lunes, 17 de abril de 2017

Crear señas contra la sordera patriarcal

Con más cárcel no solucionamos el problema

La antropóloga estudia las violaciones y lo que se pone en juego cuando un hombre viola a una mujer. A partir del femicidio que conmovió al país, reflexiona sobre el fenómeno y rechaza las alternativas punitivistas que se renovaron política y mediáticamente esta semana.


Por Mariana Carbajal





“Los políticos tienen que entender que no es necesario cambiar la ley y partir hacia un punitivismo mayor para solucionar el fenómeno. El punitivismo no lleva a ningún lugar. La prueba es Estados Unidos, donde tienen las penas más severas y tasas de violación altísimas”, advierte, en diálogo con PáginaI12, la antropóloga Rita Segato, una de las voces más lúcidas de América latina para pensar sobre la problemática. “La violación no es un delito como todos los otros –apunta–. Es un crimen del poder. Lo que se debe hacer es ofrecer más educación de género en las escuelas, con docentes capacitados, y que el abordaje sea integral, que abarque la violencia machista en sus varias formas”, explica Segato, quien entrevistó a condenados por violación en la Penitenciaria de Brasilia, para entender qué se pone en juego cuando un hombre penetra por la fuerza, con crueldad, a una mujer.
Cuando empezó a trabajar con los presos, Segato pensó que sería una situación excepcional y pronto abandonaría el tema. Luego de plasmar su experiencia y sus análisis en el libro Las estructuras elementales de la violencia, publicado en 2003, fue invitada para aplicar su modelo de “la fatria masculina”, del club de hombres, al caso de los femicidios en Ciudad Juárez. Y pensó también que estaba ante un caso excepcional, raro, que rápidamente ese tema iba a desaparecer de la historia. Pero no sucedió. Ahora siente una tremenda frustración porque no consigue abandonarlo. “Es de una fatiga y de una amargura extraordinaria saber que desde entonces solamente el tema crece”, sostiene Segato. En 2016, fue perita en el histórico juicio de Guatemala, en el que se juzgó y condenó por primera vez a miembros del Ejército por los delito de esclavitud sexual y doméstica contra mujeres mayas de la etnia q’eqchi de una aldea en Senur Zaco, en el conflicto armado ocurridos en los años ‘80. Hubo 14 peritajes; ella hizo el antropológico y de género. Hoy mira con tristeza y amargura la escalada de violencia machista contra los cuerpos de jóvenes en la Argentina. Cuenta que el martes, cuando escuchaba los testimonios de chicas en la Plaza de Mayo, reunidas para “abrazar a la familia” de Micaela, “de repente parecía que hablaban de una sociedad islámica fundamentalista, cuando mencionaban las imposiciones de vestimenta y de horario para ausentarse del espacio público”. Y advierte sobre el riesgo de que se instale “una mentalidad moralista, como la que tienen todas las religiones. Son políticas basadas en el control del cuerpo de la mujer, en su opresión”.
Vive en Tilcara, pero en los próximos días estará por Buenos Aires para dar una conferencia, en una actividad organizada por el sindicato de La Bancaria.
Sus palabras ayudan a entender un tema complejo, difícil, doloroso. La clase política no parece estar a la altura para debatir cómo enfrentarlo. Las salidas fáciles se imponen: en el Senado se reflotó un proyecto con media sanción de Diputados para eliminar el beneficio de la libertad condicional a condenados por violación y otros delitos, mientras el Gobierno desguaza el Programa Nacional de Educación Sexual Integral, sin que ningún legislador se escandalice.
