"La mujer fue marginada del arte hasta tal punto que, cuando se descubrieron los primeros registros rupestres en las grutas de Pech Merle, en Francia, se dio por supuesto que los autores habían sido varones, conclusión sólo posible por el patrón de pensamiento paternalista. Pero las investigaciones arqueológicas finalmente comprobaron que fueron mujeres quienes realizaron esas pinturas para fines religiosos. Arte y Género, el último libro de Silvia Vera Ocampo, protagonista del ambiente plástico argentino es un análisis global y estructural de la historia del género femenino en el arte a lo largo de la historia de la humanidad, arrojando luz sobre las causas de la supresión femenina de la historiografía artística y de los grandes museos. Contra ciertas corrientes del revisionismo femenino que apuntaban a un ocultamiento de la mujer en las artes a lo largo de la historia, Ocampo explica que en realidad aconteció algo más grave: el impedimento al crecimiento y desarrollo artístico del género, dando origen al mito patriarcal de la incapacidad creadora de la mujer, interpretando a la represión como incapacidad expresiva. Silvia Ocampo nos lleva a recorrer tres grandes líneas sobre el género en el arte. La primera, que abarca al período prehistórico hasta las sociedades maternalistas de Creta, Lesbos y Cnosos, muestran la participación femenina activa, y anónima, en los tipos artísticos dentro de lo mágico y religioso. Una segunda etapa que duró ocho mil años y que abarca toda la historia escrita, signada por la marginación y represión masiva correspondiente al paternalismo y que llega con el acceso restringido de la mujer al arte en el Renacimiento y las Cortes del Absolutismo. Finalmente el ensayo llega a la tercer etapa sobre la participación femenina activa y protagónica que se corresponde al sistema mixto y equitativo. Derribando falsas conclusiones, Silvia Vera Ocampo presenta este nuevo aporte al Revisionismo Histórico Femenino sin descartar ningún perfil, abriendo el espectro del debate y recorriendo con una mirada penetrante la presencia de la mujer desde el paleolítico europeo hasta la incorporación de las mujeres en las artes plásticas, durante el siglo XX, en Latinoamérica y Argentina.
Silvia Vera Ocampo: pintora, dibujante y ensayista, se graduó del Profesorado Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. Estudió con Demetrio Urruchúa y Eduardo Orioli e integró el Grupo del Plata hasta su disolución en 1964. Sus obras recorren el mundo desde la década del '60, dejándose ver en ciudades de América y Europa. En 1980 publicó su primer ensayo, El equilibrio de los sexos. Análisis de la problemática femenina; y Los roles femenino y masculino, ¿condicionamiento o biología? vio la luz en 1987 por el que en 1990 recibió el reconocimiento “Alicia Moreau de Justo a una actitud de vida”. Seis años más tarde publicó en conjunto con otras autoras Feminismo. Ciencia. Cultura. Sociedad, y en 1994 Mujeres en la cultura argentina del siglo XIX. Sus obras forman parte de las exposiciones permanentes del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, el Museo Eduardo Sívori, el Museo Social Argentino, Museo Municipal de Bellas Artes de Tandil. Su enorme trayectoria llevó a que fuera incluida en las obras de Romualdo Burguetti Nueva Historia de la Pintura y la Escultura en la Argentina (1991), Breve Historia de la Pintura Argentina Contemporánea de María Laura San Martín (1993), Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas, de Lily Sosa Newton y en el Diccionario de Artistas Plásticos de Argentina, realizado por Gesualdo y otros en 1988. Es autora del Proyecto M.A.A.P. (Museo Argentino de Artistas Plásticas) y preside la Asociación de Amigos del mismo desde su fundación en 1999. En 2005 fue nominada por la ONG suiza “PeaceWomen Across the Globe” entre las “1000 Mujeres para el Premio Nobel de la Paz”." Por Gabriela Pomi & Gabriel Martin umlaut.press@gmail.com
Título: Arte y Género Autora: Silvia Vera Ocampo Páginas: 221 Editorial: Nuevohacer
Autorretrato autobiográfico de Silvia Vera Ocampo. Las etapas de su vida representadas en un mismo cuadro.
