martes, 28 de abril de 2015

Antes, durante y después del embarazo ¡Tenés derechos!

Se lanza hoy la campaña “Antes, durante y después del embarazo ¡Tenés derechos!”, promovida por la subsecretaría de la Unidad de Coordinación Nacional para la Prevención, Asistencia y Erradicación de la Violencia contra las Mujeres, que dirige la nieta restituida. Busca concientizar a las mujeres sobre sus derechos durante el parto.

Victoria Montenegro tuvo a Gonzalo, su primer hijo, en la maternidad Sardá, hace 22 años. “Me pusieron el goteo -ni te preguntaban-, yo lloraba mucho, porque tenía 15 años y entendía que no se podía soportar tanto dolor. Creía que me iba a morir, y lo único que pedía era verle la cara a mi bebé antes de morirme”, recuerda hoy, con menos dramatismo. “Nació Gonzi a las 6 de la tarde, no lo vi porque me desmayé prácticamente. Se lo llevaron y me lo trajeron recién al otro día a las 11. Es feo eso. Es la primera vez que me pongo a pensar en esto”. Victoria no sabía entonces que había sido víctima de violencia obstétrica: un tipo de violencia de género que hoy, desde el organismo que dirige en el Consejo Nacional de la Mujer, intenta desterrar.
Hoy se lanza la campaña “Antes, durante y después del embarazo ¡Tenés derechos!”. Impulsada por la subsecretaría de la Unidad de Coordinación Nacional para la Prevención, Asistencia y Erradicación de la Violencia contra las Mujeres, busca concientizar a las mujeres sobre sus derechos, para que puedan reclamarlos y ejercerlos. El acto de lanzamiento será en la Casa Central de la Cultura Popular de la Villa 21, en Barracas, a las 10.
Montenegro, titular de la subsecretaría, explicó a Infojus Noticias cómo nació la campaña: “Nos enteramos, a partir de nuestro trabajo en el territorio, de la militancia y la vida, de muchos casos de violencia obstétrica”. La línea telefónica 144, que brinda asesoramiento y contención en casos de violencia de género, prácticamente no registró consultas ni reclamos de violencia obstétrica. “Nos preocupaba ver lo naturalizada que estaba la violencia en el embarazo, que ni siquiera podían hacer el reclamo.”
La violencia obstétrica está conformada por todas aquellas prácticas médicas que impiden a la mujer tomar sus propias decisiones en el momento del embarazo y del parto. Desde no brindar información sobre la medicación o los procesos a los que es sometida la mujer, no respetar sus pautas o costumbres culturales, acelerar el parto artificialmente o llevarla a cesárea, en los casos en que se pueda evitar, impedirle estar acompañada en cualquiera de los momentos del parto, hasta separarla de su bebé luego del nacimiento, entre otras. Es algo poco reconocido por los médicos y por las víctimas en general, y a veces puede llegar a situaciones extremas.
Montenegro dice que hay que empezar a entender que “una mamá a punto de parir tiene un montón de miedos y  necesita, aunque se atiendan cien partos por día, que ese parto sea único. Es su parto, su momento.”
“Hemos tenido casos de mujeres que mueren víctimas de abandono de persona o mala praxis al tener a sus bebés. Pasa muchísimo en el interior del país”, explica Victoria. “Hace poco nos enteramos de que en la provincia de Mendoza, en algunos lugares, si las mujeres entran con un aborto inconcluso, les hacen el legrado sin ningún tipo de anestesia: una forma de adoctrinar para que no lo hagan de vuelta. Por eso es importante que esa denuncia ingrese en la línea 144: en tal hospital tal médico hizo esto. Y así poder actuar con todas las herramientas del Estado y de la ley”, agregó
Desde la subsecretaría que dirige Montenegro, pensaron en una herramienta que fuera simple, práctica y fácil de llevar. Así nació la idea de la guía de bolsillo, basada en la Ley 25.929 de Parto Humanizado y la 26.485 de protección integral a las mujeres: “Antes, durante y después del embarazo ¡Tenés derechos!”. Con dibujos alusivos y frases breves, la guía será repartida a mujeres de todo el país a través de todas las dependencias nacionales, provinciales y municipales de la mujer, en hospitales y consultorios. Para que las mujeres sepan cuáles son sus derechos y a quién recurrir en caso de que no se respeten. 
“Cuando una mujer se termina de empoderar -nosotros como argentinos tenemos el mejor ejemplo: las Madres y las Abuelas-, cuando las mujeres que atravesaron determinada situación y que se pueden parar sobre esa situación y construir a partir de eso se ponen en marcha, bueno, ya está, han cambiado la historia”, dice Victoria.
La sociedad argentina cambió en los últimos años. Lo dicen las leyes de protección integral de las mujeres, el reconocimiento de la figura del “femicidio”, la ley de parto humanizado y tantas otras. “Yo tengo una imagen de cuando era muy chica de lo que eran las parejas, por ejemplo en una telenovela, creo que con Arnaldo André y Luisa Kuliok, donde él la golpeaba. Era ‘la’ novela, con un montón de puntos de rating y el momento que todos esperaban era cuando él la agarraba y la golpeaba. Y eso era la pareja. Hoy no existiría esa posibilidad”, explica.
Montenegro está convencida de que la sociedad argentina cambió, pero aún falta: “Creo que los argentinos como sociedad estamos tomando conciencia de los importante que es trabajar en serio con la problemática de la violencia de género, que es algo muy complejo que no se va a solucionar con globos”.
Recuerdos de la muerte
La historia de Victoria es conocida: fue secuestrada junto a sus padres el 13 de febrero de 1976, cuando tenía apenas 13 días de vida. Herman Tetzlaff, luego su apropiador, fue el jefe del operativo. Medía dos metros y pesaba 145 kilos. Hace cuatro años, cuando el cuerpo de su papá Roque “Toti” Montenegro fue restituido por el Equipo Argentino de Antropología Forense, Victoria supo que sus padres vivieron varios meses en cautiverio antes de morir, y pensó por primera vez en su mamá, Hilda Ramona Torres, como madre.
“Hasta ese momento yo creía que a mis papás los habían matado en el enfrentamiento, la misma noche del secuestro. Y eso te da un poco de calma, por lo menos. Cuando me entero de los vuelos y de Campo de Mayo, que entendemos que es el destino de ellos, o nuestro destino, ahí sí fue una de las pocas veces que me enojé realmente con Tetzlaff, mi apropiador, que ya había fallecido”, dice.

