miércoles, 11 de diciembre de 2013

Uno de los cuentos que más me gustan de Clarice Lispector

Felicidad clandestina

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:
-Vas a prestar ahora mismo ese libro.
Y a mí:
-Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?
Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.

LA HORA DE CLARICE


jueves, 15 de agosto de 2013

Fragmento del libro Escribir, de Marguerite Duras.




      “Cuando me acostaba, me tapaba la cara. Tenía miedo de mí. No sé cómo no sé por qué. Y por eso bebía alcohol antes de dormir. Para olvidarme, a mí. Enseguida pasa a la sangre, y luego uno duerme. La soledad alcohólica es angustiosa. El corazón, sí. De repente late muy deprisa.
     Cuando yo escribía en la casa todo escribía. La escritura estaba en todas partes. Y cuando veía a los amigos, a veces no acertaba a reconocerlos. Hubo varios años así, difíciles, para mí, sí, diez años quizá, quizá duró diez años. Y cuando amigos incluso muy queridos acudían a visitarme, también era terrible. Los amigos nada sabían de mí: me apreciaban y acudían por gentileza creyendo que hacían bien. Y lo más extraño era que no me importaba.
     Eso hace salvaje la escritura. Se acerca a un salvajismo anterior a la vida. Y siempre lo reconocemos, es el de los bosques, tan antiguo como el tiempo. El del miedo a todo, distinto e inseparable de la vida misma. Uno se encarniza. No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que se escribe. Es algo curioso, sí. No es sólo la escritura, lo escrito, también los gritos de las bestias de la noche, los de todos, los vuestros y los míos, los de los perros. Es la vulgaridad masificada, desesperante, de la sociedad. El dolor; también es Cristo y Moisés y los faraones y todos los judíos, y todos los niños judíos, y también lo más violento de la felicidad. Siempre, eso creo.”

viernes, 2 de agosto de 2013

Fragmento de Dicha, un cuento de Katherine Mansfield*



    “(…) ¿Qué se puede hacer si uno tiene treinta años y, al doblar la esquina de la propia calle, se ve repentinamente invadido por una sensación de dicha… de dicha absoluta!… como si de pronto se hubiera tragado uno un brillante trozo de ese sol del crepúsculo y le estuviera quemando el pecho, esparciendo una lluvia de chispas en cada partícula, en cada dedo de la mano y del pie?...
     Oh, ¿acaso no hay modo de expresarlo sin que a uno lo acusen de estar “en estado de ebriedad o extrema agitación?”. ¡Qué estúpida es la civilización! ¿Para qué se nos da un cuerpo si hay que mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera un violín único y valioso?
(…)
     El comedor estaba sombrío y bastante helado. Pero de todos modos Bertha se despojó del abrigo, no podía tolerar ni un momento más la sensación de sentirse oprimida, y el aire frío cayó sobre sus brazos.
     Pero en su pecho subsistía aún ese lugar brillante y reluciente –esa lluvia de chispas que emergía de su interior. Era casi intolerable. Apenas si se atrevía a respirar por temor de avivar el fuego, y sin embargo respiraba profunda, profundamente. Apenas si se atrevía a mirarse en el frío espejo… pero se miró, y el espejo le devolvió una mujer radiante, de labios sonrientes y temblorosos, ojos grandes y oscuros y un aire de estar a la escucha, a la espera de que sucediera algo… divino… algo que ella sabía que sucedería… infaliblemente.”.





*Del libro Dicha y otros cuentos. Publicado en Argentina en 1980, por el Centro Editor de América Latina



jueves, 1 de agosto de 2013

Nacía un 28 de julio la escritora Silvina Ocampo



Envejecer

Envejecer también es cruzar un mar de humillaciones cada día;
es mirar a la víctima de lejos, con una perspectiva
que en lugar de disminuir los detalles los agranda.
Envejecer es no poder olvidar lo que se olvida.
Envejecer transforma a una víctima en victimario.

Siempre pensé que las edades son todas crueles,
y que se compensan o tendrían que compensarse
las unas con las otras. ¿De qué me sirvió pensar de este modo?
Espero una revelación. ¿Por qué será que un árbol
embellece envejeciendo? Y un hombre espera redimirse
sólo con los despojos de la juventud.