"Tras más de quince horas de un debate intenso, los senadores decidieron cambiar el Código Civil. Lo hicieron por 33 votos a favor y 27 en contra. Hubo festejos y emoción. La Argentina es el primer país en América latina que establece esa ampliación en el derecho civil. Después de 15 horas de sesión ininterrumpida, después de tres meses de discusión en comisión, después de tres años de campaña de la comunidad gay-lésbica, el Senado aprobó a las cuatro de la madrugada de hoy en general el proyecto de ley que establece la posibilidad de que las parejas del mismo sexo puedan casarse en igualdad de condiciones con las parejas heterosexuales. En la primera votación se rechazó el dictamen de mayoría de la comisión, lo que permitió votar la media sanción de Diputados. Esa votación registró 33 senadores a favor del matrimonio igualitario, 27 en contra y tres abstenciones. Argentina se convirtió así en el primer país sudamericano en legalizar los matrimonios homosexuales."
No podía dejar afuera un tema tan importante como la realidad que vive la Argentina sobre el histórico debate que se está llevando adelante por el matrimonio igualitario y la posibilidad de la adopción entre personas del mismo sexo.
¡Todos tenemos que tener los mismos derechos ante la ley!
“A partir de la cuestión del matrimonio entre personas del mismo sexo, el autor advierte sobre la intervención de la Iglesia Católica: “Que una forma histórica sea presentada como natural exige uniformar, homogeneizar, y ésta es una razón por la cual las jerarquías eclesiásticas se adaptaron mejor al orden de las dictaduras que al desorden democrático”.
Hay una suposición: que existen expertos, especialistas científicos, de la psicología, de la biología, de la genética, de la jurisprudencia, que son llamados a decir sus ocurrencias con los vestidos de la ciencia. Cierta ingenuidad y también un poco de impostura alientan esta especie de bullicio democrático que la pobreza y mediocridad teológica que domina en nuestro medio confunde con un aquelarre.
No voy a apelar a documentos etnográficos ni recordar las múltiples estructuras de parentesco que existían y que persisten para subrayar el carácter social e histórico de algunas instituciones de las culturas, entre ellas el llamado matrimonio. Esta idea romana que adquirió un estatuto jurídico en nuestro Occidente, facilitaba que una mujer pasara de la tutela, protección o servidumbre respecto de su padre a la obediencia a un marido que garantizaba el carácter “legítimo” de sus hijos. Hay todavía huellas de este modo de dominación, pero también es cierto que existen muchas otras formas de convivencia social, también familiares, que no se reducen al matrimonio y están hoy reconocidas por el derecho.
No es imprescindible el matrimonio para “conyugarse”, para establecer un “enlace” o para “contraerlo”, como ocurre a veces con un resfrío. Hay innumerables palabras que hablan de aquellas huellas a las que hemos aludido. Por lo demás, el “matrimonio entre personas del mismo sexo” es una denominación poco feliz. En primer lugar porque suele ocurrir que cada una de las personas tiene el suyo y obligarlas a compartir “el mismo” me parece una extralimitación abusiva. Se agrega a ello que cualquier ojeada histórica sobre el matrimonio entre personas –como se decía hasta hace poco– de “sexo opuesto” deja ver que se trata de uno de los escenarios preferidos de la famosa disputa o guerra entre los sexos, gente extraña que muchas veces se encapricha, precisamente, en compartir el mismo sexo.
Es fácil advertir que no soy un fanático del matrimonio, del matrimonio a secas, aunque esa falta de humedad atenta contra institución tan respetable. Y como en nuestro país existe un casamiento civil, tampoco me parece conveniente instalar alguna instancia jurídica que supervise la fe, la buena fe como condición de un casamiento religioso, cualquiera sea la religión. Eso se conoce con el nombre de separación del Estado y la Iglesia.
