lunes, 8 de febrero de 2016

No quiero ser ni neutral ni equilibrada

¿Pueden las memorias de una familia en particular volverse memoria social, más allá de la obligación de la memoria militante? En un libro íntimo que puede leerse como diario de una tragedia, pero también recuerdo amoroso de un mundo destruido, la periodista ofrece su respuesta: sí. Y cree que es necesario hacerlo para poder seguir reflexionando.

Por Soledad Vallejos

A veces las herencias no son individuales y privadas. María Josefina Cerutti cree en seguir tejiendo una trama en común. Dice que es necesario, tanto como “evitar las grietas”. “Siempre hay grietas, las tenemos los seres humanos. Yo entré por una de las varias que tengo, que es el dolor. Hay cosas que me hacen recordar a mi abuelo y no puedo parar de llorar, y tengo 54 años. Y todavía me gustaría verlo”, dice, a poco de tener en sus manos por primera vez un ejemplar de Casita robada (Ed. Sudamericana), el libro en el que logró hilar recuerdos personales para proponer otra memoria que sume. En el libro, como en sus frases de recién, Cerutti habla de Victorio, el hijo de inmigrante italiano afincado en Mendoza, que fundó una familia argentina con corazón napolitano, y regenteó una finca con viñedos y bodega que dejó relatos de clan algo legendario en Chacras de Coria. Era también uno de los cuatro hombres que un grupo de tareas secuestró en la madrugada del 12 de enero de 1977, después de una fiesta; el mismo que, con 75 años, fue llevado a la ESMA y torturado para lograr que firmara la cesión de sus terrenos –valuados en su momento en 16 millones de dólares–, que terminaron en manos del hijo y el hermano de Emilio Massera. De él hablaron María Josefina y dos de sus primas en 2015, ante el tribunal de la megacausa Esma; treinta años antes, en el Juicio a las Juntas, ella había visto hacer lo propio a su abuela Josefina y su tío Juan Carlos. Pasaron los años. Casa Grande, el nombre que la familia daba al corazón de la finca, nombra ahora al barrio alrededor. Además, ese lugar del que su familia había sido despojada es –ley mediante– sede provincial del Archivo Nacional de la Memoria.
Cerutti dice que la reflexión nunca se cierra, o por lo menos no todavía. Si se pregunta en voz alta “¿quiénes fueron los protagonistas que construyeron los 70?”, es porque cree que todavía las memorias familiares, personales, pueden sumar al cuadro que construyeron, con esfuerzo y por lograr justicia, las memorias militantes.
–Necesitamos todas las memorias. Leí mucho textos que dan vueltas a esto también, como los de Félix Bruzzone (Los topos), o Una muchacha muy bella, de Julián López R., o Diario de una princesa montonera, de Eva Pérez. Tenemos que seguir trabajando sobre esto, cada uno como pueda: los militantes, los que participaron de la lucha armada, los que no pero fueron militantes y los que quedamos alrededor, boyando ahí, todos tenemos algo que decir. Me considero alineada con la defensa de los derechos humanos, con el trabajo de Estela de Carlotto y los familiares, cada uno en su lucha, aunque nunca fui una militante en el sentido literal de la palabra, nunca fui una militante orgánica. Pero siempre apoyé, fui con la foto de mi abuelo a la Plaza. Yo creí que esto ahora, ya escrito, no me hacía llorar más. Y hoy empecé a llorar de nuevo, sobre todo cuando pienso en el momento en que tiran a mi abuelo. Me da un dolor físico. Necesitamos reflexionar sobre los 70. Tenemos que reflexionar, no nos podemos permitir otro momento de violencia, otros años de violencia, no puede volver a suceder eso. A veces pienso que en la historia de la Humanidad las cosas se repiten y me da tanto dolor. Y creo que es muy reflexionar desde las subjetividades que construyeron esta historia.
Casita... es “una crónica de no ficción” con nombres, apellidos, sobrenombres reales, dice Cerutti, que para escribirla apeló a sus propios recuerdos pero también a los de su madre, su hermana –fotógrafa, que registró también lo sucedido con la Casa Grande pero en imágenes–, sus primos, los vecinos que se allanaron a hablar y recordar. Encontrar otras palabras resultó algo más difícil de lo que esperaba. Sin embargo, los personajes, que fueron y son personas reales, se imponen: son hermanos, hijos, esposas, esposos, amigas cercanísimas, enemigos íntimos, en una familia habituada a que la vida transcurriera en el mundo delimitado por la finca y las relaciones sociales conocidas. “El mucho, el ‘todo juntos’. Esa cosa donde ninguno es uno y todos son todos, todos son la casa”, enumera, desde este otro mundo, el de 2016.