Nunca pensé que envejecer fuera el más arduo de los ejercicios,
una suerte de acrobacia que es un peligro para el corazón.
Todo disfraz repugna al que lo lleva. La vejez
es un disfraz con aditamentos inútiles.
Si los viejos parecen disfrazados, los niños también.
Esas edades carecen de naturalidad. Nadie acepta
ser viejo porque nadie sabe serlo,
como un árbol o como una piedra preciosa.

Soñaba con ser vieja para tener tiempo para muchas cosas.
No quería ser joven, porque perdía el tiempo en amar solamente.
Ahora pierdo más tiempo que nunca en amar,
porque todo lo que hago lo hago doblemente.
El tiempo transcurrido nos arrincona; nos parece
que lo que quedó atrás tiene más realidad
para reducir el presente a un interesante precipicio.

lunes, 27 de mayo de 2013

Cerca del corazón salvaje

Fauna es una mítica escritora del litoral, un personaje extraño, salvaje e ilustrado, que en su juventud solía vestirse de hombre para entrar a lugares que le estaban vedados. Un equipo de filmación quiere llevar al cine la vida de esta mujer fascinante. Para conseguir la autorización de la familia, visitan a los hijos de Fauna y allí todo el proyecto se desintegra. La nueva obra de la dramaturga, actriz y narradora Romina Paula, que acaba de estrenarse en el San Martín, es la historia de ese rodaje imposible, pero también es una compleja investigación sobre lo femenino y lo masculino y sobre cómo, finalmente, se construye una ficción.

Todo comienza con una actriz recitando un poema de Rilke. Comprendemos que se trata de un ensayo cuando al finalizar el recitado la chica recibe críticas y elogios. Estamos, en verdad, presenciando la construcción de una película. Una actriz escucha comentarios de un director sobre cómo interpretar el papel de alguien, pero ese alguien –y esto es clave– existió verdaderamente. De eso, entre otras cosas, va la nueva obra de Romina Paula. De la construcción de una ficción acerca de la vida de una mujer. Mejor aún: de una ficción sobre una mujer que también fue un hombre. Hablamos de Fauna, una escritora mítica del litoral, un personaje extraño, salvaje e ilustrado, que en su juventud solía vestirse de hombre para acceder a espacios vedados a su condición femenina. Aunque todo esto, claro, es una mentira. No existió esa tal Fauna, ni veremos jamás esa película. Todos estas problemáticas, sin embargo, están en esta bellísima y compleja obra de Romina Paula y nos empujan a pensar: ¿Cómo se construye una ficción? ¿Importa la verdad? ¿Qué valor tiene una vida en el arte? ¿Qué es exactamente ser una mujer? ¿Es lo contrario de un hombre? ¿Y qué precio hay que pagar para averiguar todas estas cosas?
Pero volvamos a la historia: Fauna, que también fue Fauno, acaba de morir y en su casa está su hija María Luisa (Susana Pampín) recibiendo a esta actriz (Pilar Gamboa) y este director (Rafael Ferro) que llegaron atraídos por la leyenda de su madre, que quieren llevar a la pantalla. María Luisa, lejos de entregarse a las veleidades de quien recibe tales atenciones imprevistas, goza poniendo permanentemente en jaque las ideas que “los artistas” han traído a su hogar. Ella también es cultivada y chúcara. Cuando llegue su hermano menor, el Santos (Esteban Bigliardi), que viene de pasar los últimos días remando bajo el sol, la atmósfera tirante se enrarecerá sin remedio. Santos trae con su presencia los trágicos y telúricos acontecimientos que lo preceden y empuja la narración hacia una suerte de estallido, pero interior. Ninguno sabrá después qué hace ahí, ni por qué, ni quién es, ni a quién ama, ni qué cree acerca de contar una historia, que a esta altura del partido, ya es el menor de los problemas.

