domingo, 14 de septiembre de 2014

Hermeneuta del desierto

Eloísa Armella Muñoz (?-2007)


Por Marisa Avigliano
Eloísa fue una de las primeras mujeres que en Calama cruzaron el desierto pala en mano buscando el cuerpo de su marido asesinado junto a otros compañeros, el 19 de octubre de 1973. Domingo Mamani López, militante socialista, presidía el sindicato de trabajadores de Dupont (una empresa de explosivos que ahora se llama Enaex) cuando los sicarios de Pinochet lo secuestraron, torturaron y enterraron en una fosa común y clandestina. Tiempo después y para que el rimero de cadáveres no delatara la masacre, el ejército decidió remover aquel suelo sediento. Máquinas de cinco dientes masticaron evidencias. Partes de cráneos a la derecha y polvos de pies a la izquierda se esparcieron entre los cascotes del yermo. Los cuerpos que las mujeres de Calama buscaban se habían transformado en fragmentos de huesos largos, en pepitas blancas calcinadas por el sol. Fueron ellas las primeras en descubrir que habían destrozado a sus muertos cuando recorriendo la zona iban encontrando restos de restos. Viudas, hermanas y madres –arqueólogas naturales, arqueólogas a la fuerza– caminaron durante más de veintiocho años por el desierto recolectando las astillas de la mutilación. Algunas continúan caminándolo.
En el desamparo absoluto, Eloísa Armella no tuvo trabajo durante la dictadura (la inquisición vecinal se encargó de que no lo tuviera) así que salió a barrer las calles del pueblo para mantener a sus cuatro hijos mientras con el botón del chaleco que Domingo usaba el día que lo fusilaron –y que fue encontrado en la zona de las ejecuciones– como talismán de la búsqueda sólo respiraba esperanza cuando olía el polvo del desierto. Unida desde los primeros tiempos a las mujeres de Calama que buscaban como ella y a Afeddep (Agrupación de Familiares y Detenidos Desaparecidos Políticos) fue una más en la travesía inveterada de las excavaciones y testigo rigurosa de aquel planetario de huesos en el que se había convertido el desierto chileno. Eloísa, que en una imagen aparece junto a la foto de Domingo, su traje planchado y los zapatos lustrados de la espera, formó parte de aquel grupo (con Leonilda Rivas, Vicky Saavedra y Violeta Berríos, entre otras. Violeta preside la agrupación y siempre dice que los que no quieren que se sepa la verdad “son felices cada vez que van quedando menos mujeres”) que salió a recuperar el símbolo de la vida reducido en germen, partícula indestructible y corpórea que mucho se parece a la crisálida de la que surge la mariposa cuando resurrección es sinónimo de memoria. De a dos, de a seis, Eloísa y otras mujeres caminaban mirando hacia abajo en la inmensidad árida buscando las vetas de una tumba sin nombre y desarmando escombros con los dedos para recuperar segmentos del cuerpo robado. En esa tierra sin humedad (“sientes que se abre/ la noche toda es un ruido/ de sables”, como dice la canción “Mujer de Calama” que cantan Víctor Manuel y Ana Belén) donde los ríos son de piedra y las piedras revelan secretos, se instalaron los telescopios más grandes de la Tierra (sólo hay que ver el documental Nostalgia de la luz, de Patricio Guzmán, y escuchar los relatos sobre cómo el lugar donde las estrellas se pueden tocar con la manos fue también el lugar en el que funcionó un campo de concentración pinochetista). Esos telescopios que permiten observar, descubrir y dar nombre a otros calcios deberían –ojalá, dice Violeta Berríos en el documental de Guzmán– traspasar el suelo, barrer hacia abajo para poder dar con ellos y entonces sí, completa Violeta, darles las gracias a las estrellas por haberlos encontrado.

Flowers in the Desert, de Paula Allen

 


"Nostalgia de la Luz"

Documental dirigido y escrito por Patricio Guzmán






"Mujer de Calama"
 Canción de Víctor Manuel y Ana Belén







miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿Justicia por fin?

Durante catorce años, una periodista colombiana reclamó que se investigara a los que la violaron y torturaron el 25 de mayo de 2000. El 30 de julio de este año, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (organismo perteneciente a la OEA) decidió tomar el caso de Jineth Bedoya, quien presentó una demanda contra el Estado colombiano por ser responsable de la impunidad que rodea su secuestro y demás vejámenes sufridos.






Por Marta Núñez desde Londres


Jineth Bedoya, exitosa periodista colombiana, fue secuestrada hace catorce años en la entrada de la Cárcel Modelo de Bogotá mientras estaba haciendo una investigación periodística. Jineth tenía 26 años en ese entonces y trabajaba para el diario El Espectador, de Colombia. Su trabajo no era fácil. En una Colombia sacudida por la violencia, investigaba el tráfico de armas entre el ejército y los paramilitares, las irregularidades del sistema carcelario, la mordaza con que los paramilitares apretaban cada vez más a la población civil, en ciertos casos obligando a poblaciones enteras a dedicarse a la producción de cocaína.
El encuentro planeado para el 25 de mayo de 2000, en la cárcel, tenía como objetivo discutir con agentes paramilitares las amenazas que estaban recibiendo ella y sus compañerxs de trabajo. Fue acompañada por dos colegas que no pudieron impedir nada. La entrevista nunca tuvo lugar. Fue secuestrada por tres hombres que la subieron a una camioneta y durante 16 horas fue brutalmente torturada y violada, para que luego la arrojaran a la ruta casi muerta, en una pila de basura. Mientras era violada, le decían que eso era un mero ejemplo de lo que les pasaría a los que metieran la nariz en lo que no debían: “Los cortaremos en pedacitos”. Violación para intimidar, atemorizar a colegas, castigar la osadía de Jineth.
Poco a poco, Bedoya se fue convirtiendo en uno de los referentes mundialmente reconocidos como víctimas de violencia sexual en situaciones de conflicto. Mantiene una posición icónica en Colombia y a nivel mundial, ya que de víctima pasó a ser un agente activo para el cambio de actitud hacia crímenes similares.
En junio de este año fue a dar testimonio –como tantas otras víctimas desde Bosnia Herzegovina al Congo y Egipto– en la Cumbre Mundial contra la Violación como Arma en Zonas de Conflicto, organizada por la cancillería británica y las Naciones Unidas. Todavía la CIDH no se había pronunciado en tomar su caso. Allí se entrevistó con Las12.
¿Cómo analizás tu evolución personal desde el crimen hasta el rol que estás jugando ahora internacionalmente?
–Volví después de dos semanas a mi trabajo sin mencionar mi violación. Inicialmente sólo mi familia y algunas personas muy cercanas supieron lo que me había pasado. Quería mantenerlo todo en un círculo cerrado. Al mismo tiempo comencé a preparar mi caso legal con los fiscales, pero fue todo muy complicado, había mucha corrupción. Yo continuaba trabajando como periodista y se comenzó a saber lo que me había pasado. Cuando una ONG se me acercó para que hablara públicamente como víctima en 2009, yo reaccioné diciendo que como víctima no hablaría... Fue un largo proceso para mí aceptarme como víctima. Y en 2009 comencé a denunciar públicamente y a convertirme en activista.
Esta cumbre contra la violencia sexual en zonas de conflicto ha tenido una gran repercusión mediática mundial. ¿Qué importancia tiene en tu opinión?
–Es un hito en la lucha contra la violencia sexual. Reafirma que la única manera de combatir la violencia sexual es denunciarla, manda un claro mensaje a todo el mundo de que estos crímenes son intolerables, como lo han confirmado todos los discursos durante el evento. Y es muy importante insistir en que hay que trabajar para que se garantice protección y refugio a las sobrevivientes. Los gobiernos tienen un papel muy importante en hacer que todo esto no quede en palabras.
¿Cómo ves a Colombia en este contexto?
–En Colombia vivimos desde hace cincuenta años una historia de violencia. Antes no se hablaba de la violencia sexual en ese contexto, era un delito invisible. Hay gente muy poderosa detrás. La violencia sexual es sistemática, organizada, constante: hay casos aberrantes, mujeres empaladas... Se busca intimidar, oprimir con el miedo.
Este ensañamiento con el cuerpo de la mujer nos llevó a acuñar en español el término “femicidio”.
–Colombia está sentada en una bomba atómica: hay guerra, un componente machista muy fuerte, intolerancia, corrupción, crimen organizado y sistemático abuso sexual como arma, un índice de femicidio alarmante.
¿Cómo te sentís hoy, que sos referente de otrxs que sufrieron crímenes similares?
–Tengo días. Ahora acá en la cumbre, con esta atmósfera de euforia y optimismo por lo que estamos haciendo, claro, me siento protegida, pero luego cuando llego al hotel, y estoy sola...

No es necesario que termine la frase, sabemos que en Colombia a pesar de que pasaron 14 años todavía hoy vive escoltada por tres guardaespaldas.

En un reciente homenaje a Jineth Bedoya, el presidente colombiano Juan Manuel Santos ordenó que el 25 de mayo sea el día de La Dignidad de las Mujeres Víctimas de Violencia Sexual. Durante su intervención en el evento, ella sostuvo que su experiencia le “enseñó la soledad, el señalamiento, la estigmatización y la indiferencia de quienes creía mis amigos y hasta de defensores de derechos humanos. Pero también aprendí a despedirme de la rabia y el dolor. Eso no quiere decir que vaya a dejar de buscar justicia en mi caso, que sigue impune”.


miércoles, 3 de septiembre de 2014

El peligroso cuento de la “supermamá”

Por Mariana Carbajal

Hace pocos días, el diario Clarín pretendía contar la historia de una madre de seis hijos. Pero lo hizo desde una perspectiva sesgada, aplicando un discurso estereotipado que aún se replica en la vida cotidiana doméstica y laboral. Mariana Carbajal analiza el caso como un adelanto del Seminario Periodismo, Género, Sociedad que dictará en Anfibia junto a Eleonor Faur.



Hace pocos días, el diario Clarín destacó la historia de una joven que tuvo dos veces trillizos. “La supermamá de Lanús”. Así  llamó a Andrea Pereyra, una mujer de 27 años, que enfrentó la maternidad por primera vez a los 16 y ocho meses después  volvía a quedar embarazada. En las dos oportunidades de trillizos: cinco varones y una niña.

 El artículo está plagado de estereotipos de género y prejuicios. Cuenta que la única niña de la prole, de 11 años, está atenta a que sus cincos hermanos varones no se lastimen entre sí. Para el diario, la pequeña muestra tener “un gran instinto maternal”. La crónica destaca que entre los hijos arman un equipo de “fútbol  5 con una porrista”. El relato gira en torno a anécdotas -menores- que ilustran la cotidianeidad familiar: cuántas fuentes de patitas de pollo hay que preparar para el almuerzo; cómo se traslada la familia de un lado a otro; qué sucede cuando a los chicos los separan en los grupos escolares. Apenas, y con un dejo de humor, se recupera la confesión de que “a veces te vuelven loca”. Pero todo empieza y termina como una historia de “esfuerzo y amor”.
A lo largo del artículo no hay ninguna reflexión sobre la edad –apenas 16 años—en que quedó embarazada por primera vez la “supermamá”. ¿Estaba escolarizada? ¿Había accedido a información sobre cómo prevenir un embarazo en la adolescencia? ¿Fueron embarazos deseados y elegidos? ¿Tuvo oportunidad de optar por otro proyecto que la maternidad? Responder estas preguntas nos mostraría la historia de Andrea Pereyra desde otro enfoque, un enfoque de derechos. Pero Clarín prefiere la imagen de la heroína, de la maternidad como destino ineludible para una mujer.

¿Cómo podemos abordar la historia de Andrea Pereyra desde una óptica de derechos sin perder rigor informativo?  ¿Cómo mirarla desde una perspectiva de género?

El artículo pone el foco en el “esfuerzo y el amor”, como pilares centrales de la relación entre la madre y sus hijos. Ni se detiene en la edad que tenía Andrea Pereyra cuando dio a luz ni pone la lupa en las posibilidades que tuvo para finalizar el secundario, ni en cómo se las arregla para vivir, a cargo del hogar con su único ingreso como empleada doméstica, mientras lucha para recuperar la cobranza de la Asignación Universal por Hijo. Esa información apenas se desliza, cuando lo hace. “Yo crecí con ellos”, señala la mamá. Ese texto, que podría ser dicho por muchas de nosotras, en este caso, puede tener otros sentidos, pero apenas se enuncian.

Fiel a los designios de género que suponen a las mujeres –ante todo- como madres, el relato avanza omitiendo toda lectura de género y cualquier atisbo de perspectiva social. Desconocemos, en verdad, cualquier información sobre el contexto socioeconómico en el cual transcurre los días esta singular familia. No nos queda más que adivinar cuáles son los malabares que desarrolla de forma cotidiana esta joven mamá multípara. La impronta maternalista parece teñir cualquier interrogante. O responderlo a media lengua, mucho antes de ser enunciado.

El maternalismo no es una novedad en la sociedad argentina. Tampoco lo es en los medios de comunicación. A pesar de las profundas transformaciones sociales, de la participación política y económica de las mujeres, de la importante proporción de hogares con jefatura femenina; a pesar de la ley de matrimonio igualitario, e incluso de la posibilidad de elegir la identidad de género, las madres siguen siendo narradas como personas “naturalmente” incondicionales y abnegadas.

En este caso, el mensaje es acotado y sesgado. Presume la “naturalidad” como parte central de la maternidad, el afecto como una disposición que “todo lo puede” y, en última instancia, la reificación de la mujer, con atributos heroicos (“la supermamá”), que armada de humor e infinita paciencia logra sostener a sus seis hijos.

Discursos que hacen parte de la vida cotidiana en familias y en empresas, perspectivas que todavía sustentan buena parte de las políticas sociales.  Formatos que, aún en el siglo XXI, se siguen multiplicando en “el gran diario argentino”. (...)




Fragmento de un texto de Marie Langer:
eso que llaman instinto maternal
... “el amor en más” (L’amour en plus) de Elizabeth Badinter, que demuestra que no siempre bastaba, tener hijos, para despertar al instinto y amor maternal. Ella describe, como, desde el siglo XVII en delante, hasta bien entrado el siglo pasado, la población urbana francesa solía desembarazarse de sus recién nacidos mandándolos al campo, al cuidado de amas de leche campesinas. El resultado fue una mortalidad infantil enorme y una baja preocupante a la larga, para los gobernantes, del índice de aumento de la población. Demuestra la autora, a través de su libro, como las madres de entonces carecían totalmente de “instinto maternal”, pero también, como éste fue creado, “el amor forzado” lo llama Badinter, con el tiempo por el desarrollo de una filosofía y moral impuesta. Fue Rousseau, quien inventó a través de la pareja ideal, Emile y Sofie, a la mujer suave, indefensa, de inteligencia práctica y dedicada totalmente a la atención del esposo y a la crianza de sus hijos. Sostiene que Freud y sus seguidores, especialmente Helene Deutsch, Melanie Klein y Winnicott, serían los últimos herederos de la ideología roussoniana. Predice una época nueva, en la cual ya no toda la responsabilidad para la crianza y salud mental de los hijos, recaiga sobre la madre, sino donde se estaría despertando el “instinto paterno”. Daré como ejemplo el éxito de taquilla que obtuvo, unos años atrás la película Kramer vs. Kramer como también una nueva modalidad en los divorcios. Hay madres que deciden “hacer su vida” y padres que eligen quedarse con los hijos.


domingo, 10 de agosto de 2014

‘Estela, tú eres abuela’

La llegada del norteamericano Clyde Snow y la creación del Equipo Argentino permitió identificar a cientos de NN. En este caso, en 1985 pudo establecer cómo fueron asesinados los padres de Guido Montoya Carlotto y que Laura había tenido un bebé.



Con casi un cuarto de siglo de diferencia, el trabajo de los antropólogos forenses derivó en aportes sustanciales para la reconstrucción de la historia familiar de Ignacio Hurban, el joven músico que esta semana conoció su verdadera identidad y supo que es el nieto que Estela de Carlotto buscaba desde 1978. En el caso de su madre, Laura Carlotto, la exhumación del cuerpo y la pericia encabezada por Clyde Snow, fundador del Equipo Argentino de Antropología Forense, implicó para Estela en 1985 la confirmación del nacimiento de Guido, como lo llamó su hija. En el caso del padre, Oscar Walmir Montoya, el avance de la ciencia y su aplicación al servicio de la investigación del genocidio argentino permitió ni más ni menos que la identificación de los restos, un logro impensable sin la posibilidad del cruce masivo de muestras de ADN en el marco de la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas.
El 27 de agosto de 1978, sin ningún documento que acreditara su identidad, Estela y su esposo Guido Montoya Carlotto enterraron a Laura en el cementerio de La Plata. Por el contacto con sobrevivientes de La Cacha y el testimonio de un ex conscripto conocieron detalles de su cautiverio y del nacimiento de su nieto. Pero fue recién tras el retorno de la democracia, en 1985, cuando esa certeza tuvo por primera vez un respaldo científico. “Estela, tú eres abuela”, fueron las palabras de Snow que la presidenta de Abuelas recordó una y otra vez.
Abuelas de Plaza de Mayo y la Conadep habían recurrido un año antes a la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, la ONG estadounidense que contactó a Snow. Poco después el antropólogo llegó al país, explicó que a partir del estudio de los huesos se podía reconstruir parte de la historia de las víctimas, dio con un grupo de estudiantes de antropología y medicina que aceptaron el desafío de asumir un trabajo “sucio, deprimente y peligroso”, como lo definió Snow, y creó el EAAF.
“Hice exhumar el cuerpo y el Equipo de Antropología Forense lo examinó a fondo para determinar con exactitud todo lo que los militares habían negado”, contó Estela en 1999 durante una entrevista con la periodista Gabriela Castori en la revista El Mensajero. “El deterioro de su dentadura probaba su largo secuestro; por la pelvis supimos que había tenido un bebé y por las balas que tenía alojadas en el cráneo, que había sido ejecutada con una Itaka disparada a 30 centímetros, por la espalda”, relató. “Así reuní elementos de prueba para la Justicia y para demostrar en el exterior, donde teníamos causas abiertas, qué era lo que había pasado. Esta vez sí quise verla. Vi sus huesitos, su pelo, la vi a ella, la vi. Y cerré el duelo y nunca más necesité ir al cementerio”, agregó.
En 2004, al declarar en el Juicio por la Verdad de La Plata, Carlotto recordó que familiares y amigos presenciaron la exhumación. “Vi sus huesitos, pero era ella, tenía el corpiño que le había regalado Alcira Ríos, tenía las medias que le habían visto ponerse, un zapato, porque el otro apareció en el cajón cuando exhumaron a Carlos Lahite”, con quien la habían ejecutado. “Ahí en el cementerio, después de cepillar y tocar casi religiosamente esos huesos, el doctor Clyde Snow me llamó aparte y me dijo ‘Estela, tú eres abuela’, porque los huesitos de la pelvis tenían las marquitas de cuando un bebé se apoya hasta el momento de nacer.”
“Ese informe meticuloso, científico, está agregado a todos los expedientes de la Justicia en el país y en el exterior, porque dice claramente que Laura fue asesinada, que para reducirla le quebraron un hueso del brazo, que se resistió, que en el suelo y de espaldas le dispararon con armas de grueso calibre a 30 centímetros de distancia en la cabeza, porque las cápsulas estaban dentro del cráneo, y además balearon su vientre para no poder probar la maternidad. Todo eso demuestra que tengo un nieto”, recordó ante los jueces de la Cámara Federal platense.
La incertidumbre de la familia Montoya duró varios años más. “Puño”, como lo apodaban, también estuvo secuestrado en La Cacha y fue asesinado el 27 de diciembre de 1977, mientras Laura sobrellevaba en cautiverio su tercer mes de embarazo. Sus restos habían sido enterrados como NN en el cementerio de Berazategui, de donde los antropólogos forenses lo exhumaron el 3 de abril de 2006 por orden de la Cámara Federal porteña. El único dato de la burocracia de la época era el acta de defunción, que señalaba que dos hombres habían muerto ese día en un enfrentamiento en calle 4, entre 30 y Carlos Pellegrini, de esa localidad. De la exhumación y el estudio de los huesos surgió que Montoya tenía no menos de 16 impactos de bala en “el cráneo, tórax, miembros superiores e inferiores”. La versión oficial del enfrentamiento sumada a las evidencias del fusilamiento, marcas registradas de la dictadura, no dejaban dudas sobre el rol del Estado terrorista. La cantidad de casos similares y la incertidumbre sobre el destino de miles de desaparecidos, sin embargo, impedían establecer una hipótesis específica sobre las identidades.
Mientras los restos de Montoya se mantenían a resguardo en el EAAF con la identificación BZ 9/69 (por el cementerio de Berazategui y el número de sepultura), su hermano Jorge y sus padres, José Montoya y Hortensia Ardura, dejaron muestras de sangre en el marco de la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas. El cruce masivo de muestras de ADN hizo el resto. En octubre de 2009 la Cámara que preside el juez Horacio Cattani, impulsor de las identificaciones desde hace dos décadas, confirmó que los restos de uno de los ejecutados en Berazategui correspondían a Montoya. La familia los cremó y esparció sus cenizas en un campo de Cañadón Seco, a once kilómetros de Caleta Olivia, en Santa Cruz, donde vivió su infancia. Antes la Cámara Federal mandó una muestra de ADN al Banco Nacional de Datos Genéticos, paso que le permitió a Ignacio “saber quién soy y quién no era”, como resumió el viernes durante su presentación en sociedad junto a su familia.

Página 12


"Estela", un documental sobre Estela de Carlotto


En el documental "Estela", en el minuto 36´, Clyde Snow, fundador del Equipo Argentino de Antropología Forense, cuenta muy emocionado sobre el trabajo que llevó a cabo. 

"Estos huesos encerraban una historia. Los huesos de Laura... nos estaban diciendo: ´busquen a mi hijo´." 

jueves, 7 de agosto de 2014

El nieto 114. Aparecidos.

Por Maru Ludueña

Estela de Carlotto se enteró de que su nieto era un joven pianista a quien sus amigos describen como “solidario” y “bueno para la escritura”. María Eugenia Ludueña, autora de “Vida y militancia de Laura Carlotto”, reconstruye una búsqueda que duró 36 años. ¿Por qué un caso tan singular, el de una joven militante secuestrada y asesinada atraviesa y conmueve como si se tratara de alguien de nuestra familia?

El viaje más largo de la vida de Estela Barnes de Carlotto empezó aquella tarde de invierno, en agosto de 1978, con una citación para presentarse en la comisaría de Isidro Casanova. Ella, su marido y su hermano, el padrino de Laura, se subieron a la furgoneta color crema. Horas después estaban en el despacho de un comisario y les entregaban el cuerpo de Laura, el cráneo y el vientre destrozados por las balas. Aquella vez, cuando le informaron la muerte de su hija con absoluta frialdad, fue la única en que la madre de Laura perdió la moderación. “¿Cómo que falleció? ¡La tuvieron nueve meses para matarla!”. Estela siguió gritándoles: canallas, cobardes, asesinos, criminales. Pero antes de dejar al despacho, se tomó un segundo para preguntar al subcomisario:

—¿Y qué pasó con el bebé?

Se había enterado del embarazo a través de alguien que había compartido el cautiverio con su hija en un tramo de esos nueve meses -toda una cifra- en que la mayor de los cuatro hermanos Carlotto estuvo desaparecida. 

—No sé —respondió el subcomisario—. Cumplo órdenes del ejército. Del área de operaciones 114.  

Quizás ese viaje largo de Estela y de la familia Carlotto haya terminado ayer.

El 5 de agosto de 2014, como casi todos los días, Estela subió al auto en la puerta de su casa en un barrio de Tolosa. Desde la muerte de su marido vive sola y no cambió de idea con las ráfagas de ametralladora que atravesaron la pared del frente en 2002. Ni tampoco cuando en 2009 desconocidos atacaron el auto del policía esta­cionado en la puerta. Desde entonces vive con custodia. Ayer, otro día de agosto, casi 36 años después, el chofer encaró hacia la autopista para recorrer esos 55 kilómetros que separan La Plata de la ciudad de Buenos Aires, donde está la casa central de Abuelas. Pero antes debía resolver un trámite en el juzgado de María Romilda Servini de Cubría.

El libro que escribí sobre Laura Carlotto tenía un final abierto, feliz. Di muchas vueltas para escribir el principio y el final de la vida de Laura, como si en esos aspectos narrativos se jugaran también cuestiones vitales del recorrido de Estela. Recién ahora me doy cuenta: empecé el libro con la idea de que Estela empezaba el viaje más largo de su vida el día que iba -sin saberlo- a encontrarse con el cuerpo de su hija. En el final del libro no suena un teléfono, pero suena un timbre. 



*** 


En Tribunales tramitan varias causas por identidad de hijos de desaparecidos, entre ellos el de Laura. Estela bajó del auto, caminó con su bastón por la planta baja del Palacio y entró sola al despacho de Servini de Cubría. La jueza la estaba esperando. Ella, el secretario y representantes del Banco Nacional de Datos Genéticos le dieron la noticia en dos oraciones: “Se recuperó otro nieto varón”, escuchó Estela primero. Y de inmediato: “Es tu nieto”.   Entre abrazos y llantos, Estela llamó por teléfono a sus hijos. Remo, el menor, el diputado nacional, corrió hasta Tribunales a acompañar a su madre, feliz y preocupado porque recibiera la noticia sola: es una señora de 83 años.   Claudia, la segunda hija después de Laura y la compañera férrea, todavía estaba en su casa de La Plata cuando Estela la llamó. Lloraba. Lloraba y más allá de la conmoción no entendía: según las reglas, ella como presidenta de  la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi) es habitualmente la encargada de dar la noticia. Entre lágrimas llamó a Kibo. Por el tono conmovido de Claudia, él enseguida lo intuyó. Las palabras de su hermana ya forman parte de lo que no se olvida: “¡Encontramos a Guido, mi amor!”, le dijo ella. Kibo todavía se ríe: jamás en la vida su hermana lo había llamado así.   Hace 37 años Claudia estaba exiliada temporariamente en Paraguay cuando supo que su hermana Laura estaba embarazada. Aquella vez ella sostenía en brazos a la primera de sus seis hijos: “Cuando me enteré, me daba la cabeza contra la pared del baño, literalmente –recuerda Claudia–. Decía: ‘Esto no puede ser peor’. Pobre. Yo tenía mi beba en brazos y pensaba ‘a mí me sacan la nena y yo qué hago’. Dios mío, parir ahí, que le saquen la criatura. ¡Qué van a hacer con ese bebé! Se me hizo carne. Mi nena tenía meses. Fue terrible. En ese momento dije: ‘Ojalá que lo pierda, para que no se lo saquen’. Después me arrepentí mucho, pero fue pensando en evitar el sufrimiento, el que yo hubiera sentido si me quitaban a mi hija”.   Ayer Claudia se paseaba por la Casa de Abuelas –tomada por abuelas, nietos, periodistas- celebrando con sus hermanos, sus hijos, sobrinos y nietos, escapando de las cámaras y pendiente de su sobrino restituido. “Da un poco de angustia. Él necesita tiempo para procesar todo esto. Nosotros venimos hace años y fuimos muy cuidadosos. Todavía no sabemos cuándo será el encuentro”. Estaba preocupada: se habían filtrado datos que permitían identificarlo. Él se había presentado espontáneamente en julio en Abuelas con sospechas sobre su origen y había sido derivado a la Conadi. A Claudia el caso no le llamaba la atención: el organismo lleva alrededor de ocho mil casos. El 24 de julio se hizo el examen de ADN. En general, en estas presentaciones espontáneas, el Banco Genético gira una copia del informe a la Conadi. Casi siempre es Claudia quien da la noticia cuando no se abre una vía judicial. Pero en el juzgado de  Servini de Cubría estaba hacía años una causa y el Banco giró la data al juzgado.   Con la noticia de que el hijo de Laura vive en Olavarría, tiene 36 años y es músico, los Carlotto, además de rebosar felicidad, se sacaron de encima algunos temores bien guardados. El peor, no sólo para ellos: que Estela se fuera de este mundo sin conocerlo. Que Guido hubiera fallecido por alguna enfermedad. O que hubiera sido criado en una familia con militares recalcitrantes. Por eso ayer Claudia decía “Estoy tarada”. Y repetía dos palabras como mantras: felicidad y alivio. Guido Montoya Carlotto es un joven pianista que se acercó a Música por la identidad, a quien sus amigos ayer describían por las redes como “solidario” y “bueno para la escritura”.

 






Al conocerse el análisis de ADN también se develó otra incógnita: quién es el padre de Guido Ignacio. Los Carlotto tenían presunciones sobre el último compañero de Laura, pero nunca las dieron a conocer. Porque recién ayer con los resultados de ADN se confirmaron. Walmir Oscar Montoya, El Puño, militante montonero, 25 años, era el famoso “petiso” o “chiquito” del que Laura le habló a Remo, su protegido, o a Kibo, su compinche.   Apenas Estela la llamó para contarle, Claudia le pidió por favor a la jueza que no le dijera nada directamente al joven, quien ya había advertido que prefería no recibir esa información en un juzgado. Claudia y Estela se reunieron en Abuelas. Y Claudia, temorosa de que el chico se enterara por televisión, se comunicó con Olavarría para decir esas palabras que llevan tanto tiempo atragantadas: sos hijo de desaparecidos. Sos Carlotto, el nieto de Estela y además, mi sobrino.


***  




—¡Abuelita! ¿Va a alcanzar el estofado de los domingos?—. Uno de sus 14 nietos la abrazaba y Estela se reía a carcajadas: “la pastaciutta!”.  La Casa de las Abuelas estaba de fiesta una vez más. La sala donde Estela dio la conferencia de prensa, en el primer piso, se llenó rápido. La mayoría debió contentarse con esperar en las escaleras donde los ministros, funcionarios y legisladores –Alak, Tomada, Fresneda, entre otros- tenían que luchar cuerpo a cuerpo para avanzar un escalón. Otros miraban la conferencia por la pantalla de los celulares. Sobre Virrey Cevallos, la vereda estaba inundada de gente. Los autos al pasar tocaban bocina igual que cuando Argentina hacía un gol en el Mundial. Las redacciones de la Argentina pusieron “pausa”. En las oficinas la gente dejaba sus escritorios y se agrupaba alrededor de los televisores. Millones lloraban frente al televisor. Estela exudaba un brillo extra en los ojos y en la voz, estrenaba una sonrisa más amplia, implacable. 


Juano, su nieto, también es músico: “Todavía no caigo, no lo puedo creer. Me enteré a las 4 de la tarde, como todos”. Como todos: pocas noticias entrañan semejante poder simbólico. El arte de hacernos sentir envueltos en alguna clase de nube que estremece, sacude, hermana. A vuelo rasante, en la última década solo la muerte de Néstor Kirchner nos sumió en alguna caravana emocional semejante, con todos los matices: la sensación de que pasa algo urgente, importante, irrepetible, que no tiene vuelta atrás, estés donde estés parado. En el caso de Néstor, fue la contracara: la tristeza, el arrebato del final del interrogante: ¿qué hubiera pasado si…? La noticia de Guido, en cambio, es la alegría. Hay alegrías que no tienen banderas. Ayer los únicos que no celebraban eran los trolls de la derecha que cada tanto se animaban a tuitear aquello de que Estela nunca fue abuela.  

El hallazgo de Guido Montoya Carlotto es una historia que abre interrogantes para todas las disciplinas. ¿Qué se hace con los abrazos y los besos acumulados en 36 años? ¿Por qué un caso tan singular –el de una joven mujer militante secuestrada, desaparecida, asesinada, obligada a parir con grilletes, el de un bebé que fue arrancado de los brazos de la madre a las 5 horas de nacer y pasó 36 años sin saber quién era- atraviesa y conmueve como si se tratara de alguien de nuestra familia? ¿Porque es una historia que representa a otras tantas que encarnan que sólo con perseverancia y organización colectiva es posible conseguir y transformar? ¿Porque enseña que más temprano que tarde sin reposo el velo de la mentira cae? ¿Porque el bien triunfa sobre el mal a pesar del siniestro pacto de silencio de los represores? (¿Cómo es que solo uno de ellos se atrevió a dar algún dato que sirvió para localizar a dos nietos?) ¿O porque 36 años es demasiado tiempo para la directora de una escuela que tres días después de enterrar a su hija se entera que le salió la jubilación que había pedido para dedicar el día entero a buscar a su nieto? (“Tranquila hija, que yo sigo acá abajo buscando”, le decía Estela a Laura) ¿Porque el bebé y la mamá se vuelven a reunir, 36 años después, en esos dos rostros donde a simple vista se adivinan los parecidos: el de Ignacio o Guido, la nariz, la forma de la cara y el semblante de Estela, los ojos inolvidables de su madre? ¿Porque en esta aparición de un nieto se respira también la aparición de una madre? ¿O estremece simplemente por eso, porque se trata nada más, y nada menos, que de una aparición? 




Estoy demasiado conmovida para seguir escribiendo. Me quedan muchas preguntas por hacerle a la familia Carlotto. A Ignacio Guido. Al fin y al cabo contar la vida de Laura fue una idea de Estela dedicada a él. Me seguiré preguntando, entre tantas cosas, por qué después de que los Carlotto y varios equipos de investigación se rompieran la cabeza durante años, hilando datos, cruzando nombres, operativos, jurisdicciones de fuerzas, cómo fue que el hallazgo se dio al revés: por alguna astilla clavada en la biografía de Ignacio. Pero también en qué medida cada paso ayudó a este final feliz y también doloroso. 36 años es mucho tiempo, podría haber sido más. Es menos porque Abuelas, y porque las compañeras de cautiverio de Laura en La Cacha dieron unos testimonios valientes que probaban su embarazo y su parto, y porque la exhumación de Clyde Snow –el fundador del Equipo Argentino de Antropología Forense- demostró que en los huesos de su cadera había anidado un bebé y por los juicios y por tantos esfuerzos más.   Me seguiré preguntando también por qué para escribir este texto tan arrebatado vuelvo a necesitar los conjuros de Laura: su retrato cerca, un poema de Urondo y otros ritos secretos que invoqué mientras contaba su historia en un libro.  La miro y hoy su mirada –esa que mira a todos lados y a ninguna parte- me parece aún más certera y firme, tan implacable como la sonrisa de Estela.   Y me seguiré preguntando mientras viva: cómo se explica que ayer por la mañana me desperté sobresaltada, a las 4:30 de la madrugada y ya no me puede dormir. El sueño me había perturbado. Había soñado con Estela. Era una escena de apariencia familiar: la mamá de Laura estaba recostada sobre una cama. Mi hijo entraba y salía del sueño sin motivos. Y Estela me decía: “Creo que voy a necesitar un té”.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Tras 36 años de búsqueda incansable ESTELA encontró su nieto

Al final, Guido también buscó a Estela
Guido Montoya Carlotto –que se crió con otro nombre en Olavarría– se acercó a las Abuelas de Plaza de Mayo con dudas sobre su identidad. “Es un triunfo de todos los argentinos”, dijo Estela de Carlotto, su abuela.

Por Victoria Ginzberg
Celebró cada encuentro como si fuera propio. Se angustiaba cuando las historias se complicaban y se alegraba cuando el regreso se allanaba. Todos los nietos fueron un poco de ella. Por eso, ayer, su nieto fue un poco de todos. Estela Barnes de Carlotto, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, pronto podrá abrazar a Guido, el hijo que su hija Laura tuvo en junio de 1978, mientras estaba secuestrada. “Encontramos a tu nieto”, le dijo ayer al mediodía, en el juzgado, la jueza María Servini de Cubría, aunque en realidad Guido se encontró solo, gracias a los años de trabajo, tenacidad y creatividad de las Abuelas de Plaza de Mayo. Porque al final, Guido también buscó a Estela.
Hace unos quince años, cuando las Abuelas comenzaron a entender que los nietos que buscaban habían dejado de ser niños, que eran adolescentes o adultos, ampliaron su estrategia. Ya no se trataba de espiarlos en la puerta de la escuela, sino de interpelarlos. ¿Vos sabés quién sos?, fue la frase que eligieron para abrir esa nueva etapa. Y la escribieron en una pancarta que colgaron en un recital de rock que organizaron.
En junio, un joven mandó un mail a las Abuelas de Plaza de Mayo con esa duda a cuestas. Hace un par de semanas, tocó la puerta de la sede de la institución. Sabía que los que consideraba sus padres biológicos no lo eran. Se lo había confesado alguien cercano a la familia. Sospechaba que podía ser hijo de desaparecidos. Lo derivaron a la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi) que dirige Claudia Carlotto. Su sangre se cruzó con las muestras del Banco Nacional de Datos Genéticos y ayer estuvieron listos los resultados: sus padres eran Laura Carlotto y Walmir Oscar Montoya. El dato de filiación paterna tiene su historia, ya que la familia Carlotto no estaba segura de quién era la pareja de Claudia, debido a que por la militancia clandestina de ambos no conocía su nombre. La aparición de Guido, por lo tanto, también permitió llegar a esta certeza.
La información de la prueba de ADN no llegó a Conadi, sino que fue llevada a Tribunales, porque allí había una causa abierta por la desaparición de Laura y la apropiación de Guido. Así fue que Servini de Cubría fue quien le dio la noticia más esperada y a la vez inesperada a Estela. Cuando estaba saliendo del juzgado, recibió un llamado de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. “Decime si es cierto”, le dijo CFK. “Lloramos juntas”, contó después Estela.
En la sede de las Abuelas, su segunda casa, se juntó con sus hijos Claudia, Kibo y Remo, sus otros trece nietos y sus dos bisnietos. Luego fue llegando su segunda familia: sus compañeras, colaboradores, amigos, nietos encontrados y hermanos que todavía buscan a sus hermanos. “Es artista y vive en el campo y le dijeron que se parecía a mí”, contaba Estela, entre abrazos. Estaba contenta y sorprendida porque Guido había participado en el ciclo Música por la Identidad, organizado por Abuelas. Y también agradecida porque estuviera vivo, porque estuviera sano, porque estuviera cerca. Al rato, el lugar se pobló de periodistas, fotógrafos y cámaras de tv. Para ese momento ya se sabía que Guido había sido criado en Olavarría y crecido con el nombre de Ignacio Hurban, datos que habían sido difundidos por el juzgado, pero que las Abuelas y la familia Carlotto habían intentado preservar en la intimidad para que no se generara un acoso sobre el joven y, así, tuviera tiempo de procesar la noticia que le había cambiado la vida.
“Por suerte me hice un estudio cardíaco hace poco. Y está todo bien. Ahora quiero tocarlo, mirarlo a la cara. Ahora tengo a mis 14 nietos, la silla vacía ya no lo estará y los portarretratos vacíos van a tener su imagen. Lo he podido ver y es hermoso. Es un chico bueno. Se cumplió lo que dijimos las Abuelas, que ellos nos van a buscar”, dijo Estela, durante la conferencia de prensa que se armó en la sede de las Abuelas por la tarde. Allí estaba Estela con una falda escocesa, un suéter naranja y un saquito marrón, la ropa que se había puesto por la mañana, cuando todavía no imaginaba que ese día sería diferente a todos.
“Quiero compartir esta alegría enorme que nos brinda hoy la vida, de encontrar lo que busqué y buscamos tantos años. Que Laura sonría desde el cielo. Porque ella lo sabía antes que yo: ‘Mi mamá no se va a olvidar de lo que me hicieron y los va a perseguir’”, dijo Estela al recordar una frase que su hija les dijo a sus asesinos antes de saber que su madre se convertiría en un emblema en la lucha contra la impunidad, la memoria y la justicia y que no sólo perseguiría a los responsables de la muerte de su hija y de la apropiación de su nieto, sino a todos los que participaron en los crímenes del terrorismo de Estado. “Y yo no persigo más que justicia, verdad y el encuentro de los nietos. Laura estará diciendo ‘ganaste esta batalla’.”
Atrás de Estela lloraba Tatiana Sfiligoy (Ruarte-Britos), la primera nieta encontrada por Abuelas. Lloraba también Lorena Battistiol, que busca a su hermano o hermana desaparecido. Y reían muchos jóvenes que recuperaron su identidad, como los diputados Juan Cabandié y Horacio Pietragalla, Victoria Montenegro, Francisco Madariaga y Guillermo Pérez Roisinblit. También estaba el secretario de Derechos Humanos, Martín Fresneda, él mismo un hijo que busca a su hermano, y el diputado Wado de Pedro, otro hijo, al igual que Carlos Pisoni, subsecretario de Promoción de Derechos Humanos. Los ministros de Justicia, Julio Alak; de Trabajo, Carlos Tomada, y de Ciencia y Tecnología, Lino Barañao, también se acercaron a acompañar a Estela.
La presidenta de Abuelas no quiso dar precisiones sobre la familia que crió a su nieto, “quizá inocentemente”. Dijo que sabían quién lo había entregado, pero que esa persona está muerta. “Esto es para los que todavía dicen ‘basta’, los que pretenden que olvidemos como si nada de esto hubiera pasado. Hay que seguir buscando para que todas las Abuelas sientan lo que siento hoy. Lo que yo quería era no morirme sin abrazarlo y pronto lo voy a lograr”, señaló. También contó que tiene un montón de cajas llenas de remeras y prendedores que juntó y guardó durante todos estos años por todo el mundo “para que vea en cuántos lugares lo buscamos”.

Estela agradeció a Dios, a sus compañeras, a los nietos, al pueblo y a la democracia. Y dijo que la aparición de su nieto era un triunfo de todos los argentinos. Antes de terminar salió al balcón. A uno pequeño que daba sobre la calle Virrey Cevallos, donde se había quedado la gente que no había podido entrar en la casa de Abuelas, miembros de organismos de derechos humanos, amigos, pero también vecinos del barrio que se habían acercado para saludar a Estela. Antes, la presidenta de Abuelas había dejado claro que el encuentro de su nieto no significaría que disminuiría su esfuerzo y dedicación para buscar a los 400 jóvenes que faltan, sino todo lo contrario: “Los chicos están, más cerca o más lejos, están esperando que los encontremos. Los esperan la libertad y el amor. Me preguntan de dónde saco mi fuerza... de mis hijos, de Laura”.





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domingo, 3 de agosto de 2014

El fuego y el veneno


Dos libros que honran y actualizan la figura de Alfonsina Storni.

Por Paula Jiménez España
No era decepción, ni anhelo por lo que no había elegido; no era el padre que su hijo no tuvo ni el marido que ella no quiso, segura de que todos los hombres le serían infieles. No era ese resentimiento, ni esa soledad, ni las formas falsas de la protección, sino la rabia. La rabia que impulsó en parte su escritura. La rabia de quien nace a contrapelo de su época y ve los valores más anquilosados oponerse al progreso, al cambio, a la liberación. Ni en su prosa ni en su poesía Alfonsina se ahorró, como le hubiera correspondido a una chica de su tiempo, los sentimientos de enojo y el gesto rupturista que se despliegan tanto en Un libro quemado, que reúne parte de su obra periodística (acompañada por las imágenes del pintor Pablo Lozano), como en Esta es mi Storni, la antología recientemente editada por Ediciones en Danza y curada por la poeta Diana Bellessi. Ambos libros le rinden –sin excusa aniversario– un merecido e inesperado homenaje en 2014.
“Odio tremendo, como nada fosco,/ odio que truecas en puñal de seda,/ odio que apenas te conozco,/ queda”, dice en el remate de su impresionante poema “Odio...” la Storni. Y sobre él, Bellessi explicará en el prólogo: “Son versos endecasílabos con su claro acento, claro como el odio, en cuarta y octava para quebrar el próximo y rematar, como un hachazo, con una palabra Queda; rimas finales y rimas asonantes le otorgan una pasión a este odio como pocas veces he visto”. Con Esta es mi Storni, la autora santafesina ha intentado recortar un perfil de Alfonsina que se aparte de aquel otro, un tanto tranquilizador, levantado alrededor de la “poetisa” (término peyorativo si los hay) romántica y sujeta en su escritura a las estructuras métricas convencionales. Esta Alfonsina, la de Diana, se revela aquí como una rara avis poética: en sus construcciones, en sus cortes de verso, en sus imágenes y temas. Un tono activo, o más bien agresivo –vengativo– gobierna algunos de estos poemas, mayormente de versos cortos y contundentes. El soneto “Amor” comienza con un reniego que contiene la perla del dolor y que recuerda aquel descarnado “Maldigo” de Violeta Parra; dice: “Baja del cielo la endiablada punta/ con que carne mortal hieres y engañas./ Untada viene de divinas mañas/ y cielo y tierra su veneno junta”. Intensamente amargos, estos versos muestran la imagen de una Storni biliosa, arrojada al mar desde las piedras de la escollera del Club Argentino de Mujeres y no la de la dulce mujercita que se deja sumergir entre las olas como en un sueño. El mito popular, que incluye una versión light de su muerte, sin duda buscó suavizar la estampa de esta guerrera tan cercana a las anarquistas de La voz de la mujer como a la lírica apasionada de Delmira Agustini.
Alfonsina periodista
La compilación de su obra periodística escrita entre 1919 y 1920 y recientemente publicada por Editorial Excursiones, toma su nombre de uno de los primeros artículos allí reunidos. Según Un libro quemado, la producción filosófica de Santa Teresa de Jesús inspirada en el Cantar de los Cantares, fue echada al fuego por fray Gerónimo Gracián y el motivo de tal incineración no es otro que el género de su autora (“Callen las mujeres en la iglesia de dios”, San Pablo). Y en consonancia con la lentitud histórica de la que en otro de sus textos la misma Alfonsina se queja en relación con el avance en las condiciones de vida de las mujeres, resulta curioso cómo sus escritos llegaron a ser publicados en medios masivos como La Nota y La Nación en los albores de la década del ’20.
Habían pasado cuatro siglos desde la literatura de Teresa y afortunadamente Storni tuvo más suerte que la religiosa, y que muchas: no solo porque su producción no terminó en cenizas, sino porque además esta poeta, periodista y narradora nacida en Suiza en 1892 y cuya familia se radicó en la Argentina cuatro años después, logró levantar su voz en medio de un silencio “femenino” generalizado. Y mientras el siglo XX se perfeccionaba en la creación de estereotipos domesticadores (amas de casa obedientes y laboriosas, trabajadoras de oficios, jóvenes modernas) apuntados en revistas para mujeres y de moda, Alfonsina, excusada en que quizás lo suyo era “demasiado personal”, deconstruía, de puño y letra, los caminos de la sujeción y criticaba duramente lo que la mayoría de las mujeres aceptaba con ojos cerrados. Tenía 28 años durante la publicación de estos escritos periodísticos –firmados con su nombre o con el seudónimo de Tao Lao– que si de algo carecen, felizmente, es de inocencia. Alfonsina lo supo: la trama es todo y de infinitas puntas está hecho el ovillo del sometimiento, principalmente –y en esta denuncia es reiterativa e implacable– de esa punta de la que tiramos las mujeres como reproductoras de los prejuicios contra nosotras mismas. Enmascaradas enemigas íntimas, las de comienzos del siglo XX, al igual que sus antecesoras seguían señalando con el dedo a cualquiera que rompiera el molde: una madre soltera, por ejemplo (condición que le preocupaba particularmente y que según algunas biografías terminó convirtiéndose en el tema de la paranoia que padeció en sus últimos tiempos). Para Alfonsina, la especie humana es, desde esta observación, “el único individuo zoológico” capaz de convertir a la maternidad en una “vergüenza”. “Si la virtud ha costado tanto para conservarla que endurece el alma y la cierra para comprender todo error, entonces tanto valía no tenerla”, dice en su artículo “La mujer enemiga de la mujer”. Es que la crudeza, la definición, la claridad en sus opiniones, distinguieron su escritura periodística como también lo hizo la ironía: procedimientos para vaciar en el terreno literario el peso de un alma atormentada por las injusticias.
Sin rodeos ni eufemismos, Alfonsina fue capaz de describir a las mujeres de su tiempo a través de estos artículos (“La irreprochable”, “La emigrada”, “La impersonal”, “La madre”, etc.) y de desentrañar en ellos los complicados mecanismos “femeninos” que a Freud, en la misma época, le resultaron misterios insondables. “Pero en la mujer sin más dotes que ella misma, su condición de sometido, económicamente, también aumentará su complejidad. Porque todo sometido es más complejo que el sometedor. Los servidores, pertenezcan a cualquier sexo, suelen tener idiosincrasia femenina”, dice en “La complejidad de la mujer”, uno de los artículos más deslumbrantes de este libro que arde, sobre todo, con el fuego de la disconformidad, la disidencia, y una bronca nodal, que lo torna sanguíneo y apasionado. Tal bronca es el resorte para el cuestionamiento de todo el orden cultural, no solo en lo que se refiere exclusivamente a las mujeres. Alfonsina disparó contra una estructura mayor. Buscó desnaturalizar el ritual de la muerte, poner en el tapete los convencionalismos que nos impiden como cultura acompañar los procesos vitales y expuso lo decadente de una institución matrimonial sobre la que pocas jóvenes de su tiempo osaron opinar: “Concibo el matrimonio como una alta institución del espíritu, cuyo único vínculo positivo es el fino amor, el hondo amor, el respeto profundo, la tolerancia delicada. Pero a mi alrededor he visto siempre pobres cosas, tristes negocios, incomprensión, ignorancia”. Esta tristeza que claramente Alfonsina experimentó ante el panorama reinante no pudo más que ir acompañada de una secreta sublevación; furia apresada en la hermética y armónica estructura de uno de los poemas más conmovedores de Esta es mi Storni; se llama “Frente al mar” y dice: “Vulgaridad, vulgaridad me acosa./ Ah me han comprado la ciudad y el hombre./ Hazme tener tu cólera sin nombre:/ Ya me fatiga esta misión de rosa// ¿Ves al vulgar? Ese vulgar me apena,/ me falta el aire y donde falta quedo./ Quisiera no entender, pero no puedo:/ Es la vulgaridad que me envenena”.