La antropóloga, investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas de Brasil, explicó sus conceptos. “La libertad de existir está en riesgo para las mujeres. Mi hija no puede tener la libertad de circulación como tuve yo. La violencia contra las mujeres de la forma que la estamos viendo en la Argentina es un síntoma de un momento del mundo, es un momento desesperado por varias razones, un momento en el que hay un poder de dueños, es una época de ‘dueñidad’. Hay en el mundo contemporáneo figuras que son dueñas de la vida y la muerte. Eso irrumpe en el inconsciente colectivo en la manera en que los hombres que obedecen a un mandato de masculinidad, que es un mandato de potencia, prueban su potencia mediante el cuerpo de las mujeres. En el mundo entero hay problemas con la violencia de género pero en nuestro continente cada vez más controlado por formas paraestatales de control social y de la vida, por formas no exactamente regidas por la ley, eso se expresa en la vulnerabilidad de la vida de las mujeres”, dice Segato.
–¿Qué busca el violador?
–Las relaciones de género son un campo de poder. Es un error hablar de crímenes sexuales. Son crímenes del poder, de la dominación, de la punición. El violador es el sujeto más moral de todos: en el acto de la violación está moralizando a la víctima. Cree que la mujer se merece eso. Los jueces, los abogados, los legisladores, no están formados, no tiene educación suficiente para entenderlo. Lo que sucedió con Micaela, con Lucía Pérez en Mar del Plata, son ataques a la sociedad  y a la vida en el cuerpo de la mujer. Es un error, que el pensamiento feminista eliminó hace muchísimo tiempo, la idea de que el violador es un ser anómalo. En él irrumpen determinados valores que están en toda la sociedad. Entonces, nos espantamos y el violador se convierte en un chivo expiatorio pero él, en realidad, fue el protagonista de una acción que es de toda la sociedad, una acción moralizadora de la mujer. No es con más cárcel, mucho menos con su castración química, que vamos a solucionar el problema. La violación no es un hecho genital, es un hecho de poder. Puede realizarse de forma genital y de muchas otras formas. Si no cambia la atmósfera en que vivimos el problema no va a desaparecer.
–A partir del femicidio de Micaela, en el Senado quieren aprobar una ley para impedir que violadores accedan a la libertad condicional.
–Uno de los países que tienen una de las penas más severas contra la violación es Estados Unidos y es uno de los países donde la incidencia de la violación es máxima. Eso significa que estamos yendo por el camino equivocado. Es decir, el punitivismo no es el camino. Eugenio Zaffaroni, a quien respeto mucho y presentó un libro mío en 2015, como muchos otros, no consiguen entender el tema de la violencia de género. Como los punitivistas, piensa que el agresor está en el campo de lo sexual. Unos se corren al punitivismo extremo y otros a la indulgencia extrema. Nosotras, las feministas, las estudiosas del tema, sabemos que en una violación no hay una relación sexual: hay deseo de control, de apropiación. El órgano sexual masculino entra como un arma para destruir. Es indispensable para el hombre ser hombre por la necesidad de ser un ser humano viril. Tiene que demostrar su capacidad de control y secuestro sobre el cuerpo de la mujer. Por lo general se consigue por otros medios que no son criminales. El violador se rinde ante un mandato de masculinidad que le exige un gesto extremo aniquilador de otro ser para verse como un hombre, para sentirse potente, para verse en el espejo y pensar que merece el título de la hombría. El interés del violador es la potencia y su exhibición frente a otros hombres para valer como un hombre. Hay que hablar más del tema, sobre qué es una agresión sexual, qué es una agresión íntima en el mundo de las relaciones de pareja, qué es una violación anónima, en la calle, como le sucedió a Micaela, y qué es una violación en la guerra: cada vez más la violación es un arma de guerra. Si no se comprende qué papel tiene la violación y la masacre de mujeres en el mundo actual, no vamos a encontrar soluciones. No hay recetas fáciles.
–Existe la creencia generalizada de que la reincidencia es ineludible en el caso del violador.
–Es obligatorio pensar que todo ser humano puede cambiar. Es muy difícil a veces. Hay que dar las condiciones para que lo pueda hacer, condiciones que no están dadas en la actualidad.