“Pero lo vi tan grande a él, tomé dimensión de lo enorme que era él y de lo chiquita que era mi mamá, y que hacía diez días había dado a luz. Ahí fue la primera vez, cuando aparece papá, que me dolió en el cuerpo, que me dolió porque soy mamá, porque parí,  porque sé todo lo que pasa después del parto, los miedos, el dolor físico que te deja el parto y lo dimensioné a él tan grande y a ella tan chiquita de cuerpo, tan vulnerable. Esa fue la primera vez que pude pensar en eso.”



domingo, 8 de marzo de 2015

8 de marzo

Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres,
¡Qué poco es un solo día, hermanas,
qué poco, para que el mundo acumule flores frente a nuestras casas!
De la cuna donde nacimos hasta la tumba donde dormiremos
-toda la atropellada ruta de nuestras vidas-
deberían pavimentar de flores para celebrarnos
(que no nos hagan como la Princesa Diana que no vio, ni oyó
las floridas avenidas postradas de pena de Londres)
Nosotras queremos ver y oler las flores.

Queremos flores de los que no se alegraron cuando nacimos hembras
en vez de machos,
Queremos flores de los que nos cortaron el clítoris
Y de los que nos vendaron los pies
Queremos flores de quienes no nos mandaron al colegio para que cuidáramos a los hermanos y ayudáramos en la cocina
Flores del que se metió en la cama de noche y nos tapó la boca para violarnos mientras nuestra madre dormía
Queremos flores del que nos pagó menos por el trabajo más pesado
Y del que nos corrió cuando se dio cuenta que estábamos embarazadas
Queremos flores del que nos condenó a muerte forzándonos a parir
a riesgo de nuestras vidas
Queremos flores del que se protege del mal pensamiento
obligándonos al velo y a cubrirnos el cuerpo
Del que nos prohíbe salir a la calle sin un hombre que nos escolte
Queremos flores de los que nos quemaron por brujas
Y nos encerraron por locas
Flores del que nos pega, del que se emborracha
Del que se bebe irredento el pago de la comida del mes
Queremos flores de las que intrigan y levantan falsos
Flores de las que se ensañan contra sus hijas, sus madres y sus nueras
Y albergan ponzoña en su corazón para las de su mismo género

Amanece con pelo largo el día curvo de las mujeres.
Queremos flores hoy. Cuánto nos corresponde.
El jardín del que nos expulsaron.




 Gioconda Belli







viernes, 6 de marzo de 2015

Historia de una sobreviviente que lucha

En 2002, su marido intentó asesinarla dos veces en la misma noche. Ella sobrevivió para contarlo y pedir justicia, algo que no obtuvo, porque el fallo consideró como atenuante que ella habría sido infiel. El caso llegó a la CIDH, patrocinado por el CELS.

