martes, 11 de noviembre de 2014

Aurora Bernárdez, un gran apoyo a la literatura y a la cultura



Conocí a Aurora Bernárdez 
y a Julio Cortázar en 1958, en París. Siempre me impresionó su inteligencia y cultura literarias. Era una verdadera maravilla oírlos hablar cuando estaban casados. Expresaban una inteligencia como si la hubieran ensayado, casi teatral. La cultura literaria y personal de Aurora era tan rica como la de Julio. Siempre creí que en ella había una escritora que no se manifestaba, pero que en un gesto de generosidad y heroísmo decidió que en su familia solo hubiera un escritor. La mejor época literaria de Cortázar fue a su lado.
Fue una traductora espléndida de varios idiomas y de autores importantes como Sartre, Durrell y Calvino. Ayudó a Cortázar cuando tradujo Memorias de Adriano, de Yourcenar.
Era una persona extraordinariamente delicada, con un tacto exquisito en la conversación. Quienes los conocimos pensábamos que formaban la pareja perfecta, que nunca se iban a separar. Se volvieron a juntar cuando él estaba enfermo. Fue muy buena idea que Julio la dejara como albacea literaria porque hizo ediciones póstumas excelentes.
Se pierde a alguien muy valioso, no sólo por la enorme ayuda y colaboración que prestó a Julio en su mejor época como escritor, sino por ella misma, porque a través de sus traducciones dio un enorme apoyo a la cultura y a nuestra lengua. Era de esas amistades que enriquecen.
El verano del año pasado tuve un diálogo con ella muy bonito, en El Escorial, por los homenajes a Cortázar con motivo de los 50 años deRayuela. Me emocionó verla, después de tanto tiempo, y comprobar que estaba bien y seguían intactas su energía y su curiosidad. Era genuinamente modesta, y a lo largo de toda su vida procuró ser invisible. Quienes los conocimos sabemos que fue la persona con quien Cortázar compartió su preocupación intelectual y su trabajo sin ninguna duda, con una inteligencia y complicidad envidiables.

Por Mario Vargas Llosa

El Pais

sábado, 8 de noviembre de 2014

Presa política a los 17, aún sufro las consecuencias

Represión en el gobierno de Isabel Perón. Durante una clase de Historia en quinto del secundario, habló bien de Vietnam. Una profesora la denunció y empezó un derrotero de casi tres años en distintas cárceles, con momentos en los que estuvo absolutamente aislada. En 1978 le permitieron salir del país. Hoy cuenta cómo lo padecido en aquella etapa dejó una huella que duele.

Mi hermana me fue a visitar a la cárcel de Devoto cuando se inauguraron los locutorios, cubículos que separaban a la presa del familiar mediante un vidrio dotado de un dispositivo por el que pasaba la voz. Era 1977, y yo estaba a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. En protesta contra este método de visita que impedía el contacto físico entre las personas, la mayoría de las presas no se presentó, siguiendo la orden de sus respectivas organizaciones políticas. Yo, militante de Vanguardia Comunista, un partido político minoritario, fui. Después de la visita, me llevaron al Departamento de Asuntos Judiciales de la cárcel. Creí que me comunicarían el permiso para salir del país, que mi familia venía tramitando. Pero lejos de conmutarme la pena, me informaron de una nueva: me acusaron de haber rayado la mesita del locutorio, y me aislaron por tiempo indeterminado. 

Eso fue lo más duro, el aislamiento total. Es una tortura sutil que socava los fundamentos de la persona sin dejar marca exterior. Encerrada en una pequeña celda de castigo, mis sentidos estaban privados de todo estímulo. No había nada para hacer, nada para mirar, nada para escuchar. Alejada de todos, sólo podía dar tres pasos para un lado y tres pasos para el otro. Los contaba al ir y al regresar, como si intentara resistir a una ruptura mental. 
Me llevó más de treinta años encontrar el lenguaje para escribir Algo se quebró en mí, el libro en el que intento transmitir lo que viví durante ese encierro, que finalmente duró quince días, en una celda donde dejé no sólo mi adolescencia, sino también mi identidad. 

Todo había empezado dos años antes, cuando tenía 17 y luchaba contra las injusticias y por un nuevo orden social. Iba a reuniones, y repartía periódicos del Partido en la escuela. En Córdoba, estudiaba en la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano. Mi novio militaba en la misma agrupación. Esta decidió mandarlo a Río Cuarto para realizar trabajo rural. Como yo quería acompañarlo, en marzo de 1975 me casé y me trasladé con él. 

Empecé quinto año en la Escuela Nacional de Comercio de esta nueva ciudad. En la clase de historia, dije que en Vietnam, “el ejército más chico del mundo 
había derrotado al más grande porque luchaba por sus ideales y por su liberación”. La profesora me denunció a la directora, y esta llamó a la policía, que nos detuvo a mi marido y a mí. Según la ley aprobada por el gobierno de María Estela Martínez de Perón, representábamos una amenaza para la seguridad de la Nación. 

El calabozo de una comisaría fue mi primera prisión. Desde allí me comunicaba a través de silbidos con mi marido, que ocupaba otro. Una prostituta, presa por unos días, le informó a mi familia de nuestro paradero. Fue un gesto fundamental para nuestra seguridad. A partir de ese momento, el apoyo de mi familia fue incondicional. Me sentía moralmente fuerte, pero las condiciones de vida y la comida eran tan malas que enfermé, y en pocos días perdí cinco kilos. El médico dictaminó que me aquejaba el encierro en una celda tan fría y pequeña. Entonces nos trasladaron, a mi marido a la cárcel de encausados, y a mí a la del Buen Pastor. Separarme de él me entristeció porque, aunque no nos veíamos, su proximidad me sostenía. En el Buen Pastor me tuvieron encerrada ocho meses. Era la única detenida por causas políticas. Convivir con presas comunes, prostitutas en su mayoría, no siempre era fácil. Pero yo seguía estudiando, y observaba todo lo que acontecía en torno a mí con ánimo de aprender. 

