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sábado, 27 de agosto de 2011

Para ellos, hablar sobre los problemas es perder el tiempo







Ellas, por el contrario, ven en el diálogo el camino hacia la solución de los conflictos
.


Las mujeres consideran que hablar es el mejor camino para la resolución de conflictos; en cambio, los varones son más propensos a creer que discutir sobre los problemas es una verdadera pérdida de tiempo.
Eso es lo que revela una investigación realizada con fondos del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, que halló un dato curioso adicional: los varones confesaron que su resistencia a hablar sobre conflictos personales podía ser considerada una forma de no hacerse cargo de sus problemas.
Todo un problema en sí mismo, ya que la marca registrada internacional sobre la masculinidad exige que los hombres puedan resolver las cosas, que puedan solos y sin que medie la improductiva verborragia femenina.
"Las mujeres consideran que hablar con amigos y con otras personas es una forma de ayudarlas a resolver los problemas, de sentirse protegidas y de no dejar que los conflictos permanezcan encerrados", comenta a La Nacion la autora principal del estudio realizado por la profesora de psicología Amanda Roses, de la Universidad de Missouri, Estados Unidos.
Pero la ley que establece que los varones deben poder resolver sus problemas solos, sin que entre en juego la palabra femenina, ¿está escrita en la naturaleza, o es una construcción de la cultura?
"Como todas las diferencias de género, responden a una combinación de ambos factores", dice la doctora Roses, y agrega: "La ciencia no ha progresado a tal punto de decir con seguridad cuánto responde a una predisposición biológica y cuánto a las diferentes experiencias que varones y mujeres encuentran en su proceso de desarrollo".

Cerebros diferentes
Militante por la causa por la diferencia de géneros, la doctora Elena Levin, médica psiquiatra y directora del posgrado en ginecopsiquiatría de la Universidad Favaloro, explica que los cerebros masculino y femenino son anatómica y funcionalmente distintos.
"El cerebro femenino es mucho más eficiente cognitivamente e integra con más eficacia ambos hemisferios, pues utiliza ambos en el procesamiento del lenguaje; en el cerebro de las mujeres todo está conectado con todo, como si fuera una superautopista de Internet", ejemplifica. Levin también destaca las investigaciones de la neuropsiquiatra de la Universidad de California Louann Brizendine, autora del polémico libro El cerebro femenino , en el que resaltó algunas trascendentes diferencias de género producidas durante la vida intrauterina.
Mientras los varones a partir de las ocho semanas de gestación empiezan a bombear grandes cantidades de testosterona que descuidan los centros de comunicación, las células cerebrales de las futuras mujeres desarrollan más conexiones en los centros de comunicación y en las áreas que procesan la emoción, muestran los estudios de Brizendine.

[...]

El nuevo varón parlante

"Las mujeres son proclives a hablar entre ellas de temas profundos; en cambio, los hombres tenemos mucho pudor para desnudar nuestros miedos, nuestros conflictos sexuales y cualquier tema personal. De chicos, pensábamos que los juegos de las nenas se limitaban a vestir y desvestir muñecas, pero resulta que mientras nosotros corríamos detrás de una pelota, ellas dramatizaban toda la dinámica familiar y hoy saben mucho más de vínculos que nosotros", confiesa Mario Zerkowski, un químico de 65 años que integra un grupo de reflexión sobre masculinidad.
Su acidez irónica resquebraja el estereotipo cultural que cristaliza a las mujeres hablando sin parar y a los hombres actuando en silencio.
"Salvo excepciones que confirman la regla, los varones cuando nos reunimos con otros no sabemos hablar de nuestros sentimientos, de nuestras emociones. Capturados por el mito del héroe, del duro, el triunfador, podemos discutir de política, de fútbol, filosofía, negocios, economía, literatura, cine y mujeres, pero difícilmente abrimos un espacio de encuentro entre el pensar, el sentir y el actuar. Los hombres estamos más atravesados por un espíritu pragmático y buscamos las soluciones en la acción, mientras las mujeres quieren hablar y buscan las respuestas a través del diálogo", dice el psicólogo Guillermo Vilaseca, coordinador de talleres de reflexión sobre masculinidad (www.varones.com.ar).
Vilaseca asegura que cuando los hombres se sienten jaqueados por las circunstancias, en lugar de verbalizar sus conflictos y confusiones tienden a atrincherarse, avergonzados. "Ser varón está ligado a saber, poder y tener, ser importantes, sentirse orgulloso y confiado de sí mismo, todas cualidades con un denominador común: la potencia." Cuando el varón no puede responder a este modelo cultural exigente, se repliega en silencio.
La propuesta de Vilaseca es ésta: "Sondear el abismo entre el modelo internalizado y las propias posibilidades de concretarlo. Y lo hace con herramientas psicodramáticas que combinan la palabra y la acción".
"Los viejos modelos culturales no han muerto y los nuevos no han terminado de nacer", dice Vilaseca. Y apuesta a la construcción de un nuevo modelo de masculinidad, capaz de desanudar las emociones y apropiarse de ellas nombrándolas.