Por Mariana Carbajal

La historia de Ivana Rosales, una sobreviviente de la violencia de género y víctima de una Justicia machista llega mañana a la pantalla de la TV Pública. El documental Ella se lo buscó, que aborda el caso de la mujer neuquina, cuyo esposo trató de asesinarla dos veces en la misma noche –primero ahorcándola y luego golpeándola brutalmente con unas piedras– será emitido el sábado a las 13.30, como parte de la programación especial por la conmemoración, el domingo, del Día Internacional de la Mujer. “El de Ivana es un caso paradigmático, de extrema gravedad, de violencia contra las mujeres que refleja la impunidad que reina en casos similares por la complicidad de una Justicia que interviene de manera discriminatoria, perpetuando condiciones que restringen la igualdad sustantiva en nuestro país”, señaló a Página/12 la abogada Edurne Cárdenas del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), entidad que la patrocina en una demanda contra el Estado argentino ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Se trata del primer caso de violencia de género por el cual el país fue denunciado en el fuero internacional.
El título de la película, de la directora cordobesa Susana Nieri (ver aparte), refleja el mensaje que la Justicia dio sobre el intento de femicidio que sufrió Ivana. En 2003, la Cámara Segunda en lo Criminal de la ciudad de Neuquén encontró a su esposo, Mario Garoglio, culpable de “intento de homicidio agravado”, pero lo condenó a cinco años de prisión –menos de la mitad del máximo previsto para ese delito–, porque consideró que hubo “atenuantes” que justificaron su conducta. Supuestamente, ella le había sido infiel. El caso quedó impune porque él nunca cumplió condena –se mantuvo prófugo hasta que prescribió la pena– ni ella pudo apelar el fallo. Hoy, lo sucedido está en estudio ante la CIDH. En la denuncia presentada en 2005 ante la comisión “se plantea que el Estado argentino ha violado distintos derechos humanos reconocidos en el Sistema Interamericano de Protección de Derechos Humanos, entre ellos el derecho a la igualdad, a la defensa, a justicia, y a la integridad personal”, explicó Cárdenas.
–¿Qué sensaciones se le despiertan al ver el documental sobre su propia historia?
–Una mezcla de muchas cosas. Impotencia, porque ha pasado más de una década del ataque y del juicio y hoy se sigue viviendo lo mismo. Lo veo en otros casos de mujeres a las que acompañamos a nivel judicial. Hay leyes que no se aplican. Las cabezas de mucha gente de la Justicia no se han abierto. Y también siento dolor por esa criaturita que no está. Mi hija no va a volver y creo que hay cosas que se podrían haber prevenido.
Ivana Rosales tiene 40 años, se ha convertido en activista por los derechos de las mujeres y trabaja en la oficina del Inadi de la ciudad de Neuquén. Se sigue sobreponiendo a las consecuencias de la violencia machista: su hija mayor, Mayka, que había sufrido abusos sexuales por parte de su padre –durante un régimen de visitas que la Justicia no frenó después de que Garoglio intentara asesinar a Ivana–, se suicidó hace poco más de dos años. El hombre fue condenado por abuso sexual de sus hijos a cuatro años de prisión y hace pocos meses recuperó la libertad.
La violencia machista le dejó otras marcas, algunas más visibles que otras: cicatrices en toda la cabeza y el rostro, parálisis facial del lado izquierdo y epilepsia postraumática. Fue como consecuencia de la brutal paliza que recibió de quien era entonces su esposo –empleado jerárquico de una empresa de servicios petroleros–, en la noche del 18 de abril de 2002. Creyéndola muerta, Garoglio fue a su casa, se despidió de los tres hijos de ambos y se entregó en la comisaría de Plo-ttier, localidad en la que todavía vive Ivana, a 25 kilómetros de la ciudad de Neuquén. La policía encontró viva a Ivana. Garoglio quedó preso, pero a los 50 días fue liberado porque la carátula de la causa fue morigerada de “tentativa de homicidio calificada por el vínculo” a “lesiones graves”. Y luego recibió una condena atenuada por argumentos sexistas y discriminatorios, que nunca cumplió.
“El caso de Ivana ocurrió en el año 2002; trece años después, sigue vigente la necesidad imperiosa de realizar programas continuos de capacitación y sensibilización en temas de violencia contra las mujeres, con perspectiva de género, a funcionarios públicos y población en general. Teniendo en cuenta la experiencia vivida por Ivana es importante el compromiso de asegurar la asistencia, participación y acompañamiento de las víctimas en todas las etapas de procesos de violencia de género”, señaló Cárdenas.
–¿Qué medidas de reparación pedirán para Ivana si prospera la demanda?
–Desde que el caso fue presentado ante la CIDH en la Argentina ha habido importantes avances legislativos. Sin dudas la sanción, en 2009, de la Ley Nacional 26.485 de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres. También la sanción de leyes provinciales para adaptar sus normas a la legislación nacional representa un hito. Una agenda de reparaciones orientada a la no repetición de casos como el de Ivana Rosales implica necesariamente un compromiso firme para la implementación de la ley en todo el país. En este sentido, se hace necesario que el Estado nacional y los estados provinciales otorguen presupuestos adecuados a las áreas competentes –indicó Cárdenas.