En octubre de 1975, la justicia nos sobreseyó a mi marido y a mí. No habíamos infringido la ley. Él salió en libertad, pero sin saber por qué, yo seguí a disposición del Poder Ejecutivo. Tras su liberación, me fue ganando el sentimiento de soledad. Pedí a mi familia y a mis abogados que hicieran lo posible para obtener mi traslado a la cárcel de Córdoba donde, además de tener a mi familia cerca, podría estar con otras presas como yo. 

En diciembre de ese año, me destinaron a la Unidad Penitenciaria N° 1. La idea que me había hecho de la vida entre las presas políticas no guardaba relación con la realidad. La mayoría pertenecía a una u otra de las organizaciones armadas, y sólo unas pocas provenían como yo de otros sectores políticos minoritarios. Con estas, formábamos un grupo denominado la Franja. Me costó adaptarme a la disciplina impuesta por las presas políticas, al tipo de lecturas y a los ritmos de estudio, que no siempre correspondían a los de una joven de mi edad. Entre nosotras había alegría y fuertes lazos de afecto y solidaridad, pero en regla general, mi experiencia hizo que no siguiera pensando en el poder como lo hacía antes de haber sido víctima directa de él. Me llamaba la atención que, al encerrársenos en el pabellón, el poder no quedara fuera.

Con el golpe militar de 1976, todo en la cárcel cambió. Durante casi nueve meses no vimos el sol. Nos privaron de todo contacto con el exterior y con nuestras familias, nos despojaron de todos nuestros efectos personales, y destruyeron las cartas y fotos que alimentaban los recuerdos que nos ayudaban a sobrevivir. Nos hicieron pasar hambre y frío. Los militares irrumpían en el pabellón de día y de noche. Nos maltrataban, y nos hacían “bailar”. Los ejercicios y vejaciones eran brutales, pero lo más terrible fue cuando nos empezaron a matar. Aún recuerdo el ruido de las botas cuando se alejaban por el pabellón en el silencio de la noche, llevándose a una compañera a la que sabíamos que un rato más tarde iban a matar.

Perdí dieciséis kilos y dejé de menstruar. Al inicio, en condiciones en que carecíamos hasta de un trozo de algodón, pensaba que mi organismo me hacía un favor al obstaculizar la menstruación. Pero al quitar la cárcel, sufrí de complicaciones hormonales ligadas a la amenorrea durante siete años.
Cuando nos enteramos de que en los campos de concentración, algunos detenidos colaboraban con los torturadores, quedé perpleja. Descubrir la delación me hizo pensar que cualquiera lo podía hacer y que, por lo tanto, ya no podía considerar a otra detenida como a una igual. De ella podía, y debía, desconfiar. 

Fue una fuente suplementaria de desestabilización.

Mis dieciocho años eran escasos para incorporar la amplia gama de comportamientos y sentimientos humanos que escapaban a las categorías estrechas de resistencia, virtud o ejemplaridad. Ya no se trataba de morir como un héroe, sino de saber qué ideas y valores rescatar si lograba sobrevivir.

En diciembre de 1976, varias de nosotras fuimos trasladadas a la cárcel de Devoto, en Buenos Aires, donde terminó nuestra incomunicación. Las nuevas compañeras nos recibieron con afecto y calidez. El queso que nos convidaron fue como un festín.
Supe por mi hermana que mi marido se había ido del país. Era sin duda lo mejor que podía hacer, pero su partida agravó mi sentimiento de abandono y soledad. 

Después del castigo en aquella celda, acusada injustamente de haber rayado una mesita, permanecí en la cárcel un año más. Mis diferencias con las organizaciones mayoritarias con respecto a las medidas de resistencia tomadas contra las autoridades no hicieron más que aumentar, aumentando simultáneamente mi soledad. 

El 8 de enero de 1978, la policía me llevó a Ezeiza donde apenas tuve tiempo para ver a mi familia antes de partir. Al día siguiente, llegué sola a París. Después de tres años largos y terribles, sin haber cumplido veinte años, me condenaban al exilio por haber militado por un mundo mejor.

El tiempo ha pasado, todo aquello parece haber quedado atrás, hasta que el recuerdo del horror me vuelve a habitar. Cuando el eco que producen los relatos de tortura y asesinatos me hace regresar al mundo carcelario y dictatorial, algo duele en mi interior. Es como una fuerza que pareciera querer reventar los límites de mi cuerpo; algo muy difícil de soportar. 

Me sucedió hace poco, al leer el testimonio de Graciela Geuna ante el Tribunal Oral. Graciela estuvo secuestrada en el centro clandestino de detención de la Perla, en Córdoba. Hablaba de los chicos de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano, a la que también iba yo antes de mudarme a Río Cuarto. “Hubo una época –dice Graciela– que era como la vida misma, que hubo vida en La Perla. Fue cuando secuestraron a adolescentes, del Manuel Belgrano.” Era la primera vez que leía dónde habían llevado a los compañeros con quienes había compartido mis primeros cuatro años de secundario. “Los adolescentes se reían, hacían bromas”, continúa Graciela. “En esa época los militares decían que iban a pasarlos a la cárcel. (…) Pero luego pasó algo terrorífico. Porque empezaron a cambiar el discurso, empezaron a decir que mejor era matarlos de pichones”. Graciela insistió en que “eran adolescentes que no podían parar de reírse, ellos nunca imaginaron que los matarían”.

Los límites de mi cuerpo parecían estrecharse cada vez más. Mi malestar aumentaba y no comprendía por qué. Hasta que recordé el último párrafo de mi libro donde relato lo que me había contado mi hermana en una de sus visitas a la cárcel: un día de mayo de 1976, es decir, cuando yo ya llevaba un año en la cárcel, llegaron integrantes de las bandas paramilitares a casa de mi madre. Entraron armados con ametralladoras, preguntando por mí. No sabían que yo ya estaba en la cárcel, y me iban a buscar. 