En aquel otro mundo, cuando el teléfono internacional era un lujo y las postales no alcanzaban a demostrar cabalmente cuán magnánima había sido la suerte, muchos expatriados devenidos bodegueros tenían a Hollywood como modelo narrativo: “actuaron sus propias películas”, cuenta Cerutti en el libro. Manuel, el pionero, fue uno de quienes se registraron en sus propios viñedos, entre trabajadores de la tierra, en sus bodegas, mostraban a la cámara sus autos, sus casas inspiradas en las del patriciado romano. En el verano de 1970, el abuelo Victorio, antiperonista casado con una socialista que amaba la buena vida, redescubrió la lata con la película en algún lugar de la bodega; hizo cerrar el cine de Chacras de Coria para proyectarla a la familia. Escribió Cerutti: “Apenas apagaron las luces, los bisnietos pudimos ver al nono en vivo y en directo. De traje, sombrero y bastón, baja, en 1934, de un Ford último modelo que un chófer estaciona en el patio de la Casa Grande. El mismísimo patio que serviría de apoyo para las telas rojas y negras con las que militantes y estudiantes universitarios harían bandera para acompañar en Ezeiza la vuelta de Perón a la Argentina en junio de 1973. Dejarían en el piso restos pegoteados de la pintura con la que rellenaron las letras de Fuerzas Armadas Revolucionarias”.
–En el libro, da cuenta de que hizo entrevistas antes de escribir.
–Sí, entrevisté a quienes aceptaron hablar. Como se ve, hay un desastre posterior al secuestro de mi abuelo, prácticamente entre primos no nos hablamos. Con esto pude acercarme a dos o tres, pero esta familia está muy atravesada por los conflictos económicos, que es un poco un problema de la burguesía en general, esa boludez burguesa de que tiene más valor la plata que los amores. Pero sí, entrevisté a muchos, leí las sucesiones, hablé con la gente de Chacras de Coria. Fue difícil. Hubo 2 o 3 personas que me contaron algunas cosas, pero pensé que iba a haber mas relato en el pueblo sobre esto. O quizá lo hay y no me lo dicen, y quizá cuando lo vaya a presentar allá me lo dicen. Pero quise hacer esta historia con estos grises, con estos blancos y negros. Me interesaba contar la intimidad. El subtítulo del libro es “el secuestro, la desaparición y el saqueo millonario que el almirante Massera cometió contra la familia Cerutti”, pero creo que en el libro hay algo que trasciende eso. Creo que lo que pasó con mi familia es también el cuento de esta América. Por eso empieza con la llegada a América y termina con la frase de “Facciamo l’America!”. La construcción de América no fue solamente la historia de inmigrantes exitosos, sino también una historia de violencia. No eran ni malos ni buenos, había cosas violentas, porque había algo del far west. Esta Casita robada es la historia de una tragedia, pero también de la construcción de América en el bien y en el mal. Una vez un amigo mendocino que leyó el borrador me dijo que los personajes son como dioses griegos, buenos y malos al mismo tiempo. Me interesa decir “esta es la humanidad”, al menos la que yo viví. Y heredé este mundo, aun en el desheredamiento más triste. Viste que los chinos decían que a la gente había que no solo exiliarla sino hacer que no tuviera un lugar a donde volver; Rosas, lo mismo. Massera hizo eso. Por eso siempre hablo del terremoto, del viento zonda: es esa cosa de arrasamiento, porque no tener donde volver es eso. Y aun así, nosotros, todos los nietos de Victorio, volvemos. Volvemos a la casa, nos paramos y seguimos yendo. No está él, no hay una tumba, pero la casa también es una tumba.
–Casi, como los textos de Bruzzone, Pérez, López R, reflexionan sobre los 70, la militancia armada y la vida después desde un lugar diferente, no a partir de las memorias militantes. ¿A qué atribuye que en los últimos años hayan ido apareciendo ese tipo de textos?
–En mi caso en particular, siento que porque pude encontrar el hilo. Durante mucho tiempo lo había pensado como algo de ficción, hacía talleres literarios para ver si salía, y nada. De repente, leí Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan, y creo que me abrió un canal, me ayudó a escribir de esta manera; me dije “por qué no puedo contar algo que no sea una ficción, que sea realidad”. Eso pasó. No creo que exista la verdad, creo que esto es lo que yo pude construir con mis dolores, mis amores, recuerdos, miradas. Ahora, ¿por qué estos textos son en cierto modo contemporáneos? ¿Tal vez porque habrá madurado algo de la reflexión?
–A la vez, Casita... es un texto profundamente político.
–Hay una posición política. Yo no quiero ser ni neutral ni equilibrada, ni formal, ni amorosa ni reconciliatoria. El libro es mi manera de decir esto. Pero es una posición política. A mí, además, personalmente me interesa la política. Nunca milité, quizá no tengo una posición militante, pero me interesa la política como compromiso. La literatura es una posición política también. Uno conoce al autor leyendo sus libros.
–Pero también es político en un sentido social, más allá de lo individual.
–Es que creo que hemos tenido tiempo de reflexionar sobre esto, a la luz de haber escuchado historias, narrativas militantes.
–En algún punto, la existencia de este texto también dice que esas narrativas fueron las necesarias para hacer justicia, pero son las únicas narrativas posibles.
–También la literatura puede ayudar a hacer justicia.
–¿Por qué?
–Porque es otra manera de dejar asentado algo que pasó. Es el testimonio. Escribir, etimológicamente, es más que un grafo, es rayar la piedra, es hacer un surco en la piedra. Y hay algo de ese surco que me parece que hay que legar. Antes se escribía en las piedras. No quiero que se olviden de esto, porque no es solo algo de la familia Ceruti. Me sumo a lo que dice Pilar Calveiro: tenemos que reflexionar sobre los 70 en un sentido humano, político, literario, artístico. Tenemos que construir algo con este dolor. Al principio del libro puse una cita de un libro de María Negroni, que en un momento dice: “Tu libro, por ejemplo, donde yo entro como a un pequeño infinito, está subiendo siempre a lo que baja, como esas piedras que el río lee en sentido inverso, a ver si consigue amar el corazón del daño”.