Por Tesy De Biase

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1401126-cont-para-ellos-hablar-sobre-los-problemas-es-perder-el-tiempoagenda

miércoles, 3 de agosto de 2011

De la mujer ancestral a la transgresora

La psicóloga Liliana Mizrahi, trabaja sobre la culpa impuesta por la sociedad a las mujeres que desafían la imposición cultural de ser madres bajo cualquier circunstancia.

Cambió el turno a una paciente y dispuso su porteño consultorio de Belgrano para la entrevista. “¡Aquí esta la prueba de galera!”, exclama, enfática, Liliana Mizrahi mostrando la tapa de su último libro a punto de entrar a imprenta: Mujeres libres y crímenes sociales.
Sobre este trabajo, seguramente 
polémico como todos los anteriores, y los temas que la empecinan escribe Mizrahi.


–En la década de 1980 a mane­­ra de prólogo de su libro “La mujer transgresora”, su colega Tato Pavlovs­ky dijo que usted “escribe a través de sus cicatrices”. ¿Lo sigue haciendo?

Ya no escribo desde las cicatrices porque tengo muchas menos heridas, escribo desde la experiencia y el deseo de que las mujeres tengamos libertad para decidir sobre nuestros cuerpos.

–Todos sus libros de ensayos (y también los de poemas) tienen a la mujer cómo protagonista. ¿Hoy persistiría la crisis entre la mujer “ancestral” y la “transgresora”?
La mujer ancestral es la mujer del patriarcado, obediente, sumisa, secundaria, silenciosa, aislada del mundo público. La mujer transgresora es la que desacata esos mandatos de no-crecimiento. Levanta la voz, desarrolla su pensamiento, transgrede para crear espacios nuevos. Recrea. Esa tensión entre ambos aspectos existe porque ese conflicto es el motor de los cambios y transformaciones que las mujeres hacemos.

–A través de otros escritos, en particular “Mujeres en plena revuelta”, prevé una gran movilidad en la conciencia femenina. ¿Estamos ante esos cambios?
Estoy convencida de que hay una gran movilización en muchísimas mujeres. Algunas tienen o se autoimponen un techo para crecer, otras no. Hay más referentes mujeres para identificarse con conductas de libertad. Hay reconocimiento de los pactos de no-crecimiento y rupturas. Hay una mayor y más profunda conciencia de género. Hay menos mujeres dispuestas a someterse o callarse.

–Acaba de lanzar un libro por internet llamado: “Mujeres libres y crímenes sociales”, donde se cuestiona entre otras temáticas la maternidad como algo “natural”. ¿No querer ser madre es una gran transgresión?
No querer ser madre, en una cultura patriarcal, muestra que esa mujer “no está bien de la cabeza”. Esa decisión es un deseo condenado, un estigma, una mala mujer, una mujer desnaturalizada, una mujer sin sentimientos. Esto promueve la creencia que la maternidad es obligatoria y no lo es, ni podría serlo. El cuerpo de la mujer está preparado para gestar, eso es natural en tanto propio de la naturaleza, no quiere decir que si no quiere gestar deba hacerlo. No creo que lo haga. Las mujeres tenemos el derecho de decidir nuestras maternidades. No nos reconocen ese derecho todavía.

–¿Pero qué pasa con las mujeres que no quieren ser madres? ¿Hay mucha culpa en elegir?
Sí, hay culpa, en mayor o menor grado. Depende de qué mujer estamos hablando. Una mujer de conciencia evolucionada, dueña de sí misma, con otros proyectos para su vida donde la maternidad no cuenta, se sabe responsable de una decisión importante, no siente lo mismo que una mujer con un coro griego que la mira y la acusa y la condena por ese mismo deseo.