Página 12






En el marco del mes de la mujer, este sábado 7 de marzo, a las 13.40 se presenta por primera vez para la televisión, el documental "Ella SE LO Busco" de Susana Neri con presentación de Horacio Verbitsky, por la TV Pública. 

jueves, 8 de enero de 2015

Todas putas

Por Natalia Pandolfo

Siglos pesan sobre las espaldas de una mujer que sale a la calle y tiene que soportar que un tipo le diga obscenidades. Bajar ojos al piso, ponerse auriculares, tener esa vergüenza de quien se siente en falta.

Siglos se desploman sobre el lomo de una mujer que cree que está bien que su macho la controle. Que le diga esto sí, esto no: que entienda que hay una lógica razonable detrás de cualquier tipo de imposición. Siglos retumban en los oídos de una mujer que piensa que, a lo mejor, si se pone esa minifalda alguien podría entender lo que no es: que se viste pensando en un atajo.

Son siglos los que pegan la bofetada en el rostro de esa mujer que piensa que bueno, que él es así, que cada tanto se pone violento pero que en el fondo no es malo. Que ya va a cambiar: y en el ya, a veces, le va la vida. Son siglos los que tensan los músculos de esa mujer que cree que a lo mejor ella lo provocó, que quizá si no se hubiera ido así vestida hoy no estaría llorando. Son siglos los que desvirtúan el pensamiento de un tipo que cree que su mujer es suya: que le pertenece, que hay una cadena imaginaria que los liga: una esposa.

De repente, el mundo explota en toda su violencia cuando una mujer dice que no. Una mujer que dice que no es una contradicción insalvable en la cabeza de tantos: necesitan matarla, descuartizarla, violarla, quemarla, apuñalarla, asfixiarla, ahogarla, desaparecerla, para saber que finalmente tenían razón, claro que tenían razón, cómo iba a decir que no si mirá cómo se viste, si no estudia ni trabaja y anda yirando todo el día por ahí. Los discursos que tallaron la historia estallan con su feroz potencia en el cuerpo de una mujer que dice que no.

Alguien dice la palabra feminismo y alguien se burla o le opone, como si empardara, machismo. La diferencia entre ambos puntos es la que existe entre la vida y la muerte. El feminismo no mata. Sólo defiende, se defiende, pone una compresa a la herida de siglos de dominación y violencia. Intenta mantener en pie, frente a tanta tempestad, aquel viejo ideal del respeto y la igualdad.

En la costanera, dos chicas caminan y conversan. Un señor pasa en bicicleta, disminuye la velocidad hasta llegar al paso de hombre y empieza su eterno y asqueroso sermón. Ellas se incomodan, caminan más rápido, él acelera y sigue, siempre sigue, impunemente, dueño. Hasta que una de ellas, la más chica, se da vuelta y le arroja a la cara un rosario de insultos. El señor aumenta la velocidad y desaparece. Ellas vuelven a su calma -o hacen como que. 

El tipo que esta tarde le dijo algo al oído, solapadamente, a la nena de doce años que pasaba por su cuadra, es el que se horroriza ahora, sentado en su sofá, su vaso de cerveza su diario su perro, ante el cuerpo muerto expuesto en la tele y reproducido en los canales como triunfal noticia del día. 

Desapareció fulana. Encontraron el cadáver de mengana. Desapareció sultana. Desesperada búsqueda de paradero. Hallan asesinada a la joven. 

Y hablan de pasión, las pantallas y las páginas prostituyen la palabra, dicen crimen pasional como si la pasión fuera eso, como si un crimen pudiera acaso iluminarse con el halo sagrado de las pasiones: como si no pudieran ver el oxímoron en lo que dicen y escriben.

—¿De qué murió?

—De pasión.

En Argentina, ocurre un feminicidio cada treinta horas: hombres matan a mujeres que consideran de su propiedad. Cada treinta horas, muere una mujer por el sólo hecho de serlo -y todos seguimos viviendo como si nos importara tan poquito. Cada paso en el universo cotidiano exuda modos de dominación. Desarticularlos, pensarlos, ubicarlos en el plano de la crítica, ponerles un reflector para mostrarlos en toda su dimensión es tarea de cada uno. Acaso sea ésa una buena forma de empezar a decir basta.


El Litoral

domingo, 21 de diciembre de 2014

Teoría King Kong

Tenientas corruptas*


Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: no me disculpo de nada, ni vengo a quejarme. No cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece un asunto más interesante que ningún otro.

