lunes, 8 de abril de 2013

Litoral, sermones y “personajes que podrían ser de cualquier lugar”


Dos generaciones: Beatriz Sarlo entrevista a Selva Almada, autora del libro del año 2012 de Revista Ñ.
 
 
No la conocía a Selva Almada cuando, el año pasado, la editorial Mardulce me envió su primera novela, El viento que arrasa. La empecé y la terminé esa misma tarde. No esperaba una novela así: el viaje de un pastor evangelista por caminos secundarios del Chaco, acompañado por su hija adolescente en un auto destartalado, con el que llegan a un taller mecánico en el medio del campo, donde viven un muchacho y un hombre. Nada más, excepto los sermones del pastor y su poder magnético sobre los dos chicos. Todo es raro y original para la ficción argentina que conozco: no era literatura urbana, no había ironía ni guiños a la comunidad literaria, la autora no contaba una historia autobiográfica. Al día siguiente escribí una reseña sobre El viento que arrasa y me alegró saber que la novela les gustaba a muchos. Una especie de Claire Keegan argentina, pensé. Ahora Selva Almada publicará, también en Mar Dulce, Ladrilleros. Leí las pruebas de página y, por fin, nos sentamos a conversar.
“Nací, me crié y viví en Villa Elisa hasta los 17 años. A treinta kilómetros de Colón. Un lugar muy católico. Tengo mejores recuerdos de la infancia. En la adolescencia no la pasé bien, no tenía los mismos intereses, ir al boliche, a bailar, tener novio. De todos modos, era un pueblo bueno, bastante típico del interior de Entre Ríos. Después me fui a estudiar a Paraná, donde estuve hasta que, a los 27, me vine a Buenos Aires.” –¿Qué estudiabas?

–Comunicación Social. Pero, cuando empecé a escribir ficción, me di cuenta de que tenía que hacer una lectura más ordenada, no sólo lo que me caía en las manos. Entonces me anoté en algunas materias del profesorado de literatura; me enganché, dejé comunicación y terminé el profesorado.
–¿Qué bibliotecas tenías a mano de chica, en tu pueblo?

–Primero, la de la escuela primaria, con muchos de los clásicos juveniles, los Salgari, Alcott, Mark Twain, bueno, todos esos. Ya adolescente, me hice socia de la biblioteca popular del pueblo. Ahí leía un poco lo que me recomendaba la bibliotecaria, novelas y sobre todo best-sellers. Cuando empecé literatura en Paraná, me di cuenta de que yo siempre había leído mucho pero que no había leído a los autores correctos. Me decían: “Ah, ¿pero no leíste a Cortázar?”. Yo no había leído a Cortázar en la adolescencia y era como un “Auch! No, no lo leí”. Eso me hacía sentir insegura.
–Lo que yo veo es una comunidad de proyecto estético, básicamente con el primer Saer. ¿De dónde viene la literatura? Difícil saberlo. Pienso en “El viento que arrasa”. Dijiste que venís de “un pueblo muy católico”, ¿el predicador evangelista de esa novela de dónde salió? Esos “evangelios” que también son mencionados en tu segunda novela, “Ladrilleros”...

–En los últimos años que viví en mi pueblo recién empezaban a aparecer muy tímidamente los Testigos de Jehová o los evangelistas, rechazados porque era gente de allí mismo que se había convertido. En la Iglesia el cura regalaba unos stickers grandotes, que tenían una figura de Cristo y abajo decía: “En esta casa somos católicos”. Había que pegarlo en la puerta como advertencia para que ni siquiera se acercaran. Eso no pasaba en mi casa. Mi mamá es católica pero conocía a estas mujeres que se habían hecho Testigos de Jehová, entonces cuando venían, les abría la puerta, les escuchaba el discurso, les compraba la revista. Años después, conocí el pueblo de mi marido en el Chaco, cerca de la frontera con Santa Fe. Allí me llamó la atención lo contrario: la cantidad de templos protestantes (allá les dicen “evangelios” a todos) que convivían tranquilamente con la Iglesia Católica. En realidad, yo tenía pensada una serie de cuentos que iban a transcurrir en la ruta, había escrito el primero y cuando empecé el segundo, imaginé un hombre que viaja por su trabajo pero no es un viajante de comercio, porque ya había encontrado ese personaje en otros cuentos. Como estaba leyendo sobre todo a Flannery O’Connor, y sus cuentos están llenos de pastores, ahí decidí: un tipo que sea pastor itinerante, que venda biblias, dé sermones. Se me ocurrió situarlo en el Chaco porque ahí yo había tenido la primera experiencia de tantos evangelistas dando vueltas.
–Los sermones del reverendo los armaste con textos de las revistas evangélicas…
–Sí, de las revistas. Con la novela ya bastante encaminada, se me ocurrió agregar los sermones, porque quería salir del estereotipo del pastor chanta. Se me ocurrió reforzar al pastor por el lado de su mismo discurso y escribir sermones que lo representaran, sin usar la perspectiva del narrador, sino haciéndolo hablar al Reverendo. No tenía muchos elementos, no leí la Biblia, pero allí estaban esas revistas que habían dejado los Testigos de Jehová en mi casa de Villa Elisa. Los versículos que ellos citan me sirvieron como disparador para los sermones del Reverendo que yo quería escribir. Después en Buenos Aires, cerca de donde vivo, en Flores, me dieron los de un pastor coreano.
–En “El viento que arrasa” esos sermones tienen un extraordinario poder. Que la hija del Reverendo siga adherida a su padre en ese viaje interminable por pueblitos y que el Reverendo conquiste a ese chico y lo arrastre con él tiene que ver con algo discursivo. Los sermones funcionan impulsando la ficción y no sólo como muestra de que así hablaba ese hombre. Sostienen la estructura argumental. Y, también, hacen a la rareza de tu novela en la literatura actual. No hay ironía, ni parodia, por ejemplo, en esa escena en que la madre del futuro predicador lo entrega a las aguas del río, como en un segundo bautismo.