–¿Por qué percibe que hay poca implicancia masculina en el debate sobre la despenalización del aborto?
El tema del aborto siempre se entendió como “cosas de mujeres”. La poca implicancia masculina en “cuestiones de mujeres” es tradicional y habla de los varones, que por otro lado, parece que están empezando a evolucionar. Esta lucha no es contra la maternidad ni contra la vida, ni contra la familia, es una lucha para tener libertad para decidir.

–Otra de sus aseveraciones es: 
“Esta cultura mata de muchas maneras”.
Sí, creo eso. Esta cultura mata a través de políticas económicas que matan más lentamente, pero matan igual. Se mata de muchas maneras: excluyendo al individuo del mercado laboral, discriminándolo, dejando a generaciones carentes de educación, instrumentos para pensar y trabajar, una educación que lo socialice y lo integre. Se puede matar por hambre, por frío, por extrema soledad y abandono, por falta de cuidados médicos. Porque los chicos están en la calle. Hay mucha gente muerta caminando por la calle. Llamo muerta a esa persona incapaz de cambiar, transformarse, conocerse, evolucionar. Se mata con una botellita de alcohol y un fósforo. Con una aguja de tejer o un tallo de perejil. ¿Acaso no comemos cadáveres a menudo?

–Ante una realidad que muchas mujeres perciben injusta ¿es mejor adaptarse u oponerse?
Si una realidad es injusta, adaptarse es sobreadaptarse, es decir adecuarse a lo inadecuado. Aguantar, soportar. En este tema las mujeres damos cátedra. Es al revés: se trata de aprender a no sobreadaptarse, no adecuarse a lo inadecuado. No naturalizar la injusticia. No soportar lo insoportable. Creo que es mejor poner límites, oponerse, resistir, levantar la voz y entre muchas el griterío va a ser tal que nos van a escuchar. Por eso hablo de los temas que de los que se suponen no debemos hablar. Y es al revés, hay que hablar de la trata de personas, de la descriminalización del aborto, de la libertad para decidir, de la pedofilia, de la Iglesia, de la violación en familia.

–¿Cuál es su opinión acerca del porqué de la abrumadora cifra de “feminicidios”? ¿Se producen más que en épocas pasadas o tienen más visibilidad?
- Es grande la violencia entre varones y mujeres y ese también es un tema de debate. Muchas mujeres no reconocen la violencia como violencia, no entienden el insulto como insulto, necesitamos poder pensar esa realidad. Falta prevención primaria, incluir en las materias escolares estos temas. No es difícil matar una mujer, no tenemos la fuerza muscular de un varón, pero lo importante es que las mujeres se quedan ahí donde las maltratan hasta que las matan.

–En el capitulo final de “Mujeres libres y crímenes sociales” involucra a la Iglesia, ¿usted dice que el mundo ha cambiado y la Iglesia no acompaña ese cambio?
La Iglesia está petrificada en el tiempo y lamentablemente tiene poder sobre muchas cabezas acríticas. Pobre Jesús, nunca imaginó esto y estaría bien triste si viera lo que sucede: cómo la Iglesia está detenida y no evoluciona con el tiempo con lo cual deja de acompañar y ayudar a muchas personas. Al estar detenida en el tiempo, está ausente de las realidades que no quiere ver o no quiere asumir como responsabilidad. La sexualidad de los jóvenes es su responsabilidad y sin embargo le falta “sentido común”, una conciencia más humanizada acerca de la realidad de estos tiempos. Me parece que las mitras doradas no tienen un pensamiento inteligente, tienen un pensamiento dogmático, cristalizado y que no es bueno para la gente salvo para los creyentes de mentiras patriarca­­­-
les. Pobre Jesús ¿qué le diría a los sacerdotes pedófilos y mentirosos, y a 
los que bendijeron armas o los que le dieron la comunión a genocidas, a los que calmaron la conciencia de los pilotos de los vuelos de la muerte? Pobre Jesús. La iglesia católica crucifica a Jesús para defender su dogmatismo anacrónico.

Por Bibiana Fulchieri

Fuente:

http://www.lavoz.com.ar/suplementos/temas/mujer-ancestral-transgresora


El libro está en internet:

http://vamosacambiarelmundo.org/wp-content/uploads/2011/06/Aborto.pdf




viernes, 3 de junio de 2011

La hermana, la madre, la abuela y la mentora

La autora examina distintos problemas que se plantean a las jóvenes en su desarrollo laboral, especialmente en su relación con distintas figuras en los vínculos: la madre, por supuesto; la hermana, la abuela (pero las abuelas ya no son lo que eran) y un nuevo personaje: la mentora.