Es como apropiarse también del dolor, de todo esto y hacerlo construir, que sea creativo. Que el corazón del daño también sea una oportunidad de creación. No hay duda: no fue guerra, eso lo sabemos. Pero es necesario que no sea solo decir “somos víctimas”. Creo que es necesario pensar qué hacemos con esto. Uno puede hacer un cuadro, mi tía Malou pintaba esto (N. de R.: de hecho, en 2001 expuso algunas de esas pinturas en el Centro Cultural Recoleta). Yo lo escribí, lo vengo escribiendo hace años, escribí cositas, hice mi primer artículo periodístico sobre esto hace años. Y fui como amasando esta historia para que saliera así, como está ahora. Y me parece que tiene que ver con el amor, y a su vez con la necesidad y la urgencia de reflexionar sobre la violencia.
–¿Por qué urge?
–Porque no nos podemos permitir otra época de violencia. A veces la violencia se repite, la gente parece que no tuviera memoria. Andrew Graham Yool dijo que la memoria es la mejor manera de evitar los sufrimientos. Creo que también se evitan cuando uno construye y hace algo con ese vacío que quedó. Que te obligue a trabajar: escribir, pintar, plantar una planta. Los orientales dicen que la conciencia se toma en la acción. Es la acción del trabajo, de la obra, del pintor, del actor. Ahí nos transformamos. Yo me imagino este libro así: ¿viste los tejedores cuando van bajando el tejido en el telar poco a poco y de repente ven que es gigante? Cuando vi mi libro terminado, me dije que no entendía que era esto. Es como que se me acomodaron muchas piezas en la escritura.
–El final del libro cierra la historia pero abre otras cosas. Tal vez reflexión, debate.
–Me gustaría que sirva para talleres de escritura, para reflexionar, para pintar. Para lo que quieran. Para hacer barquitos. Es letra que es materia, que son dedos que trabajaron, que es una persona que soy yo porque lo bajé pero está mi abuelo. Y están los tonos que pusieron los inmigrantes en la construcción de América también, lo que significó. América es el gringo con el cuchillo bajo el poncho, los membrillos que perfumaban la casa, mi abuela que le rompía un cuadro en la cabeza a su sobrina. Esta es la humanidad, no los ideales que debían ser.
–Es la propuesta de pensarlos desde otro lado.
–Cuando empecé a reflexionar sobre esto, decía quiénes éramos, cómo se hizo esto. Yo lo que vengo a contar y no porque quiera denunciar nada, se nota, pero quiero contar quiénes eran estas personas. A todos nos faltan cinco para el peso. Estas eran las personas en sus circunstancias, como diría Ortega y Gasset. Eran hijos de América, eran millonarios. Hoy hablaba con un tío que decía “podíamos haber formado un imperio”. Pero éramos millonarios de pueblo. Esta gente hizo lo que pudo con lo que pudo, con lo que había. Era la torta que podían hacer, el plato que podía servirse. Hemos sufrido muchísimo con esto porque nos quedamos sin nada, no en términos económicos, sino sin la tierra que nos sostenía. Rosas decía “no hay que dejarlos volver”. Nosotros no tuvimos adónde volver. Yo voy ahí y camino por Chacras descalza para bajar, y a su vez digo “ahora tiene que pasar esta tristeza”. Para mí esto es muy sanador. Y me hace bien ir a la Casa Grande. Me saco los zapatos y siento que camino con todos. Mis primos hacen lo mismo: van, miran la casa. Fue muy fuerte para nosotros la historia. No hay ideales. Si no reflexionamos sobre la violencia, sobre por qué, para qué... Pienso en mi tío diciendo “dejen de hablar de revolución, miren dónde terminamos”. Esos grises construyen la sociedad, no la idea de la percepción. Somos oscuros, no somos transparentes. Estamos velados, somos difíciles, narcisistas, y con eso salimos a la calle. Hacemos algo con lo que podemos. Y si tenemos suerte, hacemos algo creativo.
–A veces se confunde solemnidad con respeto.
–Como soy muy laica, no creo en la solemnidad. No soy hija de ningún héroe. Y mi abuelo no era un héroe, era un ser humano de carne y hueso, mi abuela lo mismo. ¿Es respeto o irrespeto? No es eso, es otra cosa. No hay solemnidad posible. Una vez le preguntaron a Marguerite Duras si no le daba vergüenza hablar así de su hermano. Dijo: no, si era mi hermano, no era perfecto, yo no soy perfecta, quién es perfecto. Mi papá se tomaba hasta el agua de los floreros, pero también me enseñó cosas. Nadie nace en cuna de oro aunque sea el hijo de Rockefeller. Para todos nuestra cuna es de carne y hueso, de gente que no da lo que pueden. Cero solemnidad. En esto me parecen interesantes los otros libros, como el de Bruzzone, que dice “no sé si quiero militar en Hijos, no sé si quiero”.
–Y eso es ruidoso.
–Claro, para los que creerían que debería ser de esa manera. Y él quiere escribir en su casa, limpiar piletas, hacer su vida. Que sus padres hayan decidido su militancia fue algo de ellos. Uno no es los padres, uno es hijo de esos padres.
–Llevó mucho tiempo social pensarlo así.