La cuestión que se discute puede pasar desapercibida entre tanto ruido. No se trata de saber si hay formas psicopatológicas de la sexualidad, como de la injerencia de las autoridades de la Iglesia Católica argentina, que pretende legislar sobre nuestros amores y goces sexuales. Tiene todo el derecho a sostener su posición sobre esos asuntos y tratar de incidir sobre su grey; ningún derecho sobre esa pretensión.
Es difícil hablar de esto sin historiar las complejísimas relaciones que existieron entre la Iglesia y los gobiernos de Perón, en algún momento idílicas, en otros ásperas y hasta incandescentes. No hay lugar aquí para recordar esos antecedentes. Pero hay que decir que en aquellos tiempos la Iglesia acentuó su milenaria tendencia (que se remonta a los años 300) a recostarse en el Estado, en el poder secular, perdiendo confianza en su influencia espiritual para alcanzar sus fines. También es cierto que en nuestro país esto lleva el sello de estilo de la Iglesia española, que colocó la tarea de evangelización bajo el paraguas de lo que era el imperio nacional.
En febrero de 1929, Mussolini, por Italia, y el cardenal Gasbarri, en representación de Pío XI, firmaron un tratado político y un acuerdo económico por el cual quedó establecido el Estado soberano de la Ciudad del Vaticano. Más pequeño que la República de San Marino, pero con más predicamento, fue reconocido por la legislación internacional y mantiene relaciones diplomáticas con otras naciones. El jefe de ese Estado es el Sumo Pontífice, quien reúne en su persona funciones ejecutivas, legislativas y judiciales. Algo más efectivo que un mero DNU, lo que ahorra varios inconvenientes. Para ocupar ese cargo no se requiere haber nacido en ningún lugar específico: todos los cardenales que tienen residencia en el Vaticano tienen nacionalidad vaticana sin perder la de origen. Por dar un ejemplo, si Francisco de Narváez tuviera la vocación y aptitud adecuada, no encontraría en su nacionalidad un obstáculo para su candidatura. Se trata de un Estado propiamente dicho, que acuña su moneda, que dispone de sus servicios económicos, sanitarios, educativos, y como se le reconoce una misión espiritual, sus dignatarios intervienen en la política de otros Estados sin las trabas que encuentran o la prudencia que se espera de los diplomáticos de otros países. Gozan de una inmunidad ecuménica de límites insondables, como fue el caso, por dar otro ejemplo, del obispo castrense monseñor Baseotto, quien proponía medidas apocalípticas para proteger la salud pública.
Hace ya siete años circula en lengua italiana un Lexicón de la Iglesia Católica, que define a la homosexualidad como un “problema psíquico”, “contrario al vínculo social”. Fidelísima con la doctrina de Estado de la Santa Sede, la Conferencia Episcopal Argentina emitió en abril de este año un documento que declara: “La unión de personas del mismo sexo carece de los elementos biológicos y antropológicos propios del matrimonio y de la familia”.
Es difícil (pero ocurre) que un psicoanalista se haga el sordo a estas afirmaciones presentadas como consideraciones espirituales sobre instituciones sociales e históricas. Cuando los psicoanalistas escuchamos a sacerdotes homosexuales, no nos encontramos con una circunstancia clínica que no sea política. Resulta que llegan a la consulta por su condición de sacerdotes y no por su homosexualidad, convencidos de que la Iglesia no tiene la menor idea de cuáles son “los elementos biológicos y antropológicos propios de la familia”. Es cierto, como dice Juan B. Ritvo (Página/12, 3 de junio de 2010), que el inconsciente se presta poco a las discusiones parlamentarias, “a lo mejor porque conmueve las bases mismas de la sociedad civil en el particular ligamen del erotismo con la muerte”. Estoy de acuerdo, y ese plano no es ajeno a la política, así como la política no se reduce a las discusiones parlamentarias. Como el inconsciente, ella entra cada tanto a los consultorios de los psicoanalistas.