Me parece formidable que haya también mujeres a las que les guste seducir, que sepan seducir, y otras que sepan casarse, que haya mujeres que huelan a sexo y otras a la merienda de los niños que salen del colegio. Formidable que las haya muy dulces, otras contentas en su feminidad, que las haya jóvenes, muy guapas, otras coquetas y radiantes. Francamente, me alegro por todas a las que les convienen las cosas tal y como son. Lo digo sin la menor ironía. Simplemente, yo no formo parte de ellas. Seguramente yo no escribiría lo que escribo si fuera guapa, tan guapa como para cambiar la actitud de todos los hombres con los que me cruzo. Yo hablo como proletaria de la feminidad: desde aquí hablé hasta ahora y desde aquí vuelvo a empezar hoy. Cuando estaba en el paro no sentía vergüenza alguna de ser una paria, sólo rabia. Siento lo mismo como mujer: no siento ninguna vergüenza de no ser una tía buena. Sin embargo, como chica por la que los hombres se interesan poco estoy rabiosa, mientras todos me explican que ni siquiera debería estar ahí. Pero siempre hemos existido. Aunque nunca se habla de nosotras en las novelas de hombres, que sólo imaginan mujeres con las que querrían acostarse. Siempre hemos existido, pero nunca hemos hablado. Incluso hoy que las mujeres publican muchas novelas, raramente encontramos personajes femeninos cuyo aspecto físico sea desagradable o mediocre, incapaces de amar a los hombres o de ser amadas. Por el contrario, a las heroínas de la literatura contemporánea les gustan los hombres, los encuentran fácilmente, se acuestan con ellos en dos capítulos, se corren en cuatro líneas y a todas les gusta el sexo. La figura de la pringada de la feminidad me resulta más que simpática: es esencial. Del mismo modo que la figura del perdedor social, económico o político. Prefiero los que no consiguen lo que quieren, por la buena y simple razón de que yo misma tampoco lo logro. Y porque, en general, el humor y la invención están de nuestro lado. Cuando no se tiene lo que hay que tener para chulearse, se es a menudo más creativo. Yo, como chica, soy más bien King Kong que Kate Moss. Yo soy ese tipo de mujer con la que no se casan, con la que no tienen hijos, hablo de mi lugar como mujer siempre excesiva, demasiado agresiva, demasiado ruidosa, demasiado gorda, demasiado brutal, demasiado hirsuta, demasiado viril, me dicen. Son, sin embargo, mis cualidades viriles las que hacen de mí algo distinto de un caso social entre otros. Todo lo que me gusta de mi vida, todo lo que me ha salvado, lo debo a mi virilidad. Así que escribo aquí como mujer incapaz de llamar la atención masculina, de satisfacer el deseo masculino y de contentarme con un lugar en la sombra. Escribo desde aquí, como mujer poco seductora pero ambiciosa, atraída por el dinero que gano yo misma, atraída por el poder de hacer y de rechazar, atraída por la ciudad más que por el interior, siempre excitada por las experiencias e incapaz de contentarme con la narración que otros me harán de ellas. No me interesa ponérsela dura a hombres que no me hacen soñar. Nunca me ha parecido evidente que las chicas seductoras se lo pasen tan bien. Siempre me he sentido fea, pero tanto mejor porque esto me ha servido para librarme de una vida de mierda junto a tíos amables que nunca me habrían llevado más allá de la puerta de mi casa. Me alegro de lo que soy, de cómo soy, más deseante que deseable. Escribo desde aquí, desde las invendibles, las torcidas, las que llevan la cabeza rapada, las que no saben vestirse, las que tienen miedo de oler mal, las que tienen los dientes podridos, las que no saben cómo montárselo, ésas a las que los hombres no les hacen regalos, ésas que follarían con cualquiera que quisiera hacérselo con ellas, las más zorras, las putitas, las mujeres que siempre tienen el coño seco, las que tienen tripa, las que querrían ser hombres, las que se creen hombres, las que sueñan con ser actrices porno, a las que les dan igual los hombres pero a las que sus amigas interesan, las que tienen el culo gordo, las que tienen vello duro y negro que no se depilan, las mujeres brutales, ruidosas, las que lo rompen todo cuando pasan, a las que no les gustan las perfumerías, las que llevan los labios demasiado rojos, las que están demasiado mal hechas como para poder vestirse como perritas calentonas pero que se mueren de ganas, las que quieren vestirse como hombres y llevar barba por la calle, las que quieren enseñarlo todo, las que son púdicas porque están acomplejadas, las que no saben decir que no, a las que se encierra para poder domesticarlas, las que dan miedo, las que dan pena, las que no dan ganas, las que tienen la piel flácida, la cara llena de arrugas, las que sueñan con hacerse un lifting, una liposucción, con cambiar de nariz pero que no tienen dinero para hacerlo, las que están desgastadas, las que no tienen a nadie que las proteja excepto ellas mismas, las que no saben proteger, esas a las que sus hijos les dan igual, esas a las que les gusta beber en los bares hasta caerse al suelo, las que no saben guardar las apariencias; pero también escribo para los hombres que no tienen ganas de proteger, para los que querrían hacerlo pero no saben cómo, los que no saben pelearse, los que lloran con facilidad, los que no son ambiciosos, ni competitivos, los que no la tienen grande, ni son agresivos, los que tienen miedo, los que son tímidos, vulnerables, los que prefieren ocuparse de la casa que ir a trabajar, los que son delicados, calvos, demasiado pobres como para gustar, los que tienen ganas de que les den por el culo, los que no quieren que nadie cuente con ellos, los que tienen miedo por la noche cuando están solos.