Por esa misma época, desaparecieron numerosos estudiantes y ex estudiantes del Manuel Belgrano. Hoy se sabe que algunos de ellos son los adolescentes que vio Graciela en La Perla. La justicia reconoció que todos los nombres de los chicos formaban parte de la lista que el director de la escuela, Tránsito Rigatuso, había entregado a los grupos de extrema derecha ligados al Ejército. 

Durante días seguí pensando en los adolescentes. Me debatía entre el dolor y la estupefacción. Recordaba cómo nos reíamos. Era como estar con ellos. Como si en vez de estar en el patio de la escuela, hubiésemos estado todos juntos riéndonos en un campo de concentración. Es que los adolescentes se ríen en cualquier lugar, pensaba, máxime cuando son inocentes, cuando ignoran que los van a matar.

Pero ahora yo sé que los mataron. Ya no soy más una adolescente y formo parte de quienes pueden recordar. Quizás lo insoportable era no animar a preguntarme si mis antiguos compañeros comprendieron en algún momento que nunca más se volverían a reír, y cómo habría sido si hubiera estado en su lugar, si aquella profesora no me hubiera denunciado antes del golpe militar.


Gladys Ambort

De adolescente militó en la agrupación de izquierda “Vanguardia Comunista”. Iba a reuniones y repartía periódicos en Río Cuarto, Córdoba. 
Hace pocos años escribió el libro “Algo se quebró en mí” en el que narra cómo las prisiones que conoció al ser detenida le mostraron realidades que desconocía, como la delación entre las presas. Hoy reside en Ginebra. Allí se doctoró en Ciencias Humanas y tiene, además, un 
Posgrado en Ciencias Sociales en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París.


Mundos íntimos

martes, 4 de noviembre de 2014

Cómo me hice alférez (vida de una monja)

Hombre, mujer, monja, conquistador, virgen según las mujeres que la revisaron, sanguinaria según quienes no contaron el cuento, Catalina de Erauso (¿1585?-1650) pasó a la leyenda como la monja alférez. Su historia admite incontables versiones, desde la de María Felix en los años cuarenta hasta la de SOY, aquí y ahora.