DIARIO DE UN RODAJE

Fauna es la tercera producción de esta narradora, dramaturga y directora junto a la compañía El Silencio, integrada por Gamboa, Bigliardi, Pampín, de la que partió momentáneamente Esteban Lamothe y a la que se sumó Rafael Ferro. La primera había sido Algo de ruido hace (2008) a la que le continuó en 2009 El tiempo todo entero, sobre El Zoo de Cristal, de Tennessee Williams. Con esa última hicieron temporada en el prestigioso teatro Rond-Point de París y se presentaron en otros festivales europeos. Fue un largo tiempo conviviendo con una obra que traspolaba el encierro familiar de suburbios sureños a un aquí y ahora de Buenos Aires.
Puesta a escribir un material nuevo, Romina cuenta que quiso alejarse de ciertos tópicos que había trabajado hasta decir basta. Ni centrarse en un referente literario único, no quedarse con un registro acabadamente naturalista –“¡Por lo menos no hay un sillón! ¡Ni son una familia!”, bromea–. Y algo de eso se percibe en la experiencia de esta obra. El espacio donde sucede no es ni casa, ni campo, ni set de filmación. Y de ese escamoteo de datos espacio-temporales surge la acción inquietante, poco predecible, que caracteriza la pieza.
Hay que decir que la recurrencia en el cine, que es la clave sobre la que se construye toda la historia, no es porque sí. Toda la generación teatral a la que Romina Paula pertenece ha hecho tantas experiencias sobre las tablas como en la pantalla grande. El cine es en sí una influencia: “Cuando nosotros empezábamos a estudiar actuación, el cine y el teatro eran dos esferas separadas. No había actores de teatro en el cine. Y esto cambió completamente, ahora hay una circulación natural entre los dos espacios; los actores circulan tanto en un lado como en el otro, hay directores de cine que empiezan a dirigir obras, como Matías Piñeiro, o a la inversa. Por otro lado la experiencia del rodaje es bastante similar a cuando se ensaya teatro. Una convivencia con un grupo bastante intensa en un tiempo acotado. Algo de eso también está en la obra. Es también una obra sobre nosotros, los que la hacemos. Un grupo de personas que comparte el trabajo y la vida, y se ama y se odia”.
Por eso, más allá de lo temático de “filmar una película” son esos sentimientos intensos los que Fauna evoca. El amor, el odio, los tironeos a la hora de construir una historia en la que todos están involucrados. Grandes temas. Pretenciosos, aventurados. Hermosos en su falta total de conformismo.

FEMENINO, MASCULINO

El afiche de la obra, con la imagen de un caballo con los ojos cerrados sobre el que se ha escrito el nombre Fauna parece sugerir que la naturaleza ocupará un rol preponderante en la obra. Sí y no. Toda idea de naturaleza en la obra es discutida. No hay nada natural en esta mujer/hombre de la que estamos hablando y lo que está, está para ser cuestionado. Romina cuenta acerca de las ideas sobre el feminismo histórico que fueron parte del origen de la pieza: “Dos de las presencias iniciales de la escritura de Fauna fueron, más allá, Concepción Arenal, y más acá, María Luisa Bemberg. Leo acerca de la vida de ambas, leo cosas que han escrito o dicho. También rondan el proceso de escritura de esta obra Claude Cahun, Dorothea Lange, Katherine Anne Porte, Carson Mc Cullers, Flora Tristan. A la mayoría de estas mujeres que enumero se las define como feministas, algunas se definen a sí mismas así. Y sin embargo, no creo que haya sido lo mismo el feminismo de Concepción Arenal que el de la Bemberg, creo que no se puede descontextualizar este tipo de conceptos, lo que en un momento era cuestión de vida o muerte, en otro se convierte en un gesto político y en otro casi solo en prejuicio. A mí, ahora en el 2013 el concepto feminista no me representa. Ahora mismo me interesa más pensar acerca de lo femenino que puede haber, tanto en un hombre como en una mujer. En lo femenino y en lo masculino, habite donde habite”.
Y en ese sentido, ¿qué mejor lugar para reflexionar acerca de roles y lugares que se ocupan que el teatro, que es la puesta en abismo por excelencia de interpretar un rol? Otra de las capas de sentido que trabaja Fauna es la del “teatro dentro del teatro”: vemos a estos actores y al director ensayar escenas de la película que van a filmar y, a su vez, cambiarse los roles. El personaje de Fauna/Fauno es hecho por la actriz, luego por el director. ¿Y quién es el más femenino? Todo podría ponerse en duda.