–Sí, bueno, no sé si hay tantas novelas en donde haya pastores… –No sólo por eso, sino porque le meten a la novela una lengua rara, que impide toda identificación pintoresca o costumbrista.

–Claro, a fin de cuentas, los personajes podrían ser de cualquier lugar.
–En estos días apareció tu segunda novela, “Ladrilleros”. ¿La empezaste a escribir antes o después de “El viento que arrasa”?

–Después.
–Al leer “Ladrilleros” tuve la impresión de que venía de antes.

–No. Me habían contado una historia, que también trascurría en esa zona, sobre dos familias enfrentadas, ladrilleros que en un parque de diversiones se agarran a tiros y a cuchillazos, y muere un par de cada bando. Me gustó como arranque de algo y la empecé a escribir casi inmediatamente después de haber terminado El viento....
–”Ladrilleros” no se priva de nada, palizas, sangre, actos sexuales heterosexuales y homosexuales, tiene toda la acción posible para una literatura como la tuya, que es refinada y cauta. Por eso pensé: Selva, que vació de acción la novela anterior, que se negó a escribir lo que podía esperarse del encuentro de esos adolescentes en “El viento..”, que se decidió a decepcionar al lector en sus expectativas más convencionales (lo cual me parece formidable), y le dice: “Lo que usted está pensando no va a suceder”, bueno, Selva en “Ladrilleros” repone todo aquello que no se permitió en “El viento que arrasa”. Por eso la pensé como una novela que había empezado a ser escrita primero. Una novela que avisa: “Agarráte porque pongo todo”.

–Sí, me pasó un poco eso. Con El viento...todos suponen que va a pasar algo y no pasa nada.
Ladrilleros, ya desde la anécdota que escuché, era como una de tiros, tampoco es una de Tarantino la novela, pero tiene acción. Son dos pibes desangrándose y muriéndose después de haber peleado a cuchillo y, además, conté de dónde vienen esas muertes, ese rencor más antiguo que les llega de los padres y del odio o el amor que sienten por ellos. Los personajes eran tipos así violentos y pedían una narración más explícita. Pero hay una cosa más poética en las alucinaciones de los dos agonizantes. De todos modos, creo que, en el fondo, las dos novelas son parecidas y comparten la misma lengua.


Por Beatriz Sarlo 


viernes, 8 de marzo de 2013

“Lo que está en juego es la libertad femenina”