Por Gabriela Cabezón Cámara
Heme aquí, prisionero en esta nave y presa de estos hábitos de monja, cautiva yo, el alférez más osado de los ejércitos del magno rey de España en la América del oro y las batallas, yo que he amado a tanta dama en tierras nuevas, yo que he muerto a unos mil indios y caciques y también a diez caballeros españoles y he vertido la sangre de mi hermano, la única que mancha aún hoy mis manos y carga de pesares mi conciencia. Heme aquí en este barco en este océano, despojado de mi espada y de mi daga, salvada apenas mi vida una vez más por gracia de un obispo y sus matronas que me vieron tan hombre como he sido pero me hallaron hembra y bien doncella con sus dedos de cuervo inquisidor.
Así nací, mozuela, treinta y dos años atrás en tierra vasca: Catalina de Erauso me llamaron. Me criaron mis padres en su casa hasta que tuve la tierna edad de cuatro y enviáronme al convento de mi tía, a aquellas celdas frías y sin vida, a los rezos, los bordados, la obediencia, a los golpes furiosos de las monjas, a la sombra de la cruz entre las piernas. Una noche vi la puerta de salida, las llaves que mi tía atesoraba: abrí reja tras reja y me alejé de los brazos de Cristo y sus esclavas. Habíale robado yo a mi tía tijera, aguja e hilo y unas telas. Pasé los días siguientes en un bosque, cosiendo los calzones, las polainas y me hice la camisa con la tela de la enagua que me habían puesto esas brujas. “Adiós, adiós, hermanas de la muerte: no será entre sus yertas ubres que yo encuentre ese lecho donde entregaré mi alma, adiós, adiós, urracas sedentarias, olvidad a la niña Catalina, que yo de aquí me voy Francisco de Loyola”, cantaba para mí mientras huía tan lejos como pude de esas celdas.
Anduve caminando por dos días sin más para comer que pocas hierbas. Llegado hube a Victoria y allí fui empleado del marido de una prima de mi madre sin darme a conocer. Leía yo el latín, me quiso dar estudio, no quise yo ser catedrático como él, quiso tocarme, le robé algunas monedas y me fui. Unos días de camino me tomó alcanzar a la gran Valladolid, la corte del rey bueno Don Felipe. De paje trabajé hasta que una noche mi padre apareció buscándome. No pudo conocerme frente a frente, pero igual cogí mi ropa, mis doblones y partí. Después de mucho andar llegué a Bilbao: no hallé techo ni trabajo ni aun pan, mas tuve mi primer enfrentamiento y mi primera temporada en una cárcel. Quisieron fastidiarme unos muchachos, yo herí a uno sin más armas que una piedra. Después pasé dos años trabajando de paje bien tratado y bien vestido en la ciudad generosa de Navarra. Volví a San Sebastián por ver familia: ya todo un mozo escuché misa en mi convento, muy cerca de mi madre y de mi tía. Las miré, me miraron y no me conocieron; como nacido otra vez partí a Sevilla y desde allí, convertido en grumete de galeón, zarpé a la América que habría de ser mi tierra.
Alfonso Díaz de Guzmán pasé a llamarme. Conocí el ancho mar hasta las Indias, la batalla naval contra holandeses, el calor tropical, las dulces frutas y el abrazo amoroso de las negras. Recibióme Cartagena de las Indias y Panamá me dio para mercar un buen trabajo, buenas ropas, buen dinero. Pero habría también de darme más: el primero de los muertos por mi mano. Había ido yo a la comedia por las risas y volví con la mueca de la muerte grabada en mis pupilas para siempre. Un tal Reyes se sentó delante mío, me tapó la visión con su sombrero. Yo le pedí gentil que se corriera, él contestó que cortaría mi cara. Mis amigos me sacaron de la sala resollando furioso como un toro. El tal Reyes volvió por su desgracia, lo vi, tomé el cuchillo y lo llevé al barbero por filo y por serrucho. Lo encontré por la calle y le di el tajo en la cara que él me dijo. Con la punta del metal le entré a su amigo que cayó y nunca más se levantó. Fui a prisión mas me salvó mi amo: para evitar la venganza me propuso que casara yo con la tía del tal Reyes, una dama que supo ser muy de su agrado; noche a noche la veía en casa de ella que caricias sin cesar me prodigaba. Una vez me encerró en su dormitorio y juró por Satanás que sería de ella. No me avine y me fui de Panamá al Perú que había sido de los Incas. Hasta allí me siguió Reyes por venganza y me atacó junto a un amigo bien armado. A los dos los maté yo con mi espadita. Hube de irme otra vez, ahora a Lima. Tampoco estuve mucho en esa tierra: tenía mi amo, un mercader muy rico, dos cuñadas, doncellas muy hermosas. Una de ellas se me inclinó amorosa y solíamos jugar las largas siestas. Una tarde, estándome acostado en sus polleras peinándome y andando entre sus piernas, nos vio el amo a través de una ventana. Me echó el hombre de su casa y de su tienda y tomé plaza de soldado en el ejército que se iba de guerra a la Araucaria.
A caballo los mil seiscientos hombres arribamos a Concepción de Chile, razonable ciudad con su obispo, sus iglesias y sus plazas. Sabe Dios por qué allí me dio alegría para tornarla luego en amargura, encontré a Miguel de Erauso, hermano mío que no me conoció pero me quiso. La primera reyerta la tuvimos por la dama que él entonces frecuentaba. Fui con él varias veces a su casa y otras veces fui solo a visitarla; lo supo Miguel y en la puerta me embistió a cinturonazos. En la mano me hirió y se hizo forzoso que cargara yo también contra mi hermano. Se enteró el gobernador de la pelea y otra vez hubo destierro para mí.
Me esperaron Pacaibí y la guerra con los indios. Tuve más de diez batallas en Valdivia, destrozamos salvajes a mansalva mas siempre volvían más y una batalla nos mataron a miles y escaparon galopando con la bandera goda. Pinché a mi caballo, arremetí, luché cuerpo a cuerpo con el recio cacique de los indios. La bandera le saqué y también la vida, mas me traje tres flechas en el cuerpo. Fue así que me hice alférez.
Me volví de licencia a Concepción y allí me hirió para siempre la Fortuna. Jugaba yo a la cartas una noche, un alférez dijo frente a todos que mentíale yo como un cornudo. Saqué la espada, se la clavé en el pecho. Cargaron contra mí de a muchos, herílo al auditor, después murió. Busqué refugio en la iglesia de Francisco, allí estuve seis meses hasta que el tiempo, y las otras ofensas que depara, me alejaron de la urgencia de la ley. Mas no fue ésa la peor de las desgracias: un amigo, alférez vivo, me pidió que le hiciera de padrino para un duelo. Dije sí, allí fuimos, noche oscura. Cayeron mi amigo y su enemigo, seguimos los padrinos con los filos, cayó el otro y, ay, ahí lo supe, a mi hermano había abatido. Pedía confesión, corrí a la iglesia, fueron dos frailes, un médico, yo mismo; recordé mis oraciones, hinqué mis rodillas, pedí a Dios, prometí reformarme si sanaba. Nada, nada: el bueno de Miguel se me murió.
Otra vez preso un amigo me salvó. Me dio un caballo, algunas armas y corrí hasta Tucumán. Crucé la cordillera, vi hombres congelados, pasé hambre, el frío me atería, hube de comerme a mi caballo y seguí a pie. Una mestiza más buena que una hogaza la vida me salvó y quiso casarme con el fiero demonio de su hija. Yo no quise a la india, siempre tuve inclinación por la belleza. También quiso casarme el viejo obispo con la niña de sus ojos, la sobrina. Acepté, tomé la dote y me fugué.
Me salí del ejército, volví a entrar, busqué oro, fui un arriero, llevé trigo del campo a la molienda y perdí las ganancias a las cartas y maté y fui herido por las trampas. Por un crimen que no hice casi muero condenado y por otro conocí la altura del cadalso y la aspereza de la soga en la garganta. Una última reyerta me llevó a los pies del obispo de Guamanga. Viendo al santo varón me conmoví y hube de contarle la verdad: que era mujer, que había huido del convento de mi tía, que el día anterior a profesar me escapé, me corté el pelo, partí allí y acullá; me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé, hasta venir a parar en lo presente.

Y así me vi otra vez monja y mujer, condenada al convento de mi España, en un barco sin más armas que una pluma y un papel y sin nada que hacer más que escribir. Volví a Europa mas me precedió la fama; el obispo no guardó la confesión. La vuelta al convento fue tan dulce que lloraron las hermanas mi partida. Comprobaron que no había profesado. Felipe III permitióme usar mi nuevo nombre, Antonio de Erauso, para siempre, y el papa Urbano VIII, mis vestidos de varón. Crucé otra vez el mar y me perdí. Esta historia la termino en el desierto, arriando dos mil vacas para el Cuzco. En España fui monja forajida, aquí me hice alférez y aquí le entregaré mis huesos a la tierra.

jueves, 23 de octubre de 2014

“Hay pocas mujeres en el canon”