Porque el ideal de la mujer blanca, seductora pero no puta, bien casada pero no a la sombra, que trabaja pero sin demasiado éxito para no aplastar a su hombre, delgada pero no obsesionada con la alimentación, que parece indefinidamente joven pero sin dejarse desfigurar por la cirugía estética, madre realizada pero no desbordada por los pañales y por las tareas del colegio, buen ama de casa pero no sirvienta, cultivada pero menos que un hombre, esta mujer blanca feliz que nos ponen delante de los ojos, esa a la que deberíamos hacer el esfuerzo de parecernos, a parte del hecho de que parece romperse la crisma por poca cosa, nunca me la he encontrado en ninguna parte. Es posible incluso que no exista.



*Primer capítulo de “Teoría King Kong”, de Virginie Despentes


martes, 11 de noviembre de 2014

Aurora Bernárdez, un gran apoyo a la literatura y a la cultura



Conocí a Aurora Bernárdez 
y a Julio Cortázar en 1958, en París. Siempre me impresionó su inteligencia y cultura literarias. Era una verdadera maravilla oírlos hablar cuando estaban casados. Expresaban una inteligencia como si la hubieran ensayado, casi teatral. La cultura literaria y personal de Aurora era tan rica como la de Julio. Siempre creí que en ella había una escritora que no se manifestaba, pero que en un gesto de generosidad y heroísmo decidió que en su familia solo hubiera un escritor. La mejor época literaria de Cortázar fue a su lado.
Fue una traductora espléndida de varios idiomas y de autores importantes como Sartre, Durrell y Calvino. Ayudó a Cortázar cuando tradujo Memorias de Adriano, de Yourcenar.
Era una persona extraordinariamente delicada, con un tacto exquisito en la conversación. Quienes los conocimos pensábamos que formaban la pareja perfecta, que nunca se iban a separar. Se volvieron a juntar cuando él estaba enfermo. Fue muy buena idea que Julio la dejara como albacea literaria porque hizo ediciones póstumas excelentes.
Se pierde a alguien muy valioso, no sólo por la enorme ayuda y colaboración que prestó a Julio en su mejor época como escritor, sino por ella misma, porque a través de sus traducciones dio un enorme apoyo a la cultura y a nuestra lengua. Era de esas amistades que enriquecen.
El verano del año pasado tuve un diálogo con ella muy bonito, en El Escorial, por los homenajes a Cortázar con motivo de los 50 años deRayuela. Me emocionó verla, después de tanto tiempo, y comprobar que estaba bien y seguían intactas su energía y su curiosidad. Era genuinamente modesta, y a lo largo de toda su vida procuró ser invisible. Quienes los conocimos sabemos que fue la persona con quien Cortázar compartió su preocupación intelectual y su trabajo sin ninguna duda, con una inteligencia y complicidad envidiables.

Por Mario Vargas Llosa

El Pais

sábado, 8 de noviembre de 2014

Presa política a los 17, aún sufro las consecuencias

Represión en el gobierno de Isabel Perón. Durante una clase de Historia en quinto del secundario, habló bien de Vietnam. Una profesora la denunció y empezó un derrotero de casi tres años en distintas cárceles, con momentos en los que estuvo absolutamente aislada. En 1978 le permitieron salir del país. Hoy cuenta cómo lo padecido en aquella etapa dejó una huella que duele.

Mi hermana me fue a visitar a la cárcel de Devoto cuando se inauguraron los locutorios, cubículos que separaban a la presa del familiar mediante un vidrio dotado de un dispositivo por el que pasaba la voz. Era 1977, y yo estaba a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. En protesta contra este método de visita que impedía el contacto físico entre las personas, la mayoría de las presas no se presentó, siguiendo la orden de sus respectivas organizaciones políticas. Yo, militante de Vanguardia Comunista, un partido político minoritario, fui. Después de la visita, me llevaron al Departamento de Asuntos Judiciales de la cárcel. Creí que me comunicarían el permiso para salir del país, que mi familia venía tramitando. Pero lejos de conmutarme la pena, me informaron de una nueva: me acusaron de haber rayado la mesita del locutorio, y me aislaron por tiempo indeterminado. 

Eso fue lo más duro, el aislamiento total. Es una tortura sutil que socava los fundamentos de la persona sin dejar marca exterior. Encerrada en una pequeña celda de castigo, mis sentidos estaban privados de todo estímulo. No había nada para hacer, nada para mirar, nada para escuchar. Alejada de todos, sólo podía dar tres pasos para un lado y tres pasos para el otro. Los contaba al ir y al regresar, como si intentara resistir a una ruptura mental. 
Me llevó más de treinta años encontrar el lenguaje para escribir Algo se quebró en mí, el libro en el que intento transmitir lo que viví durante ese encierro, que finalmente duró quince días, en una celda donde dejé no sólo mi adolescencia, sino también mi identidad. 