–Un tiempo social que tiene que ver con tiempos de libertad, con apertura. Pasaron muchas cosas, sociales y personales, y en el caso de la literatura, gente que empezara a hablar. Uno tiene que autorizarse a jugarse por lo que quiere. Sino ¿qué estás esperando? ¿Que lo diga quién? ¿El jefe? ¿El jefe de quién? Es importante autorizarse, estar en lo propio, si no para qué la vida, para hacer la vida de quién.

Página 12

martes, 26 de enero de 2016

Un 25 de enero de 1882 nacía Virginia Woolf

     El sol aún no se había alzado. Sólo los leves pliegues, como los de un paño algo arrugado, permitían distinguir el mar del cielo. Poco a poco, a medida que el cielo clareaba, se iba formando una raya oscura en el horizonte, que dividía el cielo del mar, y en el paño gris aparecieron gruesas líneas que lo rayaban, avanzando una tras otra, bajo la superficie, cada cual siguiendo a la anterior, persiguiéndose una a otra, perpetuamente.
     Al acercarse a la playa cada barra se alzaba, se amontonaba sobre sí misma, rompía, y se deslizaba un sutil velo de agua blanca sobre la arena. La ola se detenía, y después volvía a retirarse arrastrándose, con un suspiro como el del durmiente cuyo aliento va y viene de la inconsciencia. Poco a poco, la oscura raya en el horizonte se aclaraba, como si las partículas suspendidas en una vieja botella de vino hubieran descendido al fondo, dejando verde el vidrio. También más allá se aclaraba el cielo, como si el blanco poso hubiera descendido, o como si el brazo de una mujer recostada bajo el horizonte hubiera alzado una lámpara, y planas barras blancas, verdes y amarillas se proyectaban en el cielo, como las varillas de un abanico. Entonces, la mujer alzó más la lámpara, y el aire pareció devenir fibroso y apartarse de la verde superficie, chispeante y llameando, en rojas y amarillas hebras como el humeante fuego que ruge en una hoguera. Poco a poco, las hebras de la hoguera se fundieron en un resplandor, en una incandescencia que alzó el peso del gris cielo lanudo, poniéndolo encima de él, y lo convirtió en millones de átomos de suave azul. La superficie del mar se hizo despacio transparente, y estuvo destellante y rizada hasta que las oscuras barras quedaron casi borradas. Lentamente, el brazo que sostenía la lámpara la alzó más, y después más, hasta que la ancha llama se hizo visible. Un arco de fuego ardía en el borde del horizonte, y a su alrededor el mar lanzaba llamas doradas.
     La luz incidió en los árboles del jardín, y dio transparencia a una hoja. Y luego a otra. Un pájaro gorjeó alto. Hubo una pausa. Otro pájaro gorjeó más bajo. El sol dio relieve a los muros de la casa, y se posó como la punta de un abanico cerrado en una blanca persiana, dejando una azul huella digital de sombra bajo la hoja junto a la ventana del dormitorio. La persiana se movió lentamente, pero dentro todo era penumbra sin sustancia. Fuera, cantaban los pájaros su melodía vacía.