Algo muy escuchado entre las chicas jóvenes: “A mí no me va a pasar eso del ‘techo de cristal’ (que grafica la subrepresentación de las mujeres en los puestos elevados de las organizaciones laborales), porque sólo de mí depende y sé que lo voy a superar”. En esa formulación actúa un mecanismo de defensa que es la negación; consiste en tratar los elementos de la realidad que resultan desagradables o provocan angustia como si no existieran. En estos casos, se niega que existe, en el campo laboral, una realidad opresiva, que se agiganta cuando las mujeres se ven exigidas a armonizar su vida laboral con su vida familiar, especialmente si tienen niños pequeños.

Para los varones, la negación consiste en que, en cuanto a la crianza de los niños pequeños, “ése es un problema de ellas, yo me tengo que concentrar en mi carrera laboral”. El mecanismo de negación se afirma aquí sobre una realidad social y cultural que atribuye a las mujeres ser las principales responsables del escenario doméstico. En nuestras investigaciones (efectuadas, con Irene Meler, en el marco de la UCES), al explorar el sentimiento más íntimo de los varones respecto de sus hijos pequeños, muchos manifestaron que sí deseaban dedicarse más a su cuidado, desplegar más activamente los llamados “vínculos de apego” con sus hijos. Estos hombres han debido utilizar también diversas formas de racionalización para soportar esta frustración a sus necesidades de apego. Actualmente se describen las “nuevas paternidades” como intentos de superar esa injusta distribución de bienes –materiales y subjetivos– entre los géneros.

Otro mecanismo de defensa entre jóvenes es la idealización, recurso en el cual se toma la parte por el todo, y esa parte se agranda y embellece de tal modo que el resto pasa desapercibido. Hay muchachas que idealizan su entorno familiar, especialmente a madres y hermanas, y dan por supuesto que contarán con su apoyo para formar una familia y criar a sus niños. Con esta idealización desestiman que su madre o sus hermanas u otras familiares pueden no estar disponibles para semejante compromiso, incluso por obstáculos tales como la falta de disposición subjetiva de las abuelas actuales para cuidar de sus nietos.

La autora española María Angeles Durán (El pelo gris debe ponerse de moda, accesible en Internet) considera que las abuelas actuales somos la última generación de mujeres dispuestas a apoyar a nuestras hijas en la crianza de sus niños a cambio de que ellas puedan desarrollar sus carreras laborales. Este espíritu de sacrificio y de postergación de las propias necesidades en nombre de las necesidades de los otros ya no está presente en las nuevas generaciones de mujeres, especialmente entre aquellas que han tenido oportunidades educativas de nivel superior y han desarrollado carreras laborales en las cuales quieren permanecer hasta un período que va más allá del momento de la abuelidad.

Este tipo de trabajo de las abuelas, considerado como una extensión natural del trabajo maternal y doméstico, ha dejado de tener vigencia y legitimidad entre un amplio grupo de mujeres mayores, a pesar de que en sus hijas jóvenes persiste la representación de sus madres como cuidadoras, y no vacilan en catalogarlas como “egoístas” cuando las abuelas desean preservar aquellos deseos que trascienden la esfera familiar y doméstica, por ejemplo porque han desarrollado intereses artísticos o intelectuales que las alejan del cuidado de sus nietos.

Cuando las muchachas jóvenes se afirman en el mecanismo de la idealización respecto de los apoyos familiares para criar a sus niños, la decepción ulterior suele ser agigantada, y se ven sumergidas en conflictos emocionales que a menudo comprometen su salud física y su vida laboral. Sin embargo, todavía persiste el espíritu de solidaridad entre mujeres cuando se trata del cuidado de los niños, especialmente en las comunidades pequeñas, donde suele haber un firme espíritu de solidaridad entre sus miembros.

La mentora

Ante mujeres con conflictos vinculados con los fenómenos del techo de cristal y de los laberintos de cristal en sus trayectorias laborales, es importante la figura de la mentora, que tiene una significación singular en la vida laboral de las mujeres. Habitualmente, las mujeres que se insertan en carreras laborales se han desarrollado en contextos familiares donde había una mujer que operaba como figura de referencia, modelo de rol en el ámbito doméstico. Cuando las mujeres salen al ámbito público, es probable que puedan contar con una figura mentora en el ámbito laboral o de los estudios, por ejemplo, una jefa o una profesora que les muestra un camino en el mundo del trabajo; pero ella difícilmente podrá guiarla y asesorarla en otros aspectos de su vida como la intimidad familiar. Esto hace que el hallazgo de una figura mentora para las muchachas jóvenes sea difícil y contradictorio, porque es probable que ellas deseen articular su vida laboral con su vida familiar.