En conmemoración del Día Internacional de la Mujer, Página/12 entrevistó a la referente del feminismo para repasar la agenda pendiente en el camino a la igualdad de género en el país. La despenalización y legalización del aborto es el tema prioritario, sostiene.
“Las feministas no mordemos”, le dice con ironía Haydée Birgin al fotógrafo del diario, que acaba de llegar a su casa y pregunta si puede escuchar la entrevista. “¿Por qué no vas a poder escuchar?”, quiso saber esta cronista. No es una pregunta que suelen hacer los fotógrafos. “A lo mejor me toman como espía”, respondió él, con cierta sorna. La escena, una anécdota pequeña, muestra los prejuicios y estereotipos que persisten todavía en la sociedad cuando hay delante una mujer que, como Haydée Birgin, se define como feminista. En conmemoración del Día Internacional de la Mujer, este diario conversó con ella para repasar la agenda pendiente en el camino a la igualdad de género en el país. Desde su mirada, la despenalización y legalización del aborto es el tema prioritario. Las resistencias a debatirlo, opina, tienen que ver con que no se trata de un tema de igualdad, sino que atañe directamente a la libertad de las mujeres. “La criminalización del aborto es el límite al ejercicio de la libertad. A vos te pueden dar cantidad de medidas para avanzar en la igualdad, pero el derecho a decidir, no. El punto en juego es la libertad femenina”, dijo durante la entrevista.
Las plantas están recién regadas. En el living de su departamento, un quinto piso frente al zoológico, en Palermo, abundan las macetas. Referente en materia de equidad de género, Birgin es abogada y socióloga, con una larga trayectoria en la defensa de los derechos de las mujeres tanto en su labor profesional privada como en el sector público. La hipocresía de los sectores conservadores a la hora de ampliar los derechos sexuales y reproductivos es algo que le indigna. “Hace algunos años, una asesora del senador Ramón Puerta, que era miembro del Opus Dei y había sido funcionaria de Salud durante el gobierno de Menem, me dijo: ‘¿Vos sabés cuál es el sector social que se hace más ligaduras de trompas? Los sectores más católicos. Porque así tienen que confesarse una sola vez’”, recuerda.
Le molesta que la feliciten por el Día de la Mujer. Y se enoja con las publicidades sexistas que encasillan a las mujeres como amantes de los shoppings. No es que a ella no le guste comprar. El punto es el mensaje que transmiten y el lugar en que colocan a las mujeres.
Birgin fue una de las primeras especialistas en América latina que vio el problema de la violencia hacia las mujeres más allá del delito penal, y se preocupó hace muchos años por promover lo que luego serían las leyes de “protección de la violencia familiar”, habilitando la intervención rápida y cautelar de la Justicia civil, que podría actuar con más rapidez y menos restricciones que los jueces penales, para imponer órdenes de protección y medidas de no acercamiento. Cuando la contracepción quirúrgica estaba prohibida salvo indicación médica –y aun así era difícil acceder a esa práctica hasta que se legalizó en 2006—, litigó para conseguir ligaduras a mujeres que las necesitaban. El otro gran tema que puso en discusión fue el acceso a la Justicia como garantía de equidad.
“El tema del feminismo –dice– está totalmente imbricado con la política. Cuando tenés una política democrática sube el feminismo. Creo que en la Argentina el feminismo no prendió, salvo ahora, porque tenía que ver con la historia no democrática del país. En los países de Europa el feminismo creció con la política, pero tenían democracias estables. Nosotros saltamos de dictadura en dictadura. No había tiempo de consolidar eso”, dice Birgin.
–¿Cómo analiza este momento en términos de la situación de las mujeres?
–En lo que se creció una barbaridad es en lo que las italianas dicen es “el fin del patriarcado”. Ya ninguna mujer piensa que está bien que la discriminen o la golpeen. Lo cual no significa que no la sigan discriminando o golpeando. Pero ya nadie cree que eso es correcto o está bien. Creo que el feminismo en la Argentina avanzó en eso, en la toma de conciencia. Pero de ahí a irradiar... falta mucho.
–Se instaló en la agenda pública...
–Se necesita vivir en democracia para que las demandas femeninas aparezcan. Si no, no hay espacio. Cuando yo llegué a México había un movimiento de mujeres importante, ni hablemos en Perú y en otros países de América latina. Y me impactó mucho cuando volví a la Argentina, porque acá no había nada. Y fue en ese momento que fundamos Lugar de Mujer.
Lugar de Mujer ocupaba el quinto piso del famoso edificio de los 70 balcones, en Corrientes y Pueyrredón. Se trató de uno de los primeros espacios de producción y de debate de ideas feministas que se abrieron con el regreso a la democracia. Durante el gobierno de Alfonsín, Birgin fue coordinadora de la Unidad de Planeamiento de la Subsecretaría de la Mujer.
Esta abogada de hablar recio, nació y creció en un hogar de clase media porteño, donde tanto su padre –dueño de una papelería comercial– como su madre –ama de casa– le inculcaron desde chica que tenía que estudiar para trabajar y trabajar para tener independencia económica. Con ese mandato ingresó en 1958 a la Facultad de Derecho en la UBA. “La gente cree que yo era feminista en la facultad. La verdad es que no fue así. Siempre fui muy reivindicativa. Yo peleaba los espacios de la mujer. En los centros de estudiantes, las mujeres siempre ocupaban el lugar de secretaria de actas. Cuando a mí me tocó ser candidata a algo peleé no ser secretaria de actas. Entonces, fui tesorera. Lo mismo cuando fue la primera toma contra los fascistas en la facultad, vienen y dicen: las mujeres no participan. A mí me dio un ataque. Las únicas dos que protestamos fuimos una amiga y yo. La gente se acuerda de esas cosas y me asocia como feminista.”
Su entrada al feminismo, recuerda, vino de la mano de la historiadora española y activista Marysa Navarro. “Ella empezó a venir a la Argentina y juntaba gente para que escucharan sus charlas. Eran fines de los ‘60, había pasado el Mayo Francés. Pasé muchos años encontrando dentro del marxismo una explicación que me permitiera definir el feminismo. Fue un delirio. Después vino el Año Internacional de la Mujer, en 1975, y decidimos formar un grupo”, sigue Birgin, mientras saborea una bay biscuit que ablanda en su taza de café. En ese grupo, cuenta, estaba Mimi Langer, vienesa, peleó en la Guerra Civil Española, se exilió y fue pionera del psicoanálisis en la Argentina. “Estuvimos reunidas un año y no fuimos capaces de escribir una página. Después algunas nos fuimos. Y el grupo se deshizo.” Birgin y su entonces esposo –diputado– junto a su hija tuvieron que dejar el país perseguidos por la Triple A y se instalaron en México. Entre 1973 y 1976 fue secretaria del bloque de la Alianza Popular Revolucionaria (APR). En México profundizó su vínculo con el feminismo. “Yo llego a México, y me dice Langer: ‘Acompañame a una reunión con las feministas’. Era el grupo de Marta Lamas. Sin ese grupo no sé si yo hubiera sobrevivido en el exilio”, dice Birgin, agradecida por la camaradería que encontró en esos vínculos que todavía cultiva. “La Langer quería que yo les contara a las feministas cómo se podía tener una relación de amor que te potenciara. Porque las chicas en esa época se proponían compartir un tipo para no perder tiempo. Porque pensaban que los hombres te hacían perder mucho tiempo”, recuerda, divertida. Su relación de pareja no la había retraído, sino todo lo contrario: había potenciado su actividad política.
–¿Cuál es la agenda de género pendiente?
–En primer lugar, la despenalización y legalización del aborto, porque el aborto se sigue cobrando muertes a patadas. Y me parece un tema de hipocresía. En segundo lugar, las políticas de cuidado. La gente de escasos recursos no tiene dónde dejar a los chicos para ir a trabajar. Que haya más guarderías, más jardines maternales.
–¿Por qué piensa que cuesta tanto instalar en el Congreso el debate sobre el aborto?
–Porque el tema de las mujeres no es la igualdad, sino la libertad. Y la criminalización del aborto sería el límite de ejercicio de la libertad. A vos te pueden dar cantidad de medidas para la igualdad, pero el derecho a decidir no lo quieren otorgar. El punto es la libertad femenina.