El cardenal Jorge Bergoglio no dejó pasar la oportunidad del Tedeum del Bicentenario para rechazar el matrimonio entre personas homosexuales durante su homilía. Y ya antes, el Arzobispado había declarado que: “Dado que el Poder Ejecutivo de la Ciudad de Buenos Aires es el garante de la legalidad en la ciudad, el jefe de Gobierno, a través del Ministerio Público, tiene la obligación de apelar el fallo”. Esta intervención de un argentino, y que es legítima para cualquier argentino sea o no jesuita, resultaría inadmisible para cualquiera que tuviese una investidura concedida por otro Estado, aunque fuera nativo de estas tierras y tuviera motivos espirituales análogos.
Pero, ¿a qué cosa llama “familia” la Iglesia? ¿Qué entiende por “matrimonio”? ¿Recordará que Israel fue la Esposa de Dios (antes de que se prostituyera)? ¿Tiene en cuenta que ella es “Esposa” de Cristo aunque Jesucristo tiene miles de “Esposas”? ¿Por qué llama “hermanos” y “hermanas” a personas que no están unidas por ningún lazo jurídico o de sangre? ¿No hay en la Iglesia “Padres”, “Madres”, “Hijos”? ¿Tendríamos que pedirles que concurran a los tribunales terrenales a legitimar esos títulos? Me disculpo, pero la pregunta me resulta irresistible: ¿no faltan abuelos y nietos? ¿O todo esto es un modo de hablar sin consecuencias? No lo creo.
Todo es más pobre. La Iglesia acepta más o menos llamar “familia” a la unidad de consumo burguesa compuesta por mamá y papá casados con hijos concebidos (no sólo pensados) dentro de un matrimonio consagrado (y extiende su benevolencia a formas cercanas). El problema es que quiere hacer pasar esta forma de la familia como la forma “natural”, base de la estructura social (también natural) y condición de la reproducción de la especie (aunque la especie se las arreglaba bastante bien antes de la existencia de la Iglesia).
El problema lo enunciamos al comienzo. Que una forma histórica (de cualquier institución) sea presentada como natural de la especie humana es plantear una exigencia de uniformar, de homogeneizar, de universalizar, una especie de “globalización” avant la lettre. Y para ello, ¿qué mejor recurso que apelar a una legislación que imponga o prohíba? Es por eso, entre otras razones –pero ésta es una razón un poco descuidada–, que las jerarquías eclesiásticas de la Iglesia Católica Argentina se han adaptado mejor al orden que impusieron los gobiernos dictatoriales en nuestro país que a los desórdenes democráticos.
Debe ser penoso para los cristianos convencidos que una de sus iglesias crea que la ley perfecciona al creyente mejor que la gracia.”
Por Jorge Jinkis *
* Psicoanalista. Director de la revista Conjetural. Autor del libro Indagaciones, de reciente aparición (ed. Edhasa).
El director de Ricky trabaja sobre la sensualidad del embarazo al mismo tiempo que rechaza la idea de que el instinto maternal es un sentimiento universal en todas las mujeres.
EL REFUGIO Le refuge Francia, 2009.
Dirección: François Ozon. Guión: Mathieu Hippeau y François Ozon. Fotografía: Mathias Raaflaub. Música: Louis-Ronan Choisy. Intérpretes: Isabelle Carré, Louis-Ronan Choisy, Melvil Poupaud, Pierre Louis-Calixte, Claire Vernet, Marie Rivière.