[...]

Seguir leyendo acá: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-169304-2011-06-02.html

Por Mabel Burin*

*Directora del Programa de Estudios de Género y Subjetividad de la UCES. Texto extractado de “Jóvenes, trabajo y género. Itinerarios laborales, laberintos de cristal y construcción de subjetividades”, que publicará, como parte de un libro de varios autores sobre trabajo juvenil, la Universidad Autónoma de México (UNAM).

jueves, 4 de noviembre de 2010

Mujer coraje

Psicología: “ESTAN PREPARADAS PARA IR HASTA EL FINAL”

"Una fórmula radical acerca del coraje puede decir: las mujeres tienen coraje y los hombres son cobardes. Esto se entiende a partir de la referencia fálica, según se tenga o no el órgano que, en el cuerpo, encarna el significante fálico: los hombres tienen algo que proteger. Un hombre es un dueño. Es esencialmente un dueño; gestionará mejor o peor su propiedad, pero está condicionado por ella. Las mujeres, con respecto a la referencia fálica, no tienen nada que perder. No tener nada que perder puede otorgar un coraje sin límite, aun feroz: mujeres que, para salvar lo más precioso, están preparadas para ir hasta el final sin detenerse, dispuestas a luchar como quieran.

Es cierto que el sentimiento de un hándicap puede conducir a la posición de víctima, de queja o de miedo, pero es en la mujer donde se observa la inversión súbita del miedo en el coraje sin límite, cuando se toca lo que se debe respetar; en el extremo, se puede ver a la más miedosa de las mujeres convertirse de pronto en una heroína.

La cobardía fundamental de los hombres es que están embarazados por algo que tienen que proteger; eso puede despertar en ellos la ferocidad del dueño amenazado de robo, pero es a los hombres a quienes les gusta negociar, dialectizar, todo eso para proteger lo que hay que proteger; es muy distinto de hablar.

Si se plantea respecto de hombres y mujeres lo que Hegel llamaba “lucha por puro prestigio”, que da lugar a un amo y un esclavo, podría parecer que los hombres salen amos y las mujeres se someten, pero no es así. El hombre, aunque pueda parecer que manda, es el esclavo, el siervo. Lo es porque, de manera estructural, el que sale siervo de esa lucha es el que debe proteger algo –en Hegel, supuestamente su vida–. Pero si el sujeto femenino ya ha perdido todo y no tiene nada que proteger, se encuentra en la posición estructural del amo. La voluntad despreciada como insensatez, el capricho, se encuentra del lado de la mujer. Hay una función errática en la voluntad de la mujer. Las mujeres gozan de su voluntad. Así lo reconoce Lacan cuando habla del Deseo de la Madre. El Deseo de la Madre es el capricho, es decir, la voluntad sin reglas, mientras que el Nombre-del-Padre es la autoridad, pero en la medida en que depende de reglas. Y por eso hay un desfasaje: el hombre, amo-siervo, se inscribe en el discurso del amo; los amos hombres son siempre solamente amos de siervos, son falsos amos, como lo denunció Nietzsche. Mientras que la dominación femenina se desprende de un discurso histérico, es decir, de una posición de un amo sin reglas que denuncia al falso amo, él mismo siervo de las reglas.

Entonces, para definir una brújula en la cuestión del coraje, hay que fundarse en la relación entre el coraje y la castración. El coraje siempre se ubica en el franqueamiento de la barrera del horror a la feminidad. Hay coraje cuando se franquea esta barrera. El horror a la feminidad lo tienen los dos sexos, pero más los hombres que las mujeres.

Entonces también hay una cobardía de las mujeres en el horror a la feminidad, que tiene que ver con proteger su imagen y eventualmente la belleza de su imagen, como última protección antes del horror de la castración. Esta barrera que constituye el culto a la imagen bella, a lo que una supuestamente quiere ser para al menos un hombre –que también hace al culto a la imagen–, es lo que regularmente hace más difícil para las mujeres que para los hombres la palabra pública. La palabra en público significa sacrificar algo de la protección de la imagen, del fetiche de la imagen.