Por Mariana Carbajal
 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Un texto lindísimo de la escritora argentina Gabriela Massuh

Desarmar la casa luego de que los padres murieron

La autora –hija única, además de escritora y editora– da nuevos significados a su historia a medida que enfrenta los recuerdos del hogar familiar. Cómo continúa la vida al quedarnos sin el resguardo y el afecto de nuestros mayores. Una nueva entrega del coleccionable que sale junto con Ñ cada semana.

Mis padres tuvieron la deferencia, o la desfachatez, de morirse en el mismo año, con cinco semanas de diferencia. Me tocó a mí desarmar el departamento, abrir esos cajones que nadie parecía haber abierto desde hacía treinta años. Pensé que nunca podría hacerlo, hay que tener mucha cintura para encontrarse con las pertenencias de los seres queridos cuando ya no están.
Un papelito con números de teléfono, una agenda con listas de compras del supermercado, un juego de naipes o una boleta vieja del gas pueden convertirse en armas de destrucción masiva cuando no se está preparado para encontrarlas. Cada objeto tiene el poder brutal de hacernos asomar, por última vez, al empecinamiento, la soledad, la obsesión, la pertinacia o la meticulosidad de la persona que se fue; una ráfaga implacable que la trae de vuelta de cuerpo entero: allí sigue estando cuando ya no está.
Yo no podía evadirme, mi condición de hija única me condenaba irremediablemente a encontrarme con esas nimiedades que son el testimonio más feroz de la impiedad del paso del tiempo. Finalmente a punto de claudicar después de abrir el primer cajón, recordé un cuento de John Berger.
La idea de la muerte de mis padres empezó a preocuparme a la edad de cinco o seis años. Habíamos viajado a Alemania, donde mi padre tenía la intención de perfeccionar sus estudios de filosofía . Aquella era una Alemania anterior al milagro económico, sin vidrieras con marcas conocidas, cuyo paisaje urbano era interrumpido por grandes baldíos de los que en voz baja se decía: “Allí cayó una bomba” . La asociación entre bomba y terreno baldío prevaleció hasta mucho tiempo después de que regresáramos a la Argentina; será por eso que hasta hoy para mí los baldíos tienen algo de siniestro.
En esa Alemania todavía predominaban usanzas anteriores a la Guerra o directamente provocadas por ella. Todo el mundo vivía con lo puesto y contaba el centavo. Una lata de Nescafé era un lujo asiático y a nosotros –mi padre se había comprado un Opel Olimpia usado– se nos veía como a potentados un poco salvajes, malcriados y dispendiosos. Durante las primeras semanas en Murnau, donde mis padres aprendían alemán en el Instituto Goethe, yo pasaba las mañanas en el aula de un colegio ubicado entre la iglesia del pueblo y el cementerio. No entendía nada de lo que se decía.
Mis compañeros no usaban cuadernos, sino una pequeña pizarra sobre la que escribían con un puntero de tiza; no llevaban sus útiles en una valija, sino en una mochila de cuero que mi madre se negó a comprarme por considerar que me podía dañar la espalda. Antes de comenzar las clases se rezaba en la iglesia y yo, criada en una familia estrictamente agnóstica, no sabía cómo juntar las manos.
Todas las mañanas mi madre me acompañaba hasta la escuela. No me dejaba en la puerta, sino allí donde, en un recodo, se abría el primer peldaño de una empinada escalera de piedra por la que se ascendía unos 200 metros entre arbustos de bellotas coloradas hasta el patio de la iglesia. Una mañana me encontré con las puertas cerradas. Di unas vueltas por el jardín del cementerio; el terror de no saber qué hacer me hacía volver siempre al rellano de la puerta. Tal vez grité, porque apareció una mujer por cuyas enfáticas señas interpreté que por alguna razón era feriado.
Podría haberme quedado allí a esperar que me vinieran a buscar, pero la idea de permanecer bajo el frío gélido de esa mañana de diciembre me espantaba. De modo que corrí escaleras abajo y empecé a remontar, sin aliento, la calle por la que mi madre se había alejado. No sabía hacia dónde corría, pero detrás de ese túnel de árboles raquíticos, detrás de la acechanza de una intemperie sólo entrevista en la inquietud de aquellas primeras noches de insomnio , suponía yo, encontraría a mi madre. Y así fue. Como si me hubiera escuchado de lejos, ella también corría hacia mí.
Con el tiempo, el miedo a quedarme sola cedió o se asordinó detrás de las palabras extranjeras que iba haciendo propias y me abrían un sentido y un mundo plasmados en los recovecos de mi memoria como un tiempo tan verde como el del edén.
El miedo a la orfandad renació durante la pubertad y, con él, una tendencia a la tartamudez que ya había asomado incipientemente en la época en la que aprendía a hablar. Será que frente a los miedos una se queda sin palabras; o bien, que las palabras dan miedo porque siempre terminan por esconder su verdadero sentido. Por eso, crecer fue siempre aprender a hablar y, luego, aprender a que se me entendiera más allá de los endogámicos gestos y sobreentendidos establecidos entre la trinidad familiar en mis épocas de persona adulta.