Todo había empezado dos años antes, cuando tenía 17 y luchaba contra las injusticias y por un nuevo orden social. Iba a reuniones, y repartía periódicos del Partido en la escuela. En Córdoba, estudiaba en la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano. Mi novio militaba en la misma agrupación. Esta decidió mandarlo a Río Cuarto para realizar trabajo rural. Como yo quería acompañarlo, en marzo de 1975 me casé y me trasladé con él. 

Empecé quinto año en la Escuela Nacional de Comercio de esta nueva ciudad. En la clase de historia, dije que en Vietnam, “el ejército más chico del mundo 
había derrotado al más grande porque luchaba por sus ideales y por su liberación”. La profesora me denunció a la directora, y esta llamó a la policía, que nos detuvo a mi marido y a mí. Según la ley aprobada por el gobierno de María Estela Martínez de Perón, representábamos una amenaza para la seguridad de la Nación. 

El calabozo de una comisaría fue mi primera prisión. Desde allí me comunicaba a través de silbidos con mi marido, que ocupaba otro. Una prostituta, presa por unos días, le informó a mi familia de nuestro paradero. Fue un gesto fundamental para nuestra seguridad. A partir de ese momento, el apoyo de mi familia fue incondicional. Me sentía moralmente fuerte, pero las condiciones de vida y la comida eran tan malas que enfermé, y en pocos días perdí cinco kilos. El médico dictaminó que me aquejaba el encierro en una celda tan fría y pequeña. Entonces nos trasladaron, a mi marido a la cárcel de encausados, y a mí a la del Buen Pastor. Separarme de él me entristeció porque, aunque no nos veíamos, su proximidad me sostenía. En el Buen Pastor me tuvieron encerrada ocho meses. Era la única detenida por causas políticas. Convivir con presas comunes, prostitutas en su mayoría, no siempre era fácil. Pero yo seguía estudiando, y observaba todo lo que acontecía en torno a mí con ánimo de aprender. 

En octubre de 1975, la justicia nos sobreseyó a mi marido y a mí. No habíamos infringido la ley. Él salió en libertad, pero sin saber por qué, yo seguí a disposición del Poder Ejecutivo. Tras su liberación, me fue ganando el sentimiento de soledad. Pedí a mi familia y a mis abogados que hicieran lo posible para obtener mi traslado a la cárcel de Córdoba donde, además de tener a mi familia cerca, podría estar con otras presas como yo. 

En diciembre de ese año, me destinaron a la Unidad Penitenciaria N° 1. La idea que me había hecho de la vida entre las presas políticas no guardaba relación con la realidad. La mayoría pertenecía a una u otra de las organizaciones armadas, y sólo unas pocas provenían como yo de otros sectores políticos minoritarios. Con estas, formábamos un grupo denominado la Franja. Me costó adaptarme a la disciplina impuesta por las presas políticas, al tipo de lecturas y a los ritmos de estudio, que no siempre correspondían a los de una joven de mi edad. Entre nosotras había alegría y fuertes lazos de afecto y solidaridad, pero en regla general, mi experiencia hizo que no siguiera pensando en el poder como lo hacía antes de haber sido víctima directa de él. Me llamaba la atención que, al encerrársenos en el pabellón, el poder no quedara fuera.

Con el golpe militar de 1976, todo en la cárcel cambió. Durante casi nueve meses no vimos el sol. Nos privaron de todo contacto con el exterior y con nuestras familias, nos despojaron de todos nuestros efectos personales, y destruyeron las cartas y fotos que alimentaban los recuerdos que nos ayudaban a sobrevivir. Nos hicieron pasar hambre y frío. Los militares irrumpían en el pabellón de día y de noche. Nos maltrataban, y nos hacían “bailar”. Los ejercicios y vejaciones eran brutales, pero lo más terrible fue cuando nos empezaron a matar. Aún recuerdo el ruido de las botas cuando se alejaban por el pabellón en el silencio de la noche, llevándose a una compañera a la que sabíamos que un rato más tarde iban a matar.

Perdí dieciséis kilos y dejé de menstruar. Al inicio, en condiciones en que carecíamos hasta de un trozo de algodón, pensaba que mi organismo me hacía un favor al obstaculizar la menstruación. Pero al quitar la cárcel, sufrí de complicaciones hormonales ligadas a la amenorrea durante siete años.
Cuando nos enteramos de que en los campos de concentración, algunos detenidos colaboraban con los torturadores, quedé perpleja. Descubrir la delación me hizo pensar que cualquiera lo podía hacer y que, por lo tanto, ya no podía considerar a otra detenida como a una igual. De ella podía, y debía, desconfiar. 

Fue una fuente suplementaria de desestabilización.

