la Justicia. Los familiares de víctimas, como Norma Andrade, encabezaron la caravana. El cuerpo de su hija, Lilia García Andrade, apareció envuelto en una frazada en un baldío de Ciudad Juárez el 21 de febrero de 2001. Una paradoja: la última vez que la vieron fue una semana antes, el día en que occidente celebra el amor. Lilia tenía 17 años, era madre de dos chicos y trabajaba en una maquiladora. Norma se convirtió en una referente internacional después de fundar “Nuestras Hijas de Regreso a Casa”. El feminicidio de su hija no tiene ningún detenido. “Ya llevo 15 años exigiendo Justicia. Hay cuatro sospechosos, cuatro muestras de ADN, pero aún no han detenido a nadie. Estamos llevando el caso a la Corte Interamericana. Queremos denunciar al Estado por inacción y falta de Justicia”, dijo Norma.
La movilización central terminó pasadas las 18 en el Ángel de la Independencia. Alrededor de 10 mil personas colmaron el Monumento a la Revolución y la avenida Reforma, la más importante del país. Con una robustez alcanzada al calor de los últimos casos mediatizados, aquellos que le pusieron fecha a la marcha: la agresión sexual a la periodista Andrea Noel mientras caminaba por la calle, la violación de Daphne Fernández en Veracruz, en la que están involucrados “Los Porkys de Costa de Oro” –un grupo de hijos de políticos y empresarios– y el caso de Yakiri Rubio, procesada por matar a su agresor.
“Vivas se las llevaron, vivas las queremos”, decían muchas de las pancartas tan improvisadas como urgentes que levantaron las marchantes. La frase, también convertida en canción, tiene un hipervínculo directo a los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa. Las desaparecidas son 7.060 desde 2011 en el país azteca. Como si la aguja con la que se teje la trama de las violencias en México fuese una sola.
La nena dibujada por Liniers para convocar a las movilizaciones del 3 de junio en Argentina también levantó su puño en los carteles mexicanos. La chica de vestido que ocupa la A de #NiUnaMenos encontró su lugar en el #24A. Una joven se enmascaró al estilo Pussy Riot: su pañuelo también llevaba escrita la frase que en Argentina sintetizó las violencias machistas. Como el sonido reverberante del atecocolli, el grito que convoca a las mujeres en todo Latinoamérica es uno solo: si tocan a una, respondemos todas. Hacia el final, de fondo, con la potencia de aquello que se desea, un coro de mujeres repetía: “Va a caer, va caer, el machismo va a caer”.