Me fui de la casa de mis padres cuando terminé los estudios, bien lejos, expulsada por el país que, como tantas veces, no daba para más. Pero los hijos únicos nunca se van realmente. Entre ellos y los padres hay un lazo indisoluble, casi atávico, la mágica atracción del número tres, fuera de él nada está completo, nada se cierra ni es definitivo. Todo vuelve al número tres por más que el tiempo pase y se simule vivir la vida.
Murieron en el 2008, año en el que publiqué mi primera novela que ninguno de los dos pudo leer . Mi madre, porque un tumor en el lóbulo frontal la había convertido en una criatura desvalida que buscaba enhebrar palabras detrás de una sonrisa que partía el alma. Mi padre, porque un hastío de décadas le inhibió las ganas de seguir viviendo y había comenzado a deslizarse por una pendiente de progresiva debilidad de la que sólo salía para pedir, siempre con el mismo gesto de cabeza, que lo dejaran en paz.
Durante meses yo había entrado como un fantasma en ese departamento penumbroso, sin dejar rastros, sin que se notaran mis ganas de salir corriendo, sin moverme demasiado por temor a deshacer la superficie quebradiza que tiene la vida cuando los que una quiere se están muriendo. Los hechos, mientras se viven y aparecen sin prevención, no parecen tan dramáticos; a veces pienso que son más terribles en la mirada retrospectiva o al darles forma en palabras, porque cada minuto de pena trae su alivio, cada dolor su paliativo y cada tragedia su farsa. Por ejemplo, aprendí que lugares comunes como “no somos nada” o “mañana será otro día” revelan, detrás de su cuota de banalidad, la fruición de un súbito consuelo porque pertenecen a esos pequeños rituales que logran suspender el tiempo y señalar una pertenencia.
De sus varias estancias en el exterior mis padres habían acumulado muchos más objetos de los que cabían en los 117 metros cuadrados del departamento de la plaza Vicente López. Siempre habían querido mudarse, pero el momento nunca llegó, de modo que roperos y placares rebalsaban de seis décadas de matrimonio a los que se agregaba, luego lo descubrí, mi propia infancia.
Me tocó levantarlo, deshacer sus vidas y parte de la mía; la que fue y la que podría haber sido. El hecho de abrir cajones llenos de objetos que acaban de perder su razón de ser es una de las experiencias más radicales de la devastación ; peor cuando se es hija única. Los objetos que un muerto guardaba en un ropero, un botiquín, una biblioteca o una alacena acaparan, uno a uno, la perfecta representación de su vida cotidiana más íntima y más entrañable. Nos convierten en testigos únicos, tristemente privilegiados, dueños caritativos de la decisión de hacerlos desaparecer o donarlos, regalarlos, evitar a toda costa que se conviertan para otros en un incordio.
Durante meses me dediqué a desfragmentar capas geológicas de fotografías, telares a medio hacer, relojes pulsera y despertadores, juegos de porcelana sin usar, agendas, vajilla, ropa, costureros, abrecartas, mi primer cuaderno, mi primer diente de leche , mis primeros aritos, mis cartas de Alemania y demás intrascendencias. Los 6.500 libros de mi padre fueron a parar a la Universidad de Tucumán, armé 24 cajas con sus manuscritos y sus clases de historia de las religiones que ahora guarda una amiga piadosa, regalé los muebles y doné el resto. Me quedé con algunas cartas, algunas fotos dedicadas y un juego de porcelana belga . Algún día habrá que decidir qué hacer con ese resto. Intuyo que ese día no va a llegar muy pronto.
Lo llamativo de ese pasado, que ahora sobrevive en casa de primos, amigos, conocidos y personas que no conozco, no hacía que yo sintiera lo que se siente en el hecho de dar, sino más bien lo contrario, una secreta gratitud, un alivio recóndito : la felicidad de que los objetos permanezcan en la vida de otros.
Y aquí viene a cuento el relato de John Berger cuyo tema era, si se quiere, el adiós ya no a los muertos, sino a sus pertenencias, a las huellas domésticas de su paso por la vida. El narrador visita a un amigo a quien acaba de morírsele la mujer. Por toda la casa hay rastros de ella, el color del marco del espejo que pintó , la disposición de la cama del dormitorio, los rododendros en flor del pequeño jardín. El amigo ha donado todo lo que le pertenecía con mucho empeño, ocupándose de que, ya por necesidad o por cariño, cada elemento fuera recibido por alguien capaz de darle un uso específico. Sin embargo, no ha podido desprenderse de unos dibujos de plantas que la muerta realizó a lo largo de los años. No les veía el valor que podrían tener para un tercero. Entendiendo su desolación, el narrador le dice que los clasifique. Nada más que eso: que los clasifique.
Yo leí ese relato mientras deshacía el departamento de mis padres. Ahora no sé si mi interpretación da con el sentido que quiso darle Berger, pero en aquel momento comprendí que esa clasificación, que implicaba preparar los dibujos de la muerta para un destino eventual, era la manera más humilde de poner en orden la vida que se fue y la vida propia. Eso me ayudó a aceptar lo que con creces se resiste a ser aceptado: la finitud. La nuestra y la de los otros.