Mis dieciocho años eran escasos para incorporar la amplia gama de comportamientos y sentimientos humanos que escapaban a las categorías estrechas de resistencia, virtud o ejemplaridad. Ya no se trataba de morir como un héroe, sino de saber qué ideas y valores rescatar si lograba sobrevivir.

En diciembre de 1976, varias de nosotras fuimos trasladadas a la cárcel de Devoto, en Buenos Aires, donde terminó nuestra incomunicación. Las nuevas compañeras nos recibieron con afecto y calidez. El queso que nos convidaron fue como un festín.
Supe por mi hermana que mi marido se había ido del país. Era sin duda lo mejor que podía hacer, pero su partida agravó mi sentimiento de abandono y soledad. 

Después del castigo en aquella celda, acusada injustamente de haber rayado una mesita, permanecí en la cárcel un año más. Mis diferencias con las organizaciones mayoritarias con respecto a las medidas de resistencia tomadas contra las autoridades no hicieron más que aumentar, aumentando simultáneamente mi soledad. 

El 8 de enero de 1978, la policía me llevó a Ezeiza donde apenas tuve tiempo para ver a mi familia antes de partir. Al día siguiente, llegué sola a París. Después de tres años largos y terribles, sin haber cumplido veinte años, me condenaban al exilio por haber militado por un mundo mejor.

El tiempo ha pasado, todo aquello parece haber quedado atrás, hasta que el recuerdo del horror me vuelve a habitar. Cuando el eco que producen los relatos de tortura y asesinatos me hace regresar al mundo carcelario y dictatorial, algo duele en mi interior. Es como una fuerza que pareciera querer reventar los límites de mi cuerpo; algo muy difícil de soportar. 

Me sucedió hace poco, al leer el testimonio de Graciela Geuna ante el Tribunal Oral. Graciela estuvo secuestrada en el centro clandestino de detención de la Perla, en Córdoba. Hablaba de los chicos de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano, a la que también iba yo antes de mudarme a Río Cuarto. “Hubo una época –dice Graciela– que era como la vida misma, que hubo vida en La Perla. Fue cuando secuestraron a adolescentes, del Manuel Belgrano.” Era la primera vez que leía dónde habían llevado a los compañeros con quienes había compartido mis primeros cuatro años de secundario. “Los adolescentes se reían, hacían bromas”, continúa Graciela. “En esa época los militares decían que iban a pasarlos a la cárcel. (…) Pero luego pasó algo terrorífico. Porque empezaron a cambiar el discurso, empezaron a decir que mejor era matarlos de pichones”. Graciela insistió en que “eran adolescentes que no podían parar de reírse, ellos nunca imaginaron que los matarían”.

Los límites de mi cuerpo parecían estrecharse cada vez más. Mi malestar aumentaba y no comprendía por qué. Hasta que recordé el último párrafo de mi libro donde relato lo que me había contado mi hermana en una de sus visitas a la cárcel: un día de mayo de 1976, es decir, cuando yo ya llevaba un año en la cárcel, llegaron integrantes de las bandas paramilitares a casa de mi madre. Entraron armados con ametralladoras, preguntando por mí. No sabían que yo ya estaba en la cárcel, y me iban a buscar. 

Por esa misma época, desaparecieron numerosos estudiantes y ex estudiantes del Manuel Belgrano. Hoy se sabe que algunos de ellos son los adolescentes que vio Graciela en La Perla. La justicia reconoció que todos los nombres de los chicos formaban parte de la lista que el director de la escuela, Tránsito Rigatuso, había entregado a los grupos de extrema derecha ligados al Ejército. 

Durante días seguí pensando en los adolescentes. Me debatía entre el dolor y la estupefacción. Recordaba cómo nos reíamos. Era como estar con ellos. Como si en vez de estar en el patio de la escuela, hubiésemos estado todos juntos riéndonos en un campo de concentración. Es que los adolescentes se ríen en cualquier lugar, pensaba, máxime cuando son inocentes, cuando ignoran que los van a matar.

Pero ahora yo sé que los mataron. Ya no soy más una adolescente y formo parte de quienes pueden recordar. Quizás lo insoportable era no animar a preguntarme si mis antiguos compañeros comprendieron en algún momento que nunca más se volverían a reír, y cómo habría sido si hubiera estado en su lugar, si aquella profesora no me hubiera denunciado antes del golpe militar.


Gladys Ambort

De adolescente militó en la agrupación de izquierda “Vanguardia Comunista”. Iba a reuniones y repartía periódicos en Río Cuarto, Córdoba. 
Hace pocos años escribió el libro “Algo se quebró en mí” en el que narra cómo las prisiones que conoció al ser detenida le mostraron realidades que desconocía, como la delación entre las presas. Hoy reside en Ginebra. Allí se doctoró en Ciencias Humanas y tiene, además, un 
Posgrado en Ciencias Sociales en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París.


Mundos íntimos