LA VIDA ES Y SERA SUEÑO

Estos pensamientos que parecen muy contemporáneos a las discusiones de género forman parte de la historia del teatro desde siempre. En Shakespeare, como es sabido, actores hombres representaban roles femeninos, llegando al extremo de que un actor hombre interpretara a una mujer, que a su vez se vestía de hombre con algún fin. En La vida es sueño, de Calderón de la Barca, Rosaura debía vestirse de hombre para recuperar su honor perdido. “Lo que me atrae de estos personajes como Concepción Arenal, que se vestían de hombre, es más que el gesto político, el teatral. Hay una ficción, sobre tu propia vida. Nos enteramos de ciertos casos en que esto se practicaba porque eran artistas y trascendieron, pero deben haber habido muchos otros casos de los que nunca sabremos. Me divierte lo lúdico de eso. Uno cree que la discusión de género es algo sólo de ahora y no es así para nada, sólo que ha ido cambiando el foco de la discusión. Y ahí entraría el tema de la sexualidad también. Pienso acerca de roles y lugares que se ocupan: en una relación afectiva, en una familia, en el trabajo; pienso que querer definir, nombrar, es acotar, y que no se puede saber sino en el presente, y que ser y estar en el presente siempre es lo más difícil. Y pienso que el amor es un lugar que se ocupa en el presente y en presencia.”
Diciendo textos de Calderón, de Shakespeare, representando las escenas de la vida de Fauna, estos actores, y estos hijos, terminan todos enamorados. Pero esas historias son cruzadas. El amor es siempre algo que se escapa, que no se puede quedar quieto. Fauna es, en última instancia, una obra sobre el amor, sobre lo confuso e inaprensible del amor y sobre la ayuda inmensa para comprendernos en ese duro trance, que es el amor a las palabras. No por nada Romina se divide entre el teatro y la narrativa. Roberto Arlt, Horacio Quiroga, Juan L. Ortiz también aparecen en la obra, más o menos encubiertos. Pero muy lejos de la entronización a la que suele someterse a los clásicos. Como dice Romina Paula: “Estas referencias literarias parten de un profundo amor por la literatura, que no es una cuestión de enumeración. Mi relación con las palabras es vital, en el sentido de que me siento acompañada o interpelada por lo que leo, como si sucediera en el presente, y hay algo del citar que es animar esas palabras de otro, volver a darles un cuerpo. Como si el tiempo no fuera lineal y todo eso escrito y nosotros los vivos, conviviéramos en un limbo”.

Por Mercedes Halfon
Página 12

De jueves a sábados a las 21 y domingos a las 19 en la Sala 3 del Centro Cultural San Martín, Sarmiento 1551. Entrada: $60. Hasta el domingo 23 de junio.




miércoles, 8 de mayo de 2013

Para visibilizar el aborto

El film Yo aborto. Tú abortas. Todxs callamos, de Carolina Reynoso, fue preestrenado ayer. Siete mujeres, entre ellas la ex diputada Cecilia Merchán y la misma directora del film, relatan su propia experiencia sobre la interrupción de un embarazo.