Un fragmento de Las olas, de Virginia Woolf.

Traducción: Andrés Bosch

Editorial Bruguera

lunes, 18 de enero de 2016

Heroína vegana

La Cenicienta que no quería comer perdices es el nuevo título de Madreselva para romper el esteotipo del amor romántico.
  

 Por Flor Monfort
“¿Hay algo más difícil y gratificante que nadar en contra de la corriente? Los libros de Madreselva se parecen mucho a eso”, dice el Facebook de la editorial que desgrana un catálogo de libros con temas que parecen tener punta, serrucho y filo, como el rechazo a las vacunas, el deseo lésbico o la ceremonia que supone dar la teta.
La Cenicienta que no quería comer perdices es el cuarto libro infantil que publican, con el signo de pregunta sobre la categoría en la cual se supone que entra porque la trama parece involucrarnos a todxs, sin caer en golpes bajos pero con el dramatismo que supone elegir bajo ese mandato automático que dice que con un varón al lado todo es mejor. La Cenicienta… no solo pone en duda esa premisa de “vivir felices y comer perdices” de los cuentos clásicos sino que hace una especie de relato invertido: en éste escrito por la cuentista aragonesa Nunila López Salamero, la boda es lo primero que ocurre y lo que empieza a poner en duda todo lo demás. Porque a diferencia de la historia oficial sobre las princesas, a esta le gusta divertirse, es “normal” desde el principio (no es una huérfana castigada ni una bruja malvada) y sin embargo, cae en la trampa del amor romántico.
Viendo el mundo desde unos incómodos tacos y obligada a cocinar perdices siendo vegetariana, esta cenicienta empieza a ver cómo sus pies se pudren en zapatos imposibles al ritmo que su alma se marchita en un hogar infeliz. Cuando lo cuenta es reprimida, de manera que las otras voces que aparecen, no son aliadas y el laberinto parece encarnar su mejor tesoro. De la soledad emerge la certidumbre: verse a si misma desde afuera, reírse de esa imagen “tacuda” y tener la piedad para perdonarse por tanta ingenuidad. Los hombres no son príncipes y nadie puede salvarte si no pensás profundamente en tus deseos.
A este punto La Cenicienta… emociona porque revaloriza el cuerpo (y la que se ilustra no es una mujer identificable con la imagen tradicional femenina), porque aclara que a veces lleva varios “príncipes” llegar a estas verdades y porque descubre en la danza su motor salvador. Y con la ayuda de la hada Basta (rebautizada en femenino), se siente vacía para volver a empezar. Al final LC se encuentra con muchas como ella y pone un restaurante vegetariano que se llama “Me sobra armonía” donde todas bailan con panza y los pies al aire, si tienen ganas.
La Cenicienta… fue presentado en Pañuelos en Rebeldía, en el Taller de Talleres y en un encuentro de feministas populares junto a Claudia Korol, que escribió un prologo precioso (“Yo soy esa cenicienta feliz en el final, en el principio, cuando descubrimos que el deseo es subversivo, y que puede derrumbar los castillos que nos resultaron fronteras y prisiones. Soy esa cenicienta que te cuenta que se puede cambiar, que se puede revolucionar nuestra propia historia y la historia de todxs, con imaginación, con alegría, con muchas iniciativas creativas –como este cuento– donde la belleza interpela nuestros sentidos, y nos invita a la aventura de la libertad” dice allí). “Como es español, muchas mujeres de los barrios que se llevaban el libro me contaban que lo conocían de fotocopias por haberlo trabajando en talleres de mujeres u otras lo llevaban con la idea de trabajarlo en su grupo. También lo vendimos en el Encuentro de los Pueblos que reunió a organizaciones de todo el país y varias lo llevaron a Jujuy, por ejemplo, con la idea de trabajarlo entre mujeres. Miriam Cameros Sierra es la ilustradora y la maga que hizo posible la edición en Argentina” dice Vero Diz, editora de Madreselva y remadora de sus proyectos.
Una hermosa manera de contarles a nuestrxs niñxs que las mujeres podemos estar sin pareja (nunca “solitas” o “solteronas”) y ser creativas, gozosas y felices, aunque descubrirlo nos lleve un buen tiempo.
Facebook: Madreselva Editorial

lunes, 9 de noviembre de 2015

Esta es mi historia: mi nombre es Relmu y vengo de un vientre mapuche


La referente de la comunidad Winkul Newen fue juzgada, y declarada inocente, por el primer jurado intercultural de América Latina: estuvo integrado por seis mapuches y contó con traducción simultánea. Relmu tiene 38 años y nació en Esquel. Como su mamá biológica no pudo criarla, fue adoptada por Héctor y Silvia Soaez. Perfil de una mujer que lucho primero por su identidad y luego por su pueblo.