(Isabelle Carré y Louis-Ronan Choisy, un vínculo que excede el concepto habitual de familia)
Cineasta tan prolífico como ecléctico e inasible, François Ozon puede ir de una adaptación de una obra de teatro de Fassbinder (Gotas que caen sobre rocas calientes) a un thriller psicológico (La piscina), pasando por una comedia frívola deliberadamente kitsch (8 mujeres). Sin ir más lejos, Ricky, su película inmediatamente anterior, estrenada en Buenos Aires apenas un par de meses atrás, era capaz de desconcertar con su extraña mezcla de realismo proletario y fábula social con ribetes fantásticos. Allí, a partir de la extraña historia de un bebé/ángel con alas de pollo, ya rondaba el tema de la maternidad que ahora en El regreso se convierte en el núcleo duro de su nueva película, donde Ozon trabaja sobre sensaciones contradictorias sin necesidad de simplificarlas: por un lado, la sensualidad y el misterio del embarazo, al mismo tiempo que su rechazo a la idea de que el instinto maternal es un sentimiento universal en todas las mujeres.
Como ya sucedía en Bajo la arena (2000), uno de los mejores films del director francés, El refugio construye su estructura dramática a partir de una ausencia, que deja un vacío difícil de llenar. En la primera escena, que por su intensidad en otra película cualquiera podría ser la última, una pareja de “yonquis”, Louis y Mousse, se inyecta hasta los huesos, sin saber que la heroína que les vendieron estaba cortada con Valium. El muere por la sobredosis, pero ella, milagrosamente, sobrevive. El refugio será la historia de su duelo y de su difícil proceso de curación. Embarazada de Louis (interpretado por Melvil Popaud, un actor a quien Ozon ya había “matado” en Tiempo de vivir), Mousse decidirá tener a su bebé no tanto porque quiera ser madre, sino como una forma de exorcizar la muerte, de mantener viva la memoria de Louis, de rebelarse contra su suegra, de la alta burguesía parisiense, que la insta a abortar, para no seguir manchando el nombre de la familia. El rechazo a las normas establecidas siempre fue una constante en el cine de Ozon.
Si antes el refugio de Mousse era la droga, después de la muerte de Louis será una casa de playa en Guétary, en la frontera con España, allí donde los Pirineos bajan directamente hacia el mar. Aislada voluntariamente del mundo, Mousse (interpretada por Isabelle Carré, una actriz espléndida, embarazada realmente durante el rodaje, con unos ojos tristes que recuerdan a la primera Catherine Deneuve) intenta aprender a valerse por sí misma y a luchar contra su adicción. No parece necesitar a nadie ni cuidar especialmente su panza, pero cuando aparece Paul (Louis-Ronan Choisy), el hermanastro de Louis, no le queda más remedio que alojarlo. Al principio desconfía (puede ser un enviado de la familia), pero pronto se dejará acompañar por ese chico bello y melancólico. Paul es gay y hace su vida, pero no deja de interesarse por la memoria de su hermano y por su descendencia.
A diferencia de un veraneante obsesionado con las embarazadas y que pretende llevar a Mousse a su cama, o de una mujer madura (interpretada por Marie Rivière, como si se hubiera quedado a vivir en la costa vasca, desde los tiempos de El rayo verde) empeñada en celebrar su maternidad, todos menos Paul parecen querer tocar la panza de Mousse, acariciar ese orbe obeso que crece en su cintura. Pero El refugio propone una erotización del vientre materno, a la que Paul no podrá sustraerse.
Hay una dulzura parca, seca, jamás edulcorada en El refugio. Las decisiones de los personajes nunca parecen las mejores posibles, pero Ozon tiene la virtud de no juzgarlas. Como autor, los deja hacer: no les impone un mandato ni un discurso. En todo caso, se muestra curioso, como si Paul fuera su alter ego: ¿qué significa ese cuerpo que crece dentro de otro cuerpo? ¿Cómo sería ser padre sin haber concebido a ese hijo? El director parece haber filmado toda la película para intentar contestar a estas preguntas, a las que deliberadamente deja sin respuesta.