Página 12




jueves, 9 de marzo de 2017

Ahora que sí nos ven

Por Marta Dillon


Otra vez, por cuarta vez, volvimos a tomar la calle. Otra vez, por cuarta vez, con la fuerza de una marea, un desmadre que inunda el lecho por el que las aguas se conducen y se desbordan, llenando las grietas, los huecos,  los accidentes, las diferencias que a veces parecen abismos pero ahora no. Porque ahora éramos todas, las madres, las que no quieren serlo, las jóvenes y las viejas, las que llegaron con sus amigas, las que llegaron con sus compañeras de organización, las que habían discutido dentro de sus sindicatos, las sindicalistas que habian llamado al paro, las que fueron empujadas por las bases, las que se creen buenas, las que tienen orgullo de ser malas, las que venían por primera vez, las que temían que la fiesta no se fuera a repetir, las que convirtieron el duelo por las que nos faltan en un evento de resistencia vital, rebelde, memoriosa. Tuvimos conciencia de estar caminando sobre huellas, sobre esas que dejaron los pies pequeños de Nora Cortiñas, la Madre de Plaza de Mayo que cerró el acto reclamando que “nunca más nos invisibilicen”. Nunca Más, sí, Nunca Más, esa declaración popular por los Derechos Humanos, la que cierra como en un círculo perfecto todo lo que condenamos, lo que despreciamos, lo que nos obliga a un deber de Justicia siempre perseguida en ese mismo trayecto que recorrimos ayer, las mujeres de todos los colores, las mujeres de las muchas lenguas, en diálogo con geografías lejanas, en una complicidad insólita por su transversalidad, por su decisión, por su persistencia. No es la primera vez, es la cuarta, y cada vez se creyó que tal vez no sería igual, que faltarían las autoconvocadas, que la calle estaba exhausta después de dos marchas multitudinarias. Pero volvimos a hacerla, volvimos a poner en el espacio abierto una idea de cobijo, una encuentro con una comunidad de la que es posible formar parte, capaz de derrumbar la casa del amo, aunque quede a la intemperie, aunque no sepa todavía cabalmente cuál es su morada, esa en la que la organización patriarcal no tenga sitio ni aun agazapado, enmascarado en ese “yo te apoyo”, “yo te cuido los nenes”, “yo te saco la basura”. A tantos niveles estimula y conmueve lo que ayer hicimos juntas que provoca tanto a la risa como a esa emoción que mezcla las lágrimas con la marea en la que todas nos hamacamos, nos dejamos acunar, consolar, nos dejamos insuflar más rebeldía. “Nosotras pusimos fecha, la puta que te paró”, se cantó con una vibración que movía nervios internos, contestatarios, por tantas veces que nos dijeron putas, por tantas veces que temimos que nos dijeran putas. Nosotras nos arrogamos el desafío a esa estructura jerárquica y masculina, o mejor, patriarcal, que el martes mismo había sido desafiada y que ayer fue directamente provocada, porque no habían querido vernos, porque creyeron que la política era su monopolio igual que reclamaron hasta último momento la propiedad privada de la herramienta del paro. Nosotras sí paramos, del brazo, llorando en muchos casos, muertas de risa en otros, celebrando nuestros cuerpos, nuestras trayectorias vitales, nuestros territorios diversos, heterogéneos, nuestras convicciones políticas o estrategias que supimos aplazar para encontrar los acuerdos comunes. Parar, sí, parar, en muchas lenguas, con los cientos de colores de la piel de este pueblo que excede las fronteras nacionales, que se hace latinoamericano y dialoga con Europa y con Asia y con América del Norte. Parar para tomar conciencia, parar para decir basta, parar para defender nuestras muchas corporalidad, nuestras formas de amar, nuestras formas de diseñar el mundo en el que queremos vivir, de asomarnos al abismo que aunque ahora estuvo cubierto por la marea de nuestros cuerpos, sabemos que está ahí, con toda la incertidumbre que da el vacío, animándonos al riesgo de no saber cómo es esa casa en la que no vive un amo sino que habita nuestra complicidad feminista, rebelde, amorosa, emocionada. Debemos ser tantas ahora mismo, en este  instante que es ayer para quien lee, pero que se hace eterno de saber que hay cientos, miles de palabras tratando de dar cuenta de esta marea que desborda al mundo, que nos permite diseñar utopías, que moja nuestras emociones y no nos deja volver a casa iguales, ni al trabajo ni a circular por el espacio público. Otra vez, por cuarta vez, la calle fue nuestra y ahora que estamos juntas, y ahora que sí nos ven, como decía el canto que más se repitió, ya no podrán ocultarnos detrás de un incidente que no hablan de nosotras sino de las operaciones que se intentan para disciplinarnos, sin suerte. Porque esta tenacidad en derrumbar el sistema de opresión que es el patriarcado, una palabra que se democratizó al ritmo acelerado en que tomamos las calles, esa tenacidad es nuestra fuerza, nuestra revolución sensible, la mejor forma de oponernos a la mercantilización de nuestras emociones que nos propone el neoliberalismo, que ya no nos convencen, que no ocultan la injusticia, ni el hambre al que nos someten, que no entienden de sinceramientos, porque la única sinceridad que está puesta en la calle, en esta fiesta a cielo abierto, en este cobijo colectivo en la manada feminista es el deseo de un mundo otro, el que nos mueve, el que propone que otra vez, la próxima vez, volveremos a ser cientos de miles, millones si nos contamos en cada rincón del mundo donde se paró y se marchó, hasta que se cumpla nuestra promesa: el patriarcado va a caer. Y entonces demos juntas el siguiente paso, el que inaugure la huella fresca por la que andaremos en esta forma otra de ser comunidad, de dar y de recibir, de hacer verdad de una vez la utopía feminista en la que todos los cuerpos cuenten.
Escribo y el cielo se cae a pedazos, no puedo dejar de anotarlo, no sólo la tierra tembló, el cielo también se estremece ahora que estamos juntas, ahora que sí nos ven.