Las mexicanas salieron esta semana a las calles de 27 estados, en la manifestación nacional contra las violencias machistas más grande de su historia. La potencia de esta “Primavera Violeta” movilizó bajo la consigna apabullante y urgente “Vivas nos queremos”, en reclamo de justicia y para derribar la escala ascendente de los registros: en el período que va de1985 a 2014 ocurrieron 47.178 feminicidios. Y ya son 7060 las desaparecidas de 2011 a la fecha.
Por María Florencia Alcaraz
Cuando escuchaban el sonido del
atecocolli, las comunidades de la México prehispánica sabían que era un llamado
a reunirse. El instrumento musical en forma de concha marina convocaba al
trabajo, a la asamblea, a una ceremonia o a una celebración. El ritual se
repetía en diferentes pueblos desde Alaska a la Patagonia. El 24 de abril, los
atecocolli sonaron entre la marea violeta de miles de mujeres que marcharon por
las calles de la capital azteca. Se encontraron bajo una consigna resonante
como el eco grave que sale de esa concha marina: “Vivas nos queremos”. Los
labios de María Eugenia Ortiz soplaron una de las tantas caracolas. La mujer,
vestida con su traje tradicional, también bailó al ritmo de los tambores
envuelta en el humo del sahumerio que quemaba otra compañera. “Somos mujeres y
nos han agredido. Nos unimos danzando. Luchamos al parejo de todas”, dijo en
una pausa de la coreografía.
Cada día,
seis mexicanas son asesinadas por el solo hecho de ser mujeres. El último
informe de ONU, “La violencia feminicida en México, aproximaciones y tendencias
1985-2014” contabilizó 47.178 muertes en ese período. También trazó la tasa de
impunidad: de 3.892 crímenes entre 2012-2013, sólo 613 fueron investigados.
Todos los días, alrededor de 40 mexicanas denuncian violaciones. La falta de
justicia se repite: sólo una de cada cinco ha recibido una sentencia firme. El
fin de semana casi 100 mil mujeres usaron el hashtag #MiPrimerAcoso en las
redes sociales. Todas compartían historias de acoso en sus casas, en el metro, en
la calle, en el colectivo. La mayoría en la niñez.
Para
visibilizar con los cuerpos la frialdad de las estadísticas, las mexicanas
salieron a las calles en la manifestación nacional contra las violencias
machistas más grande de la que este país tenga memoria. La convocatoria,
empujada por la sociedad civil, se multiplicó en 27 estados. La caravana
principal de la “Primavera Violeta” se extendió por casi 30 kilómetros durante
seis intensas horas. El recorrido comenzó a la mañana del domingo en Ecatepec
de Morelos, a 20 kilómetros de la capital azteca. El municipio tiene el
lamentable récord de haber superado a Ciudad Juárez en su tasa de feminicidios.
En 2009 hubo 48 crímenes. Entre 2011 y 2014 el número se mantuvo en 60 y
Ecatepec pasó a ocupar el primer lugar en el desglose municipio por municipio.
“Que te
dije que no, ¡pendejo, no! Mi cuerpo es mío, sólo mío, tengo autonomía, yo
decido”, cantó Angie con megáfono en mano. Para ella, la explicación de la
convocatoria es simple: “Marchamos porque nos están matando”. La mujer advirtió
a los hombres que han salido a defenderse. Están organizadas. Y esto viene
desde abajo: son lesbianas, heterosexuales, trans y de diferentes sectores
sociales, de distintas formaciones. Cuando terminó de hablar con Las12, Angie se
sumó a otro hit de la marcha: “¡Con falda o pantalón, respétame, cabrón!”.
A Judith
Flores un tipo le mostró el pene en el metro. “He sufrido acoso desde los 6
años, de más grande sufrí en el trabajo con el jefe. Si tocan a una, nos tocan
a todas. Tenemos que hacer manifiesta la sororidad”, explicó la integrante de
la comunidad Brigada Solidaria mientras se unía al concierto de cuerpos. Perla
Pedroza caminó con su sobrina Sofía. “Marcho a los dos años para que no me
violenten durante mi vida”, decía el cartel que sostenían, ambas vestidas de
púrpura. “Visibilizarnos desde niñas abre las conciencias de las personas”,
explicó la mujer.
El #24A
evidenció violencias cotidianas pero también apuntó a la Justicia. Los
familiares de víctimas, como Norma Andrade, encabezaron la caravana. El cuerpo
de su hija, Lilia García Andrade, apareció envuelto en una frazada en un baldío
de Ciudad Juárez el 21 de febrero de 2001. Una paradoja: la última vez que la
vieron fue una semana antes, el día en que occidente celebra el amor. Lilia
tenía 17 años, era madre de dos chicos y trabajaba en una maquiladora. Norma se
convirtió en una referente internacional después de fundar “Nuestras Hijas de
Regreso a Casa”. El feminicidio de su hija no tiene ningún detenido. “Ya llevo
15 años exigiendo Justicia. Hay cuatro sospechosos, cuatro muestras de ADN,
pero aún no han detenido a nadie. Estamos llevando el caso a la Corte
Interamericana. Queremos denunciar al Estado por inacción y falta de Justicia”,
dijo Norma.
La
movilización central terminó pasadas las 18 en el Ángel de la Independencia.
Alrededor de 10 mil personas colmaron el Monumento a la Revolución y la avenida
Reforma, la más importante del país. Con una robustez alcanzada al calor de los
últimos casos mediatizados, aquellos que le pusieron fecha a la marcha: la
agresión sexual a la periodista Andrea Noel mientras caminaba por la calle, la
violación de Daphne Fernández en Veracruz, en la que están involucrados “Los
Porkys de Costa de Oro” –un grupo de hijos de políticos y empresarios– y el
caso de Yakiri Rubio, procesada por matar a su agresor.
“Vivas se
las llevaron, vivas las queremos”, decían muchas de las pancartas tan
improvisadas como urgentes que levantaron las marchantes. La frase, también
convertida en canción, tiene un hipervínculo directo a los 43 estudiantes
desaparecidos en Ayotzinapa. Las desaparecidas son 7.060 desde 2011 en el país
azteca. Como si la aguja con la que se teje la trama de las violencias en
México fuese una sola.
La nena
dibujada por Liniers para convocar a las movilizaciones del 3 de junio en
Argentina también levantó su puño en los carteles mexicanos. La chica de
vestido que ocupa la A de #NiUnaMenos encontró su lugar en el #24A. Una joven
se enmascaró al estilo Pussy Riot: su pañuelo también llevaba escrita la frase
que en Argentina sintetizó las violencias machistas. Como el sonido
reverberante del atecocolli, el grito que convoca a las mujeres en todo
Latinoamérica es uno solo: si tocan a una, respondemos todas. Hacia el final,
de fondo, con la potencia de aquello que se desea, un coro de mujeres repetía:
“Va a caer, va caer, el machismo va a caer”.
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