 

Gabriela Massuh es escritora argentina. Directora de la editorial Mardulce. Es autora de las novelas "La intemperie" (Interzona) y "La omisión" (Adriana Hidalgo)
Estos textos fueron publicados en la sección "Mundos íntimos" de Clarín, durante 2012.

 


martes, 19 de febrero de 2013

Los desastres de Sofía, de Clarice Lispector


 “…Para mi súbita tortura, sin desviar los ojos de mí, fue quitándose lentamente las gafas. Y me miró con ojos desnudos que tenían muchas pestañas. Yo nunca había visto sus ojos, que con las innumerables pestañas parecían dos blandas cucarachas. Me miraba. Y no supe cómo existir frente a un hombre. Disimulé mirando el techo, el piso, las paredes, y mantenía la mano todavía extendida, porque no sabía cómo replegarla. Él me miraba manso, curioso, con los ojos despeinados como si se hubiera despertado. ¿Iría a aplastarme con mano inesperada? O exigir que me arrodillase y pidiera perdón. Mi hilo de esperanza era que él no supiese lo que le había hecho, así como yo misma ya no lo sabía, en verdad nunca lo había sabido….” 


sábado, 2 de febrero de 2013

Hay algo en la literatura de Di Benedetto que en el cine puede estallar

Entrevista con la cineasta argentina en el Festival de Cine de en Rotterdam, donde acaba de recibir un premio Fondo de desarrollo para filmar su próximo y ambicioso proyecto: su versión personal de "Zama", una de las novelas más importantes de la literatura argentina.