La de los hombres es la cobardía bien escondida, son tan cobardes que esconden la cobardía misma, es decir que van a luchar en otro lugar que en la relación de los sexos; en el campo del saber polemizan, subrayan errores de tipografía en las tesis o, más avanzados, cuando están realmente inquietos sobre su virilidad, se vuelven militares. Es lo que el joven Lacan señaló en su texto “La psiquiatría inglesa y la guerra”. Hace esta anotación: “El valor viril que expresa el tipo más acabado de la formación tradicional del oficial entre nosotros –y la tradición militar francesa tiene su peso importante– me ha parecido en muchas ocasiones como una compensación de lo que nuestros ancestros habrían llamado cierta debilidad en la cama”. Es buscar las insignias de oficiales de la virilidad precisamente para huir del otro campo de batalla, del campo de batalla fundamental, del campo de batalla de hombres y mujeres. De tal manera que el coraje sexual es lo mismo que el coraje epistémico, es afrontar el otro sexo en la medida en que lo femenino es el sexo Otro también para las mujeres. Como dice Lacan, la mujer es otra para ella misma.

Si uno toma como punto de partida que el fenómeno fundamental es el horror a la feminidad, se entiende que el miedo al padre es algo que cubre ese horror. Es mejor tener miedo del padre para que no se sepa que el horror es a la feminidad, de tal manera que el padre terrible es siempre, una vez que se analiza, una especie de marioneta que viene a recubrir el horror fundamental. La religión nos propuso temer a Dios. Lacan lo analiza en el Seminario 3, respecto de la primera escena de Atalía, de Racine, donde todo gira en torno de realizar la erección de un Otro terrible que tiene la ventaja de recubrir el horror que existe.

Eso conduce a considerar el tema de Don Juan. Una gran cuestión es qué es el coraje de Don Juan, si es que hay un coraje de Don Juan. Don Juan supuestamente encarna la figura de al menos un hombre que no tendría ningún horror a la feminidad y que recoge la serie de mujeres, una serie, una fórmula de la suma. Hay algo inquietante en este movimiento de una más, que Lacan interpretó una vez como: finalmente, si continúa buscando, es que nunca encuentra lo que buscaba. Esto supone que Don Juan busca el falo que tendría una mujer y que nunca lo encuentra, y continúa buscando, que busca a la mujer con falo, de tal manera que no tiene miedo. Pero ¿por qué busca a la mujer con falo? Se ve muy bien: busca a la madre, la madre primaria. Por eso Don Juan es una figura opuesta a la del padre; Don Juan es el hijo que toma a su cuenta a todas las mujeres del padre de Totem y tabú, que roba al padre todas las mujeres pero bajo la forma de la serie.

La ópera de Mozart, el relato clásico de Don Juan, lo muestra: la historia empieza con el asesinato de un padre y ese padre vuelve al final, el padre muerto; el final de Don Juan es la venganza del padre muerto contra el hijo que ha robado todas las mujeres. Don Juan se dirige a las mujeres con un quizá, quizá ésta va a tenerlo, y clínicamente hay casos de donjuanismo, hay algunos que no sufren de esto, pero hay bastantes que sufren como de un síntoma. En varias ocasiones, como dice Lacan, se constata que en el origen del donjuanismo hay un padre concernido, herido en su potencia; es como una función del padre aminorado y generalmente en pareja con una madre fálica. Finalmente, el supuesto coraje de Don Juan en la relación de los sexos se paga con un miedo fundamental al padre, que puede permitir realizar la alianza del petit Don Juan con la madre fálica."

Por Jacques-Alain Miller*


*Fragmento de Conferencias porteñas 3, Editorial Paidós.


Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-156235-2010-11-04.html

jueves, 15 de julio de 2010

“¿A qué llama ‘familia’ la Iglesia?”

No podía dejar afuera un tema tan importante como la realidad que vive la Argentina sobre el histórico debate que se está llevando adelante por el matrimonio igualitario y la posibilidad de la adopción entre personas del mismo sexo.
¡Todos tenemos que tener los mismos derechos ante la ley!


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“A partir de la cuestión del matrimonio entre personas del mismo sexo, el autor advierte sobre la intervención de la Iglesia Católica: “Que una forma histórica sea presentada como natural exige uniformar, homogeneizar, y ésta es una razón por la cual las jerarquías eclesiásticas se adaptaron mejor al orden de las dictaduras que al desorden democrático”.

