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sábado, 14 de abril de 2012

La aventurera

Sola entre las suyas, sola defendiendo lo que todavía no se animaban a defender las otras mujeres. Madeleine Pelletier es el símbolo del feminismo más avanzado que tuvo la llamada Tercera República francesa. Como las organizaciones feministas del mil ochocientos aceptaban la maternidad como una misión natural de la mujer, los derechos ganados venían acompañados por infalibles comensales: un marido y varios hijos. No era difícil entonces que dichas organizaciones se opusieran al celibato de las maestras, claro que no lo hacían porque eso violentaba sus derechos sino porque las “privaba de manera antinatural de su función esencial, la maternidad”. En medio de tanta exaltación familiar, abnegación y fervor Madeleine desmitificaba la idea de ser madre como la esencia misma de la feminidad y la mostraba como lo que es, una opción.
Nació en París, dejó la escuela cuando era muy joven (su madre la había anotado en un colegio de monjas) y se unió a un grupo anarquista. Tiempo después rindió libre las materias del bachillerato y se anotó en la Facultad de Medicina de París. Interesada en un primer momento en la antropología, ¿quién iba a convencerla de que el tamaño del cráneo tenía que ver con la inteligencia?, eligió luego psiquiatría pero la Academia le impidió entrar y cursar en el pabellón. No iba a ser por mucho tiempo, casi sin demoras organizó una exitosa campaña de prensa (promovida a través del diario feminista La Fronde) que no sólo le permitió entrar en la especialización sino que la convirtió en la primera mujer que logró en Francia recibirse en aquel pabellón de psiquiatría y en una de las primeras en trabajar en hospitales estatales.
Militante febril, colaboraba en revistas anarquistas de educación (L’Idée libre y Libertaire) y formaba parte de La Solidarité des Femmes, una revolucionaria organización feminista de la época. Influida por las mujeres inglesas del Hyde Park, edita y dirige La sufragista (representando en Francia a las mujeres que luchaban por el voto femenino). Fue además una de las fundadoras del Partido Socialista Francés y obviamente médica de la Cruz Roja durante la Primera Guerra Mundial. Cautivada por el comunismo viajó en 1921 a la Unión Soviética y escribió Mi aventurero viaje por la Rusia comunista —publicado primero como relato en La voz de la mujer y luego editado como libro—, donde no sólo describe su mirada de viajera, sino que cuenta que se aleja y se desilusiona del comunismo por el rol que la mujer tiene dentro del partido. Pero como su militancia no terminaba en esa desilusión, decidió volver a su primer amor, el anarquismo. Autora de algunas novelas y de una autobiografía La mujer virgen (1933), se unió a mediados de los años treinta a un grupo pacifista.
La mujer de pelo corto y pantalones, la soltera vestida con traje de hombre, la que formó parte de la masonería y la que pregonaba los ideales del neo-malthusianismo (un movimiento iniciado en Inglaterra que publicitaba varios sistemas de anticoncepción, defendiendo el control de natalidad y el aborto) rechazaba de cuajo convenciones burguesas y trabajaba para modificar en lo cotidiano el tradicional lugar de la madre esposa.
Médica, defensora de los derechos de las mujeres —concibiéndolas como sujetos libres y autónomos, un concepto absolutamente minoritario en la Europa de finales del siglo XIX—, militante de la educación sexual y la planificación familiar, Madeleine realizaba abortos —gratuitos— y defendía su legalización a través de sus exposiciones y libros como lo hizo en La emancipación sexual de la mujer (1911), El derecho al aborto (1913) y La educación feminista de las niñas (1914). Una defensa llevada a la acción por la que la detuvieron y encarcelaron en abril de 1939, a los sesenta y cuatro años. Murió el 29 de diciembre hemipléjica y presa, aunque por estar enferma la cárcel se había camuflado en hospital.

Por Marisa Avigliano

 

miércoles, 7 de marzo de 2012

Rita Levi-Montalcini o la razón sobre la belleza

La científica italiana y premio Nobel de Medicina cumplirá 103 años a fines de abril. Feminista convencida, no sólo dedicó su vida a la ciencia sino que, así, ayudó a demostrar que las mujeres sí podemos hacerlo. La historia de una mujer valiente.

Había que romper a pedazos el modelo machista en un flamante siglo XX, en el que la lucha feminista era todavía una gesta y cuando aun faltaban 15 años para que la mujer tuviera en Italia derecho a votar. (Y pensar que para rechazar el mandato, a veces damos tantos rodeos. Años de terapia para entender que el secreto es aprender a decir no). Rita Levi-Montalcini lo hizo cuando era apenas una adolescente. Papá -le dijo-, no quiero ser ni madre, ni esposa. Quiero ser científica. Don Adamo supo que no podría detenerla.

A esa chica menuda, que se sentía un patito feo, tonta y poca cosa, le sobraba carácter. Se anotó en el liceo masculino, el único que le permitía entrar después en la universidad; pero nada de vestirse como varoncito: de sombrero y guantes, se presentaba desafiante en el aula y tomaba apuntes sin prestar atención a las burlas.

De solo imaginarla, empezamos a quererla un poco. A mujeres como esta, les debemos una porción de gratitud por habernos allanado el camino. A Rita, en particular, por acallar a la sarta de misóginos que resistió su tarea como investigadora durante más de medio siglo. Cuando ni la palabra misoginia se había inventado.

Porque, además de ejercer como docente, la Montalcini dio cátedra de entereza. En pleno régimen fascista, se le prohibió por judía practicar la medicina, y ella no dudó: se deshizo del tocador, descolgó sin una pizca de nostalgia el póster de Humphrey Bogart y convirtió su cuarto en un laboratorio clandestino. Todavía faltaban 30 años para que la historia le diera la razón.

A los 75, recibió el premio Nobel por su descubrimiento sobre cómo crecen y se renuevan las células del sistema nervioso. Lo recuerda, mordaz, como “ese asunto que me hizo feliz, pero famosa”.

Mucho antes de que las arrugas escondieran esos enormes ojos verdes, Rita Levi-Montalcini se obsesionaba con el cerebro. La razón por sobre la belleza; la inteligencia como ejercicio. “Hay que pensar”, pregonaba, sin sospechar que llegaría a ver a sus pares de género obsesionadas con inflarse el escote en nombre de la revolución femenina.

Ya lo dice su teoría: hombres y mujeres tenemos el hemisferio derecho menos desarrollado que el izquierdo y es el culpable de las grandes desdichas de la humanidad; ahí se aloja nuestra parte instintiva, la que nos hace desconfiar del diferente y nos diluye en ese colectivo informe denominado masa(s).

Lúcida como pocas, a los 100 confesó el secreto de su vitalidad: mantener la curiosidad por el mundo. Rita sostiene que no hay que vivir recordando el tiempo pasado, sino haciendo planes para el tiempo que nos quede. Y en eso debe andar por estos días; ideando qué hacer el próximo 22 de abril, cuando cumpla los 103.

Por Valeria Sampedro


Fuente:

http://www.entremujeres.com/genero/Rita-Levi-Montalcini-razon-belleza_0_655734524.html