Relmu Ñamku nació en Esquel hace 38 años. Como su mamá, Marina, no pudo criarla la dio en adopción apenas nació. Relmu fue adoptada por Héctor y Silvia Soaez, una pareja que esta semana se emocionó hasta las lágrimas al escuchar que su hija había sido absuelta por “tentativa  de homicidio”, el delito que se le imputaba desde 2013. La referente de la comunidad Winkul Newen fue juzgada por el primer jurado intercultural de América Latina, por un hecho sucedido el 28 de diciembre de 2012, en el paraje Portezuelo Chico, a 30 kilómetros de Zapala, Neuquén.
Ese día, cuando los miembros de la comunidad bloqueaban un establecimiento petrolero, llegó una orden judicial para desalojarlos. Los miembros del LOF –como se llama a la forma de organización mapuche- se defendieron con piedras y una oficial de justicia sufrió la fractura del tabique nasal. Por eso, la acusaron a Ñanku de “tentativa de homicidio” y a Martín Maliqueo y Mauricio Raín por “daños agravados”. El miércoles todos fueron absueltos. El jurado estuvo integrado por seis mapuches y contó con traducción simultánea al mapuzungun, el idioma oficial del pueblo.
La comunidad Winkul Newen desde 2010 mantenía los cruces con el accionar de la empresa petrolera Apache Corporation, que explotaba pozos en territorio mapuche y con el tiempo se hicieron cada vez más recurrentes. La comunidad incluso puso un alambrado para proteger el territorio en 2012 y le cerró el paso a la empresa.
En diciembre de ese año se escucharon los motores de autos y camionetas. Salieron a ver qué pasaba y vieron móviles policiales, grúas y camionetas de la empresa. De allí una mujer se acercó con un papel en su mano y una lapicera. Relmu fue a su encuentro. La mujer era la oficial de Justicia Verónica Pelayes, que  traía en su mano una orden de desalojo firmado por la jueza Ivonne San Martin.
Cuando intentó leerles a Relmu y al resto la ordenen, no la dejaron y la sacaron del territorio mapuche. “Rajá”, le dijo la referente en reiteradas ocasiones. Pero la oficial de justicia, de manera intimidante y faltando el respeto, empezó a gritarles:
-Si es una comunidad, traigan los papeles -se le escuchó decir aquella tarde a Pelayes.
-Ustedes no son mapuches -les recriminó.
-Qué sabés vos del tema mapuche -respondió Relmu-. Y agregó:
-No sabés nada, tenés que volver a la primaria.
-Esto es una ruta -les dijo Pelayes.
La comunidad notó que la topadora estaba prendida y que comenzaba a avanzar en territorio mapuche. Allí comenzaron los piedrazos. Fueron sólo cinco minutos. La excusa perfecta para la criminalización. A los pocos días los referentes de la comunidad habían sido detenidos y con la intervención de abogados y organizaciones luego liberados y así se armó la causa judicial que los tuvo en el banquillo hasta que fueron declarados no culpables esta semana.
Resistir y luchar
Durante las cinco primeras audiencias a Relmu la llamaron Carol Soaez, como figura en su DNI con el apellido del hombre que la adoptó. Al sexto día, cuando llegó el turno de dar su testimonio, habló en mapuzungun y tras saludar a las autoridades de su comunidad y al jurado presente dijo:
-Esta es mi historia. Mi nombre es Relmu Ñamku, siempre en todas las audiencias me llaman Carol Soaez. Me siento con la obligación de contarles a todos ustedes; al jurado y al público, a la querella y a los fiscales quien soy, como para poder contextualizar mi comunidad Winkul Newen.
Tras un silencio, agregó que le daba “pena” contar sus intimidades para que puedan entenderla y la fiscalía dejara de acusarla “injustamente”. La fiscal Sandra González Taboada, que la imputó y llevó a juicio por un delito que no cometió, miraba su cuaderno sin sacar la vista de ahí.  Meses antes del incidente de Portezuelo, González Taboada había desistido de investigar una denuncia de la comunidad por la agresión de una patota petrolera, que golpeó a una embarazada y una anciana.
En la carpa blanca montada para el juicio, Relmu contó su historia, con el amor que la criaron sus padres adoptivos, a quienes señaló en la audiencia, cómo se hizo fuerte por ellos y cómo también desde el principio supo que ella era mapuche. “Porque mi mamá es mapuche, vengo de un vientre mapuche, soy mapuche”, dijo con orgullo.
Relmu también contó la posibilidad que tuvo de estudiar y viajar a Córdoba, donde hizo una tecnicatura en idiomas y culturas indígenas. “Me recibí de esa tecnicatura pero había en mí una intranquilidad. Si bien sabia esta historia que les cuento, no era natural para mí, si bien sabía que era mapuche no podía resolver mi día a día”, detalló. Volvió al sur y tras mucho desearlo, a los 21, conoció a su mamá biológica. Para mí fue algo muy bueno porque cerré un ciclo y comencé otro. No para recriminar sino conocer de dónde venía”. También supo que tenía ocho hermanos y contó que los fue conociendo de a poco.
En Neuquén el pueblo mapuche resistía y luchaba por sus derechos y por reconstruir su cultura y Relmu pudo ver cómo era su fortaleza. “Empecé a trabajar en un centro cultural mapuche fue un proceso hermoso aprendí telar, alfarería y también aprendí algo de mapudungun porque teníamos esa posibilidad del contacto y relación con comunidades. Esa deuda que tenía conmigo, con mi cultura lo aprendí en ese tiempo”.
Allí también contó que le tocó un “proceso fuerte, un proceso que es conocido aquí como un proceso de reconstrucción del pueblo mapuche y del lado del gobierno un proceso de enfrentamiento con el pueblo mapuche”. Y agregó: “En aquellos años más de 10 comunidades mapuches tomaron su forma organizativa como comunidad, porque no es que nos fuimos del territorio, sino que producto de la colonización, producto de la reducción territorial fuimos perdiendo nuestra cultura, y entre eso perdimos nuestras estructura organizativa como comunidad, como LOF también perdimos el respeto hacia nuestras autoridades”.
Una fiscal endeble
El periodista Darío Aranda realizó la cobertura del juicio para Amnistía Internacional Argentina, que ofició de observadora en el debate, y escribió notas para el diario Página/12 sobre el caso también. La fiscal González Taboada no fue nada sutil al saber quién era el periodista que había escrito una nota sobre el caso. “La fiscal que pide 15 años de cárcel para Relmu Ñamku por un piedrazo que además no está comprobado me encaró al final de la audiencia, me hizo venir a buscar por la policía porque quería hablar conmigo”, contó a radio La Retaguardia el periodista y contó que la fiscal le dijo “que su artículo era mentiroso”.
“Mi respuesta, por ende, fue que me estaba llamando mentiroso a mí, y se dio una suerte de discusión donde ella me quería llevar a su oficina y yo quería mantenerla en un lugar público, aunque estaba rodeado de policías. Si ese es un manejo con un periodista de Buenos Aires de un medio nacional, imaginen con el pueblo mapuche”, dijo Aranda.
El abogado Darío Kosovsky, defensor de Relmu, dijo que la fiscal "menospreció a la ciudadanía" al sostener que el jurado popular, que esta semana declaró inocente a la referente mapuche, lo hizo intimidado o condicionado por "presiones externas". "El pueblo no le tiene miedo al pueblo y los jurados no deciden sobre la misma lógica que los técnicos. Emiten el veredicto sin temer a las consecuencias para sí, no esperan un ascenso por una decisión favorable a los intereses del poder, no especulan con ganar cargos con su fallo", dijo.
CD/GA/RA


Infojus Noticias

jueves, 5 de noviembre de 2015

Un jurado popular absolvió a Relmu Ñanku

El cuerpo, compuesto por doce personas, seis de ellas mapuches, la encontró culpable de “daño simple”. La juzgaron porque cuando la comunidad bloqueó el acceso a un establecimiento petrolero una oficial de justicia resultó herida de un piedrazo. La acusación original fue por “tentativa de homicidio”.


El primer jurado intercultural de América Latina dio su veredicto de “no culpable” del delito de tentativa de homicidio contra la referente de la comunidad Winkul Newen del pueblo mapuche., Relmu Ñanku, y la encontró responsable de “daño simple”. El jurado, compuesto por doce personas, seis de ellas mapuches, juzgó los hechos ocurridos el 28 de diciembre de 2012, en el paraje Portezuelo Chico, a 30 kilómetros de Zapala, Neuquén. Ese día, cuando los miembros de la comunidad bloqueaban un establecimiento petrolero, llegó una orden judicial para desalojarlos. Los miembros de la comunidad se defendieron con piedras y una oficial de justicia sufrió la fractura del tabique nasal. Por eso, la acusaron a Ñanku de “tentativa de homicidio” y Martín Maliqueo y Mauricio Rein por “daños agravados”, quienes también fueron absueltos. Todo el debate contó con la traducción simultánea al mapuzungun, el idioma mapuche. “El jurado nos dio la razón. El pueblo fue más coherente que todos los jueces, fiscales”, dijo Ñanku a Infojus Noticias, quien celebró su absolución, tras casi tres años de lucha.
“La justicia ejercida por el pueblo es más sabia que la de los fiscales", aseguró el abogado Darío Kosovsky que junto a Emanel Roa defendió a los imputados. “Estoy feliz, exultante”, resumió. Apenas se dio a conocer el fallo la sala estalló en gritos y aplausos. En medio de un clima de mucha emoción, los presentes comenzaron a cantar “la tierra robada será recuperada”.
“La vamos a dar vuelta en la impugnación”, dijo Kosovsky sobre la culpabilidad entorno de “daño simple”. El abogado explicó que esa figura fue aplicada por el jurado “por un error en las instrucciones que dio el juez al jurado, antes de la deliberación, sobre cómo tenían que evaluar”. Detalló que ya habían “dejado reserva del caso” y agregó, entre risas: “Relmu va a quedar sin ninguna manchita”.
El juicio comenzó la semana pasada en una amplia carpa blanca armada especialmente junto a los tribunales de Zapala. Relmu llegó al debate acusada de “tentativa de homicidio”, un delito que prevé una pena de hasta 15 años de prisión, pero que ayer fue reducida por la misma fiscal que la había puesto: Sandra González Taboada. La representante del Ministerio Público Fiscal, en sus alegatos,  bajó la calificación a “lesiones graves en concurso real con  daño”, que contempla una pena de hasta 9 años de cárcel. Para el abogado Kosovsky, que defendió a Relmu, la elección de la carátula no fue casual y fue parte de una política de "criminalización de la protesta".
“Desde que llegamos vinimos a demostrar nuestra inocencia, no sabíamos lo que iba a pasar, pero sí confiábamos en que el jurado iba a tener más coherencia”, recalcó Relmu. El camino recorrido por ella y el resto de la comunidad frente a la justicia los había marcado a fuego. La misma fiscal, González Taboada, que la acusó por tentativa de homicidio y la llevó a juicio, fue quien desestimó una denuncia de la comunidad por el ataque que sufrieron de una patota petrolera. “La balanza siempre se inclina para el lado del poder y eso quedó claro con lo que hizo la fiscal”, describió.
Esa balanza se inclinó hoy para el otro lado. “El jurado escuchó, analizó, vio y decidió lo que tenía que decidir”, detalló Kosovsky y explicó que, entre otras cosas, los miembros del jurado vieron que detrás del caso “había política e intereses” que buscaron someter al pueblo Mapuche para ganar dinero. Y que, como contrapartida, “hay un pueblo que resiste”. “El mensaje fue contundente”, resumió.
Para Relmu, la decisión del jurado, entre otras cosas, “nos genera nuevas condiciones para seguir luchando y resistiendo y acompañando a todos los pueblos originarios del país”. En medio de los festejos, volvió a agradecer la “suerte de tener un jurado que supo ver”.
“Un juicio injusto”
Ayer se realizaron los alegatos de las partes y el lunes, en la sexta audiencia del debate, se escuchó el testimonio de Ñanku. De cerca la escucharon sus familiares y diferentes referentes indígenas, como Félix Díaz, y desde Buenos Aires llegó un colectivo con militantes de diversas organizaciones sociales, entre ellos Vanesa Orieta, hermana de Luciano Arruga. En primera fila, escuchando el veredicto del jurado, estuvo la presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Nora Cortiñas. 
En su exposición ante el juez y el jurado, Ñamku empezó hablando en mapuzungun. Saludó a las autoridades indígenas y a todos los presentes. “Es un juicio injusto. Quiero contar la verdad de lo que pasó”´, aseguró. Entre lágrimas contó su historia, cómo fue dada en adopción y cómo con los años recuperó su identidad mapuche. También relató la etapa de sus estudios en Córdoba y cómo decidió volver a Neuquén, porque ahí veía las luchas que se daban. Relató también cómo se casó con Maliqueo y fue a vivir a la comunidad.  Y describió la situación de conflicto entre la comunidad Winkul Newen, que tiene petróleo debajo, y las compañías multinacionales que extraen hidrocarburos. “Las petroleras siempre hicieron lo que quisieron y el Estado siempre las dejó hacer. Es una relación muy desigual, pero el Pueblo Mapuche lucha porque es un pueblo que quiere seguir vivo”, afirmó. Su testimonio fue publicado por el diario del juicio que realizó Amnistía Argentina, que actuó como observadora en el juicio.
Ñanku también dio cuenta de las agresiones físicas que sufrieron su cuñada embarazada y su suegra, por parte de una patota petrolera un tiempo antes del hecho que se juzgó en este debate. El hecho fue denunciado, pero no fue investigado. “Los fiscales Marcelo Jofre y Sandra González Taboada (los mismos que ahora los llevaron a juicio a ella) no hicieron nada”, aseguró.
Contaminación
La resistencia de la comunidad Winkul Newen se remonta a varios años antes de aquel 28 de diciembre de 2012. En 2010 habían comenzado un duro cuestionamiento al accionar de Apache Corporation, que explotaba pozos en tierras mapuche sin respetar los derechos de los pueblos originarios. El conflicto se agravó aún más con una serie de derrames de hidrocarburos y en 2012 la comunidad –donde las casas no tienen ni servicio de gas, ni electricidad y tampoco agua- cerró el paso a la empresa.
El 27 de diciembre la comunidad enterró a una beba que había fallecido unos días antes, convencidos de que la causa de muerte era la contaminación de la zona. Un día después llegó la orden de la jueza Ivonne San Martín, que hizo lugar a un pedido de la petrolera y ordenó que se notificara a la comunidad que permitieran correr los alambrados y tranqueras para que pase la empresa. Para eso llegó hasta el lugar Pelayes. Llevaba la notificación y estaba acompañada por efectivos policiales, miembros de seguridad privada, una retroexcavadora y empleados de la firma.
Ñamku contó que les pedían a Pelayes y los efectivos que se fueran. “Le dijimos varias veces que nos dé la notificación y se vayan, pero no, ellos querían entrar y no los íbamos a dejar”, destacó. La mujer pidió que se exhiba un video en el que se la escucha decirles que se vayan. Y también le responde a Pelayes varias veces con un “¿qué sabes vos de mapuches?”. En su testimonio agregó: “nos decía que no éramos mapuches, nos negaba nuestra identidad, es una falta de respeto para nosotros. Y nos decía que esa no era nuestra tierra”. Remarcó que durante los años de lucha tuvieron numerosas notificaciones, pero nunca una auxiliar del Poder Judicial los había tratado así.
En medio de un ambiente tenso, la retroexcavadora comenzó a avanzar y casi atropella a un joven de la comunidad. Hubo piedrazos para detener el avance. Una de esas piedras dio en la cara de Pelayes y le rompió el tabique. Poco después la mujer hizo su presentación judicial acompañada de Julián Álvarez, un abogado neuquino que defendió desde estancieros hasta un juez acusado de delitos de lesa humanidad. Tras hacerse cargo del caso, insistió en que se trató de un intento de homicidio y dijo que los mapuches eran “delincuentes que viven en la ilegalidad”. La fiscal González Taboada, que esta vez sí avanzó con la investigación, primero la  caratuló como “lesiones” y luego concordó con Álvarez en re caratularla como “tentativa de homicidio y daño agravado”. Hasta ayer, que empezó a dar marcha atrás.
CD/PW

martes, 3 de noviembre de 2015

Un jurado mapuche para Ñamku

Un jurado de doce miembros, seis de ellos mapuches, deberá decidir sobre la acusación contra Relmu Ñamku, una mujer de la comunidad mapuche, acusada de haber herido de una pedrada a una funcionaria durante un desalojo impulsado por una petrolera.













Por Darío Aranda

“Me quieren condenar por ser pobre, india y mujer”, afirmó la mapuche Relmu Ñamku durante el juicio en el que se la acusa de “intento de homicidio” por arrojar una piedra (en el marco de un conflicto territorial) y puede ser condenada a quince años de cárcel. Según la fiscal Sandra González Taboada, Ñamku arrojó la piedra que hirió a la auxiliar del Poder Judicial, Verónica Pelayes. Durante los seis días de audiencias declararon más de quince testigos, ninguno (salvo la denunciante) identificó a Ñamku como la responsable del piedrazo y dos médicos confirmaron que en ningún momento hubo riesgo de vida. Es el primer caso de América latina con jurado intercultural (la mitad son mapuches) y hoy se podría conocer la sentencia.
El 28 de diciembre de 2012, la auxiliar de Justicia Verónica Pelayes llegó hasta la comunidad mapuche Winkul Newen. Era el último día hábil antes de la feria judicial, y la jueza Ivonne San Martín ordenaba a la comunidad el ingreso de la petrolera Apache (le habían cerrado el paso por hechos de contaminación). El día terminó con Pelayes herida (rotura de tabique) y denuncia contra Ñamku, Martín Velázquez Maliqueo y Mauricio Rain.
En un primer momento fue por “lesiones”, pero luego la carátula fue cambiada por los fiscales Sandra González Taboada y Marcelo Jofré, y el abogado Julián Alvarez. Acusaron a Ñamku de “intento de homicidio” y “daño agravado” a Maliqueo y Rain. E instalaron en muchos medios provinciales que Pelayes estaba sola, que no se trataba de un desalojo y que se trató casi de una lapidación. Pelayes, en otra causa, demandó por 6,5 millones de pesos al Estado y a la petrolera.
Durante seis días de audiencias declararon más de quince testigos. Quedó confirmado que Pelayes concurrió con policías, empleados de la petrolera y una retroexcavadora (para levantar alambrados). Sólo Pelayes identificó a Ñamku como la responsable de su herida.
La fiscalía y Pelayes siempre afirmaron que la piedra que rompió el vidrio de la camioneta fue la misma que produjo la herida. Sin embargo, un testigo solicitado por la querella, el empleado Miguel Belani, aseguró ante el tribunal que Mauricio Rain fue quien arrojó esa piedra el 28 de diciembre de 2012.
Otra contradicción provino de José de la Rosa Cárdenas, médico de la policía de Zapala, y Jorgelina Carmona, perito forense del Poder Judicial. Ambos testigos por la querella acreditaron las lesiones, pero también descartaron que haya estado en riesgo la vida de la auxiliar. Pelayes, que declaró el jueves pasado, afirmó que recibió presiones de sus superiores para realizar la notificación y, una vez en el lugar, reconoció que el abogado de Apache, Mariano Brillo, la presionaba para lograr el ingreso de las camionetas petroleras.
El viernes declararon Martín Maliqueo y sus hermanas Violeta y Juana. Detallaron cómo la petrolera violaba los derechos indígenas, les cortaba la entrega de agua si reclamaban (es una zona desértica) y enumeraron una decena de represiones. Ayer fue el turno de Ñamku. Relató su historia de vida (fue adoptada de niña porque su madre biológica no podía criarla), cómo recuperó su identidad mapuche y precisó los numerosos hechos de violencia contra la comunidad. También recordó que, el día anterior al intento de desalojo, la comunidad había sepultado a una beba que nació con malformaciones (la comunidad apunta como causa a la contaminación). “En el banquillo de los acusados debieran estar los gerentes de las petroleras, el gobernador y sus ministros, y algunos funcionarios del Poder Judicial. Pero estoy yo, por ser pobre, india, mapuche, y mujer”, denunció Ñamku.


Un caso emblemático

Por Flor Monfort
En Perla Pascarelli se resumen muchos de los horrores que puede vivir una mujer que paga con su integridad física y mental los embates de la violencia obstétrica: su calvario empezó el 8 de mayo de 2007 cuando se internó para su cuarta cesárea programada en el Hospital Durand. En apariencia todo había salido bien y ella y su hijo Santino volvieron a la casa familiar en Lugano algunos días después. Pero pronto empezaron los dolores, las pérdidas y ese limbo en el que entra una mujer cuando quiere hacer valer su palabra frente a la mayoría de la corporación médica. Perla decía que le dolía, que no se recuperaba, que los dolores no eran gases como le insinuaban y que una cuarta cesárea le daba algo de experiencia sobre su cuerpo y sus señales. Algo no estaba bien y eso que empezó como una fiebre que se intentaba aplacar en la guardia con buscapina y suero terminó con una infección generalizada, una necrosis y sus cuatro miembros amputados. Aparentemente, durante la cesárea, alguien dejó una gasa “olvidada” en el útero de Perla y el dolor tenue terminó con el peor escenario por no escuchar a la protagonista, por ignorar las alertas y, una vez descubierta la cadena de negligencias, por esperar que se muera en vez de intentar salvarla. El 9 de julio de 2007, mientras la ciudad de Buenos Aires miraba atónita la nieve que caía del cielo, Perla se despertaba de la anestesia que la tragó un mes antes y la noticia fue un yunque pero también una lanza. Enseguida le dijo a su marido Luis que no llorara, que averiguara qué había pasado y que si la iba a dejar que sea rápido, porque ella no podía perder el tiempo. Así se motorizó una lucha en la que nunca se dio por vencida y que recién este año empezó a dejar la sombra de la impunidad. En la causa civil de la que el Gobierno de la Ciudad siempre se quiso lavar las manos e hizo oídos sordos a los plazos establecidos para asistir a la familia, la jueza nacional Silvia Tanzi le ordenó pagar casi 20 millones de pesos en concepto de indemnización para Perla, su marido y sus cuatro hijxs menores de edad. Ahora la Cámara debe ratificar la sanción de la jueza y acomodar ese monto (fijado hace más de seis años) a los valores actuales (cada una de las prótesis que necesita Perla para volver a caminar cuesta cinco millones de pesos, y el lucro cesante y la indemnización a la familia debería cuadriplicar este monto). En febrero, se conoció también la sentencia penal que condenó a probation a las médicas Valeria Cecilia Carrera y Lucía Gabriela Marquez, en una causa que tuvo once imputados que a lo largo del proceso fueron absueltos por falta de mérito. Es decir que es el primero de los ocho años que lleva este caso en los pasillos judiciales que Perla tiene una respuesta clara y concreta de que se ha actuado mal y que el Gobierno de la Ciudad, el mismo que le dio la espalda durante ocho años y el que mandó a su marido a pedirle trabajo a San Cayetano (sic de Horacio Rodríguez Larreta) debe resarcirla. “A mí me decían que no tenían de dónde sacar la partida presupuestaria para indemnizarme pero para Niembro sí supieron de dónde hacer aparecer los millones” dice hoy Perla, con la misma templanza de siempre y en el medio de las tareas escolares de los niños, Juan Cruz y Franco de 16, Oriana de 13 y Santino de 8. En estos años supo de dónde sacar la fuerza y entendió rápidamente que la vía más eficaz para que le prestaran atención eran los medios: la brutalidad de su caso y su innegable carisma hizo el resto. Así recibió la silla de ruedas de parte de Cristina Fernández cuando las huestes de Macri la ignoraban y sigue recibiendo cientos de relatos de brutalidades que el sistema de salud ejerce sobre las mujeres y su autonomía a la hora de parir. Tiene esperanzas en relación a la ley pero sabe que los años que separan la letra de la práctica son de arduo trabajo, capacitaciones y mucho empoderamiento. “Somos nosotras las que tenemos que poner los límites, apoyadas en nuestras familias pero con la seguridad que nos da una legislación. Espero que nunca más se repita una atrocidad como la mía”.
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