“Yo aborto. Tú abortas. Todxs callamos.” La frase interpela e incomoda a la vez. Y es el título de un documental, que se preestrenó ayer, en el marco del 4º Festival Internacional de Cine por la Equidad de Género Mujeres en Foco. Y que aborda un tema que puede incomodar (a muchos). En el film, siete mujeres, de distintos sectores sociales, incluida la directora Carolina Reynoso y la ex diputada nacional Cecilia Merchán, rompen el silencio sobre sus propias experiencias en relación con el aborto clandestino, y sus palabras ayudan a derribar mitos y a reflexionar sobre una práctica –frecuente más de lo que se presume– que está penalizada en el país. En una entrevista de Página/12, Reynoso contó las motivaciones que la llevaron a realizar el documental y se mete también con la hipocresía que rodea la problemática del aborto y con la ausencia de debate legislativo en relación con la despenalización. “Son necesarias más intervenciones simbólicas como esta película para lograr una revolución cultural a tal punto que la legalización del aborto sea una problemática que no pueda de ningún modo soslayarse en la agenda política”, opinó.
Una fotógrafa de nacionalidad boliviana que vive en Buenos Aires, una psicóloga social, una psicóloga, una murguera y ama de casa y una referente mapuche son las otras protagonistas de este documental. Ellas, junto a la ex diputada y a la directora, dan la cara, cuentan y opinan sobre el aborto. Y desarman mitos.
Reynoso está emocionada por la proyección. Es su ópera prima. La película es su forma de militancia por la despenalización del aborto. “Después de que me hice un aborto pasé por un largo silencio. Un día, en una charla casual, una chica que no conocía mucho me contó con mucha naturalidad que ella se había realizado un aborto. Para mí fue revelador. Yo creía que era la única mujer en el mundo que se había hecho uno. A partir de ahí empecé a vislumbrar que éramos un montón las mujeres que interrumpimos un embarazo y que no sólo podíamos contarlo, sino que debíamos contarlo, para que otras mujeres no sean silenciadas, invisibilizadas y criminalizadas como lo habíamos sido nosotras”, dice Reynoso. Ayer se preestrenó en el Espacio Cultural Biblioteca del Congreso de la Nación (Alsina 1835), una de las dos sedes del Festival Mujeres en Foco, que se extiende hasta el sábado. La otra sede es la Alianza Francesa, en Avenida Córdoba 936.
Unos años después, Reynoso inició sus estudios de cine, y ante la posibilidad de hacer un trabajo práctico documental, inmediatamente pensó “en el derecho al aborto” como tema. “Me di cuenta de que no había una película profesional sobre la necesidad de legalizar el aborto en la Argentina y aun más cuando comencé a conocer el gran trabajo que hacían y hacen los movimientos de mujeres en nuestro papís y que estaba invisibilizado. De ese modo y luego de mucho trabajo e investigación, presentamos el proyecto al subsidio de guión que da el Instituto de Cine y Artes Audiovisuales y nos lo otorgaron, y un año después lo presentamos a subsidio para la producción y también lo ganamos. Esto, además de posibilitarnos hacer la película que realmente queríamos hacer, también nos da la posibilidad de estrenarla en los espacios Incaa de todo el país”, contó Reynoso.
–¿Qué piensa de la situación del aborto en la Argentina? –Pienso que las organizaciones de mujeres han logrado que haya más acceso a abortos seguros por medio de su militancia y de la mano del aborto medicamentoso. Distintas organizaciones, Lesbianas y Feministas o Socorro Rosa de La Revuelta, entre muchas otras, brindan información científica sobre cómo hacerse un aborto con pastillas de manera segura, evitando muchas muertes de mujeres. Pero este gran trabajo poniendo el cuerpo choca con la indiferencia del Estado. Aún no hay voluntad política para discutir este tema en el Congreso.
–¿Le costó ubicar mujeres que quieran hablar en primera persona y ante una cámara? –Los testimonios que estructuran la película son de mujeres muy diferentes entre sí, por lo cual algunas voces me costaron más que otras, especialmente las mujeres de contextos populares. De todos modos, el gran trabajo de las organizaciones feministas acompañando a mujeres con información y acceso en su decisión de abortar genera redes que facilitaron nuestro trabajo, pasándonos contactos o espacios donde buscar. También nos dimos cuenta de que muchas mujeres querían contar su historia, que no querían callar más y que querían luchar por el derecho de decidir sobre nuestros cuerpos y por el derecho a acceder a una práctica médica de manera segura y gratuita.
–¿Por qué cree que se demora el debate por la despenalización del aborto en el país? –La demora tiene que ver con la falta de voluntad política, que tiene que ver con la ideología patriarcal que estructura el poder político y judicial y con la sociedad en general. Esto no permite ver la problemática del aborto como una cuestión de derechos humanos y de respeto a la vida y a la salud de unas 500 mil mujeres al año que decidimos abortar en Argentina. A su vez, no hay que olvidar que cuando hablamos de abortar hablamos de autodeterminación del cuerpo de las mujeres, de cierta autonomía que la sociedad en general, pero especialmente el poder político, no está dispuesto a ceder fácilmente. Por otro lado, creo que influye la gran cuota de poder que sigue teniendo la religión en nuestro país. Por último, y fuertemente enlazado con lo anterior, aún hay una gran desinformación sobre lo que pedimos las organizaciones de mujeres y sobre los proyectos de ley presentados.

 Por Mariana Carbajal

Fuente: Página 12