Por Gustavo Grazioli
“Leer libros me salvó la vida. Podía abstraerme, estar en un mundo y hablar con gente mucho más interesantes”, cuenta a NaN Gabriela Cabezón Cámara sobre su relación con la lectura, con la cual encontró la forma de desmarcarse de la angustia que a todos nos persigue de forma inminente. Con la lectura, Cabezón Cámara logró un modo de cultivar un espacio paralelo a la cadencia voraz de todos los días; y con la escritura pudo reafirmar y darle voz a las estigmatizaciones de ciertas partes de la cultura oficial. Cabezón Cámara posee una prosa candente, un estilo muy personal, entre lo coloquial y lo innovador, con el que narra la tragedia, el dolor y el odio. En ese camino, pone en jaque las mistificaciones de la literatura.
Escribir, dejar y volver a escribir: hasta el momento de su primera publicación, Cabezón Cámara venía abandonando varios borradores. El primer trabajo en ver la luz fue su novelaLa virgen cabeza (2009), en la que una travesti alega comunicarse con la virgen y predica por los pasillos de una villa llamada El Poso para intentar organizarla y sacar a los pibes del paco. Luego publicó la nouvelle digital Le viste la cara a Dios (2011), que reversiona el cuento de la Bella Durmiente con la trata de mujeres como trasfondo. Dos años despuésLe viste la cara a Dios se convirtió en novela gráfica, trabajo que Cabezón Cámara publicó en compañía del dibujante Iñaki Echeverria y que se conoce como Beya (2013). Por último, editó Romance de una negra rubia (2014), novela nacida al calor de la crisis de 2001 y a raíz de una fotografía que la autora vio en un diario.
En su forma de narrar, la puja entre realidad y ficción están en disputa constante. Sus textos son provocadores. La autora recorre la cabeza de personajes envueltos en constantes situaciones de riesgo, mística y desenfreno. Cualquiera de los escenarios de sus textos son reconocibles y hasta se podrían llegar a leer en clave de crónica.
Cabezón Cámara nació en 1965 en San Isidro, estudió letras en la Universidad de Buenos Aires, ejerce el periodismo y dice que preferiría tener más tiempo para escribir.
—Tu prosa incisiva, esa forma de narrar las cosas por su nombre, ha generado una identidad en vos. Por ejemplo, en Romance de una negra rubia decís pija en vez de decir pene o miembro. ¿Se puede leer como una clave de tus elecciones a la hora de escribir?
—Me interesa hacer una prosa que sea muy lírica en un punto, muy elaborada, muy barroca. Cuido la música, el ritmo de lo que estoy diciendo. Pero después, a la hora de ponerle nombre a las cosas, me gusta que esos nombres sean lo menos almibarados posible, lo menos careta o técnicos posible. Si vas a describir a dos personas garchando con “el pene” y “la vagina”, no es el mismo efecto de lectura. Me gusta cierta cosa cruda.
—Queda claro cuando optás por empezar con la narración de una inmolación humana frente a una situación de desalojo. Un ejemplo de la violencia que es marca de tu pluma. ¿Cuál es el origen de esa autoinmolación?
—En 2001 ó 2002, cuando la crisis ya era algo furibundo, vi una noticia en un diario en la que se veía una foto de un tipo prendido fuego, en llamas, y las botas de dos milicos saliéndose de cuadro. O sea, estaba claro que el tipo avanzaba y los canas salían corriendo. La noticia decía que habían desalojado a unas personas de unas viviendas sociales tomadas. Esas personas no eran exactamente a las que les correspondían las viviendas según los papeles, pero estaban en situación de merecerlas. Un juez ordena el desalojo y este pibe de 31 años dice que si entran, se prende fuego. A los quince días muere. Hubo una batalla campal contra los gendarmes, entonces el juez ordenó darles las casas a estas personas que habían sido desalojadas. El asunto me remitió a los sacrificios antiguos y me quedó rebotando en la cabeza por muchos años. Después vi otra situación similar en la toma del Parque Indoamericano y éso me terminó de llamar la atención con respecto a los sacrificios humanos para obtener viviendas.
—A tus tres historias las agrupás en una “genealogía oscura”. ¿Por qué representarían una construcción de la oscuridad?
—Porque es el lugar desde donde las escribí: más desde el dolor comparado con el lugar desde el que estoy escribiendo ahora, que es más lúdico, luminoso y divertido. Eso es algo que vivo. Es un acto de fe creerme esas cosas.
—“Estaba loca como Macbeth con las costras de sangre, pero el ser del siglo XXI tiene sus ventajas. La farmacología contemporánea anestesia al más angustiado de los asesinos”, dice uno de los pasajes de La virgen cabeza. ¿A qué porción de la sociedad ves delineada en esta escena?
—A casi toda. Pensemos en las cantidades industriales de ansiolíticos y antidepresivos que se venden. Son importantes para el funcionamiento de la sociedad. No sé qué pasaría con todos nosotros desatados. O sea, si se dejasen de producir psicofármacos en el país. Estaría bueno verlo. Quizás fuese una fiesta. Alguien podría escribir una novela con ese tema: “No dejan producir más psicofármacos en la Argentina”.
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Fotografía: Pedro Braga Sampaio
—¿Empezaste a escribir por desesperación?
—No lo diría así. En realidad nunca quise hacer otra cosa. El no poder hacerlo de una manera sostenida y, sobre todo, el no poder cerrar nada en tantos años fueron claves. Empezaba las cosas y las dejaba, entonces después se convirtió en una necesidad muy fuerte escribir. Pensaba “me pongo las pilas o voy a seguir en este trabajo de mierda, haciendo cosas que no me gustan”. Tenía una necesidad muy grande de terminar algo, porque iniciaba con mucha energía pero después no me alcanzaba el deseo para poder sostenerlo. Por eso publicar La virgen cabeza fue muy importante, lo viví con mucha intensidad. En esa etapa, sí, escribía más por desesperación, más con rabia. Ahora estoy tranquila.
—¿Concebís la literatura como una herramienta de cambio?
—Personal, no a nivel social. Hubo grandes libros como El capital que no lograron demasiado. Cambio social no me parece. Acá seremos diez mil lectores. Salvo que nos diera a todos por hacer una guerrilla o una especie de quilombo… Pero somos todos los mismos. Hacemos de escritores, lectores, periodistas y críticos. Y si nos ponemos a indagar, seguro que dentro de este universo tenemos amigos en común. Lo que sí me parece es que la literatura cambia vidas. A mí me paso éso. Leer libros me salvó la vida. Es un poco lo que les pasa a los chicos cuando entran en la adolescencia y empiezan a escuchar alguna banda de rock. El pibe que está solo en el barrio, rodeado de gente que no le interesa o que no puede hablar de las cosas que le angustian o lo calientan, siente que hay un tipo con el cual puede establecer un diálogo y llega a sentirse entendido. Pero en mi caso no me pasó tanto con el rock sino con los libros.
—¿Con qué libros te empezó a pasar?
—Primero, que recuerde, fueron Las aventuras de Tom SawyerLas aventuras de Huckleberry Finn, los relatos de (Jack) London, los de Sandokán. En fin, literatura del siglo XIX. En la actualidad, lo último que me abstrajo fue un libro de Marcos Almada que se llamaLengua muerta. Después uno de un español llamado Carlos Zanón que se titula Yo fui Johnny Thunders. Otro asombro fue Canadá, de Richard Ford, porque es todo lo contrario de lo que a uno le enseñaron que es la literatura. Es una historia con una aspiración casi decimonónica. Te cuenta dos meses enteros.
—¿Cómo nace la versión de la Bella Durmiente de Le viste la cara a Dios y Beya?
—Por mí misma jamás se me hubiese ocurrido reescribir a la Bella Durmiente. Una amiga que tenía una editorial me encargó reversionar un cuento clásico para lanzarlo en formato digital. El personaje es muy pasivo y yo no sabía qué hacer. Entonces pensé hasta que la Bella Durmiente se redujo a una niña en edad de merecer, presa de una maldición, una cama de la que no puede escapar y que hace que no sea dueña de sí misma en absoluto. De ahí surgió la idea de una chica en situación de trata.
—¿Qué autores creés que están mencionados por demás desde la construcción que hacen los medios masivos?
—En algún punto, éso es como cuando te especializás en cualquier cosa. Por ejemplo, un buen mecánico de autos que está hace cuarenta años mirando autos, afinando motores, va a tener una mirada distinta a la mía, que me subo, lo prendo y quiero que me lleve. Entonces, pretender que coincida la agenda de un medio masivo con la de una persona que hace cuarenta años que se la pasa leyendo es imposible. Los medios masivos, en general, venden sobre lo vendido y te agregan algo. Hay ciertos héroes en los que abrevamos todos: Roberto Arlt, por ejemplo; pero de todas maneras se tiende a la mitificación en un medio masivo, que arma próceres. Necesitás próceres, necesitás demonios, cierta mirada maniquea sobre el mundo, y edificar cosas sobre éso. La manera de mitificar y de armar un aura de héroe o de gran hombre la podemos ver con Julio Cortázar o Gabriel García Márquez.
—¿Te causa temor terminar siendo canon?
—No creo. No es algo por lo que corra algún riesgo en este momento. Hay pocas mujeres en el canon.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Hermeneuta del desierto