Para evitar las muertes prevenibles (Nota publicada en el día de hoy)
“Según la OMS, la mortalidad materna es la principal causa de fallecimientos en la población femenina en edad reproductiva. La Women Deliver 2010, en Washington, reúne a tres mil representantes de 140 países, en busca de esfuerzos y fondos. Más de 1500 mujeres y niñas mueren cada día en el mundo como resultado de complicaciones prevenibles que ocurren antes, durante y después del embarazo y del parto, según cálculos de la OMS. A nivel global, la mortalidad materna es la principal causa de fallecimientos en la población femenina en edad reproductiva, entre los 15 y los 44 años. Lo más triste es que se tiene el conocimiento para evitarlas. ¿Sería un tema tan desatendido si fueran un problema de salud que afectara exclusivamente a los varones? Para lograr que los gobiernos –y los grandes donantes– pongan este drama entre sus prioridades y en consecuencia inviertan para revertirlo, comenzará hoy en esta ciudad, la conferencia internacional más grande de la última década sobre salud de las mujeres. Women Deliver 2010 –ése es su nombre– reunirá durante tres días a más de 3000 representantes de unos 140 países, entre líderes globales, activistas, ministros de Salud y de Economía, otros funcionarios, investigadores y primeras damas. Se los verá por los distintos salones del Centro de Convenciones al secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, la ex presidenta de Chile, Michelle Bachelet, la directora general de la OMS, Margaret Chan, Melinda Gates, esposa del magnate tecnológico, Carmen Barroso, directora regional del Hemisferio Occidental de la Federación Internacional de Planificación Familiar –una de las principales organizaciones internacionales dedicadas a brindar servicios de salud sexual y reproductiva en países en desarrollo–, María Consuelo Mejía, titular de Católicas por el Derecho a Decidir-México, entre tantísimas personalidades. La presencia de Ban Ki-moon junto con las cabezas de cinco agencias de las Naciones Unidos, un hecho sin precedente en una conferencia que no es de la ONU, muestra la envergadura de Women Deliver 2010. De Argentina, uno de los expositores invitados, el obstetra Fernando Althabe, investigador del Area de Salud Madre y Niño del Instituto de Efectividad Clínica y Sanitaria, con sede en Buenos Aires, designado por la OMS para dar una actualización de las intervenciones novedosas para reducir la mortalidad materna. Será parte de una mesa redonda que moderada Richard Horton, director de la prestigiosa revista científica The Lancet. “Las mujeres brindan enormes beneficios sociales y económicos a sus familias, sus comunidades y sus países. Vemos grandes progresos en salud materna en distintos lugares del mundo, pero nuestros líderes necesitan darse cuenta que este tema está en el corazón del de-sarrollo global, del bienestar económico e incluso de la seguridad nacional. Cuando las mujeres sobreviven, sus familias y las sociedades progresan”, advirtió Jill Sheffield, presidenta de Women Deliver, y fundadora de Family Care International, una reconocida ONG que trabaja por los derechos sexuales y reproductivos.” [...]
Biografía Mariana Carbajal, periodista del diario Página 12, publica continuamente artículos e investigaciones sobre los derechos de la mujer. En el 2009 salió a la venta su libro “El Aborto en Debate”, bajo el sello de la Editorial Paidos, en el cual recoge el seguimiento exhaustivo que ha hecho a lo largo de los años como periodista especializada. Compuesto por artículos y entrevistas realizadas a profesionales? médicos, jueces, directores de organismos internacionales, profesores? ofrece testimonios en primera persona, y registra acontecimientos y casos emblemáticos que generaron un fuerte impacto mediático. (Sinopsis del libro).
Pequeña historia sobre el día del periodista Mariano Moreno fundó el primer periódico patrio “La Gazeta de Buenos Ayres” el 7 de Junio de 1810 con el objetivo de anunciar al público los actos oficiales y las noticias exteriores y locales. Fue él quien introdujo el debate sobre la libertad de expresión en la Argentina. Por ese motivo, por las ideas patrióticas de ese momento, fue que se estableció el día del periodista en 1938 por el Primer Congreso Nacional de Periodistas celebrado en Córdoba.
Feliz día del periodista para aquellos que tienen la ardua tarea de narrar y describir la realidad de todos los días.