Hay una suposición: que existen expertos, especialistas científicos, de la psicología, de la biología, de la genética, de la jurisprudencia, que son llamados a decir sus ocurrencias con los vestidos de la ciencia. Cierta ingenuidad y también un poco de impostura alientan esta especie de bullicio democrático que la pobreza y mediocridad teológica que domina en nuestro medio confunde con un aquelarre.

No voy a apelar a documentos etnográficos ni recordar las múltiples estructuras de parentesco que existían y que persisten para subrayar el carácter social e histórico de algunas instituciones de las culturas, entre ellas el llamado matrimonio. Esta idea romana que adquirió un estatuto jurídico en nuestro Occidente, facilitaba que una mujer pasara de la tutela, protección o servidumbre respecto de su padre a la obediencia a un marido que garantizaba el carácter “legítimo” de sus hijos. Hay todavía huellas de este modo de dominación, pero también es cierto que existen muchas otras formas de convivencia social, también familiares, que no se reducen al matrimonio y están hoy reconocidas por el derecho.

No es imprescindible el matrimonio para “conyugarse”, para establecer un “enlace” o para “contraerlo”, como ocurre a veces con un resfrío. Hay innumerables palabras que hablan de aquellas huellas a las que hemos aludido. Por lo demás, el “matrimonio entre personas del mismo sexo” es una denominación poco feliz. En primer lugar porque suele ocurrir que cada una de las personas tiene el suyo y obligarlas a compartir “el mismo” me parece una extralimitación abusiva. Se agrega a ello que cualquier ojeada histórica sobre el matrimonio entre personas –como se decía hasta hace poco– de “sexo opuesto” deja ver que se trata de uno de los escenarios preferidos de la famosa disputa o guerra entre los sexos, gente extraña que muchas veces se encapricha, precisamente, en compartir el mismo sexo.

Es fácil advertir que no soy un fanático del matrimonio, del matrimonio a secas, aunque esa falta de humedad atenta contra institución tan respetable. Y como en nuestro país existe un casamiento civil, tampoco me parece conveniente instalar alguna instancia jurídica que supervise la fe, la buena fe como condición de un casamiento religioso, cualquiera sea la religión. Eso se conoce con el nombre de separación del Estado y la Iglesia.

La cuestión que se discute puede pasar desapercibida entre tanto ruido. No se trata de saber si hay formas psicopatológicas de la sexualidad, como de la injerencia de las autoridades de la Iglesia Católica argentina, que pretende legislar sobre nuestros amores y goces sexuales. Tiene todo el derecho a sostener su posición sobre esos asuntos y tratar de incidir sobre su grey; ningún derecho sobre esa pretensión.

Es difícil hablar de esto sin historiar las complejísimas relaciones que existieron entre la Iglesia y los gobiernos de Perón, en algún momento idílicas, en otros ásperas y hasta incandescentes. No hay lugar aquí para recordar esos antecedentes. Pero hay que decir que en aquellos tiempos la Iglesia acentuó su milenaria tendencia (que se remonta a los años 300) a recostarse en el Estado, en el poder secular, perdiendo confianza en su influencia espiritual para alcanzar sus fines. También es cierto que en nuestro país esto lleva el sello de estilo de la Iglesia española, que colocó la tarea de evangelización bajo el paraguas de lo que era el imperio nacional.

En febrero de 1929, Mussolini, por Italia, y el cardenal Gasbarri, en representación de Pío XI, firmaron un tratado político y un acuerdo económico por el cual quedó establecido el Estado soberano de la Ciudad del Vaticano. Más pequeño que la República de San Marino, pero con más predicamento, fue reconocido por la legislación internacional y mantiene relaciones diplomáticas con otras naciones. El jefe de ese Estado es el Sumo Pontífice, quien reúne en su persona funciones ejecutivas, legislativas y judiciales. Algo más efectivo que un mero DNU, lo que ahorra varios inconvenientes. Para ocupar ese cargo no se requiere haber nacido en ningún lugar específico: todos los cardenales que tienen residencia en el Vaticano tienen nacionalidad vaticana sin perder la de origen. Por dar un ejemplo, si Francisco de Narváez tuviera la vocación y aptitud adecuada, no encontraría en su nacionalidad un obstáculo para su candidatura. Se trata de un Estado propiamente dicho, que acuña su moneda, que dispone de sus servicios económicos, sanitarios, educativos, y como se le reconoce una misión espiritual, sus dignatarios intervienen en la política de otros Estados sin las trabas que encuentran o la prudencia que se espera de los diplomáticos de otros países. Gozan de una inmunidad ecuménica de límites insondables, como fue el caso, por dar otro ejemplo, del obispo castrense monseñor Baseotto, quien proponía medidas apocalípticas para proteger la salud pública.