Eloísa Armella Muñoz (?-2007)


Por Marisa Avigliano
Eloísa fue una de las primeras mujeres que en Calama cruzaron el desierto pala en mano buscando el cuerpo de su marido asesinado junto a otros compañeros, el 19 de octubre de 1973. Domingo Mamani López, militante socialista, presidía el sindicato de trabajadores de Dupont (una empresa de explosivos que ahora se llama Enaex) cuando los sicarios de Pinochet lo secuestraron, torturaron y enterraron en una fosa común y clandestina. Tiempo después y para que el rimero de cadáveres no delatara la masacre, el ejército decidió remover aquel suelo sediento. Máquinas de cinco dientes masticaron evidencias. Partes de cráneos a la derecha y polvos de pies a la izquierda se esparcieron entre los cascotes del yermo. Los cuerpos que las mujeres de Calama buscaban se habían transformado en fragmentos de huesos largos, en pepitas blancas calcinadas por el sol. Fueron ellas las primeras en descubrir que habían destrozado a sus muertos cuando recorriendo la zona iban encontrando restos de restos. Viudas, hermanas y madres –arqueólogas naturales, arqueólogas a la fuerza– caminaron durante más de veintiocho años por el desierto recolectando las astillas de la mutilación. Algunas continúan caminándolo.
En el desamparo absoluto, Eloísa Armella no tuvo trabajo durante la dictadura (la inquisición vecinal se encargó de que no lo tuviera) así que salió a barrer las calles del pueblo para mantener a sus cuatro hijos mientras con el botón del chaleco que Domingo usaba el día que lo fusilaron –y que fue encontrado en la zona de las ejecuciones– como talismán de la búsqueda sólo respiraba esperanza cuando olía el polvo del desierto. Unida desde los primeros tiempos a las mujeres de Calama que buscaban como ella y a Afeddep (Agrupación de Familiares y Detenidos Desaparecidos Políticos) fue una más en la travesía inveterada de las excavaciones y testigo rigurosa de aquel planetario de huesos en el que se había convertido el desierto chileno. Eloísa, que en una imagen aparece junto a la foto de Domingo, su traje planchado y los zapatos lustrados de la espera, formó parte de aquel grupo (con Leonilda Rivas, Vicky Saavedra y Violeta Berríos, entre otras. Violeta preside la agrupación y siempre dice que los que no quieren que se sepa la verdad “son felices cada vez que van quedando menos mujeres”) que salió a recuperar el símbolo de la vida reducido en germen, partícula indestructible y corpórea que mucho se parece a la crisálida de la que surge la mariposa cuando resurrección es sinónimo de memoria. De a dos, de a seis, Eloísa y otras mujeres caminaban mirando hacia abajo en la inmensidad árida buscando las vetas de una tumba sin nombre y desarmando escombros con los dedos para recuperar segmentos del cuerpo robado. En esa tierra sin humedad (“sientes que se abre/ la noche toda es un ruido/ de sables”, como dice la canción “Mujer de Calama” que cantan Víctor Manuel y Ana Belén) donde los ríos son de piedra y las piedras revelan secretos, se instalaron los telescopios más grandes de la Tierra (sólo hay que ver el documental Nostalgia de la luz, de Patricio Guzmán, y escuchar los relatos sobre cómo el lugar donde las estrellas se pueden tocar con la manos fue también el lugar en el que funcionó un campo de concentración pinochetista). Esos telescopios que permiten observar, descubrir y dar nombre a otros calcios deberían –ojalá, dice Violeta Berríos en el documental de Guzmán– traspasar el suelo, barrer hacia abajo para poder dar con ellos y entonces sí, completa Violeta, darles las gracias a las estrellas por haberlos encontrado.