Considerada una de las mejores novelas de la literatura argentina del siglo XX, Zama, del escritor mendocino Antonio Di Benedetto, está dedicada “a las víctimas de la espera”. La novela cuenta la historia de Diego de Zama, un funcionario de la corona española varado a fines del siglo XVIII en Asunción del Paraguay, adonde fue enviado de manera interina. Zama espera el traslado a una sede mejor y, mientras eso no ocurre, espera el barco que traiga noticias de su mujer y sus hijos, y el pago de un sueldo atrasado.
Zama espera y padece la espera. Tal vez sea pura coincidencia, pero Lucrecia Martel, una directora clave de aquello que en su momento se llamó “nuevo cine argentino”, tuvo que esperar bastante para encarar su cuarta película. Poco después del estreno de La mujer sin cabeza en 2008, se supo que la directora argentina más celebrada por la crítica y los festivales internacionales adaptaría El Eternauta. Pasó el tiempo y Martel terminó una versión del guión que todavía le gusta mucho, pero el proyecto se canceló por un desacuerdo con los productores. Entonces fue cuando una amiga con la que compartía charlas sobre el río, un tema que a Martel le fascina, le regaló Zama. “La leí hace dos años y tuve la corazonada de que tenía que hacer algo. Me gustó tanto que me dieron ganas no de adaptarla, sino de revivir algo de la novela a través del cine”, cuenta.
Martel empezaría a rodar recién en enero de 2014, pero la espera seguro valdrá la pena, porque la apuesta es de lo más ambiciosa. La película, que demandará unas doce semanas de filmación y un presupuesto de 5,2 millones de dólares, ya cuenta con apoyo del INCAA y de El deseo, la productora de los hermanos Pedro y Agustín Almodóvar, pero todavía necesita conseguir buena parte de la financiación. El sábado 26, Martel y la productora Lita Stantic llegaron a Rotterdam para participar del CineMart, el mercado de coproducción del festival. Entre el 27 y el 30 de enero mantuvieron más de cincuenta reuniones con productores y distintos personajes del negocio del cine, y en la noche del 30 el proyecto argentino –el de mayor presupuesto de los 33 que participaron– recibió uno de los tres premios del CineMart, dotado de 5000 euros.
Pero la gira europea no termina allí. En los próximos días, Zama también participará del mercado de coproducción de la Berlinale, y es muy probable que durante ese festival haya algún anuncio oficial sobre un nuevo acuerdo de coproducción. En una tarde helada de invierno, Martel conversó con Ñ Digital en De Doelen, la sede principal del Festival de Rotterdam.

-En tus primeras tres películas trabajaste con guiones propios. Para la cuarta ibas a adaptar El Eternauta y ahora decidiste adaptar Zama. ¿Querías filmar un guión adaptado?
-Creo que me quedó el gusto de lo que estábamos haciendo con El Eternauta. El procedimiento me divirtió, y como eso no se pudo hacer, me quedé con las ganas de estar en el mundo de otro, incluso postergando cosas propias que ya tenía escritas.

-¿Cuál es la mayor diferencia entre partir de una idea propia y adaptar un material ajeno?
-Es un proceso menos solitario. Lo que tiene de fascinante y fácil cuando escribís tu propio guión es que no hay un universo con el que enfrentarse. Y lo fascinante y difícil cuando hacés una adaptación es que ya hay un mundo muy atractivo y partís desde ahí hacia otra cosa, entonces te sentís menos sola. Aunque es lo que más disfruto de las distintas etapas del cine, el proceso de escritura es muy solitario. En una adaptación, en cambio, es como si estuvieras todo el tiempo hablando con otro.

-¿Te preocupa el tema de la fidelidad a la novela?
-Yo pienso que si el cine quiere ser fiel a la literatura es un error enorme, porque realmente no tiene sentido adaptar una novela a una película, es absurdo. Pero sí tiene sentido compartir lo que generó la novela en vos, porque ya no es exactamente la novela, es otra cosa. Y lo que siento es que en la novela hay dispositivos narrativos que en el cine pueden potenciarse mucho trabajando con sonido y con imagen. Me da la sensación de que hay algo en la literatura de Di Benedetto que en el cine puede estallar de una manera puramente cinematográfica. Diría que es algo que todos los lectores percibimos, pero que no pertenece exactamente a la literatura; es como otra capa que está por encima de la novela.

-¿Cómo influye el hecho de que sea una novela tan importante?
-Es otra desgracia. Lo mejor hubiera sido agarrar una novela mediocre, en general el cine funciona muy bien con la novela mediocre porque se puede sobreponer con más astucia. Cuando tenés una maravilla, está el riesgo de someterse. Ojalá no me pase. Por momentos es muy divertido someterse porque es una maravilla, pero a la vez es un riesgo para el lenguaje del cine. Al tratar de ser fiel a un material que es otra cosa, porque las palabras son otra cosa, lo podés entrampar en algo que le hace perder potencia a todo lo que la novela generó en vos. Es complejo pero muy interesante, como si entraras en un edificio y tuvieras que agarrar los pedazos para hacer otra cosa; es una sensación de aventura fascinante.

-¿Cuál era tu relación con la obra de Di Bendetto antes de encarar este proyecto?
-Salvo un cuento, no leí nada más que Zama. Es rarísimo, no sé por qué, estoy entregándome un poco a la intuición de no querer especializarme en Antonio di Benedetto sino en Zama. Siento que lo conozco y que no necesito conocerlo más, como si lo conociera de hace muchísimo tiempo o personalmente.

-¿Ya  terminaste de escribir el guión?
-No, hasta que filme voy a seguir reescribiendo, porque además de relacionarme con la novela, me relaciono con los mundos con los que Di Benedetto se relacionó para escribir; entonces es una cosa gigantesca. Estoy todo el tiempo leyendo cronistas del siglo XVIII, es un proceso que hasta ahora no se termina y no sé si se va a terminar.