Hace ya siete años circula en lengua italiana un Lexicón de la Iglesia Católica, que define a la homosexualidad como un “problema psíquico”, “contrario al vínculo social”. Fidelísima con la doctrina de Estado de la Santa Sede, la Conferencia Episcopal Argentina emitió en abril de este año un documento que declara: “La unión de personas del mismo sexo carece de los elementos biológicos y antropológicos propios del matrimonio y de la familia”.

Es difícil (pero ocurre) que un psicoanalista se haga el sordo a estas afirmaciones presentadas como consideraciones espirituales sobre instituciones sociales e históricas. Cuando los psicoanalistas escuchamos a sacerdotes homosexuales, no nos encontramos con una circunstancia clínica que no sea política. Resulta que llegan a la consulta por su condición de sacerdotes y no por su homosexualidad, convencidos de que la Iglesia no tiene la menor idea de cuáles son “los elementos biológicos y antropológicos propios de la familia”. Es cierto, como dice Juan B. Ritvo (Página/12, 3 de junio de 2010), que el inconsciente se presta poco a las discusiones parlamentarias, “a lo mejor porque conmueve las bases mismas de la sociedad civil en el particular ligamen del erotismo con la muerte”. Estoy de acuerdo, y ese plano no es ajeno a la política, así como la política no se reduce a las discusiones parlamentarias. Como el inconsciente, ella entra cada tanto a los consultorios de los psicoanalistas.

El cardenal Jorge Bergoglio no dejó pasar la oportunidad del Tedeum del Bicentenario para rechazar el matrimonio entre personas homosexuales durante su homilía. Y ya antes, el Arzobispado había declarado que: “Dado que el Poder Ejecutivo de la Ciudad de Buenos Aires es el garante de la legalidad en la ciudad, el jefe de Gobierno, a través del Ministerio Público, tiene la obligación de apelar el fallo”. Esta intervención de un argentino, y que es legítima para cualquier argentino sea o no jesuita, resultaría inadmisible para cualquiera que tuviese una investidura concedida por otro Estado, aunque fuera nativo de estas tierras y tuviera motivos espirituales análogos.

Pero, ¿a qué cosa llama “familia” la Iglesia? ¿Qué entiende por “matrimonio”? ¿Recordará que Israel fue la Esposa de Dios (antes de que se prostituyera)? ¿Tiene en cuenta que ella es “Esposa” de Cristo aunque Jesucristo tiene miles de “Esposas”? ¿Por qué llama “hermanos” y “hermanas” a personas que no están unidas por ningún lazo jurídico o de sangre? ¿No hay en la Iglesia “Padres”, “Madres”, “Hijos”? ¿Tendríamos que pedirles que concurran a los tribunales terrenales a legitimar esos títulos? Me disculpo, pero la pregunta me resulta irresistible: ¿no faltan abuelos y nietos? ¿O todo esto es un modo de hablar sin consecuencias? No lo creo.

Todo es más pobre. La Iglesia acepta más o menos llamar “familia” a la unidad de consumo burguesa compuesta por mamá y papá casados con hijos concebidos (no sólo pensados) dentro de un matrimonio consagrado (y extiende su benevolencia a formas cercanas). El problema es que quiere hacer pasar esta forma de la familia como la forma “natural”, base de la estructura social (también natural) y condición de la reproducción de la especie (aunque la especie se las arreglaba bastante bien antes de la existencia de la Iglesia).

El problema lo enunciamos al comienzo. Que una forma histórica (de cualquier institución) sea presentada como natural de la especie humana es plantear una exigencia de uniformar, de homogeneizar, de universalizar, una especie de “globalización” avant la lettre. Y para ello, ¿qué mejor recurso que apelar a una legislación que imponga o prohíba? Es por eso, entre otras razones –pero ésta es una razón un poco descuidada–, que las jerarquías eclesiásticas de la Iglesia Católica Argentina se han adaptado mejor al orden que impusieron los gobiernos dictatoriales en nuestro país que a los desórdenes democráticos.

Debe ser penoso para los cristianos convencidos que una de sus iglesias crea que la ley perfecciona al creyente mejor que la gracia.”

Por Jorge Jinkis *

* Psicoanalista. Director de la revista Conjetural. Autor del libro Indagaciones, de reciente aparición (ed. Edhasa).

[http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-149045-2010-07-14.html]