“Yo soy única pero a la vez soy todas las mujeres”, decía una joven rubia entre otras, arrugadas, lánguidas, espigadas, adiposas, embarazadas, que respondían a la pregunta de Agnès Varda: “¿Qué es ser una mujer?”. El documental de ocho minutos fue filmado por la realizadora belga para la televisión francesa en el año ’70. El mismo corto interroga al grupo: “¿todas las mujeres quieren ser madres? “Yo sí, yo no”, decían unas y otras. Una voz de hombre: “La mujer que no conoce la maternidad no es una mujer”, y una de las chicas, desnuda sobre un fondo blanco, divertida entre el grupo, desafía a cámara: “¿Y un hombre que no conoce la paternidad no es un hombre?”.
Este material estaba produciendo la directora Agnès Varda en los ’70, la década después de las reivindicaciones, cuando la militancia era sostenida, abandonada o transformada, pero nunca podía manifestarse indiferente respecto del fervor de los ’60. Y ella, en esos años de juventud fue, junto al grupo de notables que se mencionan siempre –Truffaut, Godard, Rohmer–, la mujer que rompió la homonorma de la Nouvelle Vague.
La dama de la NV es hoy una señora de 82 años. Recibió en Cannes el merecido galardón Carrose d’Or, el premio que la Quincena de Realizadores entrega a los directores por su “coraje, innovación e independencia”, y en la charla relajadísima, según dicen las crónicas de aquel día de la semana pasada, Varda conversó con el también octogenario documentalista Frederick Wiseman y, entre risas, lo acusó de moralista. Es que ella es lo más parecido a alguien que casi siempre hizo lo que quiso. Se interesó primero por la fotografía, pero impulsada por aquel principio generacional de que el director es el que escribe con la cámara, se decidió a hacer películas desde que filmó por primera vez, para un amigo enfermo, en el pueblo pesquero de Séte, contando con imágenes lo que él ya no podría ver con sus propios ojos. En 1954 apareció entonces su primer film, La Pointe Courte, que narra el devenir de una pareja por los bordes de la ciudad, y esa manera de Varda de difuminar los límites entre documental y ficción que tanto caracteriza su filmografía. Y ese contacto con lo real, ese finísimo hilo que traza con planos que escarban en el detalle pero nunca se pierden la textura de las verdaderas cosas, se marca con un ritmo vital en Cléo de 5 à 7, donde una mujer, estrella pop ella, camina por París en un lapso de dos horas, tiempo real-fílmico, a la espera de los resultados de un análisis. Un tarotista le había predicho la muerte, y, enfrentada a esta posibilidad, Cléo se pregunta por sus verdaderos deseos, se asquea del mundo y de sí misma en su obsesión por la imagen, hasta ahora, perdida en su propia belleza.
En Le Bonheur (La felicidad) retrata el amor libre de los 60 plasmado en una pareja de tres que, con hijos y todos, son el colmo de la dicha. El trío retoza, naturalizando una unión diferente... lástima que fuera un él con dos mujeres y no al revés, como le reclamaron tantas feministas. Pero si hay algo que reconocerle es la amplitud con la que Varda ve al mundo, sus rígidos límites monogámicos y la posibilidad de entregar una historia, como ella misma definió, “un verdadero acto de libertad creativa”.
Varda tiene más de 40 objetos audiovisuales en su producción, el León de Oro del Festival de Venecia, varias películas en honor a su difunto marido, el también cineasta Jacques Demy (Jacquot de Nantes, L’Univers de Jacques Demy y Les demoiselles ont eu 25 ans) y un ritmo para generar material acorde a nuevas problemáticas.
Unica pero siempre mostrando a otras, inteligentes, sexualmente libres, bellas, reflexivas, Varda, quien interviene con su voz muchos de sus films, ya es una directora fundamental del siglo XX y una figura que vale conocer, y como ella misma dijo, aun a sus 82, “en pleno proceso de cambio”.