-¿Estás investigando sobre el periodo?
-Sí, más que nada trato de estar ahí, en el mundo de estos hombres, que estaban en un lugar que les era desconocido, en el que las referencias de los espacios que había cerca o distantes eran cosas que no conocían. Hoy en día no podemos tener esa sensación, si estás en Tucumán ya sabés que al norte está Jujuy, alguna foto viste. En cambio, en ese momento, lo que había entre una ciudad y la otra era un misterio lleno de leyenda y de narraciones poco específicas, de las que todos sospechaban si eran o no ciertas. La experiencia de estar en un lugar así se parece mucho más a los sueños, donde las referencias geográficas son fantasmagóricas, que a las experiencias de realidad que tenemos ahora.

-Decías que estás sumergiéndote en el universo con el que se relacionó Di Benedetto para escribir. ¿Qué estás leyendo?
-Hay un personaje de fines del siglo XVIII que a Di Benedetto lo fascinó que es Félix de Azara. Es un ingeniero que trabajaba para la corona, al que mandan a marcar el límite técnico entre la colonia portuguesa y la española, y por todas las corruptelas que hay en nuestro continente, se pasa como veinte años sin poder hacer el trabajo específico para el que había venido. Y en esos veinte años, como era muy curioso, hace muchos viajes y, sin ser su especialidad, escribe una serie de obras sobre animales y cuestiones geográficas. Es extraordinario. De los cronistas que he leído, nunca he visto a alguien que se ajuste tan finamente a sus observaciones, que esté tan curioso porque ese mundo le revele algo, y no tan aferrado a la autoridad de la Iglesia y de la corona. Es un hombre de su época, pero mucho más rebelde y personal que otros cronistas. Y Antonio di Benedetto toma muchas cosas que menciona Félix de Azara y las recrea literariamente, o las usa de manera tangencial, oblicua, quizás con un procedimiento parecido al que utilizo yo respecto de la novela.

-¿La película va a transcurrir a fines del siglo XVIII como la novela?
-Por ahora sí. Me gusta mucho ese momento previo a la independencia y a las expediciones científicas. Es un momento decadente de la colonia, de mucha ebullición, porque a poco de andar, en unos diez años más, ya están crecidos todos los líderes de las décadas de la independencia. Es una época llena de personajes interesantes, en la que ya hay otra información acerca de la sociedad y de cómo organizarse. Igual voy a tomar decisiones estéticas que me obligan a no ser precisa, como he hecho en mis otras películas, que no se sabe si son en los 70, los 80 o los 90. Y Di Benedetto, a pesar de que pone fechas, es impreciso. Los datos que cuenta no corresponden exactamente a esas fechas y me parece que ese procedimiento, el de la falsa precisión histórica, está bueno para este relato.

-¿La película va a estar ambientada en Asunción?
-Quiero situarla en el Gran Chaco, esa región comprendida por parte de Paraguay, Bolivia y Argentina. Prefiero no definir una ciudad precisa, y de hecho Di Benedetto tampoco lo hace. Lo de Asunción en realidad no figura nunca en la novela, ni siquiera sé si él alguna vez dijo que pasaba allá. Lo que quiero es que suceda en esa región del Chaco que es la región de los ríos y los bañados, de los Mbayá, de los Payaguá. 

-¿Te pesa estar al frente de una producción tan grande?
-Es muy raro porque es una responsabilidad enorme, pero cuando estás en el set no es eso lo que pesa. Es un dato importante, todo el tiempo hablamos de ese problema, porque es un problema tener una película cara en una época de crisis global, pero es como si fuera alguien que grita a lo lejos. Es tanto lo que me convoca todo lo demás, todo lo que necesita que yo tome decisiones, que lo otro queda como un eco lejano.

-No es la primera vez que venís a Rotterdam.
-No, vine una vez de jurado y otra al CineMart con La niña santa. Es agotador pero muy interesante, porque tenés un panorama de los problemas y las soluciones que  encuentra la gente con respecto al cine de autor. Este lugar es importante. Igual este es un año particular, porque estamos dentro de ese mundo raro que está viviendo Europa que es la crisis, y eso repercute. Lo percibís en las charlas, en las disponibilidades y las búsquedas, sobre todo de las televisoras europeas, que antes compraban un cine de autor súper arriesgado y ahora apuestan a la comedieta o a cosas que tienen una perspectiva comercial mucho más nítida.

-Dadas las dimensiones del proyecto, ¿el proceso va a ser más largo que en tus películas anteriores?
-Sí, en general con Lita (Stantic) pensamos que cuanto más grande es el proyecto, si uno quiere tener controlado el presupuesto, lo mejor es que el desarrollo sea largo, porque en cine hacer las cosas rápido es caro. Y aparte con el tiempo las ideas se van asentando; es un lujo que a veces te podes dar.

POR DANIELA KOZAK