Flowers in the Desert, de Paula Allen

 


"Nostalgia de la Luz"

Documental dirigido y escrito por Patricio Guzmán






"Mujer de Calama"
 Canción de Víctor Manuel y Ana Belén







miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿Justicia por fin?

Durante catorce años, una periodista colombiana reclamó que se investigara a los que la violaron y torturaron el 25 de mayo de 2000. El 30 de julio de este año, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (organismo perteneciente a la OEA) decidió tomar el caso de Jineth Bedoya, quien presentó una demanda contra el Estado colombiano por ser responsable de la impunidad que rodea su secuestro y demás vejámenes sufridos.






Por Marta Núñez desde Londres


Jineth Bedoya, exitosa periodista colombiana, fue secuestrada hace catorce años en la entrada de la Cárcel Modelo de Bogotá mientras estaba haciendo una investigación periodística. Jineth tenía 26 años en ese entonces y trabajaba para el diario El Espectador, de Colombia. Su trabajo no era fácil. En una Colombia sacudida por la violencia, investigaba el tráfico de armas entre el ejército y los paramilitares, las irregularidades del sistema carcelario, la mordaza con que los paramilitares apretaban cada vez más a la población civil, en ciertos casos obligando a poblaciones enteras a dedicarse a la producción de cocaína.
El encuentro planeado para el 25 de mayo de 2000, en la cárcel, tenía como objetivo discutir con agentes paramilitares las amenazas que estaban recibiendo ella y sus compañerxs de trabajo. Fue acompañada por dos colegas que no pudieron impedir nada. La entrevista nunca tuvo lugar. Fue secuestrada por tres hombres que la subieron a una camioneta y durante 16 horas fue brutalmente torturada y violada, para que luego la arrojaran a la ruta casi muerta, en una pila de basura. Mientras era violada, le decían que eso era un mero ejemplo de lo que les pasaría a los que metieran la nariz en lo que no debían: “Los cortaremos en pedacitos”. Violación para intimidar, atemorizar a colegas, castigar la osadía de Jineth.
Poco a poco, Bedoya se fue convirtiendo en uno de los referentes mundialmente reconocidos como víctimas de violencia sexual en situaciones de conflicto. Mantiene una posición icónica en Colombia y a nivel mundial, ya que de víctima pasó a ser un agente activo para el cambio de actitud hacia crímenes similares.
En junio de este año fue a dar testimonio –como tantas otras víctimas desde Bosnia Herzegovina al Congo y Egipto– en la Cumbre Mundial contra la Violación como Arma en Zonas de Conflicto, organizada por la cancillería británica y las Naciones Unidas. Todavía la CIDH no se había pronunciado en tomar su caso. Allí se entrevistó con Las12.
¿Cómo analizás tu evolución personal desde el crimen hasta el rol que estás jugando ahora internacionalmente?
–Volví después de dos semanas a mi trabajo sin mencionar mi violación. Inicialmente sólo mi familia y algunas personas muy cercanas supieron lo que me había pasado. Quería mantenerlo todo en un círculo cerrado. Al mismo tiempo comencé a preparar mi caso legal con los fiscales, pero fue todo muy complicado, había mucha corrupción. Yo continuaba trabajando como periodista y se comenzó a saber lo que me había pasado. Cuando una ONG se me acercó para que hablara públicamente como víctima en 2009, yo reaccioné diciendo que como víctima no hablaría... Fue un largo proceso para mí aceptarme como víctima. Y en 2009 comencé a denunciar públicamente y a convertirme en activista.
Esta cumbre contra la violencia sexual en zonas de conflicto ha tenido una gran repercusión mediática mundial. ¿Qué importancia tiene en tu opinión?
–Es un hito en la lucha contra la violencia sexual. Reafirma que la única manera de combatir la violencia sexual es denunciarla, manda un claro mensaje a todo el mundo de que estos crímenes son intolerables, como lo han confirmado todos los discursos durante el evento. Y es muy importante insistir en que hay que trabajar para que se garantice protección y refugio a las sobrevivientes. Los gobiernos tienen un papel muy importante en hacer que todo esto no quede en palabras.
¿Cómo ves a Colombia en este contexto?
–En Colombia vivimos desde hace cincuenta años una historia de violencia. Antes no se hablaba de la violencia sexual en ese contexto, era un delito invisible. Hay gente muy poderosa detrás. La violencia sexual es sistemática, organizada, constante: hay casos aberrantes, mujeres empaladas... Se busca intimidar, oprimir con el miedo.
Este ensañamiento con el cuerpo de la mujer nos llevó a acuñar en español el término “femicidio”.
–Colombia está sentada en una bomba atómica: hay guerra, un componente machista muy fuerte, intolerancia, corrupción, crimen organizado y sistemático abuso sexual como arma, un índice de femicidio alarmante.
¿Cómo te sentís hoy, que sos referente de otrxs que sufrieron crímenes similares?
–Tengo días. Ahora acá en la cumbre, con esta atmósfera de euforia y optimismo por lo que estamos haciendo, claro, me siento protegida, pero luego cuando llego al hotel, y estoy sola...

No es necesario que termine la frase, sabemos que en Colombia a pesar de que pasaron 14 años todavía hoy vive escoltada por tres guardaespaldas.

En un reciente homenaje a Jineth Bedoya, el presidente colombiano Juan Manuel Santos ordenó que el 25 de mayo sea el día de La Dignidad de las Mujeres Víctimas de Violencia Sexual. Durante su intervención en el evento, ella sostuvo que su experiencia le “enseñó la soledad, el señalamiento, la estigmatización y la indiferencia de quienes creía mis amigos y hasta de defensores de derechos humanos. Pero también aprendí a despedirme de la rabia y el dolor. Eso no quiere decir que vaya a dejar de buscar justicia en mi caso, que sigue impune”.


miércoles, 3 de septiembre de 2014

El peligroso cuento de la “supermamá”

Por Mariana Carbajal

Hace pocos días, el diario Clarín pretendía contar la historia de una madre de seis hijos. Pero lo hizo desde una perspectiva sesgada, aplicando un discurso estereotipado que aún se replica en la vida cotidiana doméstica y laboral. Mariana Carbajal analiza el caso como un adelanto del Seminario Periodismo, Género, Sociedad que dictará en Anfibia junto a Eleonor Faur.



Hace pocos días, el diario Clarín destacó la historia de una joven que tuvo dos veces trillizos. “La supermamá de Lanús”. Así  llamó a Andrea Pereyra, una mujer de 27 años, que enfrentó la maternidad por primera vez a los 16 y ocho meses después  volvía a quedar embarazada. En las dos oportunidades de trillizos: cinco varones y una niña.

 El artículo está plagado de estereotipos de género y prejuicios. Cuenta que la única niña de la prole, de 11 años, está atenta a que sus cincos hermanos varones no se lastimen entre sí. Para el diario, la pequeña muestra tener “un gran instinto maternal”. La crónica destaca que entre los hijos arman un equipo de “fútbol  5 con una porrista”. El relato gira en torno a anécdotas -menores- que ilustran la cotidianeidad familiar: cuántas fuentes de patitas de pollo hay que preparar para el almuerzo; cómo se traslada la familia de un lado a otro; qué sucede cuando a los chicos los separan en los grupos escolares. Apenas, y con un dejo de humor, se recupera la confesión de que “a veces te vuelven loca”. Pero todo empieza y termina como una historia de “esfuerzo y amor”.
A lo largo del artículo no hay ninguna reflexión sobre la edad –apenas 16 años—en que quedó embarazada por primera vez la “supermamá”. ¿Estaba escolarizada? ¿Había accedido a información sobre cómo prevenir un embarazo en la adolescencia? ¿Fueron embarazos deseados y elegidos? ¿Tuvo oportunidad de optar por otro proyecto que la maternidad? Responder estas preguntas nos mostraría la historia de Andrea Pereyra desde otro enfoque, un enfoque de derechos. Pero Clarín prefiere la imagen de la heroína, de la maternidad como destino ineludible para una mujer.

¿Cómo podemos abordar la historia de Andrea Pereyra desde una óptica de derechos sin perder rigor informativo?  ¿Cómo mirarla desde una perspectiva de género?

El artículo pone el foco en el “esfuerzo y el amor”, como pilares centrales de la relación entre la madre y sus hijos. Ni se detiene en la edad que tenía Andrea Pereyra cuando dio a luz ni pone la lupa en las posibilidades que tuvo para finalizar el secundario, ni en cómo se las arregla para vivir, a cargo del hogar con su único ingreso como empleada doméstica, mientras lucha para recuperar la cobranza de la Asignación Universal por Hijo. Esa información apenas se desliza, cuando lo hace. “Yo crecí con ellos”, señala la mamá. Ese texto, que podría ser dicho por muchas de nosotras, en este caso, puede tener otros sentidos, pero apenas se enuncian.

Fiel a los designios de género que suponen a las mujeres –ante todo- como madres, el relato avanza omitiendo toda lectura de género y cualquier atisbo de perspectiva social. Desconocemos, en verdad, cualquier información sobre el contexto socioeconómico en el cual transcurre los días esta singular familia. No nos queda más que adivinar cuáles son los malabares que desarrolla de forma cotidiana esta joven mamá multípara. La impronta maternalista parece teñir cualquier interrogante. O responderlo a media lengua, mucho antes de ser enunciado.

El maternalismo no es una novedad en la sociedad argentina. Tampoco lo es en los medios de comunicación. A pesar de las profundas transformaciones sociales, de la participación política y económica de las mujeres, de la importante proporción de hogares con jefatura femenina; a pesar de la ley de matrimonio igualitario, e incluso de la posibilidad de elegir la identidad de género, las madres siguen siendo narradas como personas “naturalmente” incondicionales y abnegadas.

En este caso, el mensaje es acotado y sesgado. Presume la “naturalidad” como parte central de la maternidad, el afecto como una disposición que “todo lo puede” y, en última instancia, la reificación de la mujer, con atributos heroicos (“la supermamá”), que armada de humor e infinita paciencia logra sostener a sus seis hijos.

Discursos que hacen parte de la vida cotidiana en familias y en empresas, perspectivas que todavía sustentan buena parte de las políticas sociales.  Formatos que, aún en el siglo XXI, se siguen multiplicando en “el gran diario argentino”. (...)




Fragmento de un texto de Marie Langer:
eso que llaman instinto maternal
... “el amor en más” (L’amour en plus) de Elizabeth Badinter, que demuestra que no siempre bastaba, tener hijos, para despertar al instinto y amor maternal. Ella describe, como, desde el siglo XVII en delante, hasta bien entrado el siglo pasado, la población urbana francesa solía desembarazarse de sus recién nacidos mandándolos al campo, al cuidado de amas de leche campesinas. El resultado fue una mortalidad infantil enorme y una baja preocupante a la larga, para los gobernantes, del índice de aumento de la población. Demuestra la autora, a través de su libro, como las madres de entonces carecían totalmente de “instinto maternal”, pero también, como éste fue creado, “el amor forzado” lo llama Badinter, con el tiempo por el desarrollo de una filosofía y moral impuesta. Fue Rousseau, quien inventó a través de la pareja ideal, Emile y Sofie, a la mujer suave, indefensa, de inteligencia práctica y dedicada totalmente a la atención del esposo y a la crianza de sus hijos. Sostiene que Freud y sus seguidores, especialmente Helene Deutsch, Melanie Klein y Winnicott, serían los últimos herederos de la ideología roussoniana. Predice una época nueva, en la cual ya no toda la responsabilidad para la crianza y salud mental de los hijos, recaiga sobre la madre, sino donde se estaría despertando el “instinto paterno”. Daré como ejemplo el éxito de taquilla que obtuvo, unos años atrás la película Kramer vs. Kramer como también una nueva modalidad en los divorcios. Hay madres que deciden “hacer su vida” y padres que eligen